Milei en la Irlanda de las maravillas

Irlanda fue la primera república bananera, no Honduras. Para 1840, tenía una población de ocho millones. En 2023, apenas llega a siete. La mitología moderna atribuye este fenómeno a la peste de la papa, pero la causa de casi dos millones de irlandeses muertos y otros millones de emigrados no fue un hongo, sino el capitalismo.

En su mensaje de fin de año, el presidente de Argentina Javier Milei volvió a insistir con su discurso de convertir a la Argentina en una nueva Irlanda… dentro de 45 años. Como todo, la realidad irlandesa no se corresponde con la imaginación de Milei: servicios públicos gratuitos, desde el transporte hasta la salud y la educación, todo como miembro de una comunidad regional.

Pero veamos el antecedente de Irlanda, antes que entendiera que ser colonia no forma parte de ningún plan de desarrollo, según el cual Argentina necesitaría 150 años antes de cambiar de rumbo. Resumiré aquí una explicación más extensa de Moscas en la telaraña.

Para que la Revolución Industrial se produjese, las colonias fueron forzadas a exportar alimentos básicos a Europa, lo que aseguró a su clase proletaria una subsistencia que los campos europeos no podían proveer. El proceso de desarrollo industrial indo-bengalí se interrumpió a fuerza de leyes proteccionistas inglesas, sanciones económicas y por la poderosa razón del cañón imperial, es decir, lo que se llamará más tarde libertad y libre mercado.

Una vez que Irlanda adoptó las nuevas reglas impuestas y se convirtió en competencia para Inglaterra, Londres echó mano al viejo recurso de contradecir su propio sermón para imponer restricciones que impidiesen cualquier independencia de su primera colonia. Los irlandeses debieron venderse a sí mismos como esclavos indenture en las colonias de Norteamérica (inmigrantes ilegales de hoy).

Inglaterra no sólo impuso su enclosure (privatización por cercado) a Irlanda y a Norteamérica, sino también a India y Bengala, con el mismo resultado: al tiempo que las minorías se enriquecían, los pueblos que perdieron sus tierras comunales, su formas de vidas, sufrieron hambrunas con decenas de millones de muertos.

Esta idea novedosa de la propiedad privada según el valor de cambio del mercado y su derecho a la expropiación, se expandió rápidamente. veintinueve años después de la creación de la trasnacional East India Company en 1599 (cuya bandera tenía trece franjas rojas y blancas), el puritano hijo de terratenientes ingleses y primer gobernador de Massachusetts, John Winthrop, lo resumió así: «Dios ha dado a los hombres un derecho natural y un derecho civil. El primer derecho era natural cuando los hombres poseían la tierra en común… Luego, a medida que aumentaban los hombres y sus ganados, se apropiaron de ciertas parcelas por encierro y se les otorgó un derecho civil… Los nativos americanos no cercan ninguna tierra… Si les dejamos suficiente para su uso, podemos legítimamente tomar el resto».

Aunque no existe ni la propiedad privada ni el libre mercado como ordenes sociales en la Biblia, según Milei «el Estado es el Maligno (Satanás) y el libre mercado es el sistema de Dios». Su repetida referencia, Moisés, era el Estado, un indiscutible dictador, y la Tierra Prometida era propiedad colectiva, arrebatada a otros pueblos por la fuerza, no por las leyes del mercado.

Las supersticiones de Milei surgieron en la Inglaterra del siglo XVII, cuando los más ricos cercaron las tierras comunales, los parlamentos legalizaron el despojo y los intelectuales del poder (John Locke y otros liberales) lo legitimaron para la posteridad. Algunos campesinos tuvieron que competir por el arrendamiento. El resto se hundió en la miseria o emigró a las ciudades donde, más tarde, se convertirían en el proletariado.

