Tecnofeudalismo: la nueva era del poder corporativo

Unas pocas corporaciones tecnológicas gigantes, las big tech, operan de una forma que se asemeja al sistema feudal de la Edad Media.

Mark Zuckerberg (Meta), Elon Musk (X), Jeff Bezzos (Amazon)

El tecnofeudalismo es un concepto que se basa en una analogía con el sistema feudal histórico, pero adaptado al contexto de la era digital y la economía globalizada. En el feudalismo tradicional, la estructura social estaba claramente jerarquizada, con señores feudales que poseían la tierra y los siervos o campesinos que trabajaban en ella, a cambio de protección y una parte de la producción. Este sistema creaba una dependencia directa de los siervos hacia los señores, quienes ejercían un control significativo sobre la vida económica, política y social de la época.

De señores feudales a señores digitales

En la era digital, el tecnofeudalismo sugiere una estructura similar, donde las grandes corporaciones tecnológicas, las big tech, asumen el papel de los señores feudales. Estas compañías controlan los territorios digitales esenciales, como los datos y las plataformas en línea, que son fundamentales para la economía y la sociedad contemporáneas. Los usuarios de estas tecnologías, por su parte, se asemejan a los siervos del feudalismo, dependiendo de estas plataformas para una variedad de actividades diarias, desde la comunicación y el consumo hasta el trabajo y el entretenimiento.

En este sistema, las big tech ostentan poder no solo a través de la acumulación de capital, sino también mediante el control de la información y los recursos digitales, lo que les permite influir en gran medida en la economía y en la toma de decisiones políticas. Al igual que los señores feudales tenían poder sobre la vida de los siervos, las big tech tienen la capacidad de influir significativamente en la vida de los usuarios, dictando no solo las condiciones de uso de sus servicios, sino también recopilando y utilizando datos personales, a menudo de forma opaca y sin el pleno consentimiento de los individuos.

El tecnofeudalismo también refleja una disminución de la movilidad social y económica, similar a la observada en el feudalismo clásico. En el mundo digital, la concentración de poder y capital en unas pocas entidades limita la competencia y la innovación, creando barreras para el ingreso de nuevos actores y restringiendo las oportunidades para las pequeñas empresas y los emprendedores. La reciente demanda de EE. UU. contra Apple por actuar en presunto régimen de monopolio y la histórica sanción de la Unión Europea contra dicha compañía por «abusar de su posición dominante en el mercado de distribución de aplicaciones de streaming de música», así lo corroboran.

Los teóricos críticos del tecnofeudalismo

Uno de los autores más destacados que ha contribuido al desarrollo de este concepto es Cédric Durand, economista y profesor en la Universidad de París XIII. Durand argumenta en su obra Techno-Feudalism que estamos presenciando una transición de un capitalismo neoliberal a una forma de feudalismo tecnológico, donde el poder económico se centraliza en unas pocas corporaciones tecnológicas. Durand sostiene que estas empresas han logrado una posición dominante no solo en términos económicos sino también en términos de control sobre la información y la tecnología, lo que les otorga una capacidad sin precedentes para influir en la sociedad.

El economista y político griego Yannis Varoufakis también ha abordado el tecnofeudalismo, enfatizando que las tecnologías digitales están facilitando una nueva forma de capitalismo que se distancia del neoliberalismo. Varoufakis argumenta que la digitalización de la economía ha permitido a las big tech acumular poder no solo mediante la acumulación de capital sino también controlando los flujos de información y datos. Él ve esta tendencia como una amenaza para la democracia y la soberanía de los estados, ya que estos gigantes tecnológicos operan a menudo más allá del alcance de las regulaciones nacionales.

El Ascenso de las big tech en la Economía Global

En las últimas dos décadas, las big tech han experimentado un crecimiento exponencial, no solo en términos de valor de mercado, sino también en su influencia en la economía global, la política y la sociedad. Empresas como Amazon, Google, Facebook (Meta), Apple y Microsoft han transformado no solo el sector tecnológico sino también varios aspectos de nuestra vida diaria y la economía en general. Por ejemplo, la capitalización de mercado de Apple superó los 2 billones de dólares en 2020, destacando el enorme crecimiento económico de estas corporaciones. Amazon controla una porción significativa del comercio electrónico, mientras que Google y Facebook dominan la publicidad en línea. Su dominio se extiende más allá de sus respectivos mercados, impactando en la innovación, el empleo y la acumulación de capital.

