POR OSVALDO NEMIROVSCI | No es una discusión técnica ni un capricho ideológico: es una disputa por el sentido mismo de la democracia y por el lugar que ocupan quienes viven de su trabajo. Esta reforma laboral no sólo avanza sin debate público ni escucha social, sino que intenta desarmar, por la vía rápida, un entramado de derechos construidos con historia, lucha y consenso democrático. Lo que está en juego no es una «modernización», sino un retroceso profundo: menos protección, más desigualdad y un regreso a un país donde el poder manda y la ley deja de cuidar a los más vulnerables. Aquí no se trata de frenar el cambio, sino de evitar que, una vez más, el costo lo paguen siempre los mismos.