La mona vestida de seda

La metáfora con anclaje en la realidad nos ayuda, a veces, a entender las circunstancias que hacen del día a día un cuento de terror. Lo difícil es que en ese cuento somos protagonistas.

Durante una charla informal con un CEO[1]Chief executive officer. de una importante industria alimenticia de origen familiar, escuché el relato de cómo esta firma pasó de la fabricación de golosinas a dominar buena parte del rubro alimentos y su posterior crecimiento y diversificación en otros que no tienen relación directa con lo que los argentinos llevan a su mesa diariamente.

Mi interlocutor, muy joven, relataba los distintos caminos y decisiones que el dueño fue tomando a lo largo del tiempo, para llegar al lugar en donde estaba actualmente, y como él debía «seguir» esos pasos; no tenía opción.

En su rol de administrador y pese a su juventud, le había tocado la «difícil tarea» de cerrar una fábrica completa en una localidad que aportaba toda la mano de obra. Además, buena parte de la producción era suministrada por las chacras del lugar. El cierre de la planta provocó un doble efecto recesivo. «Los números no daban y la empresa no se podía dar el lujo de disminuir su nivel de ganancias», dijo.

 Hasta ese momento, y cómo en una catarsis, mi interlocutor había hecho un monólogo, pero cuando dijo, «disminuir su nivel de ganancias» lo interrumpí con la pregunta, ¿cuánto es lo que la estructura comercial de la empresa pretende ganar en una operación cualquiera? Sin dudarlo, respondió: «todo».

Primero supuse que era un comentario gracioso que mi joven interlocutor hacía, pero inmediatamente hizo una justificación de ese plan de negocios, que según él repetían las empresas en el país, todo giraba en torno a los malos gobiernos, a las trabas impositivas, a la imposibilidad de decidir cuándo y cómo despedir a obreros que perjudicaban el buen funcionamiento de la empresa y algunos argumentos más. No era un país serio y la inseguridad jurídica estaba a la orden del día. Le pregunté ¿y dónde queda la gente? Me miró extrañado y solo me contestó: «No es algo que me corresponda».

Esa conversación me hizo acordar a un viejo video (año 2012), que está aún en Youtube y que muestra una supuesta reunión en donde un grupo de personas armadas, mantienen una charla en la que también se encuentra un chimpancé. En un momento uno de ellos le «presta» su fusil AK 47 a este insólito participante, lo que provoca la risa generalizada.

Todo transcurre en un ambiente festivo, hasta que el chimpancé entiende el mecanismo de lo qué tiene en sus manos y comienza a disparar. Todos buscan refugio, incluido el camarógrafo casual que se esconde para no recibir un disparo. Solo queda el chimpancé empuñando victorioso el fusil.

Como metáfora me sirve para ejemplificar lo que puede ocurrir cuando se le da la oportunidad para tomar decisiones a quien no tiene dudas en apretar el gatillo. Segado por el poder, imposibilitado de dudar sobre lo que cree y en cómo llegar a eso, sin importar el coste, tanto un chimpancé como un CEO o un presidente, pueden ser letales para los que lo rodean.

Notas
Notas
1 Chief executive officer.

Sergio Peralta

Integrante de Esfera Comunicacional. Periodista y docente, fundador del Canal 3 de Televisión Comunitaria de San Martín, Mendoza; exdirector del LV8 Radio Libertador; militante de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en la Coalición por una Comunicación Democrática. Publica en distintos medios de comunicación del país y del exterior.

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