Sobre García Lupo en el día del periodista

Al narrar la trayectoria periodística de Rogelio García Lupo, Martín Sivak también nos dice qué es y cómo hacer periodismo.

E n la elección de sus objetos de estudio Rogelio García Lupo ha dejado una indicación: qué mirar.

Esos objetos, en realidad, han sido las obsesiones del tiempo en el que vivió y actuó. Los militares: sus logias, sus fracciones, sus nacionalistas y sus cipayos. Las trasnacionales, especialmente las anglosajonas de origen. Las élites económicas locales: las familias patricias, los arribistas y ciertos nombres propios como los Krieger Vassena, los Alsogaray. La diplomacia, la presión extranjera, el espionaje, la CIA y el Pentágono. Los grandes apellidos de la historia: los Perón, los Castro, los Guevara. Y, más acá en el tiempo, los negocios de las armas, el lavado del dinero, las mafias.

Esa elección implica, también, una sugerencia: nunca los eslabones débiles, ni los blancos fáciles.

Conocemos parte del método de García Lupo. La lectura concienzuda de todos los diarios todos los días, el recorte y la clasificación de los artículos. También sus fetiches transmitidos a generaciones, como las necrológicas de La Nación, la revisión paciente y diaria del Boletín Oficial y los documentos de constitución de las empresas. Con cada uno de esos papeles armó su formidable archivo personal. Le permitió, entre otras cosas, irse del mundo sin googlear y confiar en sus tijeras, sobres y cajas. Es la diferencia entre los algoritmos de uso masivo y la cabeza propia para armar un catálogo.

García Lupo y Rodolfo Walsh

Ese método reflejaba una idea: la mayor parte de la información es pública. El ejercicio consistía en leer y asociar. Asociar y leer. Esos rulos garcíalupeanos fueron, a veces, leídos como conspiración.

Jorge Luis Borges se lo dijo en 1965:

—Ah, García Lupo: siempre conspira.

Rogelio se propuso, también, invertir aquel lugar común del periodismo como primer borrador de la historia. Lo escribió en Últimas noticias de Perón y su tiempo: pretendía «tomar a la historia como punto de partida de una investigación propia del periodismo». El periodismo buscaría su objeto en el pasado sin caer en la tentación de un ridículo contemporáneo: los recolectores de datos curiosos. En el prólogo de 1984 a la cuarta edición de Mercenarios y monopolios habla de esa relación con la historia: «Un pasado que, procurando comprender, nos ha tomado todo el tiempo. Es decir, toda la vida». Escribía con la verdad.

El mismo día de su muerte, el 19 de agosto de 2016, García Lupo fue transportado al supuesto Olimpo consagratorio del periodismo de investigación y adulado, entre otros, por fervientes reproductores de expedientes judiciales. Sus artículos y libros nunca estuvieron escindidos de las batallas políticas de la Argentina de las que participó en su largo viaje del nacionalismo de matriz falangista al nacionalismo de izquierda.

A veces lo aclaraba. En la advertencia de Contra la ocupación extranjera escribió: «Esta es una campaña periodística contra la ocupación extranjera en la Argentina por el capital extranjero […] Es una campaña nacionalista». En la mayoría de los casos no requería aclaración. Su periodismo fue una agenda de temas y una posición. Decidió usar los datos con fines muy específicos: no pretendía el ejercicio salomónico de un día contra unos y otros contra otros. Esa decisión tenía una exigencia innegociable: la precisión en todo, incluido los nombres y las fechas.

En una semblanza para la revista Ñ Isidoro Gilbert definió a García Lupo como un nacionalista antiimperialista. Gilbert fue uno de sus grandes amigos y habitué del encuentro semanal de reporteros de la vieja guardia, que hablaron e intercambiaron información durante décadas a pesar de sus evidentes diferencias. «La mesa de los martes acompaña en su pesar…», lo despidieron en una necrológica de La Nación. Ese día el matutino de los Mitre-Saguier llevó a tapa de su revista dominical al nuevo embajador de los Estados Unidos. Se exaltaba su simpatía, hiperquinesis y otras virtudes, como el amor por la Argentina, sentimiento que muchos pueden tardar toda una vida en desarrollar. ¿A qué vino el ex recaudador de fondos Mamet? Esa pregunta podría honrar el legado de García Lupo.

