Cuando el poder deja de disimular
Al afirmar que su poder solo reconoce como límite su «propia moralidad», Donald Trump volvió visible una lógica antigua del ejercicio del poder. Lejos de ser una anomalía contemporánea, esa concepción recorre la historia. Hoy, la diferencia no está en la idea, sino en sus consecuencias.
La frase cayó sin rodeos y sin matices: Donald Trump afirmó que su poder como presidente y comandante en jefe de Estados Unidos solo está limitado por su «propia moralidad». Lo dijo en una entrevista con The New York Times, al ser consultado sobre los alcances de su autoridad en el plano internacional. Ni el derecho internacional, ni los tratados, ni los organismos multilaterales aparecieron como frenos efectivos. Trump se reservó para sí la potestad de decidir cuándo esas normas aplican y cuándo no. La fuerza, sugirió, es el criterio último.
Las interpretaciones a esta demostración descarnada del poder no demoraron en llegar. Para Washington Uranga, esas declaraciones no pueden leerse como un exabrupto retórico ni como una simple provocación, sino como una señal inquietante del vaciamiento deliberado de los marcos jurídicos y políticos que, con todas sus limitaciones, ordenaron la escena internacional durante décadas. El problema no es solo el contenido de las palabras, sino su sentido: la renuncia explícita a cualquier mediación que no emane del propio poder.
Aram Aharonian propone una clave literaria. En su lectura, Trump aparece como una figura que remite a la novela Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos: un poder que no se reconoce a sí mismo como uno entre otros, sino como origen de la ley, voz del Estado y medida de lo permitido. En Yo el Supremo, el dictador no gobierna dentro de un orden: es el orden. No acepta límites externos, ni institucionales, ni morales. Todo queda subsumido en el «yo» que manda. Aharonian sugiere que algo de esa lógica reaparece en el discurso de Trump, cuando afirma que solo su propia conciencia puede detenerlo.
Pero, por descarnada que resulte, esta concepción del poder no constituye una novedad histórica. Cada vez que una potencia quiere ocupar el lugar del hegemón o percibe amenazada su hegemonía, reaparece la tentación de considerar las normas como obstáculos y no como límites legítimos. Es en esos momentos —de transición, de disputa por la primacía, de declive relativo— cuando la política internacional se desprende de su retórica civilizatoria y vuelve a su núcleo más primitivo.
Ese núcleo fue formulado con una claridad implacable por Tucídides en La guerra del Peloponeso, libro en el que narra el conflicto entre Atenas y Esparta poniendo el acento en el poder, el interés y el miedo como motores de la acción política, más que en la moral, la legalidad o la justicia abstracta. El pasaje más citado —el Diálogo de los melios— condensa esa lógica brutal: «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».
En el diálogo entre los representantes de la isla de Melos y los jefes atenienses, que van a sojuzgarlos o a destruirlos, éstos explican por qué deben someterse a Atenas: no por justicia, ni por derecho, ni siquiera por mandato divino, sino porque «es una ley general y necesaria de la naturaleza dominar siempre que sea posible». No inventaron esa ley —dicen—, simplemente la encontraron vigente y la aplican, como haría cualquiera en su lugar. El derecho solo existe entre iguales: cuando la fuerza es asimétrica, la moral se vuelve un lujo del vencedor.[1]«En cuanto al favor de los dioses —expresan los atenienses—, creemos que tenemos derecho a esperar que esté de nuestro lado, pues ni en nuestras pretensiones ni en nuestras acciones nos … Continue reading
La diferencia decisiva entre aquel mundo y el nuestro no está en la lógica, sino en la escala de sus consecuencias. Cuando Atenas amenazaba a Melos, el horizonte era atroz pero limitado: la derrota, la esclavitud, la destrucción de una ciudad. Hoy, cuando una potencia nuclear asume que su único freno es su propia moralidad, lo que está en juego ya no es una polis ni una región, sino la supervivencia misma de la humanidad. El ejercicio desnudo del poder se despliega en un escenario donde la conflagración total dejó de ser una abstracción filosófica para convertirse en una posibilidad técnica.
Tucídides no escribió para justificar a los imperios, sino para mostrar lo que ocurre cuando el poder se siente acorralado y decide dejar de fingir. En ese punto, la ley se vuelve relativa, la moral se privatiza y la fuerza se presenta como una necesidad natural.
Trump no cita a Tucídides. No lo necesita. Al afirmar que su única frontera es su propia conciencia, reactualiza una lógica que los atenienses formularon sin pudor hace más de veinticinco siglos. La historia no se repite, pero insiste. Y cuando el poder deja de disimular, conviene recordarlo: lo verdaderamente nuevo no es la ley del más fuerte, sino el mundo que puede desaparecer si esa ley vuelve a imponerse sin límites.
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional.
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Notas
| ↑1 | «En cuanto al favor de los dioses —expresan los atenienses—, creemos que tenemos derecho a esperar que esté de nuestro lado, pues ni en nuestras pretensiones ni en nuestras acciones nos apartamos de lo que los hombres consideran justo, ni de lo que los dioses, según se cree, aprueban. Porque estimamos que es una ley general y necesaria de la naturaleza que quien tiene poder mande siempre que puede. No fuimos nosotros quienes establecimos esta ley, ni somos los primeros en aplicarla una vez establecida; la encontramos ya existente y la dejaremos para siempre, sabiendo que también vosotros, como cualquier otro, si tuvierais la misma fuerza que nosotros, obraríais del mismo modo». |
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