La comercialización del comportamiento humano en tiempos del capitalismo de vigilancia

En el futuro, cuando se estudie la evolución de las sociedades humanas, la época actual del libertinaje absoluto con respecto al tráfico de datos personales será vista como una auténtica aberración, como un salvaje oeste durante el cual se permitieron cosas que jamás deberían haber estado permitidas. En esta nota se desarrollan una serie de propuestas para llegar a ese futuro, que requiere un pueblo sincronizado con el gobierno para instrumentar políticas públicas y sentirnos cuidados por el Estado.

Que las empresas y los Estados tengan a su disposición asombrosas cantidades de datos sobre nosotros no es, al parecer, tan problemático si esos datos están bajo el control seguro de personas con las que nos identificamos tácitamente.

Las campañas de Barack Obama fueron las primeras en aprovechar con gran ventaja la microfocalización que hace un uso intensivo de los datos, pero cuando los expertos en datos prestaron sus destrezas a Donald Trump y a la campaña por la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit) apareció Facebook (hoy Meta) como un gran manipulador de datos personales. Como consecuencia, se aprobaron leyes: en la Unión Europea, la de Regulación General de Protección de Datos de 2016, luego ampliada y mejorada en 2023 y la Ley de Privacidad del Consumidor de 2018 aprobada por el estado de California. Organizaciones de todo el mundo tuvieron que retocar los procedimientos de suscripción a sus boletines informativos, pero los «dueños de los datos» siguieron y siguen adelante.

Seguramente, alguna vez, luego de una búsqueda (textual o auditiva por tu Android) en Google de un producto, recibiste una publicidad de ese mismo producto en tus redes sociales o la casilla de correo. O quedaste fidelizado si compraste por intermedio de Instagram o Facebook .

Este tipo de consumo personalizado, mediante internet, adaptado tan perfectamente a tus gustos y necesidades, es posible porque los «dueños de Internet» y ahora los «dueños de los datos» recopilan de sus usuarios datos, perfiles y recorridos en la red de redes. También es uno de los aspectos de lo que Shoshana Zuboff ha denominado el «capitalismo de la vigilancia». En su más reciente libro, La era del capitalismo de la vigilancia, relata cómo los datos de las personas son la materia prima para los procesos de producción de información que conforman la base para un nuevo orden económico mundial que amenaza la democracia.

El capitalismo se transforma cada cierto tiempo. Algunos iluminados por el concepto de «solucionismo tecnológico», sostienen que esos períodos están definidos por hitos tecnológicos que marcan hitos en la producción para el consumo.  Podemos admitir ya sea por hitos tecnológicos o crisis económicas (producidas) que ocurre más o menos cada siglo. Pero ahora, en este siglo digital, lo que tenemos es una situación extraordinaria en la cual toda la estructura del capitalismo está basada en la comercialización del comportamiento humano. Eso nunca antes había sido posible.

Los habitantes del territorio digital disponen de todas las facilidades para poder instalar aplicaciones de software (app) en nuestros dispositivos y satisfacer el deseo —orientado, claro— de estar y pertenecer a la comunidad digital, que es muy fuerte. Por eso afirmo que vivimos en una distopía accidental (no pensada, no decidida), que hemos llegado a un punto al que nadie nunca hubiese pensado o escogido llegar. Y, aun así, aquí estamos contentos de ser habitantes sin vos ni voto del territorio digital.

Vivimos en un mundo en el que todo lo que hacemos está monitoreado. Nuestras acciones son transformadas en datos y pasan a ser propiedad de las grandes empresas del capitalismo de la vigilancia como lo son Google, Meta, Amazon o, en su versión criolla, Mercado Libre. A partir de esos datos, estas empresas pronostican nuestro comportamiento. Luego venden esos pronósticos. Todo el mundo terminará ganando más dinero si logran reducir la incertidumbre en sus negocios sabiendo con mucha certeza cómo vamos a comportarnos. ¿No es determinante para las compañías de seguros médicos saber qué enfermedades vamos a contraer? ¿No es excelente para las aseguradoras de automóviles saber cómo conducimos o conduciremos? Conocer las respuestas a preguntas si pagaremos nuestro alquiler, nuestra hipoteca o nuestras tarjetas de crédito son ahora las fuentes de ingresos para estas compañías. Y nuestros datos son vendidos al sector financiero, al de salud y así, poco a poco, se han dispersado por toda la economía.