La concentración de poder en estas corporaciones plantea interrogantes sobre la estructura de nuestro sistema económico y las dinámicas de poder en la era digital. Su dominio en el mercado puede sofocar la innovación por parte de empresas más pequeñas y limitar la diversidad en el ecosistema tecnológico. Este dominio no solo afecta a la economía, sino que también tiene implicaciones para la democracia, ya que estas empresas tienen la capacidad de influir en la opinión pública y en la política a través de sus plataformas y productos. 

Algunas propuestas económicas

En el marco del tecnofeudalismo, donde las big tech asumen un papel central en la economía, generando enormes cantidades de riqueza, pero también consolidando su poder, surge la necesidad de una propuesta económica que busque una distribución más equitativa de los beneficios que estas corporaciones obtienen. La idea es desarrollar un sistema tributario que no solo refleje la estructura única del poder económico en la era digital, sino que también fomente una mayor equidad social.

Una medida central podría ser la introducción de un impuesto sobre los beneficios extraordinarios, específicamente diseñado para las corporaciones tecnológicas que superan ciertos umbrales de ingresos y rentabilidad. Este impuesto se enfocaría en capturar una parte de los beneficios que estas empresas obtienen gracias a su posición dominante en el mercado, reflejando la idea de que con gran poder y beneficios viene una mayor responsabilidad fiscal.

Otra propuesta es el impuesto sobre la renta digital, que se aplicaría a los ingresos generados por la venta de datos, la publicidad en línea y otros servicios digitales. Este impuesto reconocería la naturaleza única de la economía digital, en la que los datos y los servicios digitales no siempre se valoran ni se gravan de manera efectiva en los marcos tributarios tradicionales.

Además, se podría reformar la asignación de derechos impositivos para que los impuestos se paguen en los países donde las big tech generan valor, no solo donde tienen su sede física o legal. Esto abordaría la práctica de trasladar beneficios a jurisdicciones de baja imposición y aseguraría que las contribuciones fiscales reflejen más precisamente el lugar donde se crea el valor.

Implementar una tasa impositiva global mínima para las corporaciones tecnológicas sería otra estrategia, evitando la carrera hacia el fondo de los paraísos fiscales. Esto requeriría una cooperación internacional sólida, estableciendo un marco global para los impuestos corporativos y asegurando que las big tech contribuyan justamente a las sociedades de las que se benefician.

Estas propuestas reflejan un enfoque que no solo busca gravar de manera justa a las grandes corporaciones tecnológicas, sino que también apuntan a reinvertir en la sociedad, fomentando un ecosistema tecnológico más diverso y equitativo. En última instancia, el objetivo es asegurar que los beneficios de la revolución digital se compartan de manera más amplia, en lugar de acumularse en las cúspides del poder corporativo tecnofeudal.

Hacia un futuro incierto

Nos encontramos en un punto de inflexión en la historia económica y tecnológica. El debate sobre el tecnofeudalismo no es solo una cuestión académica, sino que tiene implicaciones prácticas profundas para la sociedad. Nos enfrentamos a preguntas fundamentales sobre el tipo de futuro que queremos construir en la era digital. ¿Cómo podemos asegurar que los avances tecnológicos y la acumulación de riqueza por parte de las big tech beneficien a toda la sociedad y no solo a una élite tecnocrática?

El tecnofeudalismo nos ofrece un marco para entender la concentración de poder económico y tecnológico en manos de unas pocas corporaciones gigantes. Autores como Cédric Durand, Shoshana Zuboff y Yannis Varoufakis han contribuido significativamente a nuestra comprensión de este fenómeno. Mientras avanzamos en el siglo XXI, es crucial mantener una conversación abierta y crítica sobre el papel de las big tech en nuestra sociedad, cuestionando y analizando su influencia para garantizar que el futuro tecnológico sea inclusivo, equitativo y democratico. El tecnofeudalismo no es un destino inevitable; es un escenario potencial ante el que podemos y debemos influir con nuestras decisiones políticas, económicas y sociales

Guillem Pujol

Autor en La Marea (https://www.lamarea.com), medio cooperativo que comparte sus contenidos propios por medio de una licencia Creative Commons By-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es).

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