Derechos sin límites: una entrevista con Wendy Brown

La derecha contemporánea ha heredado de la era neoliberal dos impulsos aparentemente contradictorios: la política antidemocrática y una ética personal libertaria. Wendy Brown, autora de En las ruinas del neoliberalismo, lo explica en esta entrevista.

Gran parte de su trabajo reciente se ha centrado en analizar el neoliberalismo como una forma específica de razón normativa y gobierno, un resultado de la modernidad capitalista que no puede reducirse a ella. ¿Qué cree usted que ha cambiado en el orden neoliberal desde que publicó Undoing the Demos? Las crisis sociales, ecológicas y políticas que vivimos actualmente ¿han dejado más claro qué elementos de la vida social se han integrado plenamente a la lógica del neoliberalismo y qué elementos no?

—Sabemos que el neoliberalismo tiene que ver con el desmantelamiento del Estado social, la desregulación, la privatización, los impuestos regresivos y la sospecha hacia los bienes públicos, en favor de emprendimientos empresariales, privatizados y con fines de lucro. Sin embargo, hay otras dos cosas que quiero mencionar.

Foucault, entre otros, nos enseñó a pensar en el neoliberalismo como algo que excede un conjunto de políticas, más bien como una forma de razón gobernante. Con eso se refería a una forma de razón que moldea nuestra conducta en todas las dimensiones de la vida, desde la educación hasta la atención de la salud, cómo pensamos el ocio, el retiro o la mera supervivencia. Por ejemplo, ¿entendemos la educación como un bien orientado a construir democracia o como una inversión que hace un individuo para mejorar su capital humano? Al concebir el neoliberalismo como una forma de razón gobernante, podemos entender cómo orienta a los individuos como sujetos que invierten en ellos mismos.

Pero el neoliberalismo también rehace el Estado y la sociedad. Una de sus características cruciales como forma de razón es su idea del Estado como facilitador o sustentador de la economía. El neoliberalismo a menudo es entendido como antiestatista, pero a lo que se opone es al Estado regulador. El Estado es usado todo el tiempo para apuntalar o crear mercados en determinados campos. Eso está perfectamente legitimado en un orden de cosas neoliberal. Pero es más un Estado desdemocratizado que un Estado representativo, un Estado donde la igualdad política entre los ciudadanos se organiza en instituciones y prácticas a través de las cuales nos gobernamos. El Estado es un administrador de la vida económica y de lo que solemos llamar en la actualidad vida biopolítica.

El neoliberalismo, como en la célebre formulación de Margaret Thatcher (parafraseando a Hayek), busca desintegrar la noción de sociedad o de lo social. La famosa frase de Thatcher es: «No existe como tal la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias». En otras palabras, somos reducidos a unidades individuales no ligadas ni conectadas socialmente, ya sea en términos de ser responsables ante los asociados o de enfrentar los poderes de la sociedad (ya sean los poderes del capital, la raza, el género y la sexualidad). Solo hay individuos, y nuestra libertad radica en poder hacer lo que queramos como individuos.

Hay dos cosas importantes para decir aquí sobre los cambios más recientes. Uno es el surgimiento de formaciones y regímenes de extrema derecha, asociados con personajes como Donald Trump, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Viktor Orbán y Jair Bolsonaro. También vemos esas formaciones en movilizaciones y partidos políticos tanto en el norte como en el sur globales, incluso donde no han alcanzado el estatus de regímenes gobernantes. Estas formaciones populistas y nacionalistas son interpretadas a menudo como una reacción frente al neoliberalismo porque se oponen a la globalización y al libre comercio y defienden el etnonacionalismo. Se presentan como oponentes al ideal imaginado por el neoliberalismo: el flujo absolutamente libre de bienes, mano de obra y capital en todo el mundo.

Quiero impugnar esa idea. William Callison y Quinn Slobodian han afirmado con acierto que es un terrible error ver estos regímenes de derecha como abiertamente antineoliberales, como opuestos a una forma de lo que ellos llaman «neoliberalismo mutante». En En las ruinas del neoliberalismo sostengo que es necesario comprender la fuerza antidemocrática de estos regímenes de derecha. Como movilizaciones políticas, nacen en gran medida de la racionalidad neoliberal. Lo que los distingue del fascismo clásico es que son autoritarios en lo político y libertarios en lo cívico y lo personal.

