Realitys 2021: bienvenidos al circo de la eliminación

Mientras el encendido de la televisión abierta decae exponencialmente, los shows de realidad resisten, reproduciendo la cultura del milagro individual y un proceso de exclusión en el que ahora todos podemos ser jueces y verdugos.
Ilustración: Juan Puerto

«Está mirando el país entero», dice Marley antes de anunciar que el último ganador de La voz argentina recibió «unos dos millones de votos». Dentro de la cuesta descendente que sufre el rating de la televisión abierta en lo que va del siglo (de 34 a 19 puntos cayó el encendido entre 2000 y 2020), la importada nueva generación de reality shows parecen resultar un bastión de resistencia, que no solo capta y sostiene audiencia, sino que, además, logra producir una corriente de atención más allá del tiempo en que les espectadores miran la tele.

Tele que genera tele, programas que hablan de otros programas, tele que genera posteos, comentarios y discusiones.  Las noticias y análisis y debates sobre los acontecimientos grabados en un estudio se instalan como parte de la actualidad —esa agenda de asuntos productores de inquietud, ansiedad, expectativa o alarma con la que, según Peter Sloterdijk, los medios reproducen un lazo social estresado.

«Me encanta la publicidad porque me encantan las mentiras; yo sé que el producto no me hará feliz cuando lo tenga, sé que no es cierto lo que muestran, pero me encanta ser feliz por esos treinta segundos en que todo se ve perfecto», bromeó Jerry Seinfeld cuando le dieron un premio Clio honorario.

La intensidad tersa y plena que ofrecen las pantallas no necesita que se les crea. Por eso los shows de realidad implementan el falso vivo. Funciona, y no importa. Las plataformas de streaming acaparan por lejos las ficciones puras; la tele abierta se queda con el espectáculo sacrificial.

Lo real como creación

El deseo de saber  que motorizan las series (propio de sujetos infómanos, como dice Chul-Han) puede organizarse personalizadamente, con cuidado del pecado spoiler: cada cual mira la serie cuando quiera. En cambio, el deseo de saber quién es eliminadx, quién es humilladx, y quién pasa a la siguiente pantalla, necesitamos verlo en vivo, porque la suerte de alguien real está en juego. Y porque luego quién gana y quién pierde será noticia. Es algo que está pasando. 

¿Qué es lo que pasa en un cuerpo social? Una lectura muy básica señala que, del conjunto de lo real, se produce un recorte que separa lo visible de lo invisibilizado. Los medios, entonces,  comunican para mostrar cosas y para no mostrar cosas. Pero además de un recorte, los medios producen, también, su propia realidad -y, acá, la noción misma de reallity, es bien significativa: un show de vida real, pero de la realidad inventada por el show-.

 Ahora bien, ¿qué necesita tener, la producción de una realidad-show, para constituirse como parte de lo que pasa en un cuerpo social? Acaso necesita engarzar con algo del estado actual del cuerpo real y concreto de la población. Más allá de las denuncias clásicas de manipulación y hegemonía, ¿qué características necesita tener en nuestra época un suceso comunicacional para hacerse un lugar reproducido en la exprimida atención de los cerebros multiudinales?

El páginas célebres, Michel Foucault afirmó que el dispositivo clave de la institución de encierro disciplinaria (la escuela, el hospital, etc) era el examen. Porque el examen reunía los dos procedimientos fundamentales del tipo de producción subjetiva específica de dicha institucionalidad: la inspección jerárquica y la sanción normalizadora. El sujeto es visible por y para la autoridad en tanto está dentro de la institución; y se le subrayan sus faltas respecto del ideal debido, al que debe orientarse.

Chau chau, adios

Los reallitys de nueva generación, más allá de inscribirse en la «inversión del panóptico» (donde la dominación no solo «mira» a la población sino que sujeta mediante centros que acaparan las miradas masivas), hacen algo distinto con la escena del juicio y castigo: la inspección es jerárquica pero abierta al público, y la sanción no tanto —o no solo— «normalizadora» sino eliminatoria. Esa agonística produce una implicación afectiva fuerte con el programa.

Pero los espectadores no nos identificamos solo con los aspirantes, que cocinan o cantan, sino incluso más aún con los jurados: los jurados están ahí para ser juzgados por lxs espectadores, lo cual es fácil de ver y oír en los foros y comentarios que pululan por internet, repletos de opiniones -muchas indignadas- sobre si está bien o mal lo que hizo tal o cual jurado… Porque la intensidad libidinal movilizada apunta a lo que haría uno, espectador, como jurado; lo que haría, uno, si además de mirada tuviera poder. El show de realidad, o la realidad-show, ofrece crispar el nervio del juez —y del verdugo— que llevamos adentro.

Ese enano verdugo, ese goce verdugueante, tiene una genealogía larga y ancha; pero también tiene su forma y cauce actual. Con la televisión se forjó, años ha, una operación constitutiva de la subjetividad contemporánea, el zapping.

El zapping, una deriva descomprometida, permitía «eliminar» un canal: adiós. Un sujeto formado ante la tele puede, en un teatro por ejemplo (o en una pareja, o…), sentirse aprisionado; porque las operaciones y movimientos forman subjetividad, modos de hacer, de pensar, de percibir. Las redes sociales, la virtualidad y el régimen de conectividad en general, dan lugar a sus propias operaciones y reglas vinculares, donde se puede directamente bloquear a alguien —no solo a un canal—, o mutearlo, o eliminarlo de mi scroll (de mi recorte de «lo que pasa»), en fin, hacer que deje de existir para mí en esa esfera de existencia. Cancelar, suprimir, eliminar: operaciones de la vida digitalizada, que, como toda operación técnica multitudinal y sostenida, forja subjetividad; de allí que se hable de «la cultura de la cancelación». Extendemos al plano vincular y social lo que incorporó el cuerpo adiestrado en las diversas formas de presionar delete, así, sin más.

Por otra parte, particularmente los shows de enjuiciar gente cocinando, introducen una gama de personajes, competidores, más amplia que la del juvenilismo más o menos canónico que tenía por ejemplo Gran hermano. Esto expande el rango dramático: se escenifica la fragilidad, la pedantería, la ternura, la picardía, el arribismo, el talento, el esfuerzo, la violencia propietarista (el caso de Caniggia hijo), el cinismo, etcétera. Desplegada la tipología, adherimos a quienes más nos gusten, tomamos partido -juzgamos-, con la lógica binaria de lo mediático: sí-o-no. Sin ambivalencias, ni complejidades.

Zarathustra decía que «solo en el mercado le exigen a uno que responda «sí o no»». En la velocidad mediática también. Es elemental observar que en la experiencia, en el territorio propio de la experiencia subjetiva, en las situaciones y proceso donde alguien está implicado, involucrado, las complejidades son mayores y no es tan fácil tomar partido limpiamente. Uno se enoja con alguien, después se acerca, hay motivos de disgusto, también de afecto; un vecino que te cae mal después te da una mano impensada, etcétera. La vida como experiencia es compleja, ¿verdad de perogrullo?

Pero la industria de la realidad show y el juicio binario ofrecen un descanso. Nos relajamos en el juicio binario, en la simplificación de los rótulos. En la sencilla eliminación de lo que no va. Así, ofreciendo la realización en show de los sueños y los pavores, el circo de virtudes y sacrificios organiza un descanso nervioso, el descanso propio de la subjetividad vertebrada por el estrés.

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