La hora de la realidad: el límite discursivo del experimento mileísta
El analista político Fernando Rosso publicó en Panamá Revista un ensayo —Milei y la maldición de Laclau— en el que examina los fundamentos teóricos del núcleo discursivo del mileísmo y su eficacia inicial para articular el descontento social. En el ejercicio del poder, esa construcción —una versión rudimentaria y en buena medida distorsionada del pensamiento de Ernesto Laclau— enfrenta ahora su prueba más exigente: responder a la materialidad de las demandas que la hicieron posible. Aquí un resumen de la nota de Rosso.
Durante los últimos años circuló la afirmación de que el mileísmo había logrado descifrar la clave gramsciana de la política mejor que la propia izquierda. No era solo una hipótesis: era también una consigna de época, repetida con seguridad performativa por voceros e intelectuales afines. Como toda fanfarronada eficaz, servía más para ordenar el clima que para explicar la realidad.
Sin embargo, la tesis es, como mínimo, imprecisa. Lo que el fenómeno libertario captó no fue la densidad teórica de Antonio Gramsci, sino una versión simplificada —casi de manual rápido— de Ernesto Laclau. No la complejidad de la hegemonía como construcción histórica y material, sino su traducción más operativa: identificar demandas dispersas, unificarlas bajo un significante común, trazar una frontera clara y señalar un enemigo.
La «casta» funcionó así como ese significante. Un contenedor elástico donde confluyeron frustraciones diversas: inflación, presión fiscal, hartazgo político, resentimientos sociales y decepciones acumuladas. Más que concepto, fue dispositivo. Más que idea, una etiqueta capaz de ordenar el malestar..
La diferencia con Gramsci no es menor. Allí donde el pensador italiano proponía una arquitectura compleja de mediaciones —instituciones, cultura, organización, relaciones de fuerza—, el mileísmo operó sobre una lógica de simplificación extrema. No construyó una hegemonía en sentido clásico, sino una intervención eficaz en un contexto de saturación social.
Cuando las demandas regresan como urgencias materiales, la lógica de la equivalencia comienza a resquebrajarse y el mileísmo enfrenta su prueba decisiva.
Milei leyó un momento: una democracia fatigada, un sistema político sin narrativa y una sociedad atravesada por la frustración. En ese terreno, su discurso logró articular demandas heterogéneas bajo una misma gramática del agravio. Jubilados, jóvenes precarizados, comerciantes asfixiados, profesionales empobrecidos y sectores ideológicamente diversos encontraron un punto de convergencia.
Esa fue la potencia del momento laclausiano: la capacidad de construir equivalencias entre experiencias distintas. Pero también su límite. Porque esa articulación descansaba en una operación eminentemente discursiva, donde las demandas eran tratadas como piezas intercambiables.
El problema emerge cuando esas demandas dejan de ser solo lenguaje y se imponen como experiencia material. Alquileres impagables, salarios deteriorados, servicios costosos, precariedad laboral. La política deja de ser una operación de ensamblaje simbólico y vuelve a ser, inevitablemente, gestión de lo concreto.
El gran logro del mileísmo fue convertir el malestar en mandato. Su dificultad actual radica en sostener ese mandato bajo condiciones de gobierno. Porque mientras en campaña la «casta» podía explicarlo todo, en la gestión sus límites se vuelven evidentes.
La inflación puede moderarse y, sin embargo, la vida cotidiana seguir siendo inviable. El equilibrio fiscal puede exhibirse como logro mientras los ingresos pierden poder adquisitivo. La narrativa se mantiene, pero la experiencia social comienza a tensionarla.
Del «significante vacío» a la presión de la realidad: el mileísmo enfrenta el desafío de transformar su potencia discursiva en respuestas concretas ante una sociedad que empieza a exigir resultados.
Es en ese punto donde las demandas regresan con fuerza propia. Ya no como insumos para la construcción discursiva, sino como preguntas directas: cuándo mejora la vida, cuándo llega la reparación, cuándo aparece el horizonte. Toda política basada en la postergación necesita administrar expectativas; cuando ese crédito se agota, la heterogeneidad reaparece.
El comerciante pide ventas. El trabajador, salario. El jubilado, subsistencia. El joven, futuro. La unidad construida alrededor del agravio empieza a fragmentarse. Y la palabra que antes ordenaba —«casta»— corre el riesgo de transformarse en coartada.
Esto no implica una pérdida automática de iniciativa, pero sí el agotamiento de una fórmula. La lógica que permitió la agregación puede volverse defensiva. La repetición del significante pierde eficacia. Y la realidad, como suele ocurrir, comienza a adelantarse.
En perspectiva, el momento laclausiano de Milei no fue la construcción de una hegemonía duradera, sino la lectura precisa de una coyuntura de disponibilidad social. Supo agrupar demandas huérfanas y darles dirección. Lo hizo mejor que una dirigencia tradicional atrapada en retóricas agotadas. Pero esa operación tenía un núcleo frágil: trataba las demandas como si bastara con nombrarlas para resolverlas.
Y la historia rara vez concede tanto. Concede, en todo caso, tiempo.
El gobierno de Milei se sostiene, en gran medida, sobre ese tiempo: sobre la expectativa de que el sacrificio actual será compensado en el futuro. Pero hay un punto en el que la sociedad deja de hablar ese idioma. La épica se diluye, el cálculo se impone. La promesa se mide.
Ahí aparece la verdadera limitación del mileísmo: no en su capacidad de irrupción, sino en su dificultad para traducir esa irrupción en una gestión que responda a la densidad de lo real. Porque nadie habita indefinidamente en una identidad construida solo sobre el agravio.
Tarde o temprano, las demandas pesan. Y cuando pesan, ya no alcanza con interpretarlas —bien o mal—. Hay que resolverlas.
El ensayo de Rosso no es una profecía de derrumbe ni una celebración del fracaso ajeno. Es, más precisamente, una lectura de los límites internos de un dispositivo político que fue eficaz en condiciones específicas y que enfrenta ahora la prueba más exigente: la de gobernar sobre un significante vacío en un país que, tarde o temprano, intenta llenarlo. El momento laclausiano de Milei, concluye, no consistió en haber construido una hegemonía duradera, sino en haber sabido leer un instante de disponibilidad social. Eso, hasta cierto punto, es verdad. El problema es que nadie vive para siempre dentro de una agrupación de agraviados. Pasado un tiempo prudencial, vuelve la pregunta por la vida concreta. Y cuando las demandas dejan de flotar y vuelven a pesar, ya no alcanza con interpretarlas.
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