Las juventudes y los algoritmos
A diferencia de los millennials, los Z no intentan conciliar su vida con el pasado; simplemente dieron vuelta la página. Arrojados a una sociedad informacional sin el tutelaje de los adultos, los más jóvenes crean sus propios protocolos de supervivencia ante un mercado implacable y la intervención de los algoritmos.

Las juventudes actuales padecen una orfandad social que no tiene precedentes. Este fenómeno se debe a la impotencia y al padecimiento de los adultos frente a los nuevos códigos culturales. Pero los «nativos digitales»,[1]Este concepto, acuñado en 2001 por el escritor estadounidense Marc Prensky, es objeto de largas revisiones críticas porque —entre otras cosas— se considera un determinismo … Continue reading apremiados por sus propias vidas, no pudieron esperarlos e ingresaron a la vida social sin el entendimiento, control, acompañamiento y respaldo que tuvieron las generaciones anteriores. Los millennials fueron los primeros que experimentaron ese extrañamiento. Con un pie en la modernidad y otro en la sociedad informacional, crecieron cautivados por las novedades de un entorno tecnológico que aumentaba vertiginosamente y que, del mismo modo, los alejaba de sus padres. Fue un proceso inédito y a la vez complejo en el que, a diferencia de todas las generaciones anteriores, no confrontaron con sus progenitores. Y no precisamente porque les faltaran discordias, sino porque no había nada importante para disputarles. Su mundo no les resultaba atractivo ni útil para los desafíos que les planteaba la sociedad actual. Así que, sencillamente, se desafectaron. Empujados por ese estado de inermidad, tomaron una decisión que abriría una discontinuidad irreversible: resignificaron cada una de las instancias simbólicas que había moldeado la modernidad: el dinero, la política, el trabajo, la familia, el conocimiento, el amor, el futuro. En otras palabras, resignificaron el contrato social. Aunque, en la práctica, nunca terminaron de cortar con la modernidad tardía que habían absorbido y experimentado desde la cuna. Tal vez por eso, cuando se proyectan en el tiempo se parecen más a sus padres que a sus sobrinos, los centennials, también conocidos como generación Z[2]También conocidos como generación de cristal (Nebrera, 2021), generación ansiosa (Haidt, 2025), etc..
A diferencia de los millennials, los Z no son anfibios. Nacieron con branquias. Para ellos el mundo de los adultos es el retumbo obstinado de un mundo que no conocieron, y lo asumen como un karma que culminará cuando ya no estén. Sin apego a una modernidad de la que sólo perdura su costado más temerario, los Z no sienten nostalgia por lo que se pierde ni culpa por lo que heredan. Fueron testigos del esfuerzo que realizaron los millennials, pero también de su derrotero; así que cuando entendieron que no había punto de encuentro posible, sin declararle la guerra a nadie, dieron vuelta la página de un modo lapidario. Nada de lo nuestro les servía para cubrir los vacíos normativos, conceptuales e institucionales que les dejamos. Les resultó más fácil barajar y dar de nuevo que tratar de conciliar nuestras existencias desconcertadas con las nuevas formas de temporalidad, espacialidad y comunicabilidad. Dicho esto, vamos a detenernos brevemente en dos gestos generacionales que son fundantes y forman parte de una transformación antropológica que aún no logramos asimilar.
El primero tiene que ver con una decisión muy potente, no exenta de politicidad, y que los tiene como protagonistas principales. Me refiero a la exploración de un lenguaje trans-escritural → que renunció a la linealidad argumental; → que rompió la correspondencia con un orden de verdad; y → que no tiene a la historia como referencia. Antes de que los lectores poscuarenta se escandalicen sobre esto último, es importante decir que la generación Z no es una generación sin historia, pero sí es la primera —y la única— cuyo proceso de subjetivación se configura junto a la disolución del régimen de historicidad que organizó la experiencia moderna. Para ellos, que se relacionan con una realidad fragmentada en la que manda la dinámica de los reels, las stories y el scrolleo, el tiempo no es una referencia organizadora porque no tiene pasado ni futuro; más bien, es una referencia retaceada. En ese sentido, carecen de un orden casual para organizar su praxis política. Tienen otras referencias —propias, disruptivas— que resultan fundamentales para desempeñarse en la sociedad informacional, pero que están dramáticamente ausentes en nuestro modo de relacionarnos con un mundo que se encuentra más próximo a su resignificación de la narrativa social que a nuestra indignación y a nuestros interminables lamentos por lo que perdimos y dejamos de entender.
