La batalla por la imaginación tecnológica
Silicon Valley consiguió apropiarse del imaginario utópico de la informática y transformarlo en una poderosa máquina de acumulación. Mientras tanto, las izquierdas perdieron centralidad en un terreno que durante décadas consideraron estratégico para la emancipación. En una entrevista concedida a Facundo Iglesias para la revista Crisis, que aquí presentamos en versión sintetizada, el ensayista vasco Ekaitz Cancela reflexiona sobre el vínculo entre economía digital y neoliberalismo, el desafío que representa China y las posibilidades de construir infraestructuras tecnológicas alternativas desde América Latina.
Durante buena parte del siglo XX, la informática fue pensada como una herramienta capaz de ampliar la democracia, racionalizar la economía y contribuir a formas más igualitarias de organización social. En la actualidad, sin embargo, el paisaje parece muy distinto. La inteligencia artificial, las plataformas digitales y las grandes infraestructuras de datos aparecen dominadas por corporaciones privadas que no sólo concentran recursos económicos, sino también la capacidad de imaginar el futuro.
Para Ekaitz Cancela, escritor e investigador dedicado desde hace más de una década al estudio de la relación entre tecnología y capitalismo, esa derrota es también cultural. Silicon Valley comprendió algo que las tradiciones socialistas dejaron de cultivar la potencia política de la imaginación.
«El ser humano tiene la capacidad de imaginar el mundo, pero también de intervenir sobre él y transformarlo. Silicon Valley ha entendido esto y los socialistas no», sostiene.
Autor de Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (Prometeo, 2024), Cancela propone recuperar esa capacidad de proyectar futuros alternativos y disputarle a las grandes plataformas el monopolio de la innovación. Su planteo no se limita a una crítica de las big tech: intenta pensar qué tipo de tecnologías podrían sostener sociedades más cooperativas.
La imaginación capturada
La conversación se abre sobre una paradoja. Los magnates tecnológicos suelen presentarse como visionarios y utopistas. Desde Elon Musk hasta los promotores de la inteligencia artificial general, todos prometen futuros extraordinarios. ¿Qué diferencia existe entre esas promesas y las utopías digitales que propone Cancela?
La respuesta apunta al corazón del proyecto neoliberal. Según explica, las grandes plataformas lograron instalar la idea de que el mercado es más eficiente que cualquier institución pública para organizar la vida cotidiana. Buscar una película, encontrar pareja, conocer personas o acceder a información son actividades mediadas por aplicaciones privadas que se presentan como simples herramientas, aunque en realidad funcionan como estructuras de captura de la experiencia social.
«Trabajar y jugar, la fábrica y el ocio, todo fusionado: estás produciendo valor permanentemente.»
Cada plataforma organiza comportamientos, registra datos y transforma interacciones humanas en valor económico. La creatividad, la sociabilidad y hasta el deseo terminan empaquetados dentro de interfaces diseñadas para alimentar mercados financieros.
Más que prometer un futuro distante, explica, Silicon Valley invierte miles de millones para materializar aquí y ahora su propia visión del mundo. Los capitalistas de riesgo financian aplicaciones que transforman la imaginación social en una práctica compatible con la acumulación. La creatividad no desaparece: es absorbida, organizada y monetizada.
El laboratorio neoliberal
Ante la pregunta de Iglesia sobre los puntos de contacto entre la economía digital y el fenómeno Milei, Cancela desplaza la discusión desde la coyuntura argentina hacia una transformación cultural más profunda. A su juicio, las plataformas modificaron la forma en que las personas entienden la relación entre trabajo, ocio y libertad. Aquí, retoma una vieja distinción de Karl Marx entre la esfera de las necesidades y la esfera de las libertades. La primera remite a la reproducción material de la vida; la segunda, al tiempo liberado para la creación, la cultura y la imaginación. Para Cancela, el neoliberalismo digital borró esa frontera. «Trabajar y jugar, la fábrica y el ocio, todo fusionado: estás produciendo valor permanentemente», resume.