Oficio vidente

Una de las últimas fotos de Rogelio García Lupo

Forjó con Gregorio Selser, y otros, una tradición latinoamericana del periodismo argentino. Viajó y escribió sobre el continente, mientras publicaba en la prensa argentina y en varios diarios y revistas continentales, como Marcha de Montevideo, El Nacional de Caracas, Punto Final de Chile, Jornal de Brasil y muchísimas otras. Provincializó Buenos Aires —en el sentido de correr su ciudad y su país del centro de los asuntos de la región— para contar en otros países los mismos temas que le obsesionaban de la Argentina: las élites económicas, las pujas en las Fuerzas Armadas, las presencias imperiales.

Esas preocupaciones parecen menores en la nueva crónica latinoamericana, el supuesto jarabe para el fin del periodismo que al sur del río Bravo ha tenido una notable recepción desde el nuevo siglo. Esa crónica parece mucho más interesada en contar la pobreza y la marginalidad que la vida y los procedimientos de los que mandan. Un cronista, cuando se propone parodiar al género, salta de país en país con su yo fuerte y contando lo que ve como si en lo que viera, estuviera lo que debe ser revelado.

El periodismo de García Lupo es, sobre todo, sobre lo que no se puede ver. Lo que no flota en la superficie de lo evidente.

Rogelio visitó Paraguay por primera vez en 1953. Tenía 22 años. Tomó un hidroavión británico que debió hacer escalas técnicas en Paraná, Corrientes y Formosa. Sus padres —cuenta en su Paraguay de Stroessner— lo acompañaron a la estación naval «para cerciorarse ingenuamente que el avión levantaría vuelo». En 1989, año de la caída del tirano que había gobernado desde 1954, Rogelio publicó ese notable libro en el que recorre política y crimen, Paraguay como utopía racista y quimera nazi, las conexiones criminales del dictador y sus amistades con Pinochet, Somoza y Perón. Dedicó mucho tiempo a Paraguay y Bolivia por su supuesta debilidad frente a los poderes externos.

Prensa Latina fue el epítome de esa aspiración latinoamericanista: la chispa noticiosa que encendería la revolución continental. Frustrado por la impunidad del Caso Satanovsky (junto a Rodolfo Walsh integró la comisión investigadora presidida por el diputado radical Agustín Rodríguez Araya), y defraudado con la presidencia de Frondizi, se marchó a La Habana invitado por su viejo amigo Ricardo Masetti. La Revolución triunfante en enero de 1959 le encargó el diseño de una agencia informativa que contrapesara la agenda y las noticias de las grandes cadenas.

Ese experimento, en el que participó Walsh y otros argentinos, duró un año y medio. El Partido Comunista cubano desplazó a los argentinos de la banda de Ernesto Guevara por las propias diferencias entre la conducción de la Revolución y el Che, y comentarios insidiosos del Partido Comunista argentino.

En una entrevista de 2015 con la montevideana Brecha, García Lupo contó que rechazó una invitación de Masetti a participar en ejercicios militares. «Vine a hacer periodismo, no a manejar armas». No quería jactarse de un supuesto rechazo a la violencia, sino reconocer sus límites: no creía que fuese un revolucionario.

Con Walsh y Horacio Verbitsky compartió la conducción del diario de la CGT de los argentinos. Usaría esa experiencia para definir qué es el periodismo militante, un tema excesivamente transitado en los últimos años.

—El periodismo no pago.   

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Martin Sivak

Director periodístico de elDiarioAR. licenciado en Sociología (Universidad de Buenos Aires) y doctor en Historia de América latina (Universidad de Nueva York). Empezó a trabajar como periodista a los dieciocho años. Publicó, entre otros libros, El dictador elegido (2001), Jefazo: retrato íntimo de Evo Morales (2007), los dos tomos de la historia del Grupo Clarín (2013-2015) y El salto de papá (2017). Es docente en la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) y en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).

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