¿Qué quieren las elites de la Argentina?

¿Quiénes mandan en la Argentina y qué es lo que quieren de él? ¿Son los mismos que los de hace cincuenta o cien años? ¿Qué poder tienen? ¿Qué tienen que ver con la democracia? ¿Querrán hacer algo con la desigualdad? Esta investigación de Paula Bistagnino analiza el pensamiento y las prácticas de algunos representantes de las clases privilegiadas del país y forma parte de un especial latinoamericano realizado con el apoyo del programa de medios y comunicación para América Latina de la fundación Friedrich Ebert.

Imágenes, María Trigo

En el cono sur, en lo más remoto de América Latina, hay un país extenso que tiene a un tercio de sus 45.000.000 de habitantes en el uno por ciento de su territorio. Una buena parte del resto de su geografía es de naturaleza diversa y bella, y otro tanto es de campos fértiles y productivos en los que se cultivan granos y se crían carnes de exportación. Como casi todos sus vecinos, se independizó hace casi dos siglos de España. Es una república y tiene un sistema democrático fuerte, aunque joven en su fortaleza si se considera que hace menos de medio siglo tuvo la dictadura militar más sangrienta de su historia. El relato constitutivo de la identidad nacional se construyó sobre la negación de los pueblos originarios, diezmados y oprimidos por la colonia y después. Un mito fundacional que perdura y que junto a los amplios sectores medios alimentan una creencia instalada: es distinto a su región. Quizá por eso hoy cuesta asumir un índice de pobreza de más del cuarenta por ciento que atropella cualquier idea de justicia social. Vaya esta foto algo arbitraria de la Argentina antes de hacerse algunas preguntas. ¿Quiénes mandan en este país y qué es lo que quieren de él? ¿Son las de hoy las mismas minorías privilegiadas que hace cincuenta o cien años? ¿Qué poder tienen? ¿Qué tienen que ver con la democracia? ¿Querrán hacer algo con la desigualdad?

Afines del siglo XIX en la Argentina había una oligarquía terrateniente, que era la minoría privilegiada por excelencia: tenía la suma del poder económico, el control del Estado y ostentaba además ser el modelo cultural, que imitaba a las elites europeas e imponía a las clases medias en ascenso. Pero ya a lo largo del siglo XX se empezó a hablar de clases altas o de burguesías terratenientes e industriales. La introducción es de Ana Castellani, doctora en Ciencias Sociales, investigadora, especializada en la relación entre Estado y élites económicas y una de las creadoras del Observatorio de las Elites Argentinas (Citra-UMET): «Hoy se puede hablar de elites económicas en un sentido clásico para referirse a los sectores que tienen control de los resortes claves como la acumulación de capital, nacional o extranjero; por otro lado, hay una élite política con un origen social mucho más heterogéneo que es la que controla los resortes del Estado; y por último una elite cultural que está “mucho más estallada” y que no conforma un modelo cultural hegemónico a imitar».  

La conformación heterogénea de la elite política en la Argentina que señala Castellani rastrea su origen en las primeras décadas del siglo XX: del derecho al sufragio universal establecido en 1912, surgió el primer movimiento político de masas que llevó al poder a Hipólito Yrigoyen (1916-1922). Este gobierno elegido por una mayoría fue el comienzo del desacople de las elites económica y política que, a partir de 1945, profundizó Juan Domingo Perón, y dio origen al mayor movimiento nacional y popular: «El peronismo fue el gran «plebeyizador» de la elite política y marcó una diferencia entre nuestro país y otros de la región. Aparecieron nuevos sujetos sociales en la elite política: los trabajadores y sus representantes organizados pasaron a formar parte de las instituciones y del Estado. Eso, sumado al acceso a la educación superior de los hijos e hijas de la clase obrera, transformó la historia reciente del país y la conformación de la elite política definitivamente», dice Castellani, que puede ilustrar esa trayectoria con su historia de vida: hija de trabajadores que apenas alcanzaron la educación primaria y algo de la media, ella accedió a la educación pública y gratuita universitaria. Hoy es secretaria de Gestión y Empleo Público de la Nación.

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Las ventanas dan sobre la avenida 9 de Julio, la más famosa de la Argentina. Al frente, en diagonal, están el teatro Colón y los Tribunales de justicia; a tres cuadras, el Obelisco. Es un departamento elegante de estilo europeo, de ascensores jaula y pisos de parquet, de los que abundan en el centro de la Ciudad de Buenos Aires desde las primeras décadas del siglo pasado. El país era entonces «el granero del mundo» y los dueños de las tierras un puñado de apellidos, muchos de ellos los mismos que figuraban en la historia y nombraban calles. En las paredes hay cuadros con fotos históricas e ilustraciones de escenas campestres.

