Lenguaje y poder en el discurso libertario
El ascenso de La Libertad Avanza no puede leerse sin analizar su lenguaje. Según el ensayo «Los lenguajes de la batalla cultural» de Verónica Zaccari, el «lexicón libertario» no es un repertorio anecdótico de expresiones: es la gramática de una reconfiguración política que despolitiza la desigualdad, disuelve la identidad colectiva y convierte la destrucción en virtud.
Qué tienen en común una motosierra encendida en un acto de campaña, la palabra «casta» y la expresión «capital humano» Según el ensayo de Verónica Zaccari, «Los lenguajes de la batalla cultural»,[1]Texto producido en el marco de la cohorte 2025 del Diploma Superior en Mutaciones de la dominación en el capitalismo contemporáneo, organizado por CLACSO y Revista Jacobin. publicado por Revista Jacobin, los tres son piezas de una misma gramática: la del autoritarismo que no se presenta como enemigo del liberalismo sino como su desenlace extremo.
El análisis señala que el discurso de Javier Milei y La Libertad Avanza (LLA) no puede interpretarse como una anomalía periférica ni como el exabrupto de un personaje excéntrico. Para Zaccari, se trata de una condensación local de lo que Adam Tooze —retomando a Edgar Morin— conceptualiza como «policrisis»: una convergencia de crisis ecológica, financiera, geopolítica y de legitimidad que desborda los marcos del liberalismo tardío. En ese contexto global de incertidumbre institucional, el lenguaje deja de ser mero vehículo de ideas y se convierte en campo de batalla y dispositivo de poder.
Comprender las metáforas, los desplazamientos semánticos y las operaciones discursivas se vuelve condición necesaria para interpretar la política contemporánea. El lenguaje deja de ser un simple vehículo de ideas para convertirse en el terreno donde se construyen antagonismos, identidades y sentidos.
Comprender las metáforas, los desplazamientos semánticos y las operaciones discursivas se vuelve condición necesaria para interpretar la política contemporánea. El lenguaje deja de ser un simple vehículo de ideas para convertirse en el terreno mismo donde se construyen antagonismos, identidades y sentidos.
Uno de los puntos más incisivos del análisis es que el nuevo autoritarismo no se presenta como ruptura del liberalismo, sino como su radicalización. Es decir, no emerge contra el sistema, sino desde sus propias contradicciones. Según Zaccari, este desplazamiento implica una mutación profunda: la legitimidad ya no se construye sobre promesas de bienestar, sino sobre la capacidad de imponer sentido en un contexto de incertidumbre. En ese marco, el lenguaje funciona como dispositivo de orden en medio del caos: organiza percepciones, define enemigos y establece jerarquías simbólicas.
La legitimidad ya no se construye sobre promesas de bienestar, sino sobre la capacidad de imponer sentido en un contexto de incertidumbre.
La motosierra como metáfora y como cuerpo
Quizás uno de los aportes más originales del texto es el análisis del «plan motosierra» como operación discursiva. El informe distingue con precisión este sintagma de otras denominaciones del ajuste fiscal: «déficit cero», «plan de estabilización de shock» o simplemente «el ajuste». Mientras estas expresiones recurren a terminologías propias de la economía o la medicina —naturalizando el proceso como si fuera inevitable o terapéutico—, la «motosierra» representa una ruptura. No eufemiza: amenaza.
De acuerdo con los datos del análisis, la singularidad de la metáfora reside en que apela a la memoria de la cultura de masas —la estética del cine de terror, la Masacre de Texas— para convertir un plan económico en una «máquina de matar». Y lo hace literalmente: Milei no solo usó la palabra, sino que recorrió su campaña con una motosierra encendida en la mano, construyendo un espectáculo que, según Zaccari, opera en dirección opuesta a los eufemismos típicos de la política. En lugar de suavizar el ajuste, lo celebra. El sadismo de la puesta en escena, cristalizado en el merchandising oficial, no es un exceso estético sino parte constitutiva del mensaje: la destrucción no se disculpa, se exhibe como virtud.
La motosierra no es una metáfora: es una declaración de intenciones. Verónica Zaccari analiza cómo el discurso de Milei convierte la destrucción en espectáculo y el ajuste en virtud. El lenguaje como tecnología de poder.
El texto subraya que esta preferencia por imágenes de «destrucción creadora» es casi una constante en la retórica de Milei, especialmente en sus apariciones en comunidades judías, donde la parábola del Rabí Akiva —quien ríe frente a las ruinas porque confía en la reconstrucción futura— es literalizada corporalmente: el líder y su entorno se ríen, se mofan, se regodean en la demolición. Una lectura que no extrae sentido trascendente del texto religioso, sino que lo reduce a permiso simbólico para el goce de la destrucción.
