Periodismo sin red
Cuando el gobierno de Milei revocó las credenciales de periodistas acreditados en Casa Rosada y el presidente los llamó «traidores a la Patria», quedó expuesta una doble crisis: la del poder que convierte a la prensa en blanco sistemático y la del periodismo que ya no tiene capacidad de responder de manera colectiva. Eso es lo que analiza Silvia Heguy en «Apenas periodistas» en un momento en que lo que está en juego no es solo la libertad de expresión, sino la propia relevancia del oficio. A continuación, un resumen de la nota publicada por la revista Anfibia.
El lunes 6 de abril, la Casa Rosada revocó las acreditaciones de varios periodistas. La excusa fue una investigación sobre una red de propaganda rusa que supuestamente buscaba desestabilizar al gobierno de Javier Milei. El problema: los periodistas sancionados no habían firmado los artículos señalados. Días antes, el jefe de gabinete ya le había dicho a uno de ellos, cuando preguntó por una causa de enriquecimiento ilícito, que era «apenas un periodista». En menos de un mes, el periodismo pasó de ser «apenas» algo a convertirse, en boca del presidente, en «traidores a la Patria». De la deslegitimación a la estigmatización: ese fue el arco en pocas semanas.
La escena tenía un espejo al norte. El 15 de octubre de 2025, más de cuarenta periodistas salieron del Pentágono cargando cajas con sus pertenencias tras la revocación de credenciales por parte del gobierno de Donald Trump. Cinco meses después, un tribunal declaró inconstitucionales esas restricciones. La diferencia entre Washington y Buenos Aires no estuvo en el gesto del poder —en ambos casos, la prensa fue convertida en blanco— sino en la reacción de los afectados. En Estados Unidos, la respuesta fue institucional y judicial. En Argentina, fragmentada: comunicados, solidaridades en redes, desmentidas. Mucho ruido. Ninguna acción colectiva sostenida.
Durante los cuatro días de Semana Santa, el presidente Milei escribió 86 tuits contra la prensa y republicó otros 874 emitidos por militantes, funcionarios o usuarios desconocidos, según consignó Martín Rodríguez Yebra en La Nación. Era una nueva escalada de su campaña NONSALP —«No odiamos lo suficiente a los periodistas»—, acompañada por ministros y funcionarios. El miércoles 8, en una entrevista en la Televisión Pública, aseguró que «el 95 % de los periodistas argentinos son delincuentes».
«La revocación de mi acreditación es una manera de imponer miedo», dice Liliana Franco, periodista de Ámbito con más de treinta años en la sala de prensa de la Presidencia. Y va más lejos: «La mayoría de mis colegas cree que hacer su trabajo es llevarse bien con los voceros. Hace tiempo, la sala reaccionaba en conjunto ante cosas muy menores. Esta vez solo hubo una pregunta en off. Así los gobiernos avanzan».
El periodismo argentino está atomizado y precarizado. La violencia digital del gobierno de Milei no hace más que profundizar una condición estructural que viene de antes: la pérdida del modelo de negocios, la uberización de la profesión y la dependencia de plataformas con algoritmos opacos
El periodismo argentino está atomizado, precarizado y sin capacidad de acción colectiva. La violencia digital del gobierno de Milei no hace más que profundizar una condición estructural que viene de antes: la pérdida del modelo de negocios, la uberización de la profesión y la dependencia de plataformas con algoritmos opacos.
La crisis no es nueva ni exclusivamente política. La irrupción de internet y las redes sociales desplazó a los medios del centro del ecosistema informativo y destruyó su principal fuente de financiamiento: la publicidad migró hacia las grandes plataformas tecnológicas. El pluriempleo se volvió norma para alcanzar un ingreso digno. Según Sipreba, muchos periodistas manejan autos de aplicación o tienen changas paralelas para completar sus ingresos. En ese escenario, la irrupción de la inteligencia artificial generativa promete acelerar la automatización de contenidos y el fin de los seguidores en redes tal como los conocemos.
Para Silvio Waisbord, investigador de la Universidad George Washington, el problema tiene nombre: el periodismo es estructuralmente reactivo. «La precariedad laboral no contribuye a encontrar el tiempo para pensar la profesión. La única posibilidad de acción es la reacción frente a lo que va sucediendo, que se mueve con otras lógicas —la política, la geopolítica, la inteligencia—. La flaqueza del periodismo es no tener una agenda propia», señala. Y agrega que este gobierno es «particularmente astuto» en comparación con otros que fueron contra la prensa: «Saben cómo, especialmente a través de las redes, imponer temas o desencadenar campañas coordinadas y personalizadas. El periodismo, incluso debilitado, queda como el único actor. La respuesta es casi individual porque se personaliza».
Martín Becerra, especialista en medios e investigador del Conicet, pone el foco en los periodistas no notorios —la mayoría, los que trabajan día a día sin visibilidad pública— y advierte que «están detonados». Frente a un ataque coordinado del gobierno o la SIDE, con troles que pueden hackear cuentas, doxear o amenazar a sus familias, los mecanismos de defensa institucionales son casi inexistentes: las corporaciones periodísticas ya no funcionan como antes y la mayoría de los periodistas no trabaja para una sola empresa.
El periodista Leandro Renou lo planteó sin rodeos en X: «Hay que armar agrupaciones de periodistas nuevas. Vivas. Modernas, renovadas y desafiantes. Las que están no sirven absolutamente para nada». En contacto telefónico con Heguy desarrolla la idea: «Lo que falta es una posición clara sobre la violencia contra los periodistas en el debate público, que vaya más allá de lo salarial. Cuando digo modernización me refiero a dejar de lado las cuestiones ideológicas o de intereses ante el gobierno, y pensar sin prejuicios el ejercicio profesional».
La disyuntiva es ética: si no se responde a las falsedades del gobierno, quedan instaladas. Si se responde, se les da oxígeno. Waisbord lo reconoce: «No creo que se pueda ignorar y no plantarse contra esa narrativa». El problema es que el periodismo enfrenta esa disyuntiva sin red institucional
La disyuntiva es ética: si no se responde a las falsedades del gobierno, quedan instaladas. Si se responde, se les da oxígeno. Waisbord lo reconoce: «No creo que se pueda ignorar y no plantarse contra esa narrativa». El problema es que el periodismo enfrenta esa disyuntiva sin red institucional.
Lo que el episodio de las credenciales pone en evidencia es una condición estructural que precede a Milei: el periodismo argentino no construyó, en los últimos veinticinco años, una historia de solidaridad profesional abarcativa. La grieta profundizó la polarización también dentro de la profesión. Según Becerra, los grandes medios tampoco mantuvieron un compromiso consistente con la libertad de expresión que ahora se les reclama activar.
Sebastián Lacunza, uno de los periodistas que sostiene su presencia en X a pesar de la violencia digital, plantea la pregunta desde adentro: «¿Dónde hablar si no? En ese ámbito también se define el valor del periodismo». La violencia digital, amplificada por algoritmos opacos, incide en la autocensura y en la redefinición del rol del periodismo en democracia.
Si el periodismo llega al futuro inmediato —con IA generativa redibujando la circulación de la información y plataformas concentrando aún más poder— en las condiciones actuales, la pregunta que dejó abierta el episodio de las credenciales se vuelve urgente: ¿puede el periodismo, tal como está, reaccionar de manera distinta? ¿Y puede defender la democracia si no logra pensar colectivamente su propia existencia? El problema, en definitiva, no es solo el avance autoritario de un gobierno. Lo que está en juego también es la relevancia de un oficio que nació atado a la libertad.
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