—¿Usted se siente parte de una elite?

—Claro que sí.

Sentado en el sillón a rayas beige y crema de su estudio jurídico, responde Federico Pinedo. Abogado, tres veces diputado de la nación, doce años en total, y una senador, desde 2015 hasta 2019 fue vicepresidente segundo del partido Propuesta Republicana-PRO, el que llevó a Mauricio Macri al poder. Acaba de terminar un almuerzo con amigos unos pisos más abajo del mismo edificio, donde vive. Son las tres de la tarde de un miércoles y en la Argentina ya arrancó la campaña para las elecciones de medio término. Esta vez está fuera de la contienda.

De origen español y linaje militar, su familia cuenta historia argentina desde fines del siglo XVIII. En su genealogía, de parte de madre y de padre, se cruzan apellidos patricios y terratenientes. Sin embargo, dice, nunca fue de las más adineradas del país. Su bisabuelo fue intendente de Buenos Aires a finales del siglo XIX y su abuelo fue ministro de Hacienda en tres gobiernos del siglo XX, dos de facto y uno acusado de fraguar las elecciones. Su abuelo materno fue canciller de otro gobierno de facto, jefe editorial del tradicional diario La Nación y después del diario La Prensa. Él nació y creció en la Ciudad de Buenos Aires, educado en colegios bilingües de los más caros de Buenos Aires y después egresado de la Universidad de Buenos Aires, que es pública y gratuita.

—La pertenencia a esa familia, militar y política, no se vivía como un privilegio sino como un deber con el país. Yo crecí con esa responsabilidad. Y eso creo que es muy distinto a ser parte de una elite económica. Porque en mi casa no importaba que te perjudicaras económicamente. No se medía por eso tu tarea. Y porque además nuestra vida era lo contrario: mientras ellos se socializaban en circuitos de exclusividad y distinción, nosotros en la política nos involucramos con el pueblo, nos mezclamos.

«La pertenencia a esa familia, militar y política, no se vivía como un privilegio sino como un deber con el país. Yo crecí con esa responsabilidad. Y eso creo que es muy distinto a ser parte de una elite económica»

FEDERICO PINEDO, ABOGADO Y POLÍTICO

A su lado hay un cuadro con la foto de su abuelo homónimo cuando en 1919 fue candidato a diputado por el Partido Socialista. Era un lector de Carlos Marx en su idioma original, visitó varias veces Alemania y se relacionó con los referentes del socialismo de entonces. El otro abuelo era seguidor de la derecha francesa. Él, dice, hizo un «peregrinaje desde el liberalismo al conservadurismo popular»:

—Lo defino como un realismo político y, en ese sentido, me siento cercano al peronismo del ala más liberal. Porque para entender este país, y por lo tanto para poder gobernarlo, hay que asumir que somos esas dos cosas que Jorge Luis Borges retrata en el Poema conjetural: la Argentina es liberal, cosmopolita, literaria y de derecho; y al mismo tiempo es el caudillo, la lanza y el degüello.

Pinedo nombra ese par de opuestos como liberales progresistas y peronistas. Y dice que son dos facciones que no se entenderán nunca. Explica: «Los primeros creen que los segundos arruinaron el país y los segundos creen que los primeros tienen ínfulas de elite y vanguardia privilegiada que no quiere más que gobernar para sí misma. Para mí, la Argentina son las dos cosas y por eso me dedico a la política».

—¿Quién decide acá?

—Yo creo que los que deciden acá son los políticos. Pero el problema es que los políticos se sienten inferiores a los ricos y los ponen como los más poderosos. Y no es así. Siendo yo funcionario, he visto a tipos muy ricos, empresarios, decir en plena democracia: «Acá se hace lo que yo digo». Y los mandé a la mierda. Dos veces me pasó, en dos gobiernos y en dos cargos muy distintos. Eso me enorgullece de la Argentina: el Estado tiene el poder para hacer lo que quiera. Más que eso no necesitamos.

Elige una anécdota de su adolescencia para ilustrar la sociedad que quiere: dice que a los catorce años le preguntó a un intelectual de izquierda muy reconocido si prefería un país sin pobres y con ricos y muy ricos o un país con todos igualmente pobres: «El tipo me dijo que prefería a todos igualmente pobres. Es decir que ¡prefería la pobreza antes que la desigualdad! Me pareció terrible. Yo me defino como un tipo que quiere que no haya pobres, no que no quiere que haya ricos».