Influencers, gamers, creadores de contenido y emprendedores digitales encarnan una cultura donde cada aspecto de la existencia puede convertirse en una actividad económica. Milei, sostiene, comprendió con precisión ese nuevo sentido común. Por eso logró apropiarse de una palabra históricamente disputada por distintas tradiciones políticas: libertad.
La ideología neoliberal ya no interpela solamente a los trabajadores o consumidores. Se dirige a individuos que deben convertir toda su vida en un proyecto productivo. En ese marco, la propuesta de tener múltiples empleos, emprender permanentemente o encontrar en el mercado la solución a cualquier problema aparece como una extensión lógica de la cultura digital dominante.
«En términos de políticas de privacidad, no hay tantas diferencias entre China y Estados Unidos.»
El problema para las fuerzas progresistas es que continúan apelando a categorías asociadas al mundo industrial, mientras los nuevos discursos neoliberales se dirigen a sujetos moldeados por plataformas, algoritmos y economías de la atención.
El espejo chino
Cuando la conversación se desplaza hacia China, Cancela intenta escapar tanto de la fascinación como de la caricatura.
En Occidente, señala, buena parte del relato tecnológico se construye alrededor de la existencia de un enemigo. Durante décadas fue la Unión Soviética; hoy es China. Esa confrontación permite justificar enormes inversiones públicas en sectores tecnológicos, militares y financieros.
Sin embargo, advierte que la imagen de un sistema omnisciente de vigilancia suele estar exagerada. Las investigaciones académicas muestran que muchas de las infraestructuras digitales chinas presentan problemas de coordinación y fragmentación.
Al mismo tiempo, cuestiona una idea muy difundida: que Estados Unidos representa un modelo respetuoso de la privacidad mientras China encarna su opuesto.
“En términos de políticas de privacidad, no hay tantas diferencias entre China y Estados Unidos”, afirma.
«Cuando no hay alternativa, solo puedes ser un cínico.»
Lo que sí observa es una diferencia en el destino de los datos. Mientras las plataformas occidentales los convierten en mercancía, el Estado chino puede utilizarlos para objetivos de planificación económica y social. Incluso lanza una provocación: preferiría que sus datos quedaran en manos de una administración pública que los utilizara para planificar recursos antes que en corporaciones cuyo principal objetivo es venderlos o monetizarlos.
A partir de allí introduce una reflexión sobre los sistemas de reputación y crédito social. Lejos de defender mecanismos autoritarios de vigilancia, plantea una pregunta diferente: ¿sería posible imaginar formas de reconocimiento digital orientadas a promover prácticas solidarias en lugar de recompensar únicamente la competencia individual?
En lugar de premiar la acumulación de seguidores o la capacidad de consumo, esos sistemas podrían valorar el trabajo comunitario, la participación cultural o las actividades cooperativas. Los datos, sostiene, deberían entenderse como un bien común financiado por el Estado y gestionado por organizaciones sociales y comunitarias.
La era del cinismo tecnológico
Cuando Iglesia señala una contradicción cada vez más visible —usuarios que conocen los impactos ambientales y sociales de la inteligencia artificial, pero continúan utilizándola—, Cancela rechaza cualquier lectura moralista. «El cinismo es la patología más contemporánea del mundo», responde.
Parte del problema, explica, radica en la invisibilidad de las cadenas materiales que hacen posible la tecnología digital. Las plataformas presentan conceptos abstractos —la nube, la inteligencia artificial, la automatización— que ocultan el consumo energético, la extracción de minerales, el uso intensivo de agua o las condiciones laborales involucradas en el entrenamiento de los sistemas.
