Ni Una Menos, once años después: voces de una marea que no para
Un artículo de Victoria Obregón y María Eugenia Dichano, publicado por la Agencia Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), reconstruye la memoria afectiva y política de Ni Una Menos a once años de su irrupción en las calles argentinas. A partir de testimonios de feministas de Brasil, Uruguay, Ecuador y Perú, las autoras trazan un balance continental de lo que el movimiento sembró y de lo que aún está en disputa.
Hace once años, el femicidio de Chiara Páez encendió en la Argentina una chispa que nadie pudo apagar. El 3 de junio de 2015, una convocatoria nacida desde escritoras, periodistas, activistas y artistas derivó en una de las movilizaciones más masivas que registra la historia reciente del continente. Ni Una Menos fue un grito que se volvió colectivo, popular y latinoamericano. En esta serie de voces y memorias reunidas por Obregon y Dichano, compañeras de Brasil, Uruguay, Ecuador y Perú reconstruyen el alcance de ese hito y su resonancia a lo largo de una década.
Desde distintas perspectivas y geografías, los testimonios coinciden en un punto de partida: lo ocurrido en Argentina no fue un fenómeno local ni efímero. «Se logró fortalecer una conciencia feminista regional, un entendimiento compartido de que las violencias que vivimos no son casos aislados, sino parte de un sistema patriarcal, racista, colonial y capitalista», sostiene Thatiane Mandeli, investigadora y feminista brasileña. Para Mandeli, el movimiento argentino politizó la violencia de género y señaló al Estado como responsable de cada víctima. En Brasil, ese eco se tradujo en marchas crecientes en las principales ciudades y, en 2018, en la movilización más grande del país contra el gobierno de Jair Bolsonaro.
El impacto en Brasil fue particularmente significativo porque el país ya contaba con legislación sobre femicidio —tipificado como delito autónomo con penas de entre veinte y cuarenta años—, pero fue el impulso de la movilización feminista el que forzó su aplicación efectiva. Mandeli concluye con una lectura de largo aliento: «En estos diez años, el feminismo latinoamericano demostró que no es sólo resistencia, sino que también creó redes, estrategias, cuidados colectivos, lenguaje y alianzas internacionales».
En Uruguay, el grito de Ni Una Menos resonó sobre un terreno que ya venía preparándose. En noviembre de 2014, el país había celebrado su Primer Encuentro de Feminismos, centrado en las articulaciones y sinergias del movimiento. Fue en ese marco donde la consigna argentina encontró un eco particular. «A nosotras nos tocó el crecimiento y la emergencia de la ola», dice Patricia Pata González Viñoly, politóloga y feminista uruguaya, quien llama a detenerse, revisar los relatos y repensar lo conquistado, sin confundir esa pausa con desmovilización. Uruguay aprobó en 2017 la Ley 19580 de violencia basada en género, que define dieciocho formas de violencia y establece obligaciones estatales, y tipificó el femicidio como agravante del homicidio. Para Viñoly, la clave sigue siendo política: «Elegir tejer con los demás es elegir una forma de política de la acción colectiva», citando a Hannah Arendt.
En Ecuador y México, la consigna cruzó fronteras con la misma fuerza. Soledad Buendía, política y activista por los derechos humanos en Ecuador, recuerda que en 2015 «miles de voces se unieron en Argentina» y que ese grito «trascendió fronteras, plataformas y generaciones». Para Buendía, el movimiento impulsó también nuevas formas de visibilizar el reclamo —redes sociales, pañuelos de otros colores, intervenciones artísticas, la performance chilena El violador eres tú— que convirtieron a Ni Una Menos en un fenómeno cultural y político de alcance global. Desde México, donde vive actualmente, la activista alerta sobre una realidad urgente: son asesinadas diez mujeres por día por el solo hecho de serlo. «La lucha tiene que continuar, tiene que reencontrarse e integrar nuevas estrategias para enfrentar los desafíos», afirma.
Perú ofrece una memoria especialmente vívida de ese contagio. Parwa Oblitas, abogada especialista en género y derechos humanos, recuerda que, en agosto de 2015, tras un femicidio mediatizado en las afueras de Lima, un pequeño chat privado de mujeres feministas derivó en una marcha multitudinaria con réplicas en todo el país. «Marcó un hito, un antes y un después», recuerda. Gracias a esa movilización comenzaron a generarse normativas, se mejoró la cobertura mediática y se abandonó definitivamente la expresión «crímenes pasionales» para hablar de femicidio y violencia de género. Frente al avance del odio y el retroceso de derechos que marcan el presente, Oblitas guarda una esperanza concreta: «Si hace diez años pudimos salir a las calles, movilizarnos y generar una revolución, esto va a volver a pasar. Estas calles están en disputa: son nuestros úteros y tenemos que volver a ocuparlos».
En Argentina, donde todo comenzó, el panorama es sombrío. El gobierno de Javier Milei y sus políticas de ajuste han profundizado la pobreza, desarmado políticas públicas de protección contra la violencia y vulnerado el derecho a la educación superior, la ciencia y la salud. Los movimientos feministas y transfeministas buscan unir las luchas en un contexto de creciente hostilidad. Y, sin embargo, lo que se tejió en estos once años es mucho más que un movimiento: se amplió la genealogía de las luchas, tomó forma un nuevo lenguaje compartido, se fortaleció una alianza continental y emergieron otras conversaciones sobre las mujeres y las disidencias como sujetas de derechos.
Desde distintas perspectivas nacionales, los textos y las voces que componen esta serie de testimonios convergen en una certeza: Ni Una Menos no terminó. Sigue latiendo en cada ronda, en cada cartel, en cada marea. Como dijo Oblitas desde Lima, «si hace diez años pudimos, vamos a poder otra vez».
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