¿Qué es un medio independiente?

Con el aporte de docentes especialistas en el ámbito periodístico, La Marea —medio cooperativo español— elaboró un decálogo que contempla los requisitos imprescindibles para cumplir con el valor de la independencia.

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Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador —y su paciencia—, y el ascetismo de quien se olvida de sí –de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones– para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz. Atravesar un campo de correcciones infinitas, buscar palabras donde parece que ya no las hubiera. Llegar, después de días, a un texto vivo, sin ripios, sin tics, sin autoplagios, que dude, que diga lo que tiene que decir –que cuente el cuento–, que sea inolvidable. Un texto que deje, en quien lo lea, el rastro que dejan, también, el miedo o el amor, una enfermedad o una catástrofe. Atrévanse: llamen a eso un oficio menor. Atrévanse.

Leila Guerriero, referente del periodismo narrativo, escribió este fragmento en el suplemento Babelia, de El País, en 2010, posteriormente incorporado en un libro imprescindible para quienes ejercen este oficio: Zona de obras. Lo que pone aquí de manifiesto la periodista argentina es una verdad que pocas veces tiene el reconocimiento que merece, y que se resume, básicamente, en lo siguiente: hacer periodismo —hablamos de buen periodismo, obviamente— es muy difícil.

El deterioro de la profesión por múltiples factores y, como consecuencia de ello, la visión cada vez más pésima que la ciudadanía tiene de este oficio, alimentan un círculo tóxico que termina pasando factura a la propia sociedad, a la propia democracia. El caso García Ferreras y las publicaciones de informaciones falsas sobre Podemos —el director de La Sexta alegó que no sabía que eran mentira— han vuelto a poner sobre la mesa un debate antiguo, muy antiguo, que se llama independencia, y que quienes llevan décadas trabajando en esta profesión pueden recordar muy bien respondiendo a esta pregunta: ¿quién se atrevía con El Corte Inglés, quién se atrevía con la monarquía hace solo unos años? «Tendríamos que habernos puesto las pilas. Si no hubiéramos estado mirando las musarañas, no habría llegado tan lejos. Ahí me siento profesionalmente avergonzado. [Pepe] Abad es la prueba de que sí se podía», admitía el histórico periodista de la SER Iñaki Gabilondo en una entrevista en estas mismas páginas sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en la ocultación de los asuntos más turbios de la corona. El documental Salvar al rey, recientemente estrenado, así lo confirma.

Las cosas, años después, han cambiado, y las relaciones entre medios, política y empresa, también. Pero, ¿ha mejorado el nivel de independencia del periodismo o ha empeorado? ¿Qué es un medio independiente? ¿Qué requisitos debe cumplir? O un interrogante más drástico: ¿existen los medios independientes? Lo que viene a continuación es un análisis sobre los factores que miden si un medio es o no independiente, a partir de las consideraciones aportadas por profesores y profesoras universitarias especialistas en el sector.

En su totalidad, los especialistas consultados coinciden en un requisito básico: no depender económicamente de intereses de grupos de poder. Es lo más importante y, a su vez, lo más complicado. «Lo que jamás debe hacer ningún medio que pretenda ser independiente es tomar decisiones en función de los intereses políticos y económicos. Soy consciente de que es casi imposible, el periodismo es una actividad económica dentro de la economía de mercado y tiene la necesidad de sobrevivir como empresa. Se encuentran dos intereses legítimos dentro de la dinámica de mercado, el afán de lucro y la función social de los medios de comunicación. Sin embargo, el periodismo puede mantener sus principios y defender la esencia de la profesión como un servicio público», resume la profesora de Estructura de la Información de la Universidad de Sevilla Rosalba Mancinas-Chávez.

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Condicionantes internos

El profesor de la Universidad de Murcia Mario Crespo, autor de la tesis doctoral Ética en el cuarto poder. La nueva realidad del periodismo, incide, además, en un matiz: lo más complicado no son los de fuera, sino los intereses desde el interior: «Sencillamente porque las presiones externas, ya sean por inercia o explícitas, se pueden afrontar con un grado aceptable de voluntariedad desde el medio. Eso no ocurre cuando el condicionante es interno». Una de las principales conclusiones de su tesis, presentada en 2013, es que la gestión empresarial del periodismo como un gran negocio ha conllevado un cambio sustancial en el papel social que la ciudadanía, los sistemas políticos democráticos y sus leyes fundamentales le asignaron, de manera que han empequeñecido su labor social y agigantado su beneficio privado.