El neoliberalismo, como en la célebre formulación de Margaret Thatcher (parafraseando a Hayek), busca desintegrar la noción de sociedad o de lo social. La famosa frase de Thatcher es: «No existe como tal la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias». Solo hay individuos, y nuestra libertad radica en poder hacer lo que queramos como individuos.

Califico esto como una forma de liberalismo autoritario, que para muchas personas es una contradicción en términos. Sin embargo, creo que debemos verlos como una forma de liberalismo antidemocrático que valora las libertades y los derechos individuales casi ilimitados, ya sea el derecho a rechazar obligaciones sanitarias, el derecho a comprar cualquier tipo de objeto que se desee, independientemente de cómo deprede la Tierra, o el derecho a decir lo que uno quiera sin importar cuán violento y dañino pueda ser. Esa herencia libertaria nos viene del neoliberalismo. Estos regímenes de derecha tienen una fe absoluta en el capitalismo y un antisocialismo feroz, y suscriben un estatismo autoritario heredado del ataque neoliberal a la soberanía popular y al Estado democrático representativo.

Obviamente, la pandemia desafió las premisas de lo que deben ser «el Estado» y «la economía» en un orden neoliberal. Se apeló a los Estados de todas partes, ya fueran de derecha o izquierda, para que respondieran a la pandemia, hicieran testeos sanitarios, proveyeran vacunas, etc. Ni los antivacunas se oponen radicalmente al suministro por parte del Estado. La pandemia forjó una mezcla de torpes desafíos al neoliberalismo. Pero no creo en absoluto que haya acabado con el neoliberalismo.

Por otro lado, tenemos el surgimiento de movimientos sociales de izquierda que se oponen muy explícitamente a la privatización y despolitización neoliberal. Por ejemplo, en las elecciones más recientes en Chile, Gabriel Boric presentó un programa antineoliberal y un referéndum de 2020 estableció la necesidad de una nueva Constitución consagrada a borrar el legado neoliberal de la era de Pinochet.

—En En las ruinas del neoliberalismo, usted caracteriza el neoliberalismo como facilitador de la creación tanto de un poder estatal antidemocrático desde arriba como de una cultura política antidemocrática desde abajo. ¿Cómo se potencian entre sí estos dos procesos y qué contradicciones existen entre ellos? Pareciera que a estos nuevos movimientos de derecha les parece bien desplegar el poder estatal con fines represivos, siempre y cuando su poder no se dirija hacia personas como ellos, los miembros de la comunidad política y social supuestamente auténtica, sino hacia el otro interno.

—Yo diría que es un error considerar al neoliberalismo responsable de todo lo que asociamos con la derecha. Un análisis totalizador que sugiera que el neoliberalismo está en la base de todos los problemas sociales no nos ayudará a pensar nuestros dilemas actuales, desde el cambio climático hasta la política exterior de Estados Unidos, el ascenso de China, el continuo apoyo estadounidense a la ocupación de Palestina, etc.

Pero también es un error no entender la estructura o el marco neoliberal de una serie de posturas de derecha de la actualidad, o excluir por completo el neoliberalismo de nuestra idea de que, por ejemplo, en Estados Unidos está bien hacer redadas contra los inmigrantes, usar la brutalidad policial contra quienes no son blancos, usar la fuerza del Estado en todo tipo de formas para limpiar ciudades y barrios, y regular los cuerpos de las mujeres. El interrogante es cómo este rasgo antidemocrático del neoliberalismo, tanto en el plano del Estado como del ciudadano, condiciona la estructura y la energía de la derecha.

