Estereotipos, política y poder

Apuntes acerca de la influencia de los medios de comunicación sobre las percepciones de las personas y los estereotipos que esconden las verdaderas causas de una determinada situación.   

Se cumplen cien años de la publicación del libro Opinión pública del filósofo y periodista norteamericano Walter Lippmann, a partir del cual se universaliza el concepto de estereotipo como «una forma de percepción que condiciona las impresiones de nuestros sentidos, antes de que estas lleguen a nuestra inteligencia» para agregar luego el mismo autor que «los estereotipos están cargados de preferencias, impregnados de afectos o aversiones, ligados a miedos, anhelos, deseos violentos, orgullo, esperanza».

El concepto provenía del proceso de estereotipia utilizado para la impresión de los diarios y le permitió a Lippmann destacar, como señaló Noelle Neumann, que «la gente tiende a adoptar la experiencia indirecta tan completamente y a amoldar a ella tan plenamente sus concepciones, que sus experiencias directas e indirectas se vuelven inseparables. De ahí que la influencia de los medios de comunicación sea en gran parte inconsciente».

Estas imágenes —agregan Amossy y Herschberg Pierrot— que poseemos en nuestra mente «son ficticias, no porque sean mentirosas, sino porque expresan un imaginario social». En este marco, quiero referirme al estereotipo negativo de las y los políticos, aquellas personas que siendo poseedores o no de un cargo electivo o ejecutivo son vistos por una gran parte de la ciudadanía como la causa de un país en decadencia.

Sorprende aun más cuando ese mismo discurso que en un momento se sintetizó en el «que se vayan todos» provenga de un electo diputado nacional, quien se presenta mediáticamente desde un grotesco histrionismo como el porta estandarte de un futuro mejor. La democracia, que se constituye a partir de las diferencias y discusiones en un entorno político y comunicacional, se ve tensionada ante esos violentos y vacuos discursos.

Este personero de una práctica y un lenguaje que muchas veces se constituyen desde los márgenes mismos del sistema, es depositario quizás sin la suficiente lucidez de entendimiento, de una simplificación estereotipada que no llega a ver males ni problemas en los poderes fácticos que son lo que sencillamente determinan la bienaventura o los pesares de nuestros pueblos.

El politólogo Giovanni Sartori en un análisis sobre los procesos de formación de las opiniones, coloca en la cúspide de un modelo de cascada a las elites económicas y sociales; es decir que entiende que en el escalón superior de la constitución de nuestras opiniones, juicios, demandas, anhelos, expectativas, creencias, razones, se encuentran los sectores más concentrados de la sociedad. Luego, el italiano va a colocar en la formación de opinones en forma descendente a las elites políticas y de gobierno; los medios de comunicación y las y los periodistas; los líderes de opinión locales y en una última etapa a las masas, agregando Sartori que no obstante ser el último depósito en el proceso formativo de la opinión es bastante más activa que pasiva.

Entendemos entonces que el estereotipo de la o el político como responsable de las desventuras de nuestro país, logra disimular para gran parte de la sociedad la incumbencia que tienen los sectores más concentrados de la economía, las corporaciones de medios y los diversos poderes fácticos, en los pesares de nuestra patria y en una pobreza que no ha dejado de crecer.

Las calificaciones sobre la llamada casta política como una lacra social, se constituye en un canto de sirenas griegas que atraen tras de sí a un sector de la sociedad que puede sucumbir ante un relato falaz e inconducente, pero peligroso en sus posibles consecuencias para la comunidad.

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