Esta idea está conectada con lo que la profesora de Periodismo en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Ana Bernal-Triviño, una de las universidades que han firmado el Código Deontológico impulsado y suscrito por el Col·legi de Periodistes de Catalunya y el Consell de la Informació de Catalunya (CIC), considera fundamental como punto de partida: tener un compromiso con la función social del periodismo por parte del personal del propio medio.

«Porque si no nace de las personas que van a hacer ese diario, por ejemplo, no se puede avanzar. Y eso pasa por dos cosas. Una, por tener una total independencia de los partidos políticos, por muy afín que nos sintamos a algunos. Hay que ser críticos también con ellos y eso implica, por supuesto, rechazar muchas cosas que esos mismos partidos te pueden ofrecer. La independencia del medio comienza por la independencia del periodista», afirma Bernal-Triviño. O, como sostiene el profesor de la Universidad Complutense David Álvarez: «El periodismo no puede entrar en ese conchabeo del poder, de negociar, de comer… El periodismo cercano a cualquier tipo de poder acaba achicharrado, forma parte de ese contubernio social que va en contra de la propia sociedad, de la transparencia, de la ciudadanía y del derecho a informar y a saber».

Vocación de servicio público

Como consecuencia de la independencia de los grandes grupos de poder, la profesora de la Universitat Pompeu Fabra Ruth Rodríguez-Martínez, entre cuyas líneas de investigación destaca la ética periodística, añade varias características más que pueden diferenciar a un medio independiente del que no lo es. La primera es lo que ella denomina dar voz: «Los medios independientes deben ofrecer una visión más diversa y completa de la realidad de lo que ofrecen los medios no independientes. Este tipo de periodismo tiene como objetivo dar voz a grupos vulnerables y minorías, como también ideologías y discursos alternativos, que habitualmente no son escuchados y no tienen espacio en los medios mainstream».

Rodríguez-Martínez señala también la capacidad de cuestionar y transformar: «En estos medios se incluyen valores informativos que no tienen cabida en los medios mainstream o en discursos hegemónicos, y sirven para corregir, equilibrar, cuestionar y completar el relato, a veces limitado, que ofrecen los medios no independientes». Es decir, según la profesora, los medios independientes deben evitar convertirse en portavoces de visiones dominantes de la realidad y no pueden renunciar a su papel transformador, bien presentando a sus audiencias nuevos temas y enfoques, bien sacando a la luz abusos de poder: «Los medios independientes no pueden olvidar su vocación de servicio público y la necesidad de garantizar el pluralismo mediático».

Desde esa perspectiva, Mario Crespo considera que, de todo el catálogo de prácticas periodísticas, hay dos esenciales que muestran la falta de independencia: no informar y subvalorar, y sobreinformar y desinformar sobrevalorando. «Hay un empeoramiento generalizado en la calidad de la información que recibimos que es paralelo a la sobreinformación y a la desinformación. Y las redes sociales han agravado aún más el problema. Los medios tienen parte de responsabilidad por su búsqueda desesperada de rentabilidad y público y por su falta de independencia», asegura el profesor, que indica dos factores más que pueden influir.

Por un lado, la interrelación entre redes sociales e información periodística: «Las redes están condicionando el discurso periodístico porque tienen mucha mayor audiencia que la prensa y una capacidad de permeabilización impresionante, además de mayor dinamismo. La prensa empieza a nutrirse de contenidos en red pues buena parte de estos se han convertido tanto en noticias como en fuentes de información. La respuesta solo puede ser la calidad y la profesionalización, pero las empresas periodísticas, con sus recortes, van en la dirección opuesta».

Y, por otro lado, la propia audiencia: «Cada vez critica más pero es menos crítica. No muestra interés y, sobre todo, esfuerzo por filtrar, seleccionar o contrastar. Se deja llevar por la dinámica del click, de los veinte segundos y del vídeo. Estamos en un punto tal de degradación periodística que nada ni nadie garantizará un buen periodismo si no es con el concurso de los propios afectados. Si los lectores no se implican en la búsqueda de la calidad, no habrá calidad periodística. Si los lectores no se implican en la solución a estos problemas, nadie se los va a devolver resueltos».

