Cómo piensa la gente sobre el papel de la IA en el periodismo y la sociedad
El reporte Inteligencia Artificial Generativa y noticias 2025 del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo revela una doble cara: la adopción de la inteligencia artificial generativa crece velozmente en la vida cotidiana, pero la confianza pública en su papel dentro del periodismo es limitada. Las personas quieren que la IA ayude, pero con supervisión humana.
La investigación del Instituto Reuters bosqueja un escenario de transformación tecnológica acelerada: la inteligencia artificial generativa, que alguna vez fue un experimento de nicho, empieza a permear el día a día de ciudadanos de distintos países, pero la aceptación de su uso en el periodismo aún choca con resistencias fundamentales.
Los autores —Felix M. Simon, Rasmus Kleis Nielsen y Richard Fletcher— se apoyaron en encuestas representativas de aproximadamente dos mil personas por país, realizadas entre el 5 de junio y el 15 de julio de 2025 en Argentina, Dinamarca, Francia, Japón, Gran Bretaña y Estados Unidos. Este enfoque geográfico permite captar tanto contextos desarrollados como aquellos con dinámicas sociales y mediáticas muy distintas, ampliando la relevancia del análisis.
Un uso que se expande, pero con matices
Según el estudio, el conocimiento sobre herramientas de IA generativa ya está casi al nivel universal: la mayoría de las personas encuestadas declara haber oído hablar de al menos una de las trece herramientas de IA pasó del 78 % (2024) al 90 % (2025); solo el 10 % afirma no haber oído hablar de ninguna.
Dentro de ese universo de uso, ChatGPT destaca como la herramienta más empleada, con un 22 % de usuarios que reportan haberla usado en la semana precedente a la encuesta. Curiosamente, el principal motivo de uso ya no es la creación de contenido (como generar textos o imágenes) sino la búsqueda de información. Según el reporte, esa función se consolidó como la más frecuente. Esto refleja una transformación interesante: la IA generativa se convierte menos en creadora de medios y más en asistente informativo personal.
No obstante, cuando se trata de noticias y periodismo, el uso de IA sigue siendo minoritario: solo un seis por ciento de los encuestados afirma usar IA para consumir noticias semanalmente. Esta cifra, aunque modesta, ha doblado en comparación con el año anterior. Por lo tanto, aunque la IA está más presente que nunca, su rol en el ecosistema informativo no es aún dominante ni ampliamente aceptado como fuente de noticias.
Brecha de confianza: «comodidad» versus rol en redacción
Uno de los hallazgos más críticos del informe es lo que los autores denominan el comfort gap (brecha de comodidad). Es decir, hay una disparidad clara entre los usos que el público considera aceptables y aquellos con los que se siente menos cómodo.
Por ejemplo, muchas personas aceptan que la IA se use en tareas back-end, como la corrección gramatical, la traducción o la edición. Pero cuando se trata de que la IA escriba noticias de forma autónoma, las reservas aumentan: la idea de una redacción completamente automática genera desconfianza, especialmente si no hay un humano supervisando o revisando el contenido.
Este temor no es menor: está acompañado por inquietudes más amplias. Según el reporte, el público espera que la IA pueda hacer que las noticias sean más baratas y rápidas de producir, una expectativa realista dada la promesa de automatización. Pero también temen que esa eficiencia venga a costa de transparencia y credibilidad. Si el periodismo se apoya demasiado en la IA, advierten, podría volverse menos confiable.
IA en búsquedas y respuestas: mediación tecnológica con matices
El informe también analiza cómo las personas interactúan con la IA en su rol de «motor de respuestas»: esos sistemas que generan resúmenes, respuestas o síntesis al consultar algo con un asistente de búsqueda inteligente. Según los datos, muchas personas ya se encuentran con respuestas generadas por IA en búsquedas cotidianas, pero su comportamiento y confianza frente a esas respuestas son mixtos.
Un punto clave, aunque la IA ofrece respuestas rápidas y consolidadas, no todos cliquean los links originales. Parte del público no va más allá del resumen generado: algunos confían, otros lo usan como punto de partida. Además, la confianza en esas respuestas varía según el tema. En cuestiones más delicadas, como salud o política, muchas personas prefieren verificar la información con fuentes tradicionales.
Expectativas sociales: optimismo cauteloso
Más allá del uso personal, el reporte indaga en cómo la gente imagina el papel de la IA en la sociedad. El público vislumbra un futuro en el que la IA es ubicua y tiene un rol muy activo en distintos sectores, incluyendo los medios. Pero esa expectativa viene acompañada de ambivalencia.
Por un lado, hay optimismo. Muchos creen que la IA tiene el potencial de democratizar el acceso al conocimiento, acelerar la producción informativa y generar nuevas formas de colaboración. Por otro, preocupa que el uso masivo de IA reduzca la calidad informativa, termine por homogeneizar el discurso mediático o debilite el rol del periodista como garante de veracidad y profundidad.
En el terreno del periodismo, esa ambivalencia se siente con fuerza. La gente quiere que la IA ayude, pero no reemplace del todo al humano. La supervisión y la responsabilidad siguen siendo demandas centrales: el público no solo se fija en qué hace la IA, sino en cómo lo hace y con qué límites.
Comentarios
La irrupción de la IA generativa deja al periodismo frente a un dilema que ya no es tecnológico, sino civilizatorio: cómo resguardar la función pública de la información en un entorno donde las herramientas que la producen se vuelven cada vez más opacas, más veloces y más difíciles de auditar. El reporte del Instituto Reuters confirma que la sociedad no teme a la inteligencia artificial en abstracto, sino a su capacidad de intervenir en procesos cuyo valor democrático depende de la confianza, un recurso mucho más frágil que cualquier innovación.
En ese sentido, el futuro del periodismo no se juega en la competencia entre humanos y máquinas, sino en la construcción de criterios comunes de legitimidad: quién responde, quién controla, quién explica y quién fija los límites cuando la automatización entra al corazón del relato público. La ciudadanía no rechaza la IA; rechaza ser espectadora pasiva de un sistema que no comprende.
La investigación deja una advertencia clara: si el periodismo quiere preservar su autoridad social en la era de la IA, deberá demostrar que puede integrar estas tecnologías sin abdicar de su contrato fundacional con la audiencia. Transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad humana no son requisitos accesorios: son la arquitectura moral de la confianza. Todo lo demás —la eficiencia, la escala, la velocidad— es secundario.
La pregunta entonces ya no es si la IA puede producir noticias, sino bajo qué condiciones puede hacerlo sin erosionar el vínculo que sostiene al periodismo como institución. Ese es el desafío que viene.
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