Los hijos bastardos de Hayek

Un relato obstinado pretende que el populismo de derecha es una reacción social contra algo llamado neoliberalismo. La «nueva» derecha creería entonces en el pueblo, en la soberanía nacional y en la importancia de la cultura.

Suele definirse el neoliberalismo como un determinado fundamentalismo mercantil, o como la creencia en un conjunto básico de ideas: todo en este mundo tiene un precio, las fronteras son obsoletas, la economía mundial debería reemplazar a los Estados nación y la vida humana es reductible al ciclo de ganar, gastar, tomar crédito y morir. Por el contrario, la «nueva» derecha creería en el pueblo, en la soberanía nacional y en la importancia de la cultura. Hoy que los partidos tradicionales pierden cada vez más votos, las élites que promovieron el neoliberalismo estarían cosechando los frutos de la desigualdad y la erosión de la democracia que sembraron.

Pero este relato es falso. De hecho, basta prestar atención para notar que algunas facciones importantes de la derecha emergente son cepas mutantes del neoliberalismo. Después de todo, los denominados partidos «populistas de derecha», desde Estados Unidos hasta Gran Bretaña y Austria, no son ángeles vengadores que habrían sido enviados a destruir la globalización económica. No tienen ningún plan para someter al capital financiero, restaurar las garantías laborales de la época dorada ni terminar con el comercio mundial.

En líneas generales, los proyectos de estos denominados populistas para privatizar, desregular y recortar los impuestos surgen del mismo libreto que vienen utilizando los dueños del mundo hace treinta años.

Comprender el neoliberalismo como una hipermercantilización apocalíptica del mundo es un error y solo genera desorientación.

Como bien demuestran muchos autores, lejos de evocar un capitalismo sin Estado, los neoliberales que se organizaron en la Sociedad Mont Pelerin fundada por Friedrich Hayek —que en los años 1950 se servía del término «neoliberalismo» para describir sus propias ideas—, reflexionaron durante casi un siglo sobre cómo reformular el Estado para restringir la democracia sin eliminarla, y sobre la utilidad que tienen las instituciones nacionales y supranacionales a la hora de proteger la competencia y el intercambio.

Cuando comprendemos que el neoliberalismo es el proyecto de restructurar el Estado para salvar al capitalismo, su supuesta oposición al populismo de derecha empieza a disolverse.

Ludwig Von Mises

Tanto los neoliberales como la nueva derecha desprecian el igualitarismo, la justicia económica mundial y cualquier tipo de solidaridad que se extienda más allá de las fronteras nacionales. Ambos perciben al capitalismo como algo inevitable y juzgan a los ciudadanos bajo los estándares de la productividad y la eficiencia. Tal vez más sorprendente es que ambos alimentan su espíritu en el mismo panteón de héroes. Un buen ejemplo es Hayek, figura incuestionable a ambos lados de la supuesta grieta neoliberales/populistas.

En el discurso que Steve Bannon pronunció en 2018 junto a Marine Le Pen, en el marco de un congreso partidario del Frente Nacional, condenó a las «élites» y a los «globalistas» y se sirvió de la metáfora del camino a la servidumbre, invocando así la autoridad y el nombre del maestro.

Bannon también había citado a Hayek la semana anterior. En ese ocasión había sido convocado por Roger Köppel, editor de la revista Wirtschaftswoche (La semana económica) y miembro del Partido Popular Suizo y la Sociedad Friedrich Hayek. Durante el evento, Köppel le mostró a Bannon uno de los primeros números de la revista y agregó sotto voce que era «de 1933», época en la que la publicación promovía el golpe de Estado nazi.

«Dejen que los llamen racistas», dijo Bannon sin ningún recato, «dejen que los llamen xenófobos. Dejen que los llamen nativistas. Usen estas palabras como insignias». El objetivo de los populistas, afirmó, no pasa por maximizar el valor de los accionistas, sino por «maximizar el valor de los ciudadanos». Esto sonó menos como un rechazo del neoliberalismo que como una profundización de su lógica económica en el corazón de la identidad colectiva. Más que descartar la idea neoliberal del capital humano, los populistas la combinan con la identidad nacional en un discurso sobre la Nación con mayúsculas.

