Deudas y palabras tramposas

En el uso del lenguaje cotidiano se ha manipulado históricamente la visión sobre el tema de la deuda externa. Para ello se usan palabras o conceptos inductores y tramposos que favorecen una mirada edulcorada, con un sometimiento psicológico y cultural que produce una verdadera colonización semántica de personas y pueblos alrededor de la temática.

Los gestores de opinión pública enseñan didácticamente por todos los medios que siempre se deben «honrar las deudas externas», sin cuestionar si son legítimas, indignas, odiosas o írritas. La inducción a “honrar” es elegida a propósito ya que implica conceptualizar que las deudas en sí mismas merecen ser «enaltecidas o se debe valorar muchos su mérito». Actitudes estas que se dispensan sólo a dioses que se honran, o sea a algo superior a uno, a lo que no se le habla en condiciones de igualdad sino que se presupone un respeto reverencial. En definitiva, se nos obliga a mirar para arriba, ya que no se nos supone al mismo nivel. De esa manera se nos prepara para no exigir derechos y responsabilidades a los supuestos acreedores, porque a los dioses no se les reclama nada y menos derechos. A ellos sólo se los alaba y se les rinde cuenta de los deberes que se hicieron y se les implora perdones, por lo que el ser superior puede entender como no cumplido. Esta actitud de sumisión se trabajó como básica para condicionar la discusión sobre las deudas externas de la Argentina. Con el agravante de que ello permitió que, cada vez que se negociaban, se resignaran más derechos y se aumentaran los deberes. Esto último, haciéndonos creer que se nos concedían beneficios que debíamos agradecer.

Nunca se habla de «prestamistas externos». Se los denomina «acreedores externos», lo que implica asumirnos como «deudores» ante cualquier reclamo de ellos, con independencia de analizar si realmente se debe lo que se reclama. Es fundamental dirimir esto último, ya que en muchos casos se pretenden pagos de supuestas deudas de origen ilegítimo, usurario y producto de diversas situaciones en las que, incluso, los llamados acreedores serían realmente deudores, porque lo que se busca cobrar ya se ha pagado más de una vez o no corresponde por ilegítimo, indebido o írrito.

Cuando se discute el presupuesto nacional, a las partidas destinadas a salud y educación se las trata como «gastos en salud y en educación», mientras a las previsiones de pago de intereses de deudas externas se las denomina «servicios de la deuda». De ese modo los primeros son percibidos como una carga, no obstante se trate de una «inversión», mientras al pago de intereses de deudas externas se lo presenta como un «servicio». Repárese en los significados de la palabra «servicio» según el Diccionario de la Real Academia Española: «Acción y efecto de servir«; «Favor que se hace a alguien» o «Conjunto de criados o sirvientes». Cuesta pensar que debamos «servir» a una deuda pesada e injusta y menos entenderla como producto de un «favor». Peor aún, aunque con cierta dosis de realidad, aceptar que se nos transforme en «criados o sirvientes» de ella. Son las nuevas esclavitudes semánticas asumidas sin reflexión.

A su vez, al tratar la salida de dineros del país con destino a los llamados «paraísos fiscales» se usa esa palabra edulcorada, cuando el verdadero nombre es «guarida fiscal» (en inglés, tax haven). A esas guaridas en bancos se las presenta con la sensación de un ámbito santo, sin pecado, cuando se ocupan principalmente del lavado de ganancias ilícitas y de ocultar en general los dineros de poderosos, corruptos, delincuentes, evasores, mafiosos, etc. Esos bancos cometen el «delito de encubrimiento por receptación».

Nunca se determinan los nombres de los supuestos «acreedores», ellos siempre son anónimos. Resulta esencial exigir un censo de acreedores.

De igual manera, cuando se dan verdaderos golpes a los sistemas democráticos, por ejemplo sobrevaluando el dólar, se lo presenta como algo producido por «el mercado» sin explicitar quiénes manejan el mercado, pese a que perfectamente puede determinarse. También detrás de esas acciones financieras se ocultan en fondos de inversión, como los llamados «fondos buitres». Nunca se dicen quiénes los integran; sin embargo, arrodillan a países ante requerimientos indignos.

Muchos de los organismos que condicionan a las naciones no tienen ni estructura jurídica, como es el caso del llamado Club de París. En realidad no es un club, ni un organismo, ni una persona jurídica propiamente dicha, ya que es un ámbito informal de acreedores que se arroga la función de coordinar formas de pago y renegociación de deudas externas de los países tenidos como deudores con las instituciones de préstamo.

También se enseña que el país se vuelve «riesgoso» si no cumple sin condicionamientos con lo que los prestamistas exigen que se abone. Desde dicho concepto se nos degradó y degrada como sociedad, y la temperatura de nuestra autoestima pasa a depender del índice llamado «riesgo país». Dicho índice, que los medios de difusión brindan diariamente de manera destacada, es fijado por bancos como el JP Morgan-Chase y el Goldman Sachs, que fueron sancionados con enormes multas en Estados Unidos por brindar información indebida a sus clientes.

Miguel Julio Rodriguez Villafañe

Abogado constitucionalista cordobés, exjuez federal de Córdoba, especialista en Derecho de la Información y periodista de opinión

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