Buena parte de los usuarios ignora los recursos naturales consumidos por cada interacción digital o el trabajo humano oculto detrás de los algoritmos. Pero incluso quienes conocen esos impactos suelen continuar utilizando las plataformas porque no disponen de alternativas equivalentes. La tarea política, entonces, consiste tanto en volver visible esa infraestructura como en construir opciones diferentes.
No se trata de pedir sacrificios individuales permanentes, sino de diseñar tecnologías cuya lógica no dependa de la explotación de recursos y personas. Una suerte de «caja negra socialista», dice, donde los usuarios puedan concentrarse en desarrollar su vida comunitaria y cultural sin convertirse en materia prima para modelos de negocios extractivos.
América Latina y las infraestructuras pendientes
La referencia de Iglesia al experimento chileno de Cybersyn le permite a Cancela recuperar una tradición de pensamiento tecnológico latinoamericano que suele quedar relegada en los debates contemporáneos sobre inteligencia artificial y soberanía digital.
El proyecto impulsado durante el gobierno de Salvador Allende buscó combinar planificación económica, participación de los trabajadores y procesamiento de información en tiempo real. Para Cancela, su principal legado no reside tanto en la dimensión técnica como en la voluntad de imaginar tecnologías orientadas al bienestar colectivo.
También analiza las iniciativas impulsadas por Brasil para regular a las grandes plataformas. Aunque considera relevantes los debates públicos sobre soberanía digital, advierte que las medidas defensivas resultan insuficientes si no van acompañadas por la construcción de alternativas concretas.
“Necesitamos más bibliotecas que modelos de lenguaje natural”
Bloquear una plataforma o cobrar por los datos personales puede generar visibilidad política, pero no altera la dependencia estructural respecto de Silicon Valley.
Lo que imagina es algo más ambicioso: infraestructuras públicas y cooperativas compartidas a escala regional. Un ecosistema latinoamericano de desarrollo tecnológico donde los conocimientos producidos con financiamiento estatal puedan circular libremente y ser reutilizados por distintos países.
Piensa en una suerte de repositorio común para la región, capaz de reunir soluciones desarrolladas para hospitales, escuelas, sistemas de transporte o servicios públicos y permitir que cada experiencia sea adaptada y mejorada colectivamente.
Más bibliotecas que algoritmos
La conversación desemboca finalmente en la inteligencia artificial. Pero Cancela evita responder en términos exclusivamente técnicos.
—Pero en concreto, ¿cómo imaginás un uso socialista de la inteligencia artificial? —pregunta Iglesia.
El ensayista hace una pausa. Luego devuelve la cuestión hacia un terreno más amplio.
—Primero hay que responder cómo se piensa la inteligencia humana socialista.
A partir de allí enumera posibilidades: sistemas públicos de salud apoyados en modelos predictivos, herramientas para investigar enfermedades, plataformas culturales cooperativas, aplicaciones destinadas a enfrentar el cambio climático o mejorar la distribución de alimentos.
Pero insiste en que ninguna tecnología resolverá por sí sola los problemas sociales. La IA actual responde a prioridades capitalistas porque fue desarrollada en un contexto capitalista. Imaginar una inteligencia artificial diferente exige, antes que nada, imaginar instituciones diferentes: bibliotecas, hospitales, museos, escuelas y espacios culturales organizados bajo otros principios.
«Necesitamos más bibliotecas que modelos de lenguaje natural», afirma.
Sólo después de decidir qué tipo de sociedad queremos construir tendrá sentido discutir qué inteligencia artificial puede contribuir a sostenerla. La verdadera disputa no pasa únicamente por quién controla los algoritmos, sino por quién tiene la capacidad de imaginar horizontes compartidos.
Y allí, concluye Cancela, la utopía sigue viva. No está concentrada en los laboratorios de Silicon Valley ni encerrada en las promesas de las grandes corporaciones. Sobrevive dispersa en movimientos sociales, experiencias comunitarias, espacios culturales y redes de cooperación que todavía buscan la infraestructura capaz de hacerlas crecer.
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