—Pero hoy, con un 42 % de pobreza, ¿cómo se hace?

—Yo soy un productivista. Y acá les digo a los izquierdistas que lean más a Marx: la existencia de empresas es la que genera la prosperidad y hay que tener políticas proproducción. Pero acá estamos focalizados en que el Estado gane y gaste más dinero. Desde que empezó Ricardo Alfonsín —primer gobierno democrático después de la última dictadura militar— todos aumentaron los impuestos. Sólo Macri los bajó un poquito. Llega un punto en que no es distribución de la riqueza sino destrucción de la riqueza. Y eso me parece que es aberrante. Porque, además, yo soy cristiano. Y creo que existe la dignidad humana y que todas las personas, por el sólo hecho de ser personas, tienen que acceder a servicios básicos que les permitan desarrollar su potencial.

—¿Cómo se hace?

—Con la política. Son fallas de la organización social, de la política. Si nos organizáramos bien e impulsáramos la producción…

—¿Estuvo de acuerdo con el aporte extraordinario de las grandes fortunas que votó el Congreso para afrontar la pandemia?

—No. Porque estamos en un momento desastroso del país, con once años de recesión, y si agarrás parte del capital acumulado que debería ir a la producción y te lo gastás, lo que vas a tener en el ciclo siguiente es menos producción y más pobreza. Otra vez: hay que leer a Marx.

—¿De dónde sale la plata si no se la cobran a los ricos?

—Claro que son los ricos los que tienen que pagar más, porque los pobres no tienen. Eso es obvio, pero con impuesto a las ganancias y no a la producción y al trabajo. Lo que hacemos acá es al revés. Y además se necesitan reglas claras para las empresas, que les permitan tener una previsión.

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En diciembre de 2020, tras varios meses de debate mediático y lobby en contra en el Congreso de la Nación, Argentina aprobó por ley el Aporte Solidario Extraordinario de las Grandes Fortunas. Se trata de una iniciativa que aplicaron muchos países del mundo, pobres y ricos, para paliar las consecuencias de la pandemia. Acá se impuso un gravamen por única vez a los patrimonios mayores a los doscientos millones de pesos —unos dos millones de euros. El destino es financiar subsidios de emergencia y créditos para la población y las pequeñas empresas más golpeadas, comprar equipamiento para el sistema de salud, urbanizar barrios precarios y apoyar a jóvenes para que puedan seguir estudiando, entre otros. En total, la ley alcanzó a unas trece mil personas, lo que equivale al 0,02 % de la población. La gran mayoría lo pagó. Casi trescientos hicieron presentaciones en la justicia y demandaron a la Agencia Federal de Ingresos Públicos (AFIP) para no aportar lo suyo. De ellas, sesenta ya fueron rechazadas por la justicia. El Estado ya recaudó $ 223.000.000.000 de los $ 300.000.000.000 que esperaba.

«Hoy pagué el Aporte Solidario Extraordinario. Seamos claros, es un impuesto. (…) Decidí pagarlo y no cuestionarlo, aunque estoy convencido de que es un pésimo tributo, que no soluciona los problemas de insolvencia fiscal y, peor aún, ahuyenta lo que nuestro país más necesita atraer: capitales que tengan la osadía de invertir aquí a pesar de lo mal que se los trata desde hace muchos años. (…) Sentí mezcla de sorpresa y tristeza cuando supe que debía pagar este impuesto. Es obvio que nadie disfruta pagar un tributo y, menos aún, uno tan alto. Pero no es eso lo que me causó tales sentimientos. Lo que me sorprendió es que el conjunto de mis bienes fuera considerado una «gran fortuna” y me entristeció entender que eso es muestra de lo mucho que se empobreció la Argentina. Mi patrimonio estaría muy, pero muy, lejos de ser calificado como una gran fortuna en cualquier nación de ingresos medios. ¡Es que ahora jugamos en la liga de los países pobres!», escribió en una carta publicada en el diario La Nación el empresario agropecuario y abogado Juan Manuel Vaquer en marzo de 2021 tras hacer efectivo el pago. Entre sus argumentos, decía que sus bienes no eran herencia ni azar, sino fruto de su trabajo y el de su esposa, de un estilo de vida austero que les permitió ahorrar, y de llevar siempre las cuentas al día y formalizadas.

