Milei y su Ur-Fascismo cruel con el periodismo
A partir del concepto de Ur-Fascismo desarrollado por Umberto Eco, este artículo analiza distintas prácticas y discursos del gobierno de Javier Milei en relación con la prensa, las instituciones democráticas y la construcción de enemigos públicos. El texto sostiene que varios de los rasgos identificados por el intelectual italiano reaparecen hoy bajo formas adaptadas al contexto argentino.
Umberto Eco publicó en 1995 un ensayo titulado Ur-Fascismo (o Fascismo Eterno), en el que argumentó que el fascismo no desapareció en 1945, sino que mutó en formas más difusas. Lo llamó «ur» (prefijo alemán que significa «original») porque identificó una matriz común que puede aparecer en cualquier época o lugar.
El ur-fascismo regresa de formas inocentes y enmascaradas, a menudo invocando la libertad, la seguridad y la identidad nacional para justificar el retroceso. El control se efectúa no a través de un dictador explícito, sino bajo apariencias democráticas que suprimen el pensamiento crítico. No necesita que exista un partido nacional fascista, puede aparecer con otros nombres.
Milei y las características de su Ur-Fascismo
Umberto Eco caracteriza al ur-fascismo por medio de catorce rasgos. En lo central de su análisis, sostiene que no necesitan estar presentes todos de manera simultánea; basta con que aparezcan algunos para que el fenómeno sea reconocible.
Culto a la tradición o al pasado
Una de estas características es el culto a la tradición, según el cual la verdad ya fue revelada en el pasado. Se idealiza un orden mítico que, en realidad, nunca existió tal como se describe.
Milei siempre se refiere a una Argentina ideal que ancla a fines del siglo XIX, basada en una economía de unos pocos exportadores de carne, cuero y trigo. Aquella era una etapa sin democracia para muchos sectores, carente de derechos laborales y sociales, en la que las ganancias se concentraban solo en un determinado sector social.
Culto al antiintelectualismo
Otro aspecto es el antiintelectualismo. El periodismo, por definición, es una actividad intelectual y reflexiva. En este esquema, se lo deslegitima en bloque —no por errores concretos, sino por su identidad de grupo—, lo que implica una forma de antiintelectualismo estructural. No se discuten los argumentos; se destruye al portador. Además, bajo esa misma postura, el Gobierno nacional desfinancia a las universidades y a la educación en general.
El desacuerdo es traición
El presidente afirma que el 95 % del periodismo es corrupto, lo cual es una forma de decir: «Quien me critica no es un ciudadano ejerciendo su función democrática, es un enemigo del pueblo pagado para destruirme». De esa manera, convierte la crítica periodística —un pilar de la democracia representativa— en un acto de traición. Descalifica a los profesionales como «mentirosos», «calumniadores seriales» y «sicarios con credencial de supuestos periodistas». Esto es exactamente lo que Eco describía como otra característica central del ur-fascismo.
El complot y el enemigo fuerte y débil simultáneamente
Milei presenta a los periodistas como parte de una red corrupta y poderosa que controla la agenda, recibe «sobres» y coordina ataques contra su gestión. Todo es catalogado como un complot destituyente contra la institucionalidad que él mismo encarna. Sin embargo, en paralelo, se jacta de dinamitar al Estado y sus instituciones, califica de «héroes» a quienes fugan dólares del país y considera que la mafia y su dinámica son un espejo a imitar.
A la vez, sostiene que los periodistas son «escoria», «cerdos» o «excrementos»; es decir, seres despreciables e inferiores. Los amenaza con enviarlos a la hoguera y recrimina a la sociedad no «odiarlos lo suficiente». Asimismo, se ensaña con el sector al derogar el Estatuto del Periodista para quitarles los derechos que allí se consagran en favor del ejercicio profesional.
Incluso se ha llegado al extremo de frenar el nombramiento como jueza de María Verónica Michelli —quien cumplió con todos los requisitos para ser magistrada— solo por ser la cuñada de Hugo Alconada Mon, un periodista al que Milei hostiga. Además, el gobierno cerró la sala de prensa de la Casa Rosada y negó el acceso a sesenta periodistas acreditados durante once días. Aunque el ingreso se restituyó, se hizo bajo fuertes restricciones. A su vez, se han registrado amenazas, persecuciones, espionaje y un marcado aumento de acciones judiciales contra la prensa.
La contradicción entre un enemigo fuerte y uno débil es la marca registrada del pensamiento ur-fascista. La paradoja es que este discurso sectario no debilita al líder, sino que lo alimenta emocionalmente.
Democracia selectiva
Milei redefine la libertad de prensa y sostiene que esta solo es legítima cuando apoya sus actitudes o actos de gobierno. Cuando se lo critica, la señala como la «casta mediática» que actúa contra el pueblo. Así, convierte a la prensa en un actor político enemigo que debe ser neutralizado.
En esta línea, el presidente lanzó en febrero de 2026 la Oficina de Respuesta Oficial en la red social X, un verdadero «Ministerio de la Verdad». Esta oficina busca contrarrestar otras narrativas y fortalecer el relato oficial; es decir, intenta imponer desde el Estado lo que debe ser considerado como la única información verdadera.
Todo esto vacía de contenido la tarea del periodismo, el cual cumple una función no estatal de interés público e institucional. Su labor garantiza la dimensión social e individual de la libertad de expresión como derecho humano, posibilita el control democrático y asegura el derecho de la sociedad a recibir información adecuada.
Culto a la virilidad
Los ur-fascistas demuestran un profundo desprecio por las mujeres y las diversidades sexuales. En sintonía con esto, Milei eliminó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. A su vez, funcionarios del Ejecutivo han cuestionado las estadísticas oficiales de femicidios y el concepto de violencia de género, afirmando que se trata de «ideología» y no de una realidad a contemplar; entre otras medidas propias de esta característica.
Empobrecimiento del lenguaje
El presidente reemplaza el análisis por el insulto hacia los profesionales de los medios. Sus palabras operan como armas semánticas que cierran el debate antes de que comience. Respecto al periodismo, Milei crea una identidad colectiva negativa que no admite matices.
Umberto Eco fue muy preciso en este punto: el lenguaje fascista no busca convencer, busca condicionar las emociones, y lo hace mediante una deshumanización gradual del enemigo que deja de parecer humano ante los ojos de la sociedad. En Ruanda, la radio llamaba «cucarachas» a los tutsis semanas antes del genocidio. En la Alemania nazi, los medios atacados eran catalogados como «la prensa judía» que «envenenaba» al pueblo. El mecanismo es siempre el mismo.
Tenemos el deber de defender nuestra democracia para evitar que este ur-fascismo cruel siga avanzando patológicamente en el país, ensañado contra el periodismo.
Miguel Rodríguez Villafañe
Abogado constitucionalista cordobés, exjuez federal de Córdoba, especialista en cooperativas y mutuales y periodista de opinión.
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