Antes de dejar Europa, Bannon también tuvo la oportunidad de reunirse con Alice Weidel, exasesora de Goldman Sachs, dirigente del partido populista de derecha Alternativa para Alemania (AfD) y miembro de la Sociedad Hayek hasta comienzos de 2021. Otro representante de AfD es Peter Boehringer: exblogger libertario y consultor, también miembro de la Sociedad Hayek y hoy delegado de la Bundestag por Amberg (Baviera) y presidente del Comité de Presupuesto del parlamento.

En septiembre de 2017, Breitbart, sitio web de noticias del que Bannon fue presidente ejecutivo, entrevistó a Beatrix von Storch, diputada y dirigente de AfD, que también es miembro de la Sociedad Hayek. Aprovechó la oportunidad para contar que Hayek la había inspirado en su compromiso con la «recuperación de la familia». En la ciudad vecina de Austria, Barbara Kolm, encargada de negociar la efímera coalición entre el Partido de la Libertad y el Partido Popular, fue a la vez directora del Instituto Hayek de Viena, miembro de la comisión que pretendía crear zonas especiales desreguladas en Honduras y miembro de la Sociedad Mont Pelerin.

En fin, todo esto para decir que, durante los últimos años, no asistimos tanto a un choque de tendencias opuestas como a la emergencia pública de una disputa de larga data en el bando capitalista, que gira en torno a los medios necesarios para mantener vivo el libre mercado. Irónicamente, el conflicto que dividió a los denominados «globalistas» de los populistas estalló en los años 1990, esa época en la que muchos pensaron que el neoliberalismo había conquistado el mundo.



¿Qué es el neoliberalismo?

Con frecuencia se piensa que el neoliberalismo es un conjunto de soluciones, un plan de diez pasos para destruir la solidaridad social y el Estado de bienestar.

Naomi Klein lo define como una «doctrina del shock»: se abalanza en épocas de desastre, vacía y vende los servicios públicos y transfiere el poder del Estado a las empresas.

El Consenso de Washington, analizado en 1989 por el economista John Williamson, es el ejemplo más célebre del neoliberalismo como receta: una lista de deberes para los países en vías de desarrollo, que van de reformas fiscales a privatizaciones, pasando por distintos tipos de apertura comercial.

Desde esta perspectiva, el neoliberalismo parece un libro de cocina, una panacea y una fórmula que vale en todos los casos.

Pero las obras de los neoliberales nos brindan una imagen muy distinta y, si queremos explicar las manifestaciones políticas aparentemente contradictorias de la derecha, es necesario que las estudiemos. Entonces descubriremos que el pensamiento neoliberal no está hecho de soluciones, sino de problemas.

Los jueces, los dictadores, los banqueros o los empresarios, ¿son guardianes confiables del orden económico? ¿Hay que crear y desarrollar instituciones? ¿Cómo lograr que la gente acepte los mercados a pesar de que suelen ser crueles?

El problema que más perturbó a los neoliberales durante los últimos setenta años es el del equilibrio entre el capitalismo y la democracia. El sufragio universal envalentonó a las masas, siempre dispuestas a hacer descarrillar la economía de mercado sirviéndose del voto para «extorsionar» a los políticos a cambio de favores —así lo perciben ellos— y drenar las arcas del Estado. Muchos neoliberales pensaban que la democracia tenía un sesgo inherente hacia el socialismo.

Entonces, sus desacuerdos giraban sobre todo en torno a la elección de las instituciones capaces de salvar al capitalismo de la democracia. Algunos defendían el retorno al patrón oro, mientras que otros argumentaban que el valor de las monedas nacionales debería flotar libremente. Algunos lucharon a favor de agresivas políticas antimonopolios, mientras que otros pensaban que ciertas formas de monopolio eran aceptables. Algunos pensaban que las ideas debería circular libremente, mientras que otros defendían los derechos de propiedad intelectual. Algunos pensaban que la religión era una condición necesaria en una sociedad liberal, mientras que otros creían que era prescindible.