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Audiencia y polarización

Este factor es mucho más importante en el contexto de polarización política y desinformación en el que nos movemos: «El periodismo debe responder a unas demandas de la audiencia que no siempre quieren la verdad, buscan confirmar sus propias creencias y eligen las fórmulas que reafirman sus conceptos previos. En ese sentido, los tiempos críticos que estamos viviendo han llevado a cuestionar el periodismo y a dificultar cada vez más el trabajo de los periodistas», coincide la profesora Mancinas-Chávez. «En una entrevista a Bob Woodward leí que hoy en día resultaría imposible un caso como el Watergate por la presión de los públicos a través de las redes sociales. Los medios de comunicación se enfrentan al reto de seguir haciendo su trabajo de forma honesta aunque el público condene nuestro trabajo y nos dé la espalda. Veo que los lectores/as son una tiranía para los medios de comunicación. No es políticamente correcto pero es la verdad», prosigue la profesora.

¿Por qué hemos llegado a este punto? Mancinas-Chávez pone un ejemplo práctico: «Antes podías meter un buen reportaje o una buena crónica en el periódico que se vendía entre otras informaciones, y no tenías claro cuál de las piezas había vendido más. Ahora con los clics sabemos exactamente qué información es más o menos demandada. Eso hace que una noticia de espectáculo que ha costado poco trabajo tenga cientos de clics frente a un reportaje elaborado de forma minuciosa tratando un tema indispensable. Tenemos que llegar a entender que el buen periodismo es de minorías, es una minoría la que busca información veraz y periodismo lento, interpretativo».

El profesor de la Complutense David Álvarez insiste igualmente en la degradación del valor de la profesión: «El periodista está poco valorado en la sociedad, no se considera imprescindible cuando es fundamental para una democracia sana. Hay muchos poderes que trabajan todos los días para que las cosas no se sepan. Y el periodismo ha ido perdiendo prestigio porque se ha achicharrado por la connivencia frente al poder».

Al respecto, el profesor de Teoría de la Educación y Pedagogía Social en la UNED Ángel Barbas realiza una reflexión: la necesidad de que existan medios independientes como medios de educación social se deriva de las carencias en educación mediática que encontramos en la mayoría de la población. «Si queremos una ciudadanía empoderada, participativa y crítica necesitamos que la población tenga una información basada en la ética periodística y en el rigor informativo. Cualquier persona debería saber diferenciar claramente entre lo que es periodismo y lo que no lo es, porque la información que difunden los medios es la materia prima con la que construimos una parte muy importante de nuestras ideas, valores y creencias», afirma el profesor.

«Además de una información de calidad, necesitamos que la ciudadanía entienda cuáles son las alianzas de los grupos de comunicación con los grupos de poder, cómo se construyen las noticias, qué intereses económicos hay detrás de determinados tipos de información, etc. Es decir, necesitamos medios rigurosos y necesitamos herramientas para la lectura crítica de los medios», argumenta Barbas. Según explica, la educación mediática ha sido desarrollada por algunos grupos académicos y movimientos sociales durante mucho tiempo de forma bastante minoritaria; pero progresivamente se ha ido convirtiendo en una evidencia para cada vez más sectores: «Aplaudo los proyectos educativos desarrollados por algunos medios independientes para la formación de la ciudadanía en aspectos relacionados con el periodismo y la comunicación crítica».

La profesora Bernal-Triviño analiza otra cuestión: «La audiencia ya se ha acostumbrado a tener información gratuita. Y ahora parece que le molesta cuando le remitimos a cualquier artículo de pago. Ahí hay una devaluación en general de la profesión, ha perdido una cierta autoridad y no se considera que es algo que merece ser pagado. Nadie pregunta si el pan es gratis. Es complicado ser independiente cuando una parte de tu audiencia muestra rechazo a los contenidos de pago».