Me parece bastante significativo que, en la actualidad, cuando el periodismo habla de ciudadanía y votación, la mayoría de las veces use el lenguaje del electorado en lugar del de la ciudadanía. Es un lenguaje de votantes que deben ser organizados, administrados, dirigidos, manipulados, creados y orientados, en lugar de educados. Creo que la deseducación de la democracia en este momento crucial es fundamental para entender cómo se produce la desintegración de la sociedad. Una vez que la educación abandona la tarea de crear una democracia educada y se transforma en una inversión individual para tener un ingreso de dinero y un futuro, se empieza a perder la capacidad de educar a los ciudadanos para la ciudadanía. En su lugar, se produce la capacidad del poder —poder económico, poder político, poder tecnológico, poder financiero— para manipular, administrar y organizar a aquellos que son considerados incapaces de ser ciudadanos. Actuamos como si el voto —el derecho a votar y la legalidad— fuera lo que constituye la ciudadanía. Lo que hace valiosa a la ciudadanía en un orden democrático es que sea lo suficientemente reflexiva, deliberativa y educada como para poder decidir con otros quiénes debemos estar juntos y qué debemos hacer.

Manifestación antivacunas en el Lincoln Memorial el 23 de enero de 2022 en Washington, DC. (Foto: Alex Wong/Getty)

Debo agregar que hoy hablamos de neoliberalismo y financiarización sin desarticularlos. Está cada vez más claro que, aun cuando el neoliberalismo fuera rotundamente rechazado por naciones enteras o partes del mundo, no solo como política económica sino como una forma de gobierno de la razón, todavía estaríamos lidiando con las bestias que ha desatado, entre las que se encuentran la desregulación del dinero y los bancos. La financiarización es tanto un orden dominante como una forma de razón neoliberal, y que no fue anticipada por Hayek ni por ninguno de los arquitectos neoliberales de la Sociedad Mont Pelerin. Pero es algo que nuestra época puede ver claramente. The Asset Economy (La economía de activos), de Lisa Adkins, Melinda Cooper y Martijn Konings, ofrece la mejor discusión sobre este asunto. Es el mejor libro de introducción al tema de cómo el capital financiero está estructurando la política, la desigualdad y el porvenir para todo el mundo.

—¿Qué tan exitosa ha sido la derecha en asegurarse un espacio autónomo a partir de la lógica neoliberal predominante? ¿Sigue fundada en la misma racionalidad social del neoliberalismo, aunque en un registro diferente?

—Cuando hablamos de la derecha y la izquierda hoy, es extremadamente importante para nosotros ver que ambas están en total desorden. Puede parecer que la derecha tiene un proyecto coherente porque lo está haciendo terriblemente bien. Nosotros, en la izquierda, preguntamos: con una base demográfica que se reduce y esos idiotas en sus márgenes, ¿cómo ha tenido tanto éxito en las palancas del poder: poder económico, poder social, poder político? No puede ser solo la iglesia evangélica, porque eso no nos ayuda a explicar otros casos, como la derecha musulmana o la derecha hindú; es decir, el ascenso de la derecha más allá de Estados Unidos. Y no puede ser solo el neoliberalismo, porque el neoliberalismo se ha resquebrajado de muchas maneras: la crisis financiera, la pandemia y las continuas recesiones han resaltado la necesidad obvia del Estado.

Es importante ver que no solo la derecha no es coherente, sino que existe una increíble fluctuación entre la inversión en canales globales de poder, especialmente el poder financiero, y el nacionalismo apasionado. Trump, como empresario de bienes raíces que convirtió deuda y quiebra en riqueza, trató de construir un nacionalismo a partir del capital financiero. Entonces, ¿dónde se sitúa la derecha en relación con la globalización y la financiarización? Está tratando de avanzar en el proyecto de reafirmar los intereses nacionales y jugar fuerte por esos intereses. Al mismo tiempo, las mejores mentes de la derecha están tratando de mantenerse al tanto de las formas en que funcionan las finanzas y otras fuerzas internacionales y transnacionales. No se hacen ilusiones de poder volver a meter al genio de la globalización en la lámpara. El racismo, el etnonacionalismo acérrimo, es una manera de movilizar una base, pero los plutócratas de la derecha se mueven entre un reavivamiento nacionalista de la política de poder en el escenario mundial y un ajuste de cuentas con Davos como el futuro.

—En su ensayo We Are All Democrats Now (Ahora somos todos demócratas), señaló que uno de los efectos del neoliberalismo ha sido la cooptación y disolución del lenguaje de la democracia; ahora es un significante que puede ser usado para una cantidad de proyectos políticos incompatibles. ¿Cómo han afectado las condiciones de la emergencia pandémica y climática sus pensamientos sobre este tema? ¿Puede ser recuperada la «democracia» —o, para el caso, términos relacionados como soberanía popular, socialismo o comunismo— para un proyecto político emancipador, o estamos en el punto en que el legado de estos términos se ha agotado y necesitamos un nuevo vocabulario político?

