«Cambio de régimen de Venezuela», un eufemismo para justificar la intervención armada
«Cambio de régimen» suena a progreso, pero cuando se dice desde Washington casi siempre significa derrocamiento, guerra y ruinas. De acuerdo con el análisis de Medea Benjamin y Nicolas J.S. Davies publicado en CounterPunch, detrás del eufemismo se repite una lógica imperial que ya devastó países enteros —de Irak a Libia y de Afganistán a Ucrania— y que hoy amenaza con sumar a Venezuela a esa larga lista. Sus consecuencias repercutirían en toda América Latina.
Durante décadas, Washington sostuvo ante la comunidad internacional una narrativa tan eficaz como letal: que derrocar gobiernos incómodos equivale a liberar pueblos. De acuerdo con el análisis de Benjamin y Davies —autores de War in Ukraine: Making sense of a senseless conflict (Guerra en Ucrania: Entender un conflicto sin sentido)—, esa fórmula no solo se repite, sino que produce siempre resultados similares: muerte, fragmentación estatal y desesperanza.
Mientras esa lógica vuelve a activarse sobre Venezuela, los autores trazan paralelismos inquietantes con Irak y otras intervenciones estadounidenses. La presencia militar frente a las costas venezolanas, con buques de guerra y patrullajes aéreos, reactiva memorias demasiado conocidas.
Entre las fuerzas desplegadas se encuentra el 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR), los llamados Nightstalkers (cazadores nocturnos). Según documentan los autores, se trata de la misma unidad que operó en Irak junto a la temida Brigada Lobo, un escuadrón de la muerte del Ministerio del Interior iraquí entrenado por Estados Unidos.
Irak: laboratorio del horror
Los medios occidentales suelen presentar al 160.º SOAR como una élite quirúrgica para misiones encubiertas. Sin embargo, el informe recuerda que en 2005 un oficial del propio regimiento relató en su blog operaciones conjuntas con la Brigada Lobo durante redadas masivas en Bagdad. En una entrada fechada el 10 de noviembre de ese año, describió con crudeza convoyes de civiles detenidos, encapuchados, y confesó su «sonrisa lobuna» al verlos pasar.
Muchas de esas personas nunca regresaron. Otras aparecieron en fosas comunes o morgues, incluso a más de cien kilómetros de distancia. El análisis señala que esa distancia coincidía con el radio operativo de los helicópteros Chinook utilizados por los Nightstalkers.
Así respondió la administración Bush-Cheney a la resistencia iraquí: bombardeos devastadores sobre Faluya y Nayaf, seguidos del uso sistemático de escuadrones de la muerte para aterrorizar a la población civil y ejecutar una limpieza sectaria en Bagdad. La ONU reportó más de 34.000 civiles asesinados solo en 2006; estudios epidemiológicos estiman cerca de un millón de muertos en total.
Irak nunca se recuperó del todo. Tampoco cumplió el sueño neoconservador del botín: aunque elites impuestas por Washington desviaron al menos u$s 150.000.000.000 del petróleo, el parlamento iraquí bloqueó la entrega del sector a empresas occidentales. Hoy, sus principales socios comerciales son China, India, Emiratos Árabes Unidos y Turquía.
El «cambio» que nunca mejora
Según advierte el informe, «cambio de régimen» es un eufemismo engañoso. El término sugiere progreso, cuando en realidad se trata de destituciones forzadas, destrucción institucional y, en muchos casos, colapso social.
Golpes de Estado o invasiones abiertas plantean siempre la misma incógnita: ¿qué o quién ocupa el vacío? Una y otra vez, señalan los autores, la respuesta ha sido la misma: gobiernos corruptos, economías capturadas y sociedades empobrecidas.
Kosovo, separado de Serbia tras una guerra ilegal liderada por Estados Unidos en 1999, sigue siendo uno de los países más pobres de Europa. Hashim Thaçi, aliado clave de Washington, hoy enfrenta cargos por crímenes de guerra en La Haya.
Afganistán resistió veinte años de ocupación estadounidense para volver al control talibán. Haití nunca se recuperó del golpe de 2004 contra Jean-Bertrand Aristide, que dejó al país atrapado entre pandillas y corrupción. Somalia, tras la intervención etíope apoyada por Washington en 2006, vio nacer a Al Shabab, mientras Africom lanzó 89 ataques aéreos solo en 2025.
Honduras, Libia, Siria y Yemen completan una lista en la que la promesa de estabilidad derivó en Estados fallidos, guerras prolongadas y crisis humanitarias masivas.
Ucrania y la antesala del conflicto global
El derrocamiento del gobierno electo de Ucrania en 2014, respaldado por Estados Unidos, dividió al país y empujó a Crimea y al Donbás a la secesión. Según el análisis, ese proceso preparó el terreno para la invasión rusa de 2022 y para una escalada aún abierta entre la OTAN y Moscú.
Venezuela, el próximo capítulo
En este marco, Venezuela aparece como el nuevo objetivo. Desde la elección de Hugo Chávez en 1998, Estados Unidos intentó múltiples vías para forzar un cambio de gobierno: el golpe fallido de 2002, sanciones devastadoras, el reconocimiento de Juan Guaidó y la fallida incursión mercenaria de 2020.
Incluso si ese objetivo fuera alcanzable, recuerdan los autores, sería ilegal según la Carta de la ONU. Ningún presidente estadounidense es un emperador ni América Latina un conjunto de colonias tardías.
Los primeros ataques navales impulsados por Donald Trump en el Caribe ya fueron calificados como ilegales, incluso por senadores estadounidenses proclives a justificar intervenciones militares. Aun así, Trump insiste en presentarse como el presidente que terminará con las «guerras interminables».
Contradicciones de una política exterior
De acuerdo con Benjamin y Davies, la política exterior de Trump exhibe una contradicción estructural: mientras promete paz, mantiene el despliegue militar global, financia con un billón de dólares la maquinaria bélica y es cómplice del genocidio en Gaza y del bombardeo de Irán.
El nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional profundizó las tensiones con América Latina. El presidente brasileño Lula fue explícito: no habrá avances con Washington mientras Rubio forme parte del equipo, dada su hostilidad hacia Venezuela, Cuba y otros aliados regionales.
Rubio, sostienen los autores, puede rendir electoralmente en la política interna estadounidense, pero incapacita a Washington para un diálogo responsable con el mundo.
Cierre: una lección que no se aprende
La crisis fabricada alrededor de Venezuela, concluye el análisis publicado en CounterPunch, expone las contradicciones de la política exterior estadounidense: líderes que se proclaman pacificadores mientras reproducen la lógica imperial; discursos de libertad sostenidos por sanciones, bloqueos y amenazas militares.
Si la historia sirve de algo, la lección es clara: el «cambio de régimen» no trae democracia ni estabilidad. Solo deja países fracturados y sociedades heridas. Venezuela, advierten Benjamin y Davies, no debería convertirse en otro capítulo de esa larga y sangrienta repetición.
Para otros analistas, es cada vez más evidente que las amenazas militares estadounidenses contra Venezuela tienen una agenda más amplia. Su plan es un cambio de régimen, pero no solo en Venezuela. Este es el objetivo —en algunos casos a mayor plazo— en varios países de la Cuenca del Caribe, con el fin de limpiar la región de gobiernos considerados indeseables para Washington.
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