Ruth Rodríguez-Martínez recuerda el Digital News Report de 2022, publicado por el Reuters Institute, que muestra en qué medida la sociedad desconfía de los medios de comunicación. «Este es un punto de partida fundamental para que los medios sigan desempeñando un papel importante en la sociedad, especialmente aquellos medios que tienen vocación de ser independientes. Son muchas las acciones que deben llevarse a cabo para reparar y fomentar esta confianza pero, entre otras, parece necesario consolidar que la audiencia sea un elemento clave del proceso informativo», argumenta.

La profesora de Estructura de la Información en la Universidad de Sevilla Aurora Labio-Bernal [ver entrevista] pone varios ejemplos: «Recientemente, en una charla científica con Robert McChesney, proponía lanzar una Local Journalism Iniative para recuperar el periodismo local en EE. UU., donde este tipo de iniciativas funcionaba en el pasado como forma de cohesión social y, por tanto, como herramienta democrática. En Europa, Julia Cagé publicó hace unos años un libro en el que planteaba una sociedad de medios de comunicación en la que existiera una mezcla de crowfunding por parte de los lectores y periodistas, además de ventajas fiscales para quienes aportaran financiación. En España, las cooperativas como La Marea o El Salto u otros casos intermedios, como eldiario.es, demuestran que la implicación de los lectores redunda en la independencia del medio».

Hay que hacer —insiste— que la gente se convenza de esta posibilidad y que exista también una voluntad, política y civil, por contribuir a ello. «Pero, sinceramente, no soy muy optimista. Vivimos en la cultura del todo gratis, del poco pensar, del mucho consumir y del quejarme en la barra del bar».

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La transparencia

La profesora Rodríguez-Martínez apunta a una cuestión más, que también es más fácil de cumplir mientras menos peajes se tienen: rendir cuentas frente a la sociedad. «La necesidad de que los medios de comunicación sean responsables frente a la sociedad no es exclusivo de los medios independientes, pero la rendición de cuentas mediática o la media accountability se presenta como fundamental en estos medios». Un aspecto esencial de la rendición de cuentas —especifica la profesora— es la transparencia, que se traduce en publicar cómo se financian y las características empresariales bajo las cuales desarrollan su actividad informativa, pero también sobre los principios editoriales y procesos de producción informativa que se usan.

Según un estudio del Global Desinformation Index y la Universidad Carlos III de Madrid, en general, la mayoría de los factores de riesgo de desinformación en el mercado de noticias online en España proviene de la falta de transparencia al declarar quiénes son los propietarios de los medios de comunicación y la falta de una explicación clara sobre cómo comunicar al sitio web posibles errores. El estudio recomienda, entre otras cuestiones, centrarse en adoptar estándares periodísticos y operativos como los establecidos por la Journalism Trust Initiative, que hacen que la información sobre las políticas generales del sitio web sean transparentes; garantizar la transparencia en torno a la propiedad y las fuentes de financiación para evitar sospechas relacionadas con el conflicto de intereses; publicar declaraciones claras y rigurosas en relación con la independencia editorial y políticas transparentes para todo lo relacionado con el contenido generado por el usuario; y mejorar y hacer más visibles sus prácticas de corrección de errores.

«Con el fin de ser más transparentes, los medios pueden, por ejemplo, abrir procesos de reflexión con el público sobre las piezas de información que elaboran», sugiere Rodríguez-Martínez. Ese es un pilar de la rendición de cuentas, junto a la transparencia y la autorregulación: la participación de la audiencia, y para ello los medios de comunicación deben fomentar la interacción bidireccional con sus públicos, explica la profesora.

Lo que ocurre, por el contrario, es que en numerosas ocasiones, incluso, se oculta que una pieza de información es un contenido patrocinado o la cantidad de dinero que se recibe en publicidad proveniente de los gobiernos. «La publicidad institucional no debería superar un porcentaje y eso debería estar claro en la política del medio desde el arranque. No puedes crear un medio solo dependiendo de ella porque estás creando un medio corporativo del partido de turno», explica con contudencia Bernal-Triviño, que considera, no obstante, que las campañas institucionales son necesarias: «Les falta mucha pedagogía y labor de sensibilización».