—Si renunciamos a la democracia, renunciamos a la aspiración a la democracia, la aspiración a gobernarnos a nosotros mismos. Democracia siempre significa posibilidad de que el pueblo se gobierne a sí mismo (incluso si sus diversas formas dificultan esa posibilidad), en lugar de ser gobernado por otro, ya sea a través del colonialismo, la tiranía, el despotismo o la dominación. Tampoco es lo mismo que ser gobernados por lo que soñaron los neoliberales: las fuerzas del mercado y la moral tradicional, esos «órdenes espontáneos» que tienen sus propias jerarquías y formas de dominación, pero que, según Hayek, nos dan libertad porque el Estado no nos obliga a estar de acuerdo con ellas.

Por lo tanto, soy reticente a renunciar al lenguaje o a la lucha por la democracia, pero no soy tan fetichista como para pensar que tiene que ser la palabra operativa. En muchos lugares del mundo, democracia equivale a hipocresía del imperialismo del norte global, racismo, explotación y varios tipos de saqueo. Entiendo por qué la gente más joven la acoge con resignación. Y no tengo apego a lo que convencionalmente hemos llamado democracia constitucional o liberal: la he criticado durante mucho tiempo. Pero sí creo que vale la pena aferrarse y seguir luchando por la aspiración a que las personas se gobiernen a sí mismas.

Si renunciamos a la democracia, renunciamos a la aspiración a la democracia, la aspiración a gobernarnos a nosotros mismos. Democracia siempre significa posibilidad de que el pueblo se gobierne a sí mismo (incluso si sus diversas formas dificultan esa posibilidad), en lugar de ser gobernado por otro, ya sea a través del colonialismo, la tiranía, el despotismo o la dominación.

Hay muchas preguntas difíciles: ¿qué nivel?, ¿qué lugar? ¿Cómo puede operar la democracia en un mundo globalizado? El experimento de la Unión Europea muestra el sinsentido de llamar democrático a ese foro transnacional: no lo es. Incluso a escala de Estado-nación, las limitaciones son enormes.

La democracia funciona mejor en pequeños órdenes de cercanía. Nos damos cuenta cuando nos sentamos en una habitación, ya sea un aula, un lugar de trabajo o una cooperativa colectiva, y decidimos juntos cómo tomaremos decisiones y cómo viviremos respetándolas. Esa fue la concepción de Rousseau. ¿Se puede ampliar ese orden de cosas de alguna manera modesta o conectarlo con otras formas democráticas? ¿Podemos tener muchas cápsulas democráticas conectadas entre sí que nos permitan un control honesto de las condiciones, los términos y principios, y las reglas que nos damos a nosotros mismos y al mismo tiempo lidiar con un mundo verdaderamente globalizado?

Esto es extraordinariamente importante para hacer frente a la crisis climática. Leviatán climático, de Geoff Mann y Joel Wainwright, intenta exponer diversos dilemas para reflexionar sobre la democracia en el contexto del cambio climático. Las probabilidades de que exista una respuesta democrática para ellos son bastante bajas. Pero algunas de las respuestas a la crisis climática más interesantes y prometedoras están ocurriendo en el nivel local. Sí, necesitamos estándares transnacionales y acuerdos serios para detener las emisiones de carbono, dejar los combustibles fósiles en el subsuelo y pensar en fuentes de energía renovables a las que podamos recurrir de modo que no haya un nuevo saqueo del Sur global. Pero también necesitamos formas de vida sostenibles en las que la gente pueda participar con alegría y entusiasmo, sin odios reaccionarios. Los nuevos modelos para este tipo de cosas son los lugares más pequeños, como Costa Rica, o partes de Montana o California, o lugares del Caribe, que luchan por proteger sus ecosistemas. No quiero que digamos que la democracia es incompatible con los estándares transnacionales exigibles para las emisiones. Pero la mayor parte de la tarea que tenemos por delante en la crisis climática va más allá.