El segundo gesto de los Z, tan relevante como el anterior, es la identificación del algoritmo como un agente con el que deben lidiar veinticuatro horas los siete días dela semana. Recordemos que el algoritmo funciona como un actor «no-humano»[3]Con Bruno Latour, llamo no-humano a todos aquellos objetos técnicos, dispositivos o artefactos que, lejos de ser simples herramientas, participan activamente en la configuración de la vida social. que es retaceado a la consciencia racional sobre la base de opacidades, pero que al mismo tiempo participa activa y efectivamente, tanto en la orientación de los gustos y deseos personales como en el orden social y en la nueva cultura laboral[4]Mucho más con el desarrollo del machine learning, del big data y de la IA. Por eso, a pesar de su inasibilidad, los algoritmos se convirtieron en un padecimiento general y en una referencia cotidiana. De hecho, quien más quien menos, sabe que convive con los algoritmos. Y quienes quieren profundizar, sin demasiado esfuerzo, pueden saber → que realizan intervenciones personalizadas para extraer información sensible de manera quirúrgica → que operan como una caja negra, → que tienen propósitos claros y → que buscan manipularnos sin nuestro consentimiento. Por todo esto, podría decirse que el dominio de los algoritmos adquirió una entidad y un poder comparables al que en su momento tuvieron los monarcas y más tarde los empleadores; pero esta vez, ocultando al verdadero actor que está detrás de sus intervenciones. ¿Suena exagerado? Puede ser, pero no es lo que indican las investigaciones sobre juventudes y tecnologías que venimos realizando desde el Programa de Saber Juvenil Aplicado (Eidaes-Unsam) y el Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación (Oiste)[5]Oiste fue creado en 2018 por tres universidades: Unpaz, Unsam y Unipe, y hoy cuenta con más de veinte universidades asociadas de Argentina y América Latina.. Veamos brevemente algunos resultados que pueden ayudar a identificar el carácter del fenómeno[6]Desde 2013, en el Programa de Saber Juvenil Aplicado (Eidaes-Unsam) y el Observatorio de Sociedad Tecnología y Educación (Oiste), venimos realizando investigaciones en torno a los saberes … Continue reading.
La generación Z percibe a los algoritmos como una identidad elusiva y al mismo tiempo omnipresente, que no termina de ser amigable. Esto hizo que los miembros de ese rango etario se vieran compelidos a desarrollar sus propias hipótesis y estrategias para relacionarse con los algoritmos —algo que, por cierto, no está acompañado por las políticas educativas de Argentina, pero que tampoco está debidamente abordado por la política, la legislación, los sindicatos y la constelación institucional en general. Frente a ese retiro de los organismos sociales, los escarceos de los Z con los algoritmos pueden leerse —en un formato embrionario y desordenado— como la manifestación de una nueva dialéctica de las tensiones sociales, acorde a la reconfiguración que atraviesa el modelo de poder y la cultura del trabajo en la actualidad —con un capital que se independiza cada vez más de las instancias productivas, regulatorias y del bienestar común. Y aunque sería muy apresurado decir que los Z son los nuevos obreros y los algoritmos los nuevos patrones, también sería negarlo[7]Esta hipótesis fue presentada en las Jornadas Conrado Eggers Lan, organizado por la Universidad Nacional Pedagógica (Unipe), el 30 de octubre de 2025.. Pensemos, si no, en la manera en que, reconociendo su entidad y su influencia, buscan «neutralizarlos», «embarrarlos», «domarlos» o «desorientarlos». Son estrategias que, aunque fracasen o tengan éxitos momentáneos, funcionan como la construcción social de un repertorio de acciones orientadas a enfrentar un antagonista escurridizo y jodidamente poderoso. ¿Es posible deducir de esas acciones una nueva politicidad? Todavía es muy incipiente para atribuirles ese peso y proyectar esa expectativa, pero es imposible no ver una dimensión política en el modo que instituyeron el pitido cada vez que quieren evitar que una palabra de un reels sea interpretada por el algoritmo; cuando utilizan los memes y los stickers como información cultural que les permite eludir la elocuencia de las palabras; cuando «eclectizan» sus gustos para transformarse en un collage humano que desoriente al algoritmo; cuando los repartidores de plataforma manipulan las variables que mide el sistema para mejorar su rendimiento (Rappi, PedidosYa); cuando los más avezados cambian la VPN o adoptan el modo oculto para esquivar las ofertas compulsivas (Hostelworld).