Publicidad institucional

El profesor Crespo define directamente la publicidad institucional como la gran herramienta que vincula a las empresas periodísticas con los equipos gubernamentales: «O, mejor dicho, la mayor vía de intrusión de los gobiernos en las redacciones de las empresas periodísticas. Este sistema se ha pervertido notablemente con el tiempo. Porque no se trata ya de pagar anuncios publicitarios. Las instituciones lo que hacen es firmar contratos anuales de publicidad con los medios, que, en la práctica, equivalen a una subvención. El importante monto de esta ayuda a la prensa y su variabilidad en función de las buenas relaciones con los gestores gubernamentales crean una gran dependencia de los medios respecto de las instituciones, que compran el interés de los medios por sus «informaciones» propagandísticas gracias a estos generosos contratos», añade Crespo.

«Cobrar estos contratos —señala— obliga de muchas maneras a los responsables de los medios informativos a mantener buenas relaciones con los gestores gubernamentales: telefonazos, interlocutores directos, veto a determinados contenidos, comidas habituales para despachar distendidamente el estado de esa relación y los roces que puedan surgir en la misma, negociación de primicias, exclusivas y entrevistas…» Un factor añadido, enumera el profesor, es la autocensura: «Los medios eluden determinadas informaciones incómodas sabiendo que generarán una reacción airada de estos grandes financiadores. Los periodistas de a pie también las eluden, porque saben que el asunto no agradará a sus jefes o los pondrá en aprietos, porque estos a su vez tienen por encima otros jefes del grupo empresarial a los que solo les importan los ingresos».

En definitiva, reflexiona el profesor, la publicidad institucional ha normalizado el mercadeo de influencias en el ámbito informativo en un escenario muy parecido al de los lobbies de los demás contextos empresariales: «Pero aún es más eficaz, porque la publicidad institucional permite extender el cheque, lo que se supone que es ilegal en la acción de los lobbys», concluye.

Este mismo año, Unidas Podemos presentó una Proposición de Ley para la reforma de Publicidad y Comunicación Institucional que señala que el actual sistema de reparto de la publicidad institucional en los medios resulta ineficaz. El dato determinante para dicha asignación es la audiencia, un criterio que puede favorecer a los medios y empresas que distorsionan los datos al usar métodos de agregación de audiencias. También a aquellos que optan por el clickbait. Unidas Podemos propone que también se tengan en cuenta medidores como el nivel de transparencia de la información corporativa, cuestiones deontológicas y si el medio ha adoptado medidas para la igualdad efectiva entre mujeres y hombres, y para proteger a colectivos vulnerables.

Los informes que realiza, por ejemplo, la Asociación de la Prensa de Madrid, hacen referencia específicamente a las nuevas fuentes de ingresos con las que algunos medios pretenden asegurar su sostenibilidad y sus niveles de empleo: «Fuentes de ingresos como los contenidos patrocinados o las estrategias publicitarias a partir de los datos de la audiencia que, con frecuencia, implican un acercamiento a los intereses de las empresas anunciantes. Y esto suscita problemas íntimamente relacionados con la independencia editorial y la deontología de los periodistas».

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La precariedad

La precariedad, el modo en el que trabaja la plantilla, es otro condicionante de la independencia, según los expertos y expertas universitarias. «El periodista tiene el salario del miedo, cobra poco, es un trabajo mal remunerado, y ahora está la amenaza de los algoritmos que hacen la información», avisa el profesor David Álvarez, que propone ir a un modelo donde la significación del profesional permita que sea crítico incluso con su propio medio en caso de que algo no le guste o tenga que esgrimir la objeción de conciencia o la cláusula de conciencia. Perjudica, desde su punto de vista, que la colegiación no sea obligatoria: «Los abogados para trabajar tienen que estar colegiados y eso los hace fuertes para reivindicar aspectos profesionales que se tienen que regular. Pero nosotros no, tenemos unos sindicatos, unas asociaciones de la prensa, pero que no hacen esa labor de contrapoder de las grandes empresas. Si hay comité de empresa, bien. Si no, a veces tendrá que lidiar el profesional casi en solitario», añade.