«Pero existen miles de millones de personas que parecen no querer ningún cambio. Escuchan música en Spotify, ven muy contentos el contenido que Netflix les recomienda y le dejan saber a Amazon exactamente lo que les gusta y cómo quieren comprarlo. Esas personas se sorprenderán por esta situación alarmante, porque están felices viviendo sus vidas, sabiendo que tienen nuevas herramientas que antes no existían y que es muy cómodo todo esto. Y tienen razón. De hecho, esa es la gran injusticia. Pues nos merecemos estos servicios, nos merecemos los datos y el conocimiento que generan estos servicios. Deberían enriquecernos como individuos, familias, ciudades, naciones y, sobre todo, como una creciente civilización de información global. Pero eso no es lo que está pasando. Un documento filtrado de Facebook, empresa que ahora se conoce como Meta, demostró que para 2018 su centro de inteligencia artificial estaba procesando billones de datos al día para producir alrededor de 6 millones de pronósticos de comportamiento. Esa es la magnitud de la que estamos hablando. Y es algo muy difícil de comprender para cualquiera de nosotros», sostiene Zuboff.

En su extenso trabajo, Zuboff describe un nuevo tipo de capitalismo inclinado a convertirnos en ratas de laboratorio de la psicología conductista. Asombrosamente, la era del capitalismo de vigilancia, que se apropia de todo el excedente económico y amplía las asimetrías de poder, obtuvo la aprobación de Obama, que había presidido una enorme expansión de la vigilancia masiva, bajo el programa Prism de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense.

Acceder a los servicios pagos de Spotify, Netflix, Google e incluso Facebook nos da gusto, nos distrae y nos acompaña en él descanso; pero estos procesos de extracción de datos y de desarrollo de pronósticos están diseñados para permanecer escondidos para los usuarios/clientes. ¿De quién es la responsabilidad social y política de hacer visibles estos procesos?

En parte es nuestra responsabilidad ciudadana aprender sobre lo que está pasando y exigir a nuestros legisladores la necesidad de idear e implementar políticas que puedan cuidar los procesos de legalidad de los servicios digitales. Ciertamente, no se trata de que dejen de existir estos, ya que nos son útiles, sino que todos los datos y el conocimiento profundo que generan nos pertenezcan, les pertenezcan a las instituciones que deben regular el ámbito digital. Se trata de que «el joystick no seas vos». Hay mucho trabajo por hacer. Pero si no lo hacemos, la distopía accidental de hoy se convertirá en la realidad que domine este siglo.

El capitalismo de vigilancia se ha desarrollado en los últimos veinte años y durante ese lapso se ha debilitado la democracia (o tendríamos que decir destruyendo) y sus instituciones como nuestras habilidades colectivas e individuales. Por ejemplo, el presidente Milei pretende que desaparezca el Congreso de la Nación y la representatividad que tiene el pueblo mediante los legisladores utilizando extorsiones y amenaza para que se vote su Ley Ómnibus que contiene un primer artículo de facultades delegadas mediante las cuales puede embestir y desconocer el Congreso y nuestra Constitución Nacional. Una privatización del ejercicio de gobernar. Este es un planteamiento muy interesante porque demuestra que el capitalismo de la vigilancia se basa en la usurpación de derechos que siempre hemos considerado esenciales para vivir una vida libre, individual y moderna.

Hemos llegado al punto en que necesitamos defender nuestros derechos democráticos. De lo contrario, incluso como vemos con un proceso electoral especulativo, un grupo de empresas seguirá teniendo todos los derechos sobre el conocimiento y el patrimonio nacional. Nos están arrebatando la idea de que las personas podemos elegir cómo se gobierna, con qué valores e ideales, con qué aspiraciones y derechos y bajo qué leyes. Los futuros que ofrecen el capitalismo de la vigilancia y la democracia no son compatibles. Estos dos órdenes institucionales están en un duelo a muerte. Ambos no pueden coexistir. Nos toca decidir cuál ganará.

Una corporación controla los principales espacios de comunicación social en todo el mundo y la información que circula en ellos. Es decir, controla lo que se supone que sea nuestra esfera pública digital. Pero en realidad lo que tenemos ahora es un lugar donde la información de calidad está inversamente correlacionada con las ganancias. Mientras más corrupta es la información (noticias falsas) que circula en sus plataformas, más dinero gana la empresa Meta (antes Facebook). En 2018, Facebook transformó la manera en la que presentaba contenido a sus usuarios. Se comenzaron a basar en pronósticos sobre el tipo de contenido con el que las personas iban a interactuar. Los algoritmos empezaron a promover y a diseminar la información más corrupta, descabellada e inflamatoria, porque esa era la que obtendría más interacción. La interacción, por supuesto, impulsa la extracción de más datos, lo cual lleva al desarrollo de más pronósticos sobre nuestro comportamiento, lo cual produce a mayores ganancias. Y es por eso que ya no tenemos una esfera pública. Hasta que no logremos recuperar nuestros espacios de comunicación, debemos encontrar formas de cambiar estas empresas de manera fundamental o de hacerlas obsoletas. Así podremos reconstruir espacios que verdaderamente nos permitan comunicarnos libremente como una sociedad abierta y con los valores y el sentido común que a todos nos interesa.

Estas corporaciones son capaces de controlar nuestro comportamiento colectivo.

Facebook es quizá el ejemplo paradigmático de esta tendencia de controlar o motivar el funcionamiento de opiniones colectivas, pero no es un caso único. Estas empresas pueden determinar, por ejemplo, si las personas de una sociedad se enojan o se polarizan con más frecuencia, si el discurso político se inclina más hacia el odio y hacia lo inflamatorio o si se vuelve más moderado. Y también pueden determinar si más personas van a vivir o morir. Hay investigaciones detalladas que demuestran que la manera cómo la información falsa sobre el covid-19 sobrepasó la información legítima en las redes sociales llevó a un mayor número de muertes durante la pandemia. Este fenómeno se volvió tan poderoso que el Dr. Robert Califf, quien dirige la Administración de Drogas y Alimentos de los EE. UU., afirmó que la desinformación se había vuelto la principal causa de muerte en el país.  En Argentina basta recordad como «libertarios» protestaban por libertad para no vacunarse porque suponían una inoculación dominante de la persona. En el teclado celestial, si oprimen unas teclas particulares, más personas en el mundo se enojan. Si oprime otras teclas, más personas mueren.

La nueva fase es la captación de datos personales a través de dispositivos hogareños, desde las nuevas interfaces vocales (Alexa, Siri, Cortana, etc.) hasta las aspiradoras como el robot Roomba, que mapea cuidadosamente el interior de las casas y envía esa información a la casa central.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? Es la gran pregunta frente a esta realidad algorítmica digital que ha configurado un territorio de esclavos ciudadanos del nuevo siglo.

Detener la extracción masiva y silenciosa de datos personales, y decretarla ilícita para comenzar. Desde cualquier punto de vista –moral, político o económico–, esa extracción es fundamentalmente injusta y malintencionada. En cualquier otro contexto, se le llamaría robo. Así que se cataloga como un robo y se detiene. En el momento que suceda eso, algo sucederá porque habremos acabado con el ladrón. Los miles de millones de empresas que quieren entrar en el mundo digital y operar de formas que promueven los valores democráticos, por fin podrán competir en un entorno justo. Así que tenemos una oportunidad para recuperar el siglo digital y eso comienza con la eliminación, la erradicación de ese poder que descaradamente asumieron las empresas sin preguntar. Pues es ese poder que les permite convertir nuestras vidas en productos para aumentar sus ganancias y su influencia.

Propuestas iniciales para el debate

Declarar que los macrodatos personales que obran en manos de los capitalistas de la vigilancia fueron robados aprovechando la radical asimetría entre capitalistas y usuarios, con desprecio de la consciencia individual y social y en la total ilegalidad (no regulado por leyes).

Tras la declaración, caben dos opciones muy distintas. La primera es el borrado total de los macrodatos. La segunda es declarar los macrodatos patrimonio común de la humanidad (como lo es la naturaleza), y confiarlos a alguna autoridad mundial. La elección entre la primera o la segunda respuesta depende de si consideramos que lo bueno que se puede hacer con ellos sobrepasa lo malo.

Para los datos, ya legítimamente tratados después de la economía de la vigilancia, es necesario implementar deberes fiduciarios. Se trata de que cualquiera que quiera recolectar o guardar datos personales adquiera un deber de cuidado con los sujetos de los datos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con una relación como la del médico con el paciente.

Prohibir los algoritmos antipolíticos. Es decir, aquellos que rompen con la igualdad de las opiniones en Internet y favorecen precisamente lo antipolítico, lo que destruye las polis: lo tribal, el odio, lo sórdido, etc. Esto evita la hipócrita tarea de restringir la libertad de algunos a posteriori, como ocurrió con la cuenta de Twitter de Donald Trump, que fue cerrada sin bastante justificación. ¿Quién ha erigido a Twitter (hoy X) en árbitro para dar o quitar la palabra a quién quiera? Esto es aún más preocupante cuando su modelo de negocio es antipolítico y no hace más que añadir a una injusta desigualdad (la algorítmica) otra desigualdad (la del presidente que no se considera digno de tener opinión en Twitter).

Prohibir el diseño que es estructuralmente manipulador. Un ejemplo es el «Me gusta» y el reenvío con un clic. Estas opciones de diseño añadidas en 2009 están directamente vinculadas con la grave crisis mental entre adolescentes unos años después.

Se dice habitualmente que el problema principal es el modelo de negocio. Tanto es así que las aplicaciones de mensajería que no recaban excedente conductual en forma de macrodatos (Signal y Telegram) no son rentables y funcionan con donaciones. En definitiva, es difícil ganar dinero si se actúa de manera decente en la sociedad de la información. Por eso, esto es un problema estructural, no accidental.

Socializar las plataformas por considerarlas estructuras críticas de la sociedad de la información y el conocimiento. Esto hace desaparecer el problema del modelo de negocio, pero las dificultades de esta solución parecen insalvables al darse un desplazamiento de un dominio privado (que desprecia las consecuencias sociales en busca del lucro efectivo), por un dominio público que busca determinados resultados sociales.

Dividir a las grandes tecnológicas. Son gigantescas: Google, por ejemplo, ha comprado más de doscientas empresas en su tiempo de vida. La opción de dividir por actividad parece reducir el problema a la concentración. Esto conduciría a ampliar la competencia y robustecer el mercado de la vigilancia.

Mantener a Apple en el buen camino. La empresa de Tim Cook podría ser clave contra el capitalismo de la vigilancia si sigue la senda de la defensa de la intimidad que, en general, la ha caracterizado. Esto la colocaría frente a los otros gigantes Google, Facebook, Microsoft y Amazon que, por en ese orden, se han instalado en la vigilancia.

No partir de que hay que financiar la innovación con subsidios. El Estado debe asociarse al emprendimiento tecnológico. El pensamiento central de los innovadores del Silicon Valley queda expresado claramente en el concepto de que la historia corre precisamente por los canales que a uno le llevan a hacer dinero: «La intimidad ha muerto», dijo Zuckerberg.

Para estas acciones iniciales, en necesario que el pueblo este sincronizado con el gobierno que mediante políticas públicas implemente medidas legales para que suceda lo expresado y podamos sentirnos cuidados por el Estado.

Claro estamos en una disyuntiva muy compleja. En la Argentina tenemos un presidente que piensa y acciona en sentido contrario. Sus políticas públicas son destruir el Estado y por ende desproteger al pueblo. Todo el poder al mercado y libertad de acción…. Esto ya lo conocemos es para muy pocos, aún podemos reaccionar. 

Alfredo Moreno

Computador científico, ingeniero TIC en Agentina Satelital (Arsat), profesor TIC en la Universidad Nacional de Moreno, integrante de la Red de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad (Red Placts - https://blogs.ead.unlp.edu.ar/catedracps/red-placts/)

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