Golpe a golpe: sobre el cierre del Inadi

En la amenaza del cierre del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) podemos ver tanto la decisión de desmantelar cualquier organismo que defiende derechos, como otra maniobra de distracción para intentar tapar los niveles de desigualdad intolerables generados por las medidas del actual gobierno en menos de tres meses. Golpe institucional, golpe de efecto.[1]Nota publicada originalmente por Revista Meta

Esa desigualdad, paradójicamente, alimenta el nivel de tensión, de odio y de violencia, precisamente lo que el Inadi y los organismos que desmantelan o tienen parados pretenden combatir. ¿Se alimentará este gobierno troll de esa violencia, como un dibujito animado que come odio y engorda? ¿O, como en el golpe del kung fu, toda esa fuerza se les volverá en contra?

Está claro que el Inadi es un símbolo, y por eso se meten con él. El gobierno lo sabe, pero también devela que, en su ignorancia, se olvidó o nunca supo de que ese símbolo tiene muchos más sentidos de lo que cree. 

En su realidad simplificada de tweet el gobierno —no ya los trolls, sino el propio presidente, vicepresidenta, vocero, canciller— plantea que el Inadi es un antro kirchnerista donde trabajan ñoquis. Nada más alejado de la realidad.

El Inadi fue creado por el menemismo —época dorada según el actual mandatario— tras los atentados a la AMIA y la emergencia del antisemitismo en aquella época; ahora hasta la propia DAIA, que no puede ser acusada de kirchnerista, emitió un duro comunicado repudiando la medida de cerrarlo. 

Es cierto que el Inadi creció durante el gobierno de Kirchner y estuvo a la vanguardia de la promoción de derechos desde adentro del Estado en esos años. Fue pausado durante el macrismo. Y obtuvo un nuevo perfil alto con la gestión de Victoria Donda, período durante el cual se expandió territorialmente como parte de la idea de evitar el porteñocentrismo que caracteriza al Estado argentino. Eso es lo que ahora, tuiteando contra los gobernadores, critican.

Los trabajadores del Inadi, lejos de ser ñoquis, provienen en su mayoría de distintos activismos que componen la multiplicidad de temas y causas que conforman la agenda Inadi; están comprometidos, casi como en ninguna otra cartera del Estado, con las causas que lleva adelante el organismo. 

Acaso ese recuerdo fresco de la gestión de Victoria Donda es el que los trolls, en su corta edad y memoria, recuerdan, con todo el cóctel de odio que ella además les genera: ser mujer, hija de desaparecidos, morocha, encima al frente de un organismo que combate las principales herramientas de su espacio político: el odio, la violencia, el ciberacoso, la lgtbifobia, la discriminación racial, y un largo camino de etcéteras que, en un mundo sano, deberían ser al menos reguladas para evitar sufrimientos, o cosas peores. 

Eso es a lo que aspira el Inadi: la libertad para discriminar significa el encierro para la mayoría de la sociedad que forma parte de alguno de los grupos acosados por los trolls del gobierno. Está claro que el Inadi les molesta porque hacen del odio su bandera. Basta con recordar que pusieron de funcionario en comunicación a un hombre que es abiertamente lgtbiq+ fóbico. 

El propio Adorni, vocero presidencial, destila odio (acaso una forma de la ignorancia) al decir que hay organismos «que no sirven absolutamente para nada» y comparando peras con bananas: dicen que el Inadi tiene más empleados que la justicia ordinaria de CABA, cuando se trata de un organismo federal con presencia en todo el país. Dice que en plena era de la virtualidad no debería haber oficinas, porque no tiene idea de la profundidad y las carencias que tiene, por poner un solo ejemplo, el Impenetrable chaqueño. 

Ni Adorni ni el gobierno tienen la valentía de decirle en la cara a la comunidad migrante, afrodescendiente, a las personas con discapacidades que lo que hacen «no sirve para nada». Porque no es el Inadi: son esas comunidades, es esa gente; no son «cosas que funcionan»: son vidas en riesgo y valores en juego. Pero qué lo va a entender el gobierno del «Capital Humano»… 

Lo dijo Néstor: son fuertes con los débiles, débiles con los fuertes. No tienen la valentía, porque no tienen la fuerza.

Algunos de los golpes hay que esquivarlos, y también hay que plantarse como sucedió con la ley ómnibus: la idea de cerrar el Inadi estaba contemplada en el artículo 348 del proyecto, en el que planteaba derogar la Ley N° 24515,, normativa por la cual se fundó el organismo. No pudieron. Tampoco pudieron sostener la idea de la derogación de la Ley de Aborto, y habrá que ver qué suerte corre el DNU.

¿Por qué no pudieron, ni podrán? Porque más allá de los resortes institucionales de la democracia que, todavía, más o menos funcionan, los derechos así como se ganaron, se defendieron en la calle. Y de eso las comunidades que articulan con el Inadi saben mejor que nadie.

Las organizaciones de mujeres, las y los jubilados, la comunidad migrante, LGTBIQ+, las personas con discapacidad, interreligiosas, afrodescendientes, los pueblos originarios van a poder contar mucho mejor que cualquier funcionario qué es el Inadi y cuán importante es que el Estado mantenga un organismo de estas características. 

Ellos serán no solo los que pueden evitar el cierre del organismo. sino que ya están marcando, por abajo, la agenda que viene y que sigue a esta pesadilla. 

Mientras tanto nos vemos en el abrazo, eso que quienes destilan odio, desconocen.

Notas
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1 Nota publicada originalmente por Revista Meta

Franco Ciancaglini

Excoordinador de Comunicación del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi).

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