Mancinas-Chávez es rotunda: «Los empleados se adaptan a las exigencias de la empresa porque la oferta de empleo es escasa y las posibilidades de quedarse en el paro son muchas. La precariedad laboral es uno de los principales enemigos de la independencia y de la ética periodística. Otra vez el afán de lucro choca contra la naturaleza de servicio público de las empresas periodísticas».

Bernal-Triviño cuenta que ha trabajado durante mucho tiempo en condiciones muy precarias y que tenía muy claras cuáles eran las líneas que no quería rebasar. Sin embargo, reconoce que la precariedad tiende a hacer volcados de notas de teletipos, condiciona el ejercicio de la propia profesión y limita mucho tanto la creatividad como el análisis reposado y la investigación, que es lo que permite hacer un periodismo de calidad.

Coincide la profesora Labio-Bernal: «No, cualquiera no puede ser periodista. Y sí, los periodistas tienen que estar bien pagados y realizar su trabajo en condiciones dignas. Pero vuelve el tema central. No interesa informar de forma veraz porque priman los intereses y porque es mejor distraer que hacer pensar a la ciudadanía. Como forma de control ancestral, así funciona el poder».

Para el profesor Crespo, las buenas prácticas periodísticas, vistas desde la ética, requieren dedicación e inversión: buscar temas propios, contrastar, filtrar bulos, prestar atención a los asuntos de interés público, etc. «La precariedad lleva a la productividad y disminución de costes (e inversiones) y va arrinconando la vocación periodística y su función social inherente», prosigue. Y un apunte de fondo: «Hacer periodismo a base de precaridad laboral de los propios periodistas es ya de por sí poco ético. Todo esto conforma un contexto de mayor vulnerabilidad a las presiones externas, aunque no esté directamente relacionado con la independencia o dependencia del medio».

Desde su punto de vista, el modelo al que hay que aspirar sería el contrario al de la concentración empresarial: «Los grandes grupos de comunicación están todos en crisis y no terminan de encontrar la rentabilidad, en especial los diarios escritos (impresos y digitales). La desconcentración sería una salida a pequeña escala para un periodismo independiente menos empresarializado y más impulsado por los propios informadores y profesionales».

Sobre ello, y volviendo a la necesidad de contar con la audiencia, el profesor Ángel Barbas sostiene que la creación de una comunidad fuerte de lectores/as o suscriptores/as es un elemento fundamental para mantener y reforzar la independencia de un medio: «No solo por lo que tiene que ver con la aportación económica, sino también por la conformación de una masa social defensora de un tipo de información, de una forma de hacer periodismo, de una manera de entender la participación social basada en la ética pública y en los valores democráticos, y la influencia que esa masa social, como un agente de transformación, puede llegar a tener sobre otras personas».

Decálogo de medios independientes

Estos son diez factores imprescindibles que miden el nivel de independencia de un medio de comunicación, según las consideraciones aportadas por distintos especialistas universitarios que han participado en la elaboración de decálogo.

Según el grado de cumplimiento, el medio será más o menos independiente. La financiación, la transparencia y, sobre todo, la propiedad de las empresas periodísticas marcan la frontera entre unos y otros.

  1. El medio no tiene accionistas o propietarios/as con intereses en grandes grupos empresariales o el poder político.
  2. Los/as periodistas del medio no tienen intereses en grandes grupos empresariales o el poder político.
  3. El medio no depende de la publicidad para financiarse.
  4. El medio no supera un porcentaje limitado de publicidad institucional.
  5. El medio no publica contenidos patrocinados o, en el caso de publicarlos de manera esporádica, lo indica de manera clara.
  6. El medio publica sus cuentas e identifica claramente el destino de los gastos y el origen de los ingresos.
  7. El medio tiene vocación de servicio público y de transformación.
  8. El medio nunca veta, tergiversa o manipula noticias por ninguna cuestión.
  9. Las/los periodistas del medio no se autocensuran por ninguna cuestión, incluido el posible temor a la pérdida de lectores/as afines a su línea editorial.
  10. Las/los periodistas del medio trabajan en unas condiciones laborales dignas.

Olivia Carballar

Periodista. Doctora en Periodismo por la Universidad de Sevilla, con una tesis sobre las mujeres pioneras del periodismo. Artículo publicado por La Marea (https://www.lamarea.com) bajo una licencia de Creative Commons 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es)

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