—Usted ha mostrado su profunda preocupación por la teoría y la política feministas en prácticamente toda su obra. ¿Cómo ve su relación con la teoría feminista ahora? ¿Cuál es el futuro de la política y el activismo feministas, particularmente dada la capacidad de los Estados y las corporaciones para cooptar el lenguaje feminista y los marcadores de identidad hacia fines neoliberales, y el carácter diverso y heterogéneo de las luchas feministas?

—Ninguno de estos dilemas —la diversidad e incluso quizás el antagonismo entre las distintas luchas feministas, y la susceptibilidad a ser cooptado— es nuevo para el feminismo. Los peligros de la cooptación y la dificultad para generar un movimiento feminista «unificado» ya fueron discutidos interminablemente por las primeras feministas de la segunda ola. Desde el derecho a la educación de las niñas y la liberación de la violencia sexual hasta la renovada lucha en este país por el derecho a controlar nuestra vida reproductiva, todas pueden existir en sus respectivas realidades locales sin tener que estar integradas en un movimiento feminista unificado. Habrá antagonismos, como los hay hoy, entre ciertas luchas feministas y cierto afán queer y trans por repensar o renombrar lo que algunas de esas luchas feministas deberían estar haciendo o deberían enfatizar. Eso es parte de la política de izquierda.

Espero que no tengamos que reinventar la rueda cada vez que nos enfrentemos a este tipo de dificultades, pero también he terminado por aceptar que probablemente terminemos haciéndolo. Ahora entiendo mejor que cuando tenía veinte años por qué la vieja izquierda estaba tan irritada con la nueva izquierda. Pensábamos que estábamos haciendo una forma de política emancipadora, igualitaria, socialista democrática, feminista, ecológica. Los de la vieja izquierda pensaban que ya la habían hecho ellos, y nosotros creíamos que eran un montón de viejos leninistas, estalinistas y patriarcas blancos. Era un error; había más cosas allí, y nosotros estábamos reinventando la rueda. Pero eso es parte de lo que hacen los movimientos sociales.

«Creo que lo que está pasando con el género y la sexualidad en los movimientos sociales es apasionante. Tenemos probablemente la mayor movilización feminista en la historia.»

Creo que lo que está pasando ahora mismo con el género y la sexualidad en los movimientos sociales es apasionante. La mayoría de los actuales movimientos feministas, desde #MeToo hasta las luchas en Afganistán y Turquía y, en realidad, en todo el mundo, pertenece a una generación más joven. Tenemos probablemente la mayor movilización feminista en la historia del mundo en los países latinoamericanos con el movimiento Ni Una Menos y todos sus derivados, que obviamente están peleando consigo mismos y pasando por luchas internas. Esas luchas pueden demoler esta ola, pero sigue siendo algo que, en parte a través de las redes sociales, ha generado acciones y movilizaciones similares en todo el mundo y ha logrado unir causas como los derechos reproductivos, la liberación de la violencia sexual y los derechos LGBTQ, con una agenda antineoliberal y socialista. Probablemente no vaya a tener éxito mañana, pero es una movilización feminista de izquierda no menor.

—Su punto sobre las diferencias generacionales también es relevante para el renacimiento de la izquierda estadounidense durante la última década, que se produjo como consecuencia de una pérdida de conocimiento institucional, político y organizativo. Hemos perdido mucho conocimiento teórico y práctico desde el declive de la nueva izquierda, a fines de la década de 1970, hasta la primera década del siglo XXI. A medida que se deshacían los movimientos y las organizaciones, esa pérdida de memoria institucional creó también una brecha generacional.

—Esa pérdida tuvo pros y contras. La desventaja es que cuando usted tiene entre veinte y treinta años, por lo general no sabe tanto como debería sobre cómo funcionan el mundo y los movimientos sociales. Noté eso en Occupy Wall Street. La gente no podía creer que se evaporara después de haber sido considerada como una fuerza revolucionaria que iba a transformar el mundo. Las personas experimentadas estaban menos sorprendidas porque habían visto cómo funcionan los movimientos espontáneos no institucionalizados, y tenían formas de explicar esa evaporación que no apelaban a la cooptación, el duro invierno o el agotamiento producido por demasiadas reuniones deliberativas. Por otro lado, hay una gran energía, creatividad e inventiva en las generaciones que están creando movimientos sociales, desde el Movement for Black Lives hasta los movimientos indígenas y feministas, Extinction Rebellion y, por supuesto, los Socialistas Democráticos de Estados Unidos. Hay una explosión de energía y determinación política de la izquierda. Y se debe, en parte, a que muchas personas de entre veinte y treinta años no ven un futuro económico o ecológico. Para ellas solo queda luchar por un mundo diferente. La única forma de terminar con esa desesperación es a través de la actividad política.