La mayoría consideraba a la familia tradicional como la unidad social y económica básica, pero otros no estaban de acuerdo. Algunos percibían al neoliberalismo como una forma de diseñar la mejor constitución posible, mientras que otros pensaban que una constitución democrática era —en una metáfora con una memorable connotación de género— «un cinturón de castidad cuya llave está siempre al alcance de quien lo usa».

Sin embargo, comparado con otros movimientos intelectuales y políticos, el movimiento neoliberal siempre se caracterizó por una sorprendente ausencia de divisiones sectarias. Desde la década de 1940 hasta la de 1980, el centro se mantuvo más o menos intacto.

Margaret Thatcher

El único conflicto interno importante se dio en los años 1960, cuando se distanció uno de los principales representantes del movimiento: el economista alemán Wilhelm Röpke, considerado con frecuencia como el padre intelectual de la economía social de mercado.

El que Röpke haya abandonado a sus compañeros mientras defendía abiertamente el apartheid sudafricano y luego de adoptar ciertas teorías biológicas racistas, que planteaban que la herencia genética occidental era una precondición para el funcionamiento de la sociedad capitalista, terminaría siendo un presagio de los conflictos que vinieron luego.

Mientras que, en los años 1960, la defensa de la blancura era una posición más bien periférica, durante las décadas siguientes empezó a fragmentar a los neoliberales.

Aunque en principio puede parecer contradictorio combinar la xenofobia y el ataque a los inmigrantes con el neoliberalismo —esa supuesta filosofía de las fronteras abiertas— este no era en absoluto el caso en el sitio donde nació esta doctrina: la Gran Bretaña de Thatcher.

En 1978, Hayek, convertido en ciudadano británico luego de emigrar de la Austria fascista, escribió una serie de artículos en apoyo al llamamiento de Thatcher a «terminar con la inmigración», lanzado durante la campaña que la llevaría a primer ministro.

Para defender su posición, Hayek recordó las dificultades que había enfrentado Viena, capital donde él había nacido en 1899, cuando llegaron «grandes contingentes de gallegos y judíos polacos» desde el este antes de la Primera Guera Mundial y afrontaron grandes dificultades para integrarse.

Era triste pero real, escribió Hayek, que «sin importar cuánto se comprometa el hombre moderno con el ideal de que las mismas reglas deben valer para todos los hombres, lo aplica de hecho únicamente a quienes considera que son parecidos a él mismo, y es solo muy lentamente que aprende a expandir el rango de aquellos a los que acepta como sus semejantes».

Aunque estaba lejos de ser definitiva, esta sugerencia de que se necesitaba una cultura común o una identidad de grupo para garantizar el funcionamiento del mercado implicaba un giro respecto a la hoja de ruta de la sociedad neoliberal, fundada más bien sobre la noción universalista de que las mismas leyes debían valer para todos los seres humanos.

Esta nueva actitud restrictiva encontró cierta resonancia, particularmente entre los neoliberales británicos que, a diferencia de las tendencias liberales de los estadounidenses, siempre se habían inclinado hacia los conservadores. Hay que recordar que Enoch Powell, de quien caben sospechar muchas cosas menos alguna simpatía por la inmigración de los no blancos, fue miembro de la Sociedad Mont Pelerin y tomó la palabra en muchas de sus reuniones.

Como sea, una de las novedades de los años 1970 fue que la retórica de Hayek que ensalzaba los valores conservadores empezó a combinarse con la influencia de una nueva filosofía: la sociobiología, que a su vez se nutría de la cibernética, la etología y la teoría de sistemas. La sociobiología tomó su nombre del título de un libro de E. O. Wilson, biólogo de Harvard. La obra sostenía que la conducta humana individual podía ser explicada por la misma lógica evolutiva que la de los animales y otros organismos. Todos buscábamos maximizar la reproducción de nuestro material genético. Los rasgos de los humanos caían bajo el mismo esquema: las presiones de la selección erradican los rasgos menos útiles y multiplican los más útiles.