El modo en que los Z están instituyendo una nueva narrativa social y sus esgrimas permanentes con los algoritmos son medidas que, como se dijo más arriba, no cuentan con un acompañamiento institucional acorde ni respuestas socialmente útiles para afrontar los retos que les plantea la sociedad informacional. Mientras tanto, sin la comprensión de los adultos, sin el tutelaje efectivo del Estado, y arrojados a las impiadosas garras del mercado, los más jóvenes viven en un estado cuasisalvaje por el que se ven forzados a crear sus propios protocolos de convivencia y a generar nuevas formas punitivas —como la cancelación— para sobrellevar el asedio y la saturación que produce la vida digital. Frente a este escenario, lo que aún permanece como interrogante es: si ya decidimos soltareles la mano o si vamos a hacer algo con esa descendencia que interpela y desafía nuestra visión del mundo.
Nota del editor: Artículo republicado de Revista Bordes con autorización del autor.
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Fernando Peirone
Doctor en Estudios Sociales de América Latina por la Universidad Nacional de Córdoba (CEA-UNC). Fundador del Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación (Unsam – Unpaz – Unipe). Docente e investigador de Eidaes – Unsam y Unpaz. Fundador de la Facultad Libre de Rosario. Autor, entre otros libros, de El fin de la escritura. Efectos políticos y culturales de la sociedad poslogos (FCE, 2024); y Mundo extenso. Ensayo sobre la mutación política global (FCE, 2012). X: @FerPei — Instagram: @FerPei — Facebook: Fernando Peirone
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Notas
| ↑1 | Este concepto, acuñado en 2001 por el escritor estadounidense Marc Prensky, es objeto de largas revisiones críticas porque —entre otras cosas— se considera un determinismo biológico-cronológico, sin respaldo empírico. A sabiendas de eso, aquí lo uso para marcar el quiebre experiencial entre las generaciones anteriores a la cibercultura y aquellas que crecieron en un entorno tecnológicamente mediado. |
|---|---|
| ↑2 | También conocidos como generación de cristal (Nebrera, 2021), generación ansiosa (Haidt, 2025), etc. |
| ↑3 | Con Bruno Latour, llamo no-humano a todos aquellos objetos técnicos, dispositivos o artefactos que, lejos de ser simples herramientas, participan activamente en la configuración de la vida social. |
| ↑4 | Mucho más con el desarrollo del machine learning, del big data y de la IA |
| ↑5 | Oiste fue creado en 2018 por tres universidades: Unpaz, Unsam y Unipe, y hoy cuenta con más de veinte universidades asociadas de Argentina y América Latina. |
| ↑6 | Desde 2013, en el Programa de Saber Juvenil Aplicado (Eidaes-Unsam) y el Observatorio de Sociedad Tecnología y Educación (Oiste), venimos realizando investigaciones en torno a los saberes tecnosociales, el extractivismo, la tecnosocialización y la agencia informacional. En cada una de estas investigaciones, se incluyeron estudiantes de las carrera de sociología y antropología de la Unsam, lo cual aportó un saber generacional fundamental para el análisis y el procesamiento de los datos recogidos. |
| ↑7 | Esta hipótesis fue presentada en las Jornadas Conrado Eggers Lan, organizado por la Universidad Nacional Pedagógica (Unipe), el 30 de octubre de 2025. |

