Una obsesión de la derecha

De manera recurrente y sin que hay una motivación concreta, la derecha local sale a cuestionar la cifra de los desaparecidos. Una forma de bajarle el precio al terrorismo de Estado y poner a la dictadura en el escenario de los futuros posibles.

Es un tema que no se discute en ningún nivel de la sociedad, pero, desde Darío Lo Pérfido para acá, reaparece cada tanto. Ahora fue el turno de Ricardo López Murphy de decir que la cifra de 30.000 desaparecidos es en realidad muchísimo menor. Enseguida se sumó Patricia Bullrich, quien aprovechó para ponerse del lado del contendiente de María Eugenia Vidal en la interna porteña de Juntos por el Cambio. Cuando Lo Pérfido lo planteó por primera vez usó el argumento de que era una forma ilegal de adjudicarse pensiones que no correspondían. Por entonces, era secretario de Cultura de la Ciudad y enseguida Rodríguez Larreta salió a despegarse diciendo que esa no era su posición. Sin embargo, la cuestión reaparece cada tanto en boca de Graciela Fernández Meijide sobre todo, lo que no deja de tener algo de siniestro, dado que lo dice la madre de un desaparecido. También hay un uso perverso de la cifra, como cuando Martín Lousteau declaró que los muertos por la pandemia triplicaban el número de desaparecidos.

No parece muy plausible plantear que la recurrencia del tema y su aparición este momento tenga que ver con climas electorales. Esas declaraciones, por provenir de quienes vienen, no suman ni restan a la hora de contar los votos. Pero sin dudas hay una obsesión que pretende traducir a términos contables algo que pasa por lo político y lo simbólico. Hay en ese gesto varios movimientos. Por un lado, minimiza el terrorismo de Estado, como diciendo que no fue para tanto. Por el otro, llena de sospechas a los organismos de derechos humanos (que estarían propalando mentiras). No siempre funciona, pero abre paso a ciertas acciones maccartistas como cuando se «acusó» a Fernanda Raverta, la titular de la Anses, de haberse educado en lo que se llamó la «guardería montonera», o cuando se cuestionó a Horacio Pietragalla, secretario de Derechos Humanos, por ejercer esa función siendo hijo de guerrilleros. Como si hubiera allí una marca inhabilitante, un recurso discursivo al que se suele acudir al hablar del kirchnerismo y la Cámpora.

La recurrencia muestra también que la derecha tiene un problema con su pasado como componente e impulsora de los gobiernos de facto y su participación en el presente democrático. Hay palabras que no figuran en el diccionario derechista al hablar del Proceso: dictadura, terrorismo de Estado, genocidio, grupos de tareas. Esas palabras fueron el telón de fondo de la decisión de Nunca Más. Hay conceptos que Juntos por el Cambio comparte con la dictadura: el elogio de la eficiencia, la preponderancia de lo republicano sobre lo democrático, la criminalización de la protesta social. Pero ahora las reglas de juego son otras y el mundo no es el mismo. Si antes alcanzaba con cúpulas uniformadas para llegar al poder ahora se precisan votos, lo cual no es muy fácil. Macri llegó a la presidencia con promesas populistas, sabiendo que los planes eran otros; alguna vez admitió que de decir lo que iba a hacer no lo hubieran votado. No teniendo nada que proponer salvo lo mismo pero más rápido, como le respondió el expresidente a Mario Vargas Llosa, o más crueldad social como propugna Bullrich, la idea es el ataque a mansalva al oficialismo (y a todo lo que se asocie con él, desde organismos de derechos humanos a personajes mediáticos) con los medios como principal ariete. La violencia física de ayer es la violencia palabrera de hoy, con el mandato autoimpuesto de que no hay que parar de hablar y de criticar al gobierno.

Bajarle el precio a la dictadura es una manera de tener un pasado al que repetir por otras vías, donde los grupos de tareas están conformados por columnistas en los diarios y conductores de televisión. Por eso la insistencia en esa contabilidad que muestra mucho de miserable tiene algo de nostálgico (ese inconsciente verborrágico de la derecha en que se ha convertido el Dipy dijo que los militares «hicieron muchas cosas buenas»), algo que se lee con toda evidencia en los foros de los diarios donde se sigue hablando de «terroristas» y «subversivos» —el pasado se recupera también en el terreno del léxico— y no paran de insultar a Hebe de Bonafini y a Estela de Carlotto.

Volver a poner en discusión el número de desaparecidos implica abrir un horizonte posible en el caso de una eventual derrota en 2021 y 2023. Por ahora se trata de encontrar quien pueda ocuparse.

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