Nombrar mal al enemigo es ya una derrota
Cuando los gigantes tecnológicos comenzaron a apropiarse del poder político con una agresividad sin precedentes, el vocabulario común encontró rápido una palabra: «tecnofascismo». La adhesión de las élites de Silicon Valley a programas autoritarios, su desprecio por la deliberación democrática y su concentración de poder sin rendición de cuentas hacían la comparación tentadora. Comprensible, pero equivocada para el investigador ucraniano Anton Shejovtsov, para quien la tecnooligarquía es más peligrosa que el fascismo.
Según el análisis de Shejovtsov, publicado en su blog Las Torres de Europa,[1]También hay una versión posterior publicada por Le Grand Continent llamar «fascismo» a este fenómeno no solo es insuficiente: puede ser políticamente peligroso. Si nombramos mal al adversario, advierte el investigador, no estaremos preparados para resistirlo. El término que propone —«tecnooligarquía»— no es un eufemismo ni una corrección académica menor. Es una distinción que tiene consecuencias políticas directas.
Shejovtsov aclara desde el principio que la comparación no busca normalizar el fascismo ni minimizar sus crímenes: el genocidio de judíos y romaníes, las invasiones de países africanos, los programas de eutanasia masiva, la violencia neofascista de posguerra. Esos crímenes están documentados por la historia y los tribunales. Lo que el análisis sostiene es algo diferente: que la lógica subyacente de la tecnooligarquía tiende hacia una configuración sociopolítica que el fascismo histórico, por su propia naturaleza, nunca pudo —ni técnicamente podía— alcanzar.
De acuerdo con el análisis de Shejovtsov, las diferencias se articulan en ocho ejes que conviene recorrer con atención.
1. Lo colectivo: glorificado versus suprimido. El fascismo colocaba la nación o la raza como fin supremo de toda política. La tecnooligarquía, en cambio, es radicalmente individualista: su principio de selección es puramente funcional y económico, y el interés público no es una obligación sino un obstáculo. El costo humano del desarrollo tecnológico no se pondera: se ignora.
2. Los enemigos: ontológicos versus situacionales. El fascismo necesitaba adversarios permanentes, definidos por lo que son —otra raza, otra clase, otra identidad—. El enemigo de la tecnooligarquía no es ontológico sino político: es cualquiera que, en un momento dado, represente un límite al poder tecnocrático. El análisis señala una consecuencia perturbadora: en un régimen tecnooligárquico, nadie es blanco permanente, pero tampoco nadie está nunca a salvo.[2]Nota del editor: En filosofía, «ontológico» designa aquello que pertenece al ser mismo de una cosa, a su esencia más profunda. El fascismo definía a sus enemigos por lo que eran —otra raza, … Continue reading
3. El Estado: instrumento versus cáscara. El fascismo construía un Estado fuerte, centralizado, encarnado en un líder o un partido. La tecnooligarquía, en cambio, se apodera del Estado para vaciarlo: le extrae las funciones redistributivas y protectoras, pero conserva su capacidad coercitiva. Los derechos ya no se fundan en la ciudadanía sino en el valor económico: la sociedad tecnooligárquica opera bajo un modelo de protección por suscripción, rescindible en cuanto una persona deja de ser útil.
4. El futuro: colectivizado versus privatizado. El fascismo ofrecía a sus seguidores una promesa compartida de inmortalidad simbólica, la supervivencia de la nación o la raza. La tecnooligarquía también tiene una visión del futuro, pero la privatiza. Para la mayoría, el presente se extiende indefinidamente como un flujo algorítmico sin horizonte. Los proyectos de inmortalidad —conciencia digital, mejora biológica, prolongación de la vida— son patrimonio exclusivo de quienes tienen los medios para escapar de la condición humana.
5. La información: censurada versus algorítmicamente opacada. El fascismo censuraba, quemaba libros, suprimía voces, trazaba límites identificables. El control informacional de la tecnooligarquía opera de otro modo: mediante una manipulación algorítmica epistemológicamente inaccesible. Nadie sabe qué se suprime, qué se amplifica ni según qué lógica. No hay reglas que infringir ni fronteras visibles que cruzar. El informe subraya que esto constituye una forma de poder epistémico cualitativamente más profunda —y potencialmente más peligrosa— que la censura clásica.
6. La vigilancia: para castigar versus para extraer. El fascismo vigilaba para castigar. La tecnooligarquía vigila para convertir la experiencia humana —la atención, el deseo, el movimiento, las relaciones— en datos monetizables. La diferencia no es menor: mientras la vigilancia fascista buscaba eliminar la disidencia, la tecnooligárquica busca prevenirla, lo que representa una forma más radical de control social.
7. La cultura: devoción ideológica versus compromiso algorítmico. El fascismo exigía adhesión ideológica y construía una cultura estetizada que transformaba la política en religión secular. La tecnooligarquía, según el análisis, no necesita producir cultura: le basta con el compromiso algorítmico. Las humanidades y la conciencia histórica son obstáculos ineficientes. Lo que las reemplaza es contenido optimizado para retener atención, valorado no por lo que significa sino por cuánto tiempo ocupa.
8. El horizonte humano: transformar versus volver obsoleto. El fascismo quería crear un «hombre nuevo», pero ese proyecto seguía siendo, en última instancia, antropocéntrico. La tecnooligarquía, en cambio, no busca transformar al ser humano: busca dejarlo obsoleto. La inteligencia artificial que supere la inteligencia humana, las mejoras biológicas reservadas a las élites, las interfaces cerebro-computadora, la singularidad tecnológica como horizonte. Aquí Shejovtsov señala que estamos ante el primer fenómeno político de la historia cuyo objetivo, cada vez menos implícito, es la obsolescencia de la propia especie.
Los párrafos finales del análisis merecen ser leídos con especial cuidado, porque es allí donde la argumentación despliega su dimensión más urgente. Bajo el fascismo, los grupos perseguidos podían construir solidaridad precisamente porque su condición de enemigos era estable y compartida. La tecnooligarquía deshabilita esa posibilidad: sus objetivos cambian constantemente, cada grupo queda aislado antes de que los demás comprendan lo que está ocurriendo. La coalición se vuelve casi imposible por diseño.
La base más coherente para cualquier resistencia, concluye el investigador, es el humanismo: la insistencia en que la humanidad —en su diversidad y su carácter colectivo— no ha quedado obsoleta. Y la tecnooligarquía lo sabe. Por eso trabaja sistemáticamente para impedirlo, amplificando divisiones, profundizando antagonismos, desplegando —con una ironía que el análisis no elude— métodos propios del fascismo para fragmentar cualquier frente unido potencial.
En los tiempos que vivimos, la defensa de la humanidad no es una metáfora. Es la tarea política prioritaria que define nuestra época. Y la democracia, advierte Shejovtsov, sigue siendo el único marco en el que esa defensa puede llevarse a cabo de manera significativa. No como nostalgia institucional, sino como condición de posibilidad de cualquier resistencia colectiva. Nombrar bien al adversario es, en ese sentido, el primer acto político.
SEGUIR LEYENDO