Además, en su misiva, Vaquer daba indicaciones a los legisladores y funcionarios del Estado: «¡Ahora te toca a vos! No te pido un «esfuerzo solidario y extraordinario» como me exigiste a mí. Te pido, nada más, que hagas tu trabajo, pero que lo hagas bien y buscando el bien común, no tu beneficio personal, ni el de tu facción o partido político. Para eso fuiste elegido o nombrado, y para eso se te paga un sueldo». Entre los pedidos enumeraba transparencia en los actos, rendición de cuentas, «sin trampas ni avivadas». También a los jueces les pidió «independencia y probidad». Luego solicitó a las autoridades votar «con boleta única» en las elecciones por venir, para los pobres «educación, salud, seguridad y oportunidades para que a través de su propio esfuerzo y dedicación puedan construir un porvenir del cual se sientan orgullosos» y también pidió el «ejemplo de virtudes cívicas y republicanas» porque «una sociedad virtuosa se construye dando el ejemplo desde arriba».

La empresaria Andrea Grobocopatel dice que la carta de su amigo Vaquer representa su sentir sobre el aporte que también le tocó pagar. Economista de profesión, es una de las artífices de la evolución y profesionalización de Los Grobo, el principal grupo agroindustrial argentino y uno de los más grandes de Latinoamérica que surgió de una empresa familiar que iniciaron sus abuelos inmigrantes a principios del siglo XX. Fue su vicepresidenta hasta 2016, cuando vendió su parte accionaria y renunció. El año pasado renunció su hermano, Gustavo Grobocopatel, considerado uno de los empresarios más influyentes de la Argentina, además de «el rey de la soja». Él se fue a vivir a Uruguay, como otros empresarios argentinos en los últimos años. Ella vive entre la Ciudad de Buenos Aires, donde tiene sus oficinas, y su pueblo natal, Carlos Casares, a 326 kilómetros. Parte de su vida sigue ahí, en la llamada «capital nacional del girasol» porque su marido es el intendente por segunda mandato consecutivo, reelecto en 2019 como parte del Frente de Todos, el partido en el gobierno nacional y provincial.

Grobocopatel tiene cuatro hijos ya adultos y profesionales, es accionista de varias empresas, fundadora y presidenta de Ampatel S.A. —agricultura y ganadería—, de Resiliencia SGR —sociedad de inclusión financiera para pequeñas y medianas empresas con participación de mujeres y personas con discapacidad— y creó y preside Fundación por Liderazgos y Organizaciones Responsables (FLOR), una ONG donde promueve la transparencia, responsabilidad y la diversidad. Fue copresidente del Women20 (NdR: el W20 es un grupo de afinidad del G20 dedicado a la promoción del pleno desarrollo económico de las mujeres) y hoy es delegada argentina. «Es distinto cuando vos salís de una comunidad de treinta mil personas. Ni en mi pueblo ni en mi familia nos sentimos nunca parte de una elite. Yo empecé de cero, porque vivía de un sueldito y llegué a administrar mi propio patrimonio. En lo único en lo que me considero parte de una minoría es en que soy de las mujeres que lograron equilibrar su vida familiar y profesional».

—Hay algo de lo que decís que es del orden del esfuerzo personal, pero también hay una sociedad y sobre todo un lugar en la sociedad que lo habilita.

—Nosotros nacimos de nada. Mi papá y mi abuelo eran personas muy trabajadoras y todo lo que hicieron lo hicieron con mucho esfuerzo. A mí todo me cuesta y me ha costado. A mí, mi equipo me dice que soy detallista y yo les digo que mi papá me decía: «El que no cuida lo poco no cuida lo mucho». Pudimos crecer gracias a mucha preparación, mucho esfuerzo.

—Es distinto tu origen del de las elites tradicionales, sin duda, pero sos parte de la elite económica de este país.

—Claro, pero por eso hay que definir primero qué es una elite. Desde qué lugar hablamos. Yo no me considero más que nadie, aprendo mucho de todos y todas. Sí creo que tengo una voz que no tiene cualquiera, que vos me estás dando ahora por ejemplo, y que uno tiene que hacerse cargo. Creo en los liderazgos responsables, en los que construyen un mensaje que llega a muchas personas, que entusiasman a participar y comprometerse.

—Hablás de mérito y esfuerzo al contar la historia de tu familia. ¿Alcanza eso en la sociedad hoy?

