Del respaldo expectante al desgaste persistente: economía, credibilidad y crisis en la nueva escena pública
Tres mediciones distintas —opinión pública, comportamiento electoral y conversación digital— convergen en un mismo diagnóstico: el gobierno de Javier Milei enfrenta un escenario de deterioro sostenido, donde el malestar económico, erosión de la confianza y la incapacidad de clausurar una situación de crisis reconfiguran el vínculo con la sociedad.
En la Argentina de abril de 2026, la opinión pública ofrece una imagen cada vez más consistente —aunque no por ello menos compleja— del momento político: tres registros distintos, pero convergentes, delinean un mismo clima de época. El informe de Zuban Córdoba, la encuesta de la Universidad de San Andrés y el relevamiento de conversación digital de Ad Hoc no sólo describen dimensiones diferentes (electoral, actitudinal y comunicacional), sino que, leídos en conjunto, configuran un marco interpretativo común: el pasaje desde una legitimidad basada en expectativas hacia un escenario de desgaste, donde economía, credibilidad y narrativa pública comienzan a entrelazarse.
En el plano estrictamente político-electoral, el trabajo de Zuban Córdoba detecta un deterioro en las condiciones de legitimidad del oficialismo. La distancia entre quienes respaldarían una eventual reelección y quienes la rechazan no sólo es amplia, sino que se inscribe en una transformación más profunda: el apoyo al presidente parece sostenerse menos en la evaluación de sus políticas que en una combinación de confianza personal y rechazo identitario a sus adversarios. Del otro lado, el rechazo muestra una estructura más homogénea y anclada en la experiencia concreta de gobierno, donde la situación económica ocupa un lugar central, pero comienza a ser acompañada —cada vez con mayor peso— por cuestionamientos vinculados a la credibilidad y la integridad.
Esa tendencia encuentra un correlato claro en la encuesta de la Universidad de San Andrés, que registra un deterioro simultáneo en la satisfacción general, la aprobación del gobierno y la confianza en las instituciones. La caída en la evaluación de la marcha del país y el aumento de la desaprobación presidencial no aparecen como fenómenos aislados, sino como parte de un ajuste más amplio de expectativas sociales. En ese marco, se reconfigura también el mapa de preocupaciones: el empleo y los ingresos desplazan otras demandas, mientras que la corrupción y la inflación reaparecen como dimensiones relevantes. El dato no es menor: la economía deja de ser una promesa futura para convertirse en una experiencia presente, y esa transición impacta directamente sobre la evaluación política.
Pero es en el terreno de la conversación digital donde estos procesos adquieren una dinámica específica. El relevamiento de Ad Hoc muestra que la negatividad en torno a la figura presidencial no sólo se consolida, sino que encuentra en los escándalos su principal motor de amplificación. Episodios como el caso $Libra o la crisis en torno a voceros oficiales no sólo incrementan el volumen de menciones, sino que instalan marcos interpretativos difíciles de revertir: lejos de clausurarse, las crisis se prolongan y reingresan en la agenda, alimentando una narrativa persistente de cuestionamiento. En ese ecosistema, incluso los activos discursivos del oficialismo —como la apelación a la «casta»— tienden a invertirse y operar como boomerang, reforzando el sesgo negativo de la conversación pública.
La articulación entre estos tres planos permite identificar un patrón más general. Por un lado, la dimensión económica emerge como núcleo estructurante del malestar social; por otro, la cuestión de la credibilidad —expresada en promesas incumplidas o sospechas de corrupción— comienza a adquirir un peso creciente; finalmente, la conversación digital actúa como caja de resonancia que no sólo amplifica estos elementos, sino que los fija en el tiempo, dificultando su desplazamiento por nuevas agendas.
En este contexto, el oficialismo enfrenta un doble desafío: no sólo sostener su base de apoyo en un escenario económico adverso, sino también reconstruir una narrativa pública capaz de procesar —y eventualmente cerrar— las crisis que atraviesan su gestión. La evidencia disponible sugiere que, hasta el momento, ese cierre resulta esquivo. Y es precisamente en esa dificultad donde las tres miradas aquí integradas encuentran su punto de convergencia más significativo: la transición desde un tiempo de expectativas hacia otro en el que las evaluaciones se vuelven más exigentes, más homogéneas en su crítica y más persistentes en su expresión.

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