La sociobiología sedujo a Hayek, pero el austriaco no se privó de cuestionar que la disciplina pusiera tanto énfasis en los genes. En cambio, él sostenía que los cambios a nivel humano se explicaban mejor por ciertos procesos que denominó «evolución cultural». Así como en los años 1950 y 1960, los conservadores de Estados Unidos habían promovido el llamado «fusionismo» entre el liberalismo libertario y el conservadurismo cultural —proyecto que condensaba en la revista National Reviewde William F. Buckley—, la inclinación científica de Hayek terminó creando un nuevo fusionismo que generó un espacio conceptual susceptible de recibir préstamos dispersos de la psicología evolucionista, de la antropología cultural y hasta de una revitalizada ciencia de la raza. Durante las décadas siguientes, las cepas del neoliberalismo se combinaron en distintas ocasiones con las cepas del neonaturalismo.

A comienzos de los años 1980, Hayek había empezaron a decir que la tradición era un ingrediente necesario de la «buena sociedad». En 1982, frente a un auditorio de la Fundación Heritage, afirmó que «nuestra herencia moral» era el fundamento de una sociedad de mercado saludable. En 1984 escribió que «debemos volver a un mundo en el que no solo la razón, sino la razón y la moral, como socios de iguales derechos, deben gobernar nuestras vidas, y donde la verdad de la moral es simplemente una tradición moral específica, la del Occidente cristiano, origen de la moral de la civilización moderna».

La conclusión era obvia. Algunas sociedades habían desarrollado ciertos rasgos culturales característicos como la responsabilidad personal, el ingenio, la acción racional y cierta preferencia temporal, mientras que otras no.

Dado que estos rasgos no eran fácilmente adquiribles ni trasplantables, aquellas sociedades culturalmente menos evolucionadas —en otras palabras, el mundo «en vías de desarrollo»— debían afrontar un largo período de difusión antes de alcanzar a Occidente (aunque sin garantías de llegar a buen puerto).


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Raza y nación

En 1989, la historia intervino y cayó el Muro de Berlín. Luego de este acontecimiento inesperado, la cuestión de si las culturas típicas del capitalismo podían ser trasplantadas o debían crecer orgánicamente cobró gran relevancia. La «transicionología» se transformó en nuevo campo de estudio cuando los especialistas en ciencias sociales se abocaron al problema de convertir a los países comunistas al capitalismo.

En 1991, Hayek fue premiado por George H. W. Bush con la Medalla Presidencial de la Libertad. El exmandatario lo definió en aquella ocasión como un «visionario» cuyas ideas habían sido «validadas ante la mirada de todo el mundo». Uno tendería a pensar que los neoliberales se pasaron el resto de la década revolcándose en su autocomplacencia y puliendo los bustos de Mises para exhibirlos en todas las universidades y librerías de Europa del Este.

Sin embargo, sucedió todo lo contrario. Recordemos que el enemigo principal de los neoliberales desde los años 1930 no había sido la Unión Soviética, sino la socialdemocracia occidental. La caída del comunismo significaba que el verdadero enemigo contaba con nuevos campos para expandirse. Como dijo en 1990 James M. Buchanan, presidente de la sociedad Mont Pelerin, «el socialismo está muerto, pero Leviatán vive».

Steve Banon, junto a Marine Le Pen del Frente Nacional (Francia).

Para los neoliberales, los años 1990 planteaban tres ejes de reflexión. En primer lugar, ¿podía el recientemente liberado bloque comunista convertirse en un agente de mercado responsable de la noche a la mañana? ¿Qué necesitaba para hacerlo? En segundo lugar, ¿era la integración europea el heraldo de un continente neoliberal o era simplemente la expansión de un súper-Estado que fomentaría políticas de bienestar, derechos laborales y redistribución? Y, por último, las transformaciones demográficas: una población blanca cada vez más vieja frente a una población no blanca que no paraba de crecer. ¿Es posible que existan algunas culturas —e incluso algunas razas— mejor predispuestas al mercado que otras?

