Un precedente peligroso

La enorme mayoría de medios de comunicación hegemónicos, instituciones y partidos políticos de Occidente se han posicionado en contra del gobierno de Putin. Sin embargo, esas posturas a menudo han decantado en una rusofobia generalizada.

Tras semanas de tensión, el 24 de febrero el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, anunciaba una «operación militar especial» en Ucrania. Desde ese primer momento, para sorpresa de nadie, Occidente se ha alineado con Ucrania (y en contra de Rusia, sobre todas las cosas). De forma diametralmente opuesta a lo que sucede cuando los Estados Unidos bombardean países o los someten a bloqueos económicos, la condena a Rusia fue unánime y automática.

Sin embargo, lo que aparece como algo atípico es el nivel de rusofobia al que dicha condena ha abierto las puertas. No son las sanciones económicas las que hacen peculiar a este fenómeno —al fin y al cabo, son muchos los países que las padecen— sino una serie de reacciones que castigan a lo ruso solo por su nacionalidad.

En Italia, por ejemplo, la Universidad Bicocca de Milán intentó prohibir la enseñanza de la obra del célebre Fiódor Dostoyevski (fallecido hace ya más de un siglo), aunque finalmente dio marcha atrás con la medida. Más recientemente, el importantísimo torneo de tenis de Wimbledon prohibió la participación de jugadores rusos y bielorrusos en su edición de este año (entre ellos, la de Daniil Medvedev, actual número dos del mundo). A su vez, la FIFA excluyó a la selección de Rusia del Mundial de Qatar. ¿Qué tendrán que ver todos ellos con Putin?

Todas esas prohibiciones sin sentido no hacen más que dar rienda suelta al avance de la rusofobia en todos los niveles, inclusive el cotidiano. Allí donde estén, en las calles, en los comercios o incluso en las hojas de un libro, a los rusos se les podría exigir que paguen su cuota de responsabilidad en una guerra que no los incumbe. Y, ya grave de por sí, la operación se vuelve aun más peligrosa en tanto sienta un precedente de riesgo: de aquí en más, cualquier conflicto bélico puede convertirse en una persecución global contra todo aquello que tenga algún lazo, incluso relativo, con uno de los bandos. El repudiable derramamiento de sangre llevado adelante por un Estado, como el de Rusia en este caso, no puede justificar el despliegue de una suerte de caza de brujas moderna contra todo un pueblo.

Al mismo tiempo, desde Occidente no parece haberse contemplado la posibilidad de que la puesta en marcha de esta multidimensional maquinaria antirrusa fortaleciera la figura de Vladimir Putin en su país. Así como la imagen positiva del presidente ucraniano Volodímir Zelenski se dispararon tras la invasión rusa, una reciente encuesta realizada por el Centro Levada en Rusia le otorgó a Putin un 83 % de aprobación, con un crecimiento porcentual de más de veinte puntos respecto de las mediciones previas al conflicto. El presidente ruso no llegaba a números semejantes desde la anexión de Crimea en 2014 y los dos años posteriores a ésta. Dicho esto, resulta difícil discernir si el salto en su aprobación se da por la propia invasión o por las posteriores sanciones y represalias, pero como mínimo deberíamos pensar que lo segundo puede haber potenciado alguna tendencia previa.

¿Qué podrían aportar las izquierdas a todo este escollo? Ante todo, sensatez. No se puede ser «selectivamente antimperialista»: el accionar de Rusia debe ser rechazado terminantemente. No obstante, esto no quita la importancia de denunciar el peligro que conlleva el expansionismo belicista llevado adelante por la OTAN, particularmente tras la caída de la URSS. Y, por sobre todas las cosas, es deber de la izquierda en todo el mundo la defensa irrenunciable de los pueblos: tanto el ucraniano, que sufre una brutal invasión de Rusia, como el ruso, que sufre de las estigmatizaciones del «mundo libre» y de las sanciones económicas impuestas por Occidente, siempre más eficaces para dañar a los pueblos antes que a los gobiernos o los poderes económicos que los sostienen.

¿Por qué Rusia no pero Israel sí?

Este sábado 12 se celebra en Turín la final de Eurovisión, el evento musical más visto en todo el mundo, desde su creación en 1956. El año pasado cerca de doscientos millones de personas vieron lo que quizá para ellas no es más que una noche de diversión televisiva. Este año, la final culmina un proceso supuestamente participativo que puso de relevancia nuestra riqueza idiomática y cultural, además de diversas reivindicaciones feministas, y del que finalmente solo quedó lo de siempre: aquello que las discográficas consideran comercial. 

Pero Eurovisión es más que mera diversión. Su celebración siempre tuvo un propósito político: de hecho nace en 1956 para promocionar la reunificación de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más destructivo de nuestra historia. Y se acaba convirtiendo en un escaparate que utilizan los países del Viejo Continente para llamar la atención internamente, promocionarse hacia el exterior o, directamente, lavar su imagen. 

La organización, que de forma contundente ha excluido a Rusia en condena por la invasión de Ucrania, no se muestra tan tajante con otros Estados. El caso más llamativo es el de Israel: ningún otro organismo internacional lo considera un país europeo y, a pesar de décadas de opresión sobre el pueblo palestino, en cada edición de este certamen su presencia musical normaliza esta y otras injusticias. 

Fuente: Público

Valentino Cernaz | Jacobin

https://jacobinlat.com/

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