Cables, sanciones y poder: la disputa por el control digital de Sudamérica
Según el análisis publicado por TechPolicy y elaborado por Jorge Heine y Juan Ortiz Freuler, la reciente ofensiva de Estados Unidos contra un proyecto de conectividad entre Chile y China revela un giro hacia estrategias de presión directa. En un escenario global fragmentado, la infraestructura de internet emerge como un campo clave de disputa geopolítica.
De acuerdo con el informe de TechPolicy, el episodio ocurrido el 20 de febrero —cuando el Departamento de Estado estadounidense revocó las visas a funcionarios chilenos vinculados a la evaluación de un cable de fibra óptica entre Valparaíso y Hong Kong— no puede leerse como un hecho aislado. Más bien, funciona como síntoma de un cambio más profundo: el pasaje de la persuasión a la coerción en la política exterior de Washington hacia América del Sur.
Según detallan Jorge Heine y Juan Ortiz Freuler, lo llamativo no es solo la sanción en sí, sino su fundamento: los funcionarios no habrían ejecutado una política contraria a Estados Unidos, sino que simplemente estaban cumpliendo con su obligación de evaluar una inversión extranjera. Esto, advierten, amplía peligrosamente el alcance de las sanciones como herramienta disciplinadora.
El trasfondo es estratégico. La región carece de conexiones directas de fibra óptica con Asia, pese a que China se ha consolidado como su principal socio comercial. En cambio, la estructura actual de Internet —tal como describe el informe— mantiene una lógica radial, con Estados Unidos como nodo central del tráfico de datos sudamericano. Esta arquitectura no es neutra: quien ocupa el centro tiene capacidad de vigilancia, filtrado e incluso interrupción de flujos de información.
Los autores recuerdan que estas capacidades no son meramente teóricas. Las revelaciones de Edward Snowden expusieron cómo la inteligencia estadounidense aprovechó su posición en la red para espiar comunicaciones globales. Más recientemente, señalan que Washington demostró su poder de bloqueo al restringir el acceso digital de un fiscal de la Corte Penal Internacional. En ese contexto, la dependencia tecnológica deja de ser un problema técnico para convertirse en una vulnerabilidad política.
El caso chileno resulta especialmente sensible. Según el informe, se trata del país con mejores indicadores de conectividad y gobernanza digital en América Latina, lo que lo posiciona como un potencial puente entre Asia y la región. Sin embargo, esa misma posición lo convierte en un territorio de disputa. No es la primera vez que ocurre: ya en 2019, presiones diplomáticas estadounidenses habían frenado un proyecto similar.
El texto también inscribe este conflicto en una transformación mayor del orden mundial. Con China desplazando a Estados Unidos como principal socio comercial de Sudamérica, la región queda atrapada entre dos lógicas: una histórica, de alineamiento político con Washington, y otra emergente, de integración económica con Asia. La reactivación de principios cercanos a la Doctrina Monroe —ahora aggiornados bajo nuevas formulaciones estratégicas— sugiere que Estados Unidos busca limitar esa apertura.
Frente a este escenario, Heine y Ortiz Freuler plantean la necesidad de diversificar las conexiones digitales como una forma de reducir riesgos. Iniciativas como el cable Humboldt, impulsado por Google, no resolverían el problema de fondo, ya que siguen bajo jurisdicción estadounidense y, por tanto, sujetos a sus decisiones políticas.
La alternativa, proponen, pasa por desarrollar infraestructura independiente mediante consorcios regionales y alianzas con otros actores globales. Experiencias como el cable EllaLink —impulsado por Brasil y la Unión Europea tras el escándalo de espionaje revelado por Snowden— muestran que es posible construir rutas que eludan los puntos de control estadounidenses.
En este marco, los autores recuperan el concepto de no alineamiento activo, una estrategia que busca evitar la subordinación a cualquiera de las grandes potencias. Aplicada al terreno digital, implicaría garantizar múltiples vías de conexión para preservar la autonomía y asegurar un flujo de información sin condicionamientos.
El diagnóstico final es claro: en un mundo donde la infraestructura de internet se convierte en herramienta de poder, permitir que un solo actor controle los canales de comunicación equivale a ceder soberanía. Para Sudamérica, concluye el análisis, el desafío no es elegir entre Estados Unidos o China, sino construir las condiciones materiales para dialogar con ambos sin depender de ninguno.
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