El mercado (ahora atrapado en las bolsas) se convirtió en el dictador supremo. Las diferencias sociales en cada país y las diferencias nacionales a nivel global aumentaron. Para 1800, las diferencias entre países alcanzaban un desequilibrio de tres a uno. En la segunda mitad de siglo, la desproporción era 35 a uno. Esto se tradujo en cientos de millones de muertos debidos al nuevo sistema capitalista y a la nunca lograda (más bien destruida) «libertad del mercado».

Irlanda fue la primera república bananera, no Honduras. Para 1840, tenía una población de ocho millones. En 2023, apenas llega a siete. La mitología moderna atribuye este fenómeno a la peste de la papa, pero la causa de casi dos millones de irlandeses muertos y otros millones de emigrados no fue un hongo, sino el capitalismo. La peste se originó en México y se extendió desde Estados Unidos a Europa. Ni esos países ni la Europa continental sufrieron hambrunas, porque poseían agriculturas más diversificadas.

Irlanda fue el primer laboratorio imperialista de Inglaterra, como las repúblicas bananeras fueron el primer laboratorio de Estados Unidos. Como los imperios occidentales promoverán el monocultivo en sus colonias (oro, plata, azúcar, tabaco, algodón, bananas, café, cobre, carne, inmigrantes, turistas), Irlanda se convertirá en una colonia europea con la papa peruana como monocultivo y principal fuente de calorías de su población. Antes de la plaga, distintos observadores habían denunciado las condiciones de vida paupérrimas de los campesinos irlandeses. Las ganancias de los campesinos eran destinadas al pago de rentas, las cuales eran definidas en Londres por la sagrada ley de la oferta y la demanda.

Cuando estalló la hambruna, Londres afirmó que el problema se resolvería por magia del libre mercado, al tiempo que los terratenientes exportaban otros productos de Irlanda, como carne y leche, para satisfacer las necesidades del mercado en Inglaterra. William Smith O’Brien de Limerick, en 1846 observó: «lo que resulta más indignante es que la gente se muere de hambre en medio de la abundancia». Historia por demás conocida por otras colonias, como India o Bangladesh.

No por casualidad, el encargado de la crisis de Irlanda, sir Charles Trevelyan, era un retornado de la brutal administración de India y, no por casualidad, inició el racismo antiirlandés, el cual cruzaría el Atlántico detrás de sus víctimas. Trevelyan era un fervoroso defensor del libre mercado y del laissez-faire, superstición conveniente para unos pocos. Como casi todos los fanáticos del libre mercado, recurrió a Dios para explicar los misteriosos fracasos: le echó la culpa a las víctimas: «Dios envió esta calamidad para darles una lección a los irlandeses», declaró. Si China perdió el tres por ciento de su población en la hambruna de 1958-62, solo Irlanda perdió el 12 % un siglo antes.

Ahora, en mucho menos de los 45 años prometidos por Milei, China pasó de ser (económicamente hablando) Mongolia para ser Japón. El cambio radical no se produjo en un país de diez o de cincuenta millones de habitantes sino en uno con mil doscientos millones y, aunque gran parte de su economía es un capitalismo diferente al capitalismo bélico anglosajón, fue ejecutado por un gobierno comunista. Entiendo que el secreto de China radicó en que no pudo ser fragmentada y endeudada (neocolonizada) a tiempo, como en la guerra del Opio, como en cualquier otro caso de amenaza independista.

No, no propongo a China como modelo de nada, sino como refutación. El punto es, ¿por qué no dejar que Argentina sea Argentina, con todas sus variaciones posibles? ¿No es ese el verdadero principio de la prosperidad, del bienestar y de la dignidad de cualquier país que se precie de no ser una maldita colonia?

Jorge Majfud

Escritor, arquitecto, doctor en Filosofía por la Universidad de Georgia y profesor de Literatura Latinoamericana y Pensamiento Hispánico en Jacksonville University, Florida, Estados Unidos. Autor de libros de ensayos y ficción recientemente publicó La frontera salvaje. Doscientos años de fanatismo anglosajón en América Latina.

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