Para qué sirven estos debates que no sirven para nada

Análisis de los intercambios televisivos entre los candidatos que encabezan las listas de CABA y provincia de Buenos Aires de cara a las elecciones legislativas del 14 de noviembre.

«Es inútil toda polémica
si no hay esperanza de que resulte provechosa.»

Juan Luis Vives

Soporífero, no lo describe. El del pasado miércoles 20 a la noche, entre candidatos a diputados en la Provincia de Buenos Aires, fue un debate tedioso, latoso, aburrido y vacuo. Bah, los dos, a decir verdad. El de una semana antes, en el que se enfrentaron (?) los de CABA tampoco había dejado nada. Ni siquiera en términos del show. Acaso porque la herramienta no encuentra actores adecuados aunque, creo, que el problema en sí es el formato, la estructura, el modelo, la fórmula pensada para una sociedad como la estadounidense, más adicta al divertimento liviano que al compromiso con un sistema de voto optativo y poco amigable, para no decirle hostil.

Estos debates televisados por un canal de cable que es la nave insignia de la oposición mediática al peronismo y adyacencias, no encuentran razón de ser ni motivos de insistir.

Pero insisten. Y nuestra dirigencia política los alimenta con una fe conmovedora y una suerte de devoción que alcanza su éxtasis democrático cuando cada uno —coucheado hasta el extenuación—, arma su mejor sonrisa y cierra con esa frase que ha estudiado incluso en sus silencios y la manda sintiéndose vencedora o vencedor… porque hay cupo.

Quién ganó

La promoción de estos eventos podría hacer pensar al televidente desprevenido que, poniendo TN en el horario y día indicado, asistirá a la final del campeonato mundial de todos los pesos, sólo que la realidad lo enfrentará a una medrosa pelea de tenedores de saco: «Ahora, mirá como te insulto… Bobalicón» dice uno y el otro le responde «te voy a mandar un emoji de enojo y vas a ver cómo te mortifico».

Difícil establecer ganadores. Por ahí, la sólida oratoria de Santoro. O la personalidad inteligente de Victoria Tolosa Paz. O el filoso repentismo de Myriam Bregman. Pero la realidad es que nadie abandona el personaje. Nadie se corre un ápice del muñeco que tanto (esfuerzo y/o dinero) le ha costado armar. Nadie arriesga ni un voto, ni una idea nueva, ni una consigna por afuera de lo que el gurú de turno (si es importado, mejor) ha pergeñado sesudamente para empujar la candidatura.

Y, entonces, debate nada. Frases hechas ensayadas. Gestos estudiados hasta la obsesión. Complicidades acordadas en la antesala. Amores perros. Razones tibias. Pasiones de baja intensidad… Y «todos toman», al revés de la perinola en donde todos ponen: acá, olvidate.


MIRÁ TAMBIÉN

Manuela Bares Peralta |Debates electorales: la performance política con termómetro televisivo

Leer la nota


El rating, un dios chiquito

«Entonces insisten porque el negocio es la tele», podría concluir algún analista módico en tránsito a devenir panelista. Pero tampoco. Promedio 5.5 para el debate del miércoles (con un pico de 6.1). Y unos siete puntos para el show anterior, el de los candidatos porteños, que metieron más ruido porque, de lo contrario, se los iba a llevar puestos el gran histrión libertario. Aquella noche marcó la actuación destacada uno de los conductores que se salió de caja, pisó el pianito, se fue al pasto y produjo, por unos violentos instantes, la sensación de que se iba a trompear con alguno de los debatidores… Falsas promesas que a poco cayeron en lo anodino, cuasi narcótico… con perdón de la DEA.

A 110.000 espectadores por punto de rating calculemos unos 600.000 ciudadanos mirando el debate (cosa discutible porque de aquella idea de que cada hogar representaba una familia tipo a nuestra realidad de familias monoparentales, habría que barajar de nuevo). Como fuere, ese poco más de medio millón, contra los casi dieciocho millones de votantes es apenas el tres por ciento del público que se podría/pretendería/ambicionaría alcanzar. Un resultado escuálido para semejante esfuerzo, pensaría cualquier hijo de vecino… pero ¡no!

Porque los debates son (cada vez más) el mensaje poderoso de que el marketing manda; los medios concentrados cortan el bacalao político y la televisión privada tiene a candidatas y candidatos agarrados de ahí (salvo Luis Zamora que mostró las convicciones de siempre. ¡Chapeau tovarishch!).


MIRÁ TAMBIÉN

Fernando Rosso | La derecha impone la agenda

Leer la nota


¿Te sirve esta pantalla?

A los que circulamos por las avenidas informáticas, muchas veces nos aparece un recuadro que pregunta «¿te sirve esta pantalla?». La leyenda suele estar referida a algún aviso publicitario, directo o encubierto y, por lo general, nadie les da mucha bola. Más o menos la misma que la ciudadanía al debate.

Si se siguen con atención las mediciones uno podrá observar cómo, invariablemente, se van desinflando las audiencias. Al punto de que apenas los muy pero muy muy interesados (por militancia o por profesionalismo) son capaces de aguantarlos en su totalidad. Claro que, con estar atentos los quince minutos anteriores a que los candidatos inicien el intercambio y otros quince después de que terminaron, alcanza. Porque en el estudio hay una pléyade de opinólogos especialistas avisándote qué van a decir, por qué lo van a decir de esa manera y qué tenés que pensar vos, rústico televidente, sobre todo lo que se conversó.

No pienso revolear «soluciones» largamente masticadas: canal oficial o pool de canales; organización y producción a cargo de una universidad nacional; moderadores independientes y criteriosos (de ser posible con dicciones razonables); o, en el peor de los casos, adoptar una nomenclatura diferente: denominarlo brega, o porfía o intercambio de mohines.

Porque llamar a este engendro de la misma manera que a aquel debate del 26 de septiembre de 1960 entre John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, que no sólo fue visto por setenta millones de espectadores y metió a la televisión en el centro de la comunicación política sino que cambió la historia de los Estados Unidos, bueno, me parece too much.

Aunque, en la medida en que los medios concentrados sigan armando las listas y explicando —como exégetas posmodernos— qué quieren decir y qué no sus candidatos, la posibilidad de una modificación sustancial para reconstruir una ciudadanía atenta y crítica es… ninguna.

Eso si, hay que reconocer que, varios días después de ocurrido, mucha gente hablaba todavía del debate… del debate de la China Suárez y Wanda Nara.

Carlos Caramello | Télam

Licenciado en Letras, docente universitario, periodista, actor, director de Teatro, analista político, Escritor y trabajador de la cultura.

También te podría gustar...

Deja un comentario