Anthony Bellanger: «El periodismo sigue siendo uno de los pocos contrapesos frente al poder»
En vísperas del Congreso Mundial de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), el secretario general de la organización, Anthony Bellanger, repasa un siglo de historia sindical, advierte sobre una crisis estructural del periodismo y plantea los desafíos urgentes para sostener la libertad de prensa en un escenario global cada vez más hostil.
A pocas semanas del encuentro que, entre el 4 y el 7 de mayo, reunirá en París a sindicatos de todo el mundo, Anthony Bellanger traza, en diálogo con el periodista Sergio Ferrari, una línea de continuidad entre el nacimiento de la Federación Internacional de Periodistas en 1926 y las tensiones actuales que atraviesan el oficio. Aquella apuesta inicial —organizar globalmente una profesión definida por su independencia—, recuerda, pudo parecer audaz, pero rápidamente se volvió una necesidad frente a los poderes políticos, militares y económicos. «Los periodistas comprendieron que solo pueden defender su oficio si lo hacen juntos», enfatiza.
Esa convicción, señala, sigue vigente en un contexto internacional signado por conflictos armados y crecientes presiones sobre la prensa. Bellanger subraya que la información no es una mercancía más, sino un bien público, y que desde sus inicios la FIP buscó diferenciar el periodismo profesional de la propaganda. Recuerda, en ese sentido, decisiones tempranas como la exclusión de organizaciones que aceptaron normas antisemitas en la década de 1930, como un límite ético innegociable: «Un sindicato de periodistas no puede aceptar la discriminación o la censura como norma».
El presente, sin embargo, presenta desafíos de una magnitud alarmante. La situación en Gaza desde octubre de 2023, advierte, constituye una de las pruebas más graves para la organización: el número de periodistas asesinados alcanzó niveles sin precedentes y las condiciones de trabajo son extremas. Pero no es un caso aislado. Ucrania, México, Sudán, Yemen, Irán o Filipinas configuran un mapa global donde el ejercicio del periodismo implica riesgos crecientes. «En los conflictos modernos, controlar la información se convierte en un objetivo estratégico, y los periodistas pagan el precio», señala, al tiempo que insiste en la necesidad de una convención internacional vinculante que garantice su protección.
Al repasar la historia de la Federación, Bellanger describe una organización que logró superar fracturas ideológicas, especialmente durante la Guerra Fría, y expandirse hacia África, Asia y América Latina en el contexto de la descolonización. Ese proceso transformó profundamente su identidad: de una entidad mayoritariamente europea a una red verdaderamente global. En esas regiones, destaca, la FIP cumple un rol muchas veces silencioso pero decisivo, apoyando la creación de sindicatos, formando reporteros y defendiendo a periodistas perseguidos.
Esa dimensión internacional es, a su juicio, la principal fortaleza de la organización. «Nuestra fuerza radica en conectar realidades, crear solidaridad entre continentes y defender estándares comunes», explica. Y advierte que los problemas actuales —precarización laboral, concentración mediática, violencia, presiones políticas o el impacto de la inteligencia artificial— son globales y requieren respuestas colectivas.
Desde los años noventa, añade, el periodismo se consolidó como una de las profesiones más peligrosas del mundo. La Killed List de la FIP documenta más de tres mil asesinatos en las últimas décadas, la mayoría fuera de zonas de guerra. «Muchos murieron por investigar corrupción o abusos de poder», recuerda. Frente a ello, la organización impulsó herramientas concretas, como fondos de seguridad, capacitaciones y acciones de incidencia internacional que contribuyeron a resoluciones de la ONU contra los ataques a periodistas.
Pero la defensa del oficio no se limita a la seguridad física. Bellanger pone el acento en la ética como núcleo del periodismo. Desde la Declaración de Burdeos de 1954 hasta la Carta Mundial de Ética adoptada en 2019, la FIP sostiene principios que considera irrenunciables: búsqueda de la verdad, respeto por los hechos, protección de las fuentes y rechazo de la manipulación. En un entorno saturado de información y desinformación, advierte, «sin credibilidad, el periodismo pierde su función social».
La crisis actual del sector, sin embargo, excede lo ético. Bellanger describe un escenario de modelos económicos en colapso, redacciones precarizadas y plataformas digitales que concentran ingresos publicitarios. A esto se suman nuevas formas de presión: acoso en línea, vigilancia digital y judicialización contra periodistas. «La batalla por la libertad de prensa ya no se libra solo en las redacciones; también en los tribunales, los parlamentos y el espacio digital», afirma.
En un contexto de debilitamiento del multilateralismo y de las instituciones internacionales, el rol del periodismo, sostiene, se vuelve aún más crucial. Documentar hechos, verificar discursos de poder y sostener estándares comunes aparecen como tareas centrales frente a un orden global en transformación. Esto exige, además, repensar prácticas, fortalecer colaboraciones transnacionales, mejorar la protección frente a amenazas y defender la independencia económica y editorial.
La solidaridad internacional, insiste, sigue siendo el núcleo de la misión de la FIP. «Un periodista precario, amenazado o aislado no puede cumplir correctamente su tarea», advierte, al subrayar que la calidad de la información depende también de las condiciones laborales. De allí que la defensa del periodismo sea inseparable de la defensa de quienes lo ejercen.
De cara al congreso de París, Bellanger anticipa un encuentro clave en un momento crítico. La agenda incluirá desde la protección en zonas de conflicto hasta el impacto de la inteligencia artificial, pasando por la lucha contra la precarización. El objetivo, resume, es adaptar la acción colectiva a un mundo más inestable sin renunciar a los principios fundamentales: independencia, solidaridad y derecho a una información fiable.
A cien años de su fundación, la FIP enfrenta un escenario más complejo que nunca. Sin embargo, para Bellanger la conclusión es clara: el periodismo no solo sigue siendo necesario, sino que constituye una pieza central de la vida democrática. Defenderlo —organizarlo, protegerlo y sostenerlo— no es solo una tarea gremial, sino una condición indispensable para que la sociedad pueda comprender y cuestionar el poder.
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