Gmail, un balance de veinte años

El 1º de abril de 2004 Google publicó un comunicado que muy poca gente se tomó en serio. Esta fecha es el equivalente anglosajón al día de los Inocentes y lo que la compañía de Larry Page y Sergey Brin anunciaba parecía una broma demasiado buena como para ser cierto. En un mundo en el que la capacidad de almacenamiento de los servicios más populares de correo electrónico, como los de Yahoo y Microsoft, rondaban los veinte megabytes, lo que obligaba a borrar mails constantemente para dejar espacio a los nuevos, Google presentaba un servicio gratuito, no todos lo eran, con un almacenamiento de un gigabyte y las capacidades de búsqueda de su ya entonces popular buscador.

En aquel momento, la justificación para lanzar Gmail era que el correo electrónico era lo único que, en internet, la gente utilizaba más que la búsqueda, en donde ya se habían convertido en los reyes absolutos. Recuerdo perfectamente cómo varios profesores de IE Business School pudimos tener acceso a Gmail el mismo dia de su lanzamiento y elegir los nombres que quisimos porque conocíamos al que era Country Manager de Google en aquel momento, Miguel de Reina, y cómo alucinamos con la propuesta del producto y con cómo Google había sido capaz de batir completamente a todos sus competidores de manera brutal y sin paliativos… todo ello sin pensar en ningún momento en las consecuencias.

De hecho, me llama la atención que en un artículo The Verge se dedique a hablar de las virtudes y los problemas que tiene y que ha generado Gmail, sin detenerse a analizar el cambio dimensional más importante que Gmail supuso para Google, para la web y para todos: hacer que Google dejase de ser un simple servicio de búsqueda en el que entrábamos, buscábamos y nos íbamos sin dejar nada más que un poco de información sobre nuestra dirección IP y las características de nuestro equipo, para pasar a ser un servicio en el que nos logábamos y proporcionábamos una prueba de nuestra identidad.

La cuestión podría parecer trivial, pero no lo es en absoluto. En el momento en que, con la justificación de utilizar una cuenta de correo electrónico claramente superior a todas las de su tiempo —y que aun posiblemente lo siga siendo, veinte años después— empezamos a entrar en Google con nuestro usuario y contraseña, e incluso lo convertimos en nuestro «carnet de identidad» en la web, cambió algo importantísimo. Google pasó de administrarnos publicidad que simplemente se segmentaba en función de nuestra búsqueda, de nuestra localización geográfica aproximada y de características técnicas como nuestro ordenador, el idioma de nuestro navegador, etcétera, a poder administrarnos publicidad basada en nuestra identidad real, en quiénes éramos y qué intereses demostrábamos tener cuando nos movíamos por la web.

Ese cambio marcó un punto de inflexión para Google y para toda la web: normalizó la idea de movernos por ella con «las manos en la nuca y el carnet en la boca», como si el tener que necesariamente identificarte para hacer cosas normales como entrar en una página o leer un periódico fuese lo más normal del mundo. De publicidad simplemente contextual, basada en variables genéricas relativamente inofensivas como en la televisión o la radio, a publicidad con mira telescópica, administrada siempre para un usuario específico que lee tal cosa o visita tal otra. Y eso por no citar la característica que Gmail tenía en el momento de su lanzamiento: que leía todos nuestros correos electrónicos para administrarnos publicidad, una práctica que la compañía abandonó en junio de 2017.

No tengo ninguna duda de que Gmail cambió el correo electrónico tal y como lo conocemos. Más de 1.800.000.000 de usuarios en todo el mundo. Mi cuenta de Gmail sigue siendo mi cuenta principal en la que están mis correos desde 2004, y las de IE University se gestionan también mediante Gmail. Y todas las mañanas entro en mi carpeta de spam para eliminar entre diez y veinte mensajes que siempre son invariablemente spam, con un índice de falsos positivos realmente muy bajo. Todas esas cosas que antes de Gmail eran un verdadero infierno gestionar, ahora están enormemente optimizadas. Pero también tengo claro que con Gmail, Google pasó de ser una compañía inofensiva que me daba buenos servicios a cambio de publicidad contextualizada a mis búsquedas y poco más, a convertirse en un monstruo que se dedica a capturar todo lo que hago en la web para vendérselo a infinidad de otras compañías para que me intenten perseguir hasta el límite.

Sé lo que gané, sé lo que perdí. Allá, al fondo, servicios como Proton Mail con propuestas que me parecen cada vez más atractivas. Y el sonido de un tango: que veinte años no es nada

Enrique Dans

Profesor de Innovación en IE Business School desde el año 1990 y bloguero (enriquedans.com). Comparte los contenidos de su blog por medio de una Licencia de Creative Commons https://creativecommons.org/licenses/by/3.0/es/).

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