La comunicación del Golem

Muchas personas creen que es necesario incorporar rápida y acríticamente todos los avances de la sofisticación mediática para no perder el tren de la historia. Son los menos quienes advierten que la sofisticación mediática está seguida por pérdida de derechos laborales, mayor desocupación y controles corporativos sobre dispositivos, herramientas y usuarios. Cerrar la brecha que esto genera necesita menos fascinación idolátrica y mayor responsabilidad política hacia la comunidad y el prójimo.

El peligro del pasado era que los hombres se convirtieran en esclavos.

El peligro del futuro es que los hombres se conviertan en robots.

Erich Fromm

El Golem (1920) película de Paul Wegener,

De los relatos en los cuales la sabiduría popular ha simbolizado los aspectos más significativos de la vida; el mito del humanoide descerebrado, construido y controlado por demiurgos, es común a casi todas las culturas.

Pero ninguna lo ha celebrado tanto como el modelo cultural del neoliberalismo.

La cibernética (el estudio del control y la comunicación en máquinas y seres vivos) ha alcanzado cumbres extraordinarias con la puesta en marcha de autómatas.

Entre los mitológicos, destaca el Golem. Un ser tonto y obediente creado en el siglo XVII por el rabino Judah Loew ben Bezalel de Praga, con las mejores intenciones: ayudar al pueblo en las tareas pesadas y resistir hordas antisemitas.

En La cábala y su simbolismo, Gershom Scholem define al Golem como la creación de vida artificial a través del lenguaje; pues su existencia se debe a la palabra Emet (verdad en hebreo) escrita sobre su frente.

Reflexiones posteriores —poema borgeano incluido— no enfatizan suficiente otras características relevantes.

Por caso, el monstruo era mudo y cumplía órdenes «al pie de la letra».

Cuenta la leyenda que, como cualquier otro aprendiz de brujo (incluidos los de Goethe y Disney), anegó la casa de quien lo envió a «traer agua del río».

Además, cada día, se tornaba más grande, fuerte y tan peligroso que, una noche, el rabino debió hacer que atara sus zapatos, para así poder borrar de su frente la primera letra de la palabra Emet.

Emet sin el aleph se convirtió en Met (muerte) y el androide, otra vez, en polvo.

Más allá de epílogos en clave teológica o anticientífica; lo cierto es que hoy, la humanidad asiste azorada a los efectos sociales de la integración de las tecnologías de comunicaciones (TIC) con la robótica.

Los dispositivos de Internet de las cosas desafían leyendas y ficciones.

Nadie negaría el derecho humano a acceder a redes de banda ancha ni los beneficios de la Inteligencia artificial para las personas con discapacidad pero, la resignación y tolerancia frente a las estrategias orientadas a renunciar a la soberanía (tecnológica incluida) e incitar una sed insaciable de productos y servicios, carece de cordura.

Inclusive, algunos sectores progresistas sostienen la neutralidad de las interredes (Internet) siendo que su infraestructura y dispositivos fueron diseñados, precisamente, para ratificar asimetrías y desigualdades.

Y cuando, hasta los técnicos especialistas reconocen la ilusión de pactos y alianzas entre Estados empobrecidos y billonarias corporaciones e invocan al forzoso destino de los acuerdos entre zorros y gallinas, descripto por el Dr. Alfonsín.

Sin embargo, millones de fieles, sobre todo los más jóvenes, están persuadidos que si no suman cada nueva y tonta aplicación retrocederán al paleolítico superior.

Pobre argumento frente a la evidencia que la robotización, el teletrabajo y la sofisticación mediática son seguidos por pérdida de derechos laborales, mayor desocupación y controles corporativos sobre dispositivos, herramientas y usuarios.

Explicación pobre pero eficaz, ya que encubre mensajes subliminales, cuentas falsas y bucles de retroalimentación con robots en redes sociales capaces de multiplicar noticias falsas y discursos de odio, gestionar candidatos y golpes de Estado y acabar con cualquier forma de democracia.

Magias de ceros y unos que vacían palabras y cerebros, generan ganancias multibillonarias para pocos, amenazan la soberanía individual y colectiva e incrementan el dolor y la incertidumbre de las mayorías.

Cerrar la brecha entre el fabuloso dominio técnico logrado por la humanidad y su poder —concentrado en pocas empresas— pide a gritos menos fascinación idolátrica y mayor responsabilidad política hacia la comunidad y el prójimo.

Alquimistas de todos los tiempos compartieron la convicción de crear vida a partir de tierra —¿o del litio?— y manifiestan poca sabiduría para implementarla.

Relegando los funestos epílogos de los mitos en clave teológica o anticientífica, las actuales comunicaciones señalan que cuando se le otorga «La Verdad» al Golem, este solo atina a crecer y tornarse cada vez más violento.

Basehevis Singer, quien consideraba golems a las computadoras, escribió un bello cuento donde el Golem se enamoraba. En el último párrafo dice: «Acaso el amor tenga un poder aún mayor que el de un Santo Nombre».

El ático de la vieja sinagoga de Praga guarda los restos del Golem.

Dicen que cada 33 años vuelve a la vida y asoma por la pequeña ventana.

Evoca los peligros de acatar mudos a quienes se erigen amos de palabras y verdades.

Marta Riskin

Antropóloga, Universidad Nacional de Rosario (UNR).

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