La CIDH fija estándares de derechos humanos para las políticas fiscales en las Américas
POR ESFERA REDACCIÓN | La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) adoptó la Resolución 2/26, «Políticas Fiscales y Derechos Humanos en las Américas», un documento que establece un precedente regional al afirmar que las decisiones sobre impuestos, presupuesto, gasto público y endeudamiento deben evaluarse bajo parámetros de derechos humanos.

Palantir en Argentina: Amnistía Internacional alerta por vigilancia sin control y uso de datos personales
POR ESFERA REDACCIÓN | Ante la escasez de información pública respecto a la posible vinculación entre el Estado argentino y Palantir, Amnistía Internacional redactó un informe urgente. El organismo busca esclarecer el alcance de las negociaciones con esta compañía norteamericana, cuya tecnología de inteligencia artificial y análisis de datos a gran escala se aplica en áreas sensibles como la seguridad nacional y la gestión migratoria.

La FIP respaldó el Estatuto del Periodista y fortaleció la presencia de la Fatpren en el escenario global
POR ESFERA REDACCIÓN | En el marco del centenario de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), realizada en París del 4 al 7 de mayo, más de doscientos representantes sindicales de los cinco continentes aprobaron en París una declaración en defensa del Estatuto del Periodista Profesional de Argentina. La Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (Fatpren) también logró recuperar un lugar en el Comité Ejecutivo de la organización y obtuvo el respaldo internacional a su reclamo por los derechos laborales, la libertad de expresión y justicia por Pablo Grillo.
MÁS INFO

La inteligencia artificial coloniza Internet y amenaza la diversidad de contenidos

Las redacciones redescubren el valor de conversar con su audiencia

El derecho a informar bajo asedio a escala global: la advertencia de la Federación Internacional de Periodistas

La libertad de prensa toca fondo
Notas
| ↑1 | También hay una versión posterior publicada por Le Grand Continent |
|---|---|
| ↑2 | Nota del editor: En filosofía, «ontológico» designa aquello que pertenece al ser mismo de una cosa, a su esencia más profunda. El fascismo definía a sus enemigos por lo que eran —otra raza, otra clase, otra identidad—, no por sus acciones ni por su posición circunstancial frente al poder. Para el fascismo esa condición era permanente: no había forma de dejar de ser lo que eras. |