Los años 1990 abrieron una grieta en el campo neoliberal que separó a aquellos que creían en las instituciones supranacionales, como la UE, la OMC y las leyes de inversión internacional —podemos llamarlos «globalistas»— de aquellos que sentían que la soberanía nacional —o tal vez la creación de unidades soberanas más pequeñas— servía mejor a los objetivos del neoliberalismo. Tal vez aquí se generó la base sobre la que se encontraron muchos años más tarde los populistas y los libertarios que dirigieron la campaña por el Brexit.

La influencia creciente de las ideas de Hayek sobre la evolución cultural y la popularidad que empezaron a ganar las neurociencias y la psicología evolucionista, hicieron que mucha gente del campo separatista empezara a prestarle atención a las ciencias duras. Para algunos, la investigación sobre los fundamentos del mercado debía «profundizar en el cerebro», como se lee en el título de un artículo de 2000 escrito por Charles Murray, miembro de la Sociedad Mont Pelerin.

Las crisis que vinieron después de 2008 llevaron las tensiones entre los dos campos neoliberales a un punto crítico. Durante 2015, la llegada de más de un millón de refugiados a Europa generó las condiciones para que surgiera un nuevo híbrido político triunfante, que combinaba la xenofobia con los valores de libre mercado. Es importante ser muy claros cuando se trata de separar lo que hay de nuevo en la derecha de aquello que es una herencia del pasado reciente.

La campaña derechista por el Brexit, por ejemplo, se apoyó sobre una base política construida por la mismísima Thatcher. En un célebre discurso pronunciado en 1988 en Brujas, Thatcher declaró que «no hicimos retroceder las fronteras del Estado en Gran Bretaña solo para quedarnos con los brazos cruzados mientras Europa vuelve a imponerlas mediante un súper-Estado que controla todo desde Bruselas».

Al año siguiente, inspirándose en el discurso de Lord Ralph Harris, antiguo miembro de la Sociedad Mont Pelerin y fundador del Instituto de Asuntos Económicos, creó el Grupo de Brujas.

Hoy, el sitio web de este grupo reivindica con orgullo haber sido la «punta de lanza en la batalla intelectual que llevó a conquistar los votos para abandonar la Unión Europea». Entonces, en este caso, los denominados populistas vienen directamente de las filas neoliberales.

Si bien los defensores del Brexit ensalzan sobre todo la nación, en Alemania y en Austria la referencia a la naturaleza es más evidente. Tal vez lo más impactante de este nuevo fusionismo es la manera en que combina los supuestos neoliberales sobre el mercado con una dudosa psicología social. Se destaca cierta fijación con el tema de la inteligencia. A pesar de que solemos asociar el término «capital cognitivo» con los teóricos marxistas italianos y franceses, el neoliberal Charles Murray lo utilizó en su libro The Bell Curve , publicado en 1994, para describir lo que consideraban que eran diferencias de grupo parcialmente hereditarias en el campo de inteligencia, susceptibles de ser cuantificadas como coeficiente intelectual.

Otro caso es el sociólogo alemán Erich Weede, cofundador de la Sociedad Hayek —y galardonado también con la Medalla Hayek en 2012—, que sigue al teórico de la raza Richard Lynn para sostener que la inteligencia es el principal determinante del crecimiento económico. O Thilo Sarrazin, para quien la riqueza y la pobreza de las naciones no se explica por la historia, sino por una serie de intrincadas cualidades que determinan a sus poblaciones. El libro de este antiguo miembro de la dirección del Bundesbank, titulado Germany Does Itself In[Alemania se lastima a sí misma], vendió cerca de un millón y medio de copias en Alemania y contribuyó al éxito de partidos islamofóbicos como el AfD. Sarrazin también cita a Lynn y a otros investigadores de la inteligencia para argumentar contra la inmigración proveniente de los países de mayoría musulmana en función del CI.