Sin embargo, como usted dice, hubo un periodo en las décadas de 1980 y 1990 que se perdió, lo que hace que parezca que la era de la digitalización ha estado aquí desde siempre, como si fuera el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Sabemos que no va a desaparecer, pero esta forma de ser humanos juntos es muy novedosa y no nos permite ver otras formas en que los humanos podríamos vivir, trabajar y cuidarnos. Haber perdido esas décadas anteriores le ha hecho algo perverso al pensamiento político contemporáneo.

—La educación superior ha sido una de las instituciones más afectadas por la neoliberalización de la vida social. Si hace una evaluación en retrospectiva, ¿cuánto de su punto de vista en Undoing the Demos se basó en su experiencia en la educación superior? ¿Cree que la actual movilización de estudiantes de posgrado y docentes no titulares para ser reconocidos como trabajadores académicos esté acaso haciendo de la universidad un lugar de lucha social contra la racionalidad neoliberal?

—Mi pensamiento sobre el neoliberalismo se ha visto muy afectado al observar la neoliberalización casi total de una gran universidad pública, a saber, la Universidad de California en Berkeley, y el sistema de la Universidad de California en su conjunto. El sistema de educación superior de la Universidad de California fue algo increíble. Nos llegó a través del llamado Plan Maestro de principios de la década de 1960, que iba a ofrecer una educación absolutamente gratuita a todos los estudiantes de secundaria del estado que la quisieran. Iba a hacerlo a través de un plan en tres niveles de universidades comunitarias, universidades estatales y la Universidad de California. Podías moverte con fluidez entre ellos. E iba a ser una infraestructura totalmente pública, pagada por los contribuyentes de California.

Creo que la deseducación de la democracia en este momento crucial es fundamental para entender cómo se produce la desintegración de la sociedad. Una vez que la educación abandona la tarea de crear una democracia educada y se transforma en una inversión individual para tener un ingreso de dinero y un futuro, se empieza a perder la capacidad de educar a los ciudadanos para la ciudadanía.

Funcionó brillantemente, hasta que el neoliberalismo comenzó a desmantelarlo. Precarizó la fuerza laboral, tanto de docentes, catedráticos y estudiantes de posgrado, por un lado, como de todos los demás trabajadores de la universidad, que perdieron puestos seguros con todos los beneficios, ya que esos trabajos fueron subcontratados y hechos de tiempo parcial. La desinversión pública reemplazó la inversión, el costo de matriculación de los estudiantes subió y subió, y eso cambió la orientación de los estudiantes a la educación. Se convirtieron en consumidores y luego en inversores. Lo que esperaban e imaginaban que era la educación también se transformó: de convertirse en una persona con habilidades más diversificadas a ganar más dinero (y estar dispuesta a endeudarse para ello). Temas como negocios, economía, ingeniería y otros campos CTIM se volvieron más deseables, mientras que las humanidades, las artes y el resto fueron trivializadas. Todos conocemos la historia, pero yo viví esos años: enseñé en la Universidad de California en Santa Cruz durante la década de 1990, y en Berkeley en las décadas de 2000 y 2010. Había una indiferencia general ante este fenómeno por parte de la mayoría de los docentes, a pesar de que quienes participábamos en la asociación de protosindicatos de docentes estábamos constantemente tratando de alertar a la gente de este fenómeno. Las personas empezaron a preocuparse cada vez más por su propio estatus, puntaje y remuneración. Mi perspectiva se vio afectada al presenciar cómo nos dominaba el lenguaje neoliberal y cómo la desinversión delegaba la responsabilidad de sobrevivir a los departamentos.