—Nosotros hablamos mucho de la interacción de las minorías que necesitan trabajar e integrarse en la sociedad y que con la única vara de la meritocracia las excluís. Nosotros estamos para ayudar a que todas las personas puedan tener su mejor versión, su mejor lugar y ser felices. Porque si no podemos tender a ser injustos. Porque algunos tuvimos algunos privilegios que otras personas no tuvieron y algunos nacieron con algunas dificultades. Yo creo que la vida me fue enseñando a ver todo esto, primero por ser mujer y después porque tuve una hija, mi hija mayor, con una discapacidad, y yo no puedo entonces pensar en que todos tenemos las mismas posibilidades. Si creo que, más allá de las diferencias, cada uno se de cuenta de que tiene que esforzarse, que las cosas hay que conseguirlas, que hay que entrenarse lo más que uno pueda y no hay que quedarse esperando que te regalen nada. Yo aprendo más de la gente que tuvo dificultades en la vida y no de las que lo tuvieron servido. Creo que el desafío está en pensar en la individualidad y en cómo cada uno desde su individualidad tiene que construir colectivamente para todos.

—En la pandemia, una de las discusiones fue la desigualdad. ¿cuál creés vos que es la manera de conseguir una sociedad más igualitaria?

—Yo sigo creando empresas y sigo dando empleo. Yo doy empleo y hago a las personas más empleables. Creo que todos tenemos que hacer las cosas mucho mejor: los gobiernos, los empleados, los empresarios, los sindicatos. El éxito de Los Grobo fue tener buenas prácticas de gobierno corporativo —varias veces fue elegida como la empresa del agro más responsable y con mejor gobierno corporativo—. Además de ser los primeros en hablar de responsabilidad social empresaria y crecer como empresa con el entorno, las personas y el medio ambiente.

—¿Qué rol creés que tiene el Estado?

—Me parece que es importante y que fue importante en la pandemia. Por eso creo que hay que pagar los impuestos y formalizar la economía. Es un poco lo que hacemos también en la empresa de inclusión financiera. Porque quienes no lo hacen se quedan afuera de créditos y de cosas que otorga el Estado. Pero el tema es que lo que hay que hacer es que las personas dependan menos del Estado. Y eso es lo que yo hago: enseñarles a trabajar para que no se acostumbren a recibir subsidios, dar educación financiera.

Dice que le duele mucho cuando escucha que dicen que hay que irse del país, que acá no hay futuro. A mí me encanta mi país, tengo una gran preocupación por nuestro destino y de Latinoamérica y siento que si yo me voy ¿quién lo hace? Eso me moviliza a trabajar para cambiar lo que creo que puedo cambiar.

—Trabajás en temas de género y postulás que las tareas de cuidado son centrales para pensar en una sociedad igualitaria. Inclusive que es una responsabilidad colectiva.

—Creo que la Argentina está trabajando bien en eso: se necesitan espacios de cuidados para que las mujeres puedan desarrollar su emprendimiento y armar su patrimonio. También hay que educar a las mujeres para que tengan menos hijos y a la sociedad para que no se divida entre quienes cuidan y quienes no cuidan. Si sos económicamente dependiente sos menos libre para crecer. Creo que en algunos aspectos el Estado tiene un rol pero que debe ser encarado de manera que sea por un tiempo y luego esas personas puedan independizarse.

—¿Qué sentimientos te generó tener que pagar el aporte solidario de las grandes fortunas?

—La verdad es que me dolió, no te lo voy a negar. Me parece que es un impuesto altísimo y que eso ahuyenta… A mí me gustaría haber podido elegir en qué invertirlo, porque así es como darle a alguien que maneje mi dinero. Y ojalá lo manejen bien. Para mí fue un gran esfuerzo y me gustaría que el esfuerzo sea de todos: de los políticos, de los sindicatos. Porque si no siempre siento que el esfuerzo lo hacemos los mismos, los empresarios que pagamos los impuestos. Nos debemos como sociedad la discusión de qué pone cada uno. Debería estar claro que no se va a repetir y que también otros van a aportar.