«Casta»: el significante que todo lo devora
El análisis de Zaccari es igualmente iluminador respecto del término «casta», eje vertebrador del populismo de derecha que LLA construyó entre 2021 y 2023. El informe advierte que la categoría no fue siempre la misma: comenzó designando a la «clase política» y fue ampliándose progresivamente hasta absorber sindicalistas, docentes, jubilados con moratoria, manifestantes, artistas financiados por el Estado. El nexo que hace posible esa expansión es la frase «vivir del Estado», cuya ambigüedad semántica resulta estratégica: en sentido figurado alude a corrupción; en sentido literal abarca a cualquier trabajador del sector público. «Casta» comenzó designando a la clase política y terminó abarcando a cualquier forma de resistencia colectiva. Esa expansión no es descuido sino estrategia: al volverse indefinida, la categoría convierte en sospechosa toda mediación sindical, académica o estatal, y reemplaza el conflicto de clases por una guerra moral entre «pueblo» y «parásitos».
«Casta» no designa a una élite: es un dispositivo para criminalizar cualquier resistencia colectiva. Un análisis imprescindible sobre cómo el lexicón libertario reorganiza el campo social en héroes y parásitos.
Según el estudio, esta mutación no es contingente sino deliberada. «Casta» opera como tecnología política de construcción del enemigo: al expandirse indefinidamente, convierte cualquier mediación colectiva —sindical, académica, estatal— en sospechosa. Y al hacerlo, despolitiza la desigualdad estructural y la reemplaza por una guerra moral que reorganiza el campo social en héroes (emprendedores, empresarios) y villanos (parásitos, antipueblo). El análisis señala que esta operación discursiva, apoyada en la noción de «capital humano» proveniente de Gary Becker y la Escuela de Chicago, disuelve la categoría de clase trabajadora y la sustituye por una subjetividad competitiva e individualizada: el trabajador como gestor de su propio capital, el salario como ganancia, el sindicato como obstáculo.
La consecuencia política, advierte Zaccari apoyándose en Thomas Frank y Nuria Alabao, es el desplazamiento del conflicto desde la redistribución material hacia una confrontación moral: el antagonismo deja de ser «ricos contra pobres» y pasa a ser «pueblo contra casta arrogante». Una maniobra que integra a sectores de la clase trabajadora en un proyecto que los perjudica materialmente, canalizando su resentimiento hacia minorías o derechos ya conquistados.
El artículo advierte que estas nuevas gramáticas discursivas no buscan consensos amplios sino la construcción de enemigos. La política se reorganiza en torno a lógicas de confrontación que simplifican el campo social en términos morales: pueblo vs. élite, libertad vs. Estado, verdad vs. ideología.
El lenguaje como campo político
El ensayo cierra con una reflexión que trasciende el análisis del caso argentino. De acuerdo con su autora, la crisis actual es también una crisis de la capacidad de hablar sobre lo humano fuera de la lógica de la mercancía. Si el lexicón libertario logra imponer sus términos —«casta», «parásito», «capital humano», «justicia social» como «palabras comadreja»—, la sociedad quedará reducida a una masa de individuos en competencia, sin lenguaje común para nombrar la igualdad. (Hayek acuñó la expresión «palabras comadreja» para designar términos que, al incorporar un adjetivo o modificador, vacían de contenido el concepto original: así como una comadreja chupa el interior de un huevo dejando la cáscara intacta, el adjetivo «social» vaciaría de sentido a la «justicia».)
Esta dimensión del análisis resulta especialmente relevante para el contexto argentino, donde la disputa por el sentido de las palabras es también una disputa por los marcos de lo posible. Recuperar el lenguaje para la igualdad implica, en la lectura de Zaccari, desmontar los binarismos de la batalla cultural y reconstruir la capacidad colectiva de imaginar alternativas. Una tarea que es, al mismo tiempo, intelectual y política.
La disputa por el lenguaje es también una disputa por el horizonte de lo posible. Si el lexicón libertario logra imponer sus términos, la desigualdad estructural quedará sin nombre propio y la imaginación política, clausurada. Recuperar las palabras para la igualdad es, en ese sentido, una tarea tan urgente como cualquier otra forma de resistencia.
El valor de «Los lenguajes de la batalla cultural» no reside solo en el rigor analítico, sino en la urgencia de su pregunta: ¿quién controla las palabras controla el horizonte de lo pensable? En tiempos en que el discurso público se organiza alrededor de metáforas de destrucción. El ensayo invita, en definitiva, a una lectura menos ingenua del discurso político. No se trata solo de analizar programas o medidas, sino de descifrar la arquitectura lingüística que los hace posibles.
Si, como sugiere Zaccari, vivimos en una época donde la política se juega en la disputa por el sentido, entonces comprender el lenguaje deja de ser una tarea académica para convertirse en una necesidad política.
En síntesis, el ensayo advierte que:
- Estas nuevas gramáticas discursivas no buscan consensos amplios sino la construcción de enemigos en torno a lógicas de confrontación.
- La legitimidad ya no se construye sobre promesas de bienestar, sino sobre la capacidad de imponer sentido en un contexto de incertidumbre.
- El lenguaje funciona como dispositivo del orden; organiza percepciones, define enemigos y establece jerarquías simbólicas
Desde esta perspectiva, la batalla cultural es algo más que definir palabras y ganar el debate. Es organizar la política en términos de confrontación para clausurar la oposición.
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Notas
| ↑1 | Texto producido en el marco de la cohorte 2025 del Diploma Superior en Mutaciones de la dominación en el capitalismo contemporáneo, organizado por CLACSO y Revista Jacobin. |
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