También agregaré un detalle personal, y es que provengo de un entorno de clase media baja del centro de California. Mis padres estaban divorciados y eran incapaces de negociar entre sí. Si la educación no hubiera sido gratuita cuando fui a la universidad, yo no habría podido concurrir y tener acceso a la universidad y a la vocación que, por fortuna, tengo. He sido muy consciente, a lo largo de mi carrera docente en la Universidad de California, de la diferencia entre la educación esencialmente gratuita a la que tuve acceso en la década de 1970 y la extremadamente costosa, sobrepoblada y degradada educación actual.

Aun así, la universidad es un lugar de lucha social. Es realmente importante que luchemos por salarios y condiciones para aquellos que están en la parte inferior de la jerarquía y para proteger lo que queda de las universidades públicas, incluso en un momento en el que están, en su mayoría, totalmente privatizadas. Pero también creo que es muy importante pensar en lo que podría ser la universidad en términos de educación para la democracia, y eso no siempre significa remitirse a enseñar lo que uno quiere o le interesa, o lo innovador. Es hora de que la izquierda se una al centro para pensar cuál es el lugar de las universidades en el trabajo de educar para el futuro, y no solo a través de la especialización y en los campos CTIM, ni solo a través de la protección de campos bajo coerción, como los lenguajes especiales y la poesía. Todo eso es importante, pero tenemos que tomar en cuenta lo que realmente creemos que los estudiantes universitarios necesitan saber, y cómo podemos tomar un lugar en la mesa para dar forma a los umbrales curriculares y de especialización para ese proyecto, más que limitarnos a estar a la defensiva sobre nuestra libertad académica, nuestra libertad de expresión y nuestro derecho a impartir las clases que queramos impartir. Tenemos que ver la degradación de la educación superior como un problema nuestro.

—Dados los desafíos que enfrentamos, como ciudadanos, sociedades y especies, ¿cuál debería ser la misión y el propósito de la teoría crítica? ¿Cómo podría dar forma a las luchas sociales actuales y cómo esas mismas luchas pueden permanecer abiertas a aprender de sus ideas?

—La teoría crítica, tal como la entiendo, es cualquier trabajo teórico que no considera las relaciones de poder existentes —social, económico, político, psicológico— como dadas, sino que las entiende como contingentes, históricas y maleables. Tiene como tarea diagnosticar los peligros y los daños de esos poderes, y describir las posibilidades inmanentes a estos poderes que podrían llevarnos a otro lugar.

Es muy tentador en los círculos de teoría crítica, y yo misma me incluyo, hablar entre nosotros. Hemos leído más o menos los mismos libros, tenemos los mismos fundamentos y nos guiamos por las mismas estrellas. Es tentador, como lo es en todos los nichos académicos, permanecer dentro de ese orden lingüístico y disciplinario, pero es muy importante para nosotros salir de él. Necesitamos hacer esto para poder pensar mejor en lo que los estudiantes, aquellos para quienes escribiríamos y enseñaríamos, podrían necesitar aprender o saber para tener un efecto en este mundo.

También es importante no quedarse dentro de nuestros pequeños círculos porque la mayoría de las tradiciones de teoría política que hemos heredado, incluida la teoría crítica, contiene en su seno el masculinismo, la cuestión blanca, el colonialismo y, sobre todo, el antropocentrismo, que nos han llevado a nuestros dilemas actuales con el racismo, con la crisis planetaria, con la democracia y con el género, que sigue siendo siempre una consideración secundaria. Necesitamos tener encuentros profundos con las obras y los movimientos que presionan contra estas cosas para desprendernos nosotros mismos de esas tradiciones.

La teoría crítica es una órbita de la academia que resiste el positivismo predominante en la academia, pero quiero que sea una órbita que no patrulle sus fronteras, que permanezca porosa y se aleje de su centro todo el tiempo y aprenda de otros tipos de conversaciones.

Rafael Khachaturian

Profesor titular en el Programa de Escritura Crítica de la Universidad de Pensilvania y profesor asociado en el Instituto de Investigación Social de Brooklyn. Fuente: Dissent (https://www.dissentmagazine.org/). Esta entrevista fue grabada originalmente para el podcast del Centro Andrea Mitchell para el Estudio de la Democracia de la Universidad de Pensilvania. Traducción EC.

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