De esta forma, los neoliberales de derecha asignan promedios de inteligencia a los distintos países de un modo que colectiviza y convierte en algo innato el concepto de «capital humano». Su discurso se completa con alusiones a los valores y a las tradiciones, que es imposible captar en términos estadísticos y mediante los que recrean las nociones de carácter y esencia nacionales.

El nuevo fusionismo entre neoliberalismo y neonaturalismo brinda un lenguaje que propone, no el universalismo panhumanista del mercado, sino una visión del mundo segmentada en función de la cultura y de la biología.

Las consecuencias de esta nueva concepción de la naturaleza humana se extienden mucho más allá de los partidos populistas, hasta alcanzar al separatismo de las derechas alternativas y al nacionalismo blanco.



Menos ruptura que continuidad

No todos los neoliberales adoptaron este giro hacia estos conceptos excluyentes de cultura y de raza. También están los que lo critican por considerarlo una apropiación violenta del legado cosmopolita de Hayek y Mises, comandada por una horda de xenófobos intolerantes. Sin embargo, la vehemencia de sus protestas oculta el hecho de que estos hipotéticos bárbaros populistas que golpean las puertas de la ciudad se nutrieron de sus productos.

Un ejemplo impactante es el de Václav Klaus, uno de los favoritos del movimiento neoliberal de los 1990 en virtud de las políticas que tomó como ministro de Finanzas, primer ministro y presidente de la República Checa poscomunista. Klaus fue un férreo defensor de la terapia de shock durante la transición, miembro de la Sociedad Mont Pelerin y frecuente conferencista durante sus encuentros. Siempre dijo que Hayek era su intelectual favorito. En 2013, Klaus se convirtió en investigador principal del Instituto Cato, baluarte del liberalismo libertario cosmopolita.

Sin embargo, es interesante observar su trayectoria. Comenzó en los años 1990 combinando la exigencia de un Estado fuerte en el momento de la transición con la típica declaración hayekiana de la incognoscibilidad del mercado. En la década siguiente, apuntó sus cañones principalmente contra las políticas medioambientales de la Unión Europea. A comienzos de los años 2000, se había convertido en un negador absoluto del cambio climático, tema sobre el que escribió un libro en 2008: Blue Planet in Green Shackles[Planeta azul con grilletes verdes].

En los años 2010, Klaus se enamoró del movimiento populista y empezó a exigir el fin de la Unión Europea, el retorno del Estado nación y el cierre de fronteras frente a la inmigración. Pero su tambaleante giro a la derecha no lo llevó a romper con el movimiento neoliberal organizado.

Mientras la Sociedad Mont Pelerin posaba con una conferencia sobre «la amenaza populista contra la buena sociedad», Klaus argumentaba en uno de los encuentros de ese mismo año que «la migración masiva en Europa […] amenaza con destruir la sociedad europea y crear una nueva Europa que será muy diferente a la del pasado y a las ideas de la Sociedad Mont Pelerin». Mientras traza rayas infranqueables en las que encierra a determinadas personas, Klaus defiende, junto a los partidos de extrema derecha con los que colabora en el Parlamento Europeo, el libre mercado y el libre flujo del capital.

En síntesis, se describe mejor a los ideólogos del tipo de Klaus llamándolos libertarios xenófobos en vez de populistas. Son menos unos supuestos enemigos del neoliberalismo avanzando por el campo con antorchas y rastrillos, que sus propios hijos, nutridos por décadas con las conversaciones y los debates sobre los parches que necesita el capitalismo para sobrevivir.

La nueva cepa piensa que el parche está en la raza, en la cultura y en la nación: una filosofía promercado, que dejó de apoyarse en la idea de que todos somos iguales, para sostener que somos esencialmente diferentes. Pero, más allá del furor que genera el ascenso de una supuesta nueva derecha, lo cierto es que la geometría de nuestra época no cambió. Exagerar la ruptura implica perder de vista su continuidad elemental.

Fuente: Jacobin América latina | Traducción: Valentín Huarte | Ilustración: Mel Haasch

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Quinn Slobodian

Profesor de Historia en el Wellesley College, Massachusetts. Su último libro es Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism.

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