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En medio del debate público por el aporte extraordinario de las grandes fortunas, una nueva edición del ranking de la revista Forbes reveló que, en 2020, los cincuenta argentinos más ricos acumulaban una riqueza de unos u$s 50.000.000.000. «En ese listado, se pueden ver tres momentos de la Argentina», analiza Leandro Navarro, magister en sociología económica e investigador del Centro de Estudios Sociales de la Economía (CESE-Unsam), especializado en elites económicas y grandes empresas. El primero es el de los grupos económicos tradicionales, la burguesía argentina más clásica —que crecieron en las décadas del setenta y el ochenta, en la dictadura militar y  en la década siguiente— se hicieron fuertes al amparo de relaciones privilegiadas con el Estado. A estos grupos corresponden tres de los primeros cuatro nombres de la lista: la familia Bulgheroni, dueña de la petrolera Pan American Energy Group, con una riqueza de u$s 5.400.000.000; Paolo Rocca, a la cabeza del Grupo Techint, dedicada a la ingeniería, industria pesada y minería, con u$s 3.400.000.000; y en el cuarto lugar, el holding familiar Pérez Companc con inversiones en la industria alimenticia  y una fortuna calculada en u$s 2.700.000.000. En ese grupo, aunque hoy en el vigésimo puesto, está el grupo empresario de la familia del expresidente Mauricio Macri con una riqueza de u$s 540.000.000. 

Un segundo momento, explica Navarro, es la década del noventa con la apertura de la economía y la ola privatizadora. «Se produjo un cambio en la conformación de las élites y sus negocios: la cúpula empresarial se extranjerizó y se achicó la participación del gran empresariado. Algunos grupos vendieron, otros se reconfiguraron y cambiaron de rubro. Se cierra el ciclo de los grupos clásicos que crecieron en los setenta y ochenta». El tercero surge poscrisis de 2001, cuando estalló esa década de desindustrialización y convertibilidad, en la que se hizo equivaler la moneda argentina al dólar. «Acá se consolidan nuevos grupos económicos y mientras se internacionalizan los ligados a la exportación de recursos naturales o producción de mercancías de poco valor agregado surgen otros vinculados a áreas que el kirchnerismo (el gobierno de Néxtor Kirchner y los dos de Cristina Fernández) habilitaron y propiciaron: energía, medios de comunicación, infraestructura, juegos de azar, regímenes de producción industrial, entre otros. Apareció entonces una coyuntura más favorable hacia el capital nacional, en lo discursivo y en lo práctico, que tuvo nuevos ganadores». Para Navarro, hoy hay un conjunto de nuevos grupos económicos, nuevos empresarios y nuevos millonarios vinculados a una fuerte inserción internacional, al capitalismo de servicios y a una relación aceitada con los mercados financieros internacionales, en especial de empresas de e-commerce y fintech con Mercado Libre a la cabeza y su creador, Marcos Galperín, escalando en los últimos meses los primeros puestos de Forbes.

En el listado aparecen también empresarios de la industria farmacéutica, inmobiliarios, petroleros, medios de comunicación, sistema privado de salud. «El capitalismo argentino no se trata de una suerte de nombres o apellidos ilustres que están siempre presentes, de esta suerte de oligarquía diversificada como la llaman algunos, sino que es posible ver cambios en el tiempo. Y también se puede ver cómo las dinámicas políticas y los cambios macroeconómicos e institucionales afectan al modo en que se hacen negocios y generan o no nuevas oportunidades». 

«El capitalismo argentino no se trata de una suerte de nombres o apellidos ilustres que están siempre presentes, sino que es posible ve cambios en el tiempo.»

LEANDRO NAVARRO, SOCIÓLOGO ECONÓMICO

«Históricamente, las elites desplegaron estrategias para influir en la elite política y condicionar la orientación de la acción pública en beneficio propio La más extrema fueron los golpes militares, pero también lo hicieron y hacen con lobby sobre el Poder Ejecutivo y Legislativo, también sobre el judicial. Tuvieron a sus representantes y tienen también otros mecanismos como son las corporaciones del empresariado que buscan influenciar a la opinión pública e intervenir en el debate político. Son una serie de acciones que funcionan constantemente y que tienen articulaciones complejas que incluyen a los medios, a las ONG, a las organizaciones de representación sectorial y hasta a las embajadas». Por todo esto, señala Navarro, «el poder real de la elite económica argentina es mucho mayor que el poder estructural como grandes empleadores, con control de empresas claves, y eso hace que sea mucho más difícil avanzar sobre ella».

Lo que aparece como una característica de las elites económicas es un proceso de offshorización de su riqueza, señala el investigador: «Lo que vemos en el índice de Forbes son los valores bursátiles de los bienes y activos declarados. Pero son bien conocidos los mecanismos de elusión y evasión que tienen las empresas y los millonarios. Este es un fenómeno global que nuestros ricos usaron y usan mucho. Por eso es importante avanzar tributariamente y fue importante el aporte solidario de las grandes fