¿Fue correcto cortar a Trump mientras estaba en directo?

La decisión de las cadenas norteamericanas de TV abierta de interrumpir el discurso de Donald Trump —por considerar falsa su denuncia de fraude electoral— activó el debate acerca del rol de las corporaciones mediáticas en la definición de la circulación de discursos. A este debate se sumaron Martín Becerra y Eduardo Blaustein con dos notas que, desde distintos enfoques y argumentos, cuestionan a aquellos que celebran la decisión de las cadenas de estadounidenses.

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Varias cadenas de televisión estadounidenses interrumpieron el jueves 5 de noviembre la transmisión del último discurso del presidente Donald Trump por considerar que su contenido propiciaba la desinformación. Mientras se realizaba el escrutinio de los comicios del martes, Trump decía desde la Casa Blanca que ganaría «fácilmente» si se contaran «los votos legales», pero que si se incluían los «votos ilegales» los demócratas podrían «intentar robarnos las elecciones».

En ese momento y muy rápidamente, el canal MSNBC cesó su transmisión en vivo. «Bueno, aquí estamos nuevamente en la posición inusual de tener que no solo interrumpir al presidente de Estados Unidos, sino también corregir al presidente de Estados Unidos», dijo el presentador Brian Williams. NBC News y ABC News también interrumpieron la transmisión, que finalmente acabó no siendo una rueda de prensa, ya que el presidente abandonó el escritorio sin contestar preguntas de los periodistas.

CNN emitió totalmente la declaración en vivo, pero su presentador Jake Tapper criticó al mandatario. «¡Qué noche más triste para Estados Unidos de América ver a su presidente acusar falsamente a la gente de intentar robarse las elecciones¡», señaló Tapper. Una de las cadenas que más ha apoyado a Trump, la Fox, también ha desmentido las palabras del presidente.

Prácticamente ningún medio periodístico mayoritario ha corroborado las acusaciones de fraude electoral vertidas por la campaña de Trump. «Trump ha dicho sin pruebas que la elección ha sido corrupta y fraudulenta», publicaba Nicole Carroll, la editora de USA Today’, uno de los diarios generalistas más leídos de Estados Unidos. The Washington Post, The New York Times y Los Ángeles Times también desmintieron al presidente.

Después de que las cadenas de televisión estadounidenses decidieran interrumpir la transmisión del presidente Trump se ha generado un debate a escala global acerca de si fue correcto cortar a Trump mientras estaba en directo. En tal sentido, vale la pena rescatar las notas del investigador argentino Martín Becerra —Trump, el patotero censurado, publicada en el portal Letra P— y ¿Por qué no te callas, Trump, coño? del periodista Eduardo Blaustein, publicada en Socompa, en las que analizan las consecuencias de lo ocurrido para la libertad de expresión.

Para Becerra la interrupción del discurso de Trump es un acto de censura. También para Blaustein, que pone el acento de su análisis en el cinismo de las cadenas televisivas y los grandes medios que nunca antes cortaron sus transmisiones a George Bush, Bill Clinton o Barak Obama cuando hacían “propaganda” ante conflictos tales como “guerra contra el terrorismo”, acciones militares estadounidenses en el mundo o golpes de Estado vinculados a intereses de empresas estadounidenses.

Pero antes de pasar a la síntesis de los artículos mencionados me parece oportuno recordar que Donald Trump no es un accidente electoral. Es el resultado de una transformación de la sociedad norteamericana. Y que, nos guste o no, es todavía el presidente en ejercicio y representa a decenas de millones de ciudadanos y ciudadanas. De hecho, prácticamente a uno de cada dos estadounidenses. La mejor forma de contrarrestar las noticias falsas y la mentira  no es fustigándola o censurándola. La respuesta de nuestras sociedades y democracias debe ser más y mejor democracia. Trabajar en reforzar, profundizar y ampliar los valores democráticos es la mejor vacuna que puede tener una sociedad como la estadounidense o la nuestra.

El patotero censurado

Para Becerra «este comportamiento de la TV profundiza los interrogantes sobre quién decide qué expresiones pueden circular y bajo qué condiciones. Los contornos de “lo decible” son cada vez más inestables en la sociedad contemporánea. El caso también ilustra el poder corporativo en la mediación la conversación pública». A lo que añade: «Nadie esperaba, después de estos años de presidencia de Trump y de su prontuario, una reconversión moderada en su despedida. Por eso, cuando las cadenas de TV eligieron —con lógica informativa— emitir el discurso de Trump, sabían o intuían lo que venía. No pueden alegar sorpresa, y nada impedía que continuaran transmitiendo las opiniones de Trump y luego las criticaran diseccionando sus falacias, como lo han hecho en reiteradas oportunidades».

Martín Becerra

Luego, Becerra se pregunta, ¿acaso la licenciataria de un servicio de interés público, como son las cadenas de TV, está obligada a emitir la reacción de los candidatos a presidente ante los resultados de los comicios? Respuesta: «No, por supuesto que no está obligada. Aunque sería una discutible decisión editorial, ello no configuraría censura. Inquilinas de un recurso común (el espectro), las licenciatarias de TV deciden su programación dentro de parámetros genéricos regulados (porcentaje de contenido nacional, protección al menor, cantidad de minutos de publicidad). Y “están en su derecho” de no poner al aire la palabra de un candidato».

Pero, claro, ese no fue el caso: esta vez las cadenas de TV decidieron emitir el contenido. «Al hacerlo, se comprometieron con la audiencia a darle acceso a las opiniones del candidato. Luego, como no les gustó el contenido, porque decretaron en el mismo momento que era falso, en forma simultánea, lo cortaron. Es decir, censuraron», afirma Becerra, quien agrega: «Coartar la expresión de un presidente y candidato en las cadenas de TV y en las principales plataformas digitales es todo un síntoma del deterioro de consensos básicos sobre el derecho a la libertad de expresión, considerado durante los últimos siglos pilar de la democracia».

Becerra amplia su razonamiento planteando que, desde la perspectiva de la libertad de expresión propia de los estándares de derechos humanos, la decisión de las cadenas de TV es peligrosa por tres motivos: primero, porque cercena la palabra del representante de una corriente de opinión que compite en elecciones y tiene derecho a dar su versión de los hechos, así sea delirante, mientras no ponga en riesgo la vida de terceros; segundo, porque obstruye el acceso de la sociedad a la expresión del candidato (así sea delirante); tercero, porque los medios se asignaron el rol de controladores del discurso en tiempo real y, con este antecedente, les resultará complejo no ejercer esa función a futuro y desentenderse de las consecuencias políticas y legales correspondientes.

Acerca de la CNN (no es cadena de TV abierta), que emitió el discurso completo de Trump, editorializando con zócalos y con críticas de su anchorman Jack Tapper, Becera opina que la CNN «respetó el derecho de expresión de Trump, el de la audiencia, el de la propia empresa y el de su staff periodístico. La moderación realizada por la CNN contrasta con la cancelación de la opinión dispuesta por las grandes cadenas».

Becerra concluye su nota planteando que Trump es una figura detestable para muchas personas, incluido el él,  «pero el uso de la libertad de expresión cual comodín que da amparo a los amigos y se le niega a los adversarios confunde un principio que hoy es problematizado en todo el mundo y en todas las plataformas. El peligro es claro: según la correlación de fuerzas, una parte de la sociedad queda huérfana del derecho elemental a la palabra».

¡Callate, coño!

Para Eduardo Blaustein, «que las más importantes cadenas de televisión de la primera potencia mundial hayan hecho lo que hicieron con el presidente de esa primera potencia es efectivamente un notición que merece ser analizado. Pero no necesariamente encendiendo cañitas voladoras para festejarlo». Y aunque no es tan asertivo como Becerra,  aclara que en su nota «no se avala el derecho que asista al periodismo de cortarle la palabra nada menos que a un presidente. Para decirlo de otro modo y mal: a Trump podían llenarlo de mierda mientras hablaba —mediante zócalos o intervenciones breves de los conductores de los programas— o al final de su intervención brutal y casi fantástica. Pero, ¿cortarle la palabra? Puede que sí, puede que no. El tema a discutir es lo celebratorio de la noticia».

Eduardo Blaustein

Desde ese enfoque, Blaustein considera que una buena guía para discutir acerca de lo sucedido fue una columna escrita en el diario USA Today en la que Nicole Carrol, editora en jefe, decía: «El presidente Trump, el jueves, hizo reclamos infundados acerca de que la elección fue fraudulenta y corrupta. En respuesta a eso, cortamos sus comentarios y removimos el video con sus declaraciones de nuestras plataformas. Quiero explicar por qué».

A Blaustein le interesa subrayar el clivaje fudamentalista del editorial de la periodista estadounidense. «Un fundamentalismo con doble eje: el “profesionalismo” periodístico (aquello que iguala el profesionalismo a la Biblia y a las ciencias duras) y el espíritu democrático. No estamos negando ni una cosa ni la otra, solo sometiéndola a examen. Escribió Nicole Carrol: “Nuestro trabajo es cubrir noticias, pero nuestra misión es esparcir la verdad y detener la desinformación”».

Para Blaustein, «“noticia” es un sustantivo complicadito y más complicados son los criterios de noticiabilidad. Hay decenas de criterios de noticiabilidad, muchos de ellos discutibles. “Misión” es otra palabra jodida: suena religiosa y aunque las audiencias consuman medios y noticias no hay mandamiento divino que otorgue al periodismo y los medios el derecho a adjudicarse “misión” alguna».

Blaustein recuerda que Carrol decía que lo que hizo Trump ya no es información o noticia, «es propaganda». «¿Pero cuántas veces —pregunta— habló Trump, mil presidentes o políticos, o corporaciones, haciendo “propaganda” y los medios la dejaron pasar? ¿Hablaron de “propaganda” ante mil conflictos tales como “guerra contra el terrorismo”, acciones militares estadounidenses en el mundo, golpes de Estado vinculados a intereses de empresas estadounidenses? Cortar la transmisión de la conferencia de prensa, escribió Carrol, “no es censura”. ¿No? ¿No lo es? ¿Cuántas mentiras dichas por Trump, los Bush, Clinton u Obama se comieron los medios de los EE. UU. sin aplicar el ejercicio “esto no es censura”?»

A los periodistas que avalaron el corte de la conferencia de prensa de Trump oponiendo —con razón, opina Blaustein—- la noción de «facts» (hechos) a las falsedades dichas por su presidente, plantea «que también los “facts”, hechos, pueden ser objeto de controversia, muy especialmente porque el periodismo suele simplificar y deshistorizar. Cuando Jorge Rafael Videla decía que los desaparecidos eran “una entelequia”, ¿cuál era el “fact”? ¿Los desaparecidos o la entelequia? ¿Cuáles eran los “facts” para iniciar las sucesivas guerras en Irak? ¿Cuáles para exhibir la imagen de Sadam Hussein colgando de una horca? Cuando Barak Obama anunció solemne y como un triunfo violento “hoy matamos” a Osama Bin Laden, ¿el “fact” fue un acto de justicia, una muerte sin juicio, el derecho autoadjudicado de los EE. UU. a matar, un acto de reparación histórica, la ley, las Tablas de la Ley, una ejecución, el Bien revestido de barras y estrellas, un asesinato?»

«¿Todo eso es “noticia” o “propaganda”?», pregunta.

Milagro argento

Lo sucedido unió en un entusiasmo parecido a La Nación con Gustavo Sylvestre y Víctor Hugo Morales. Los tres opinaron que fue un acto en defensa de la libertad de expresión. Huelgan los comentarios.

Marcelo Valente

Comunicador y periodista. Editor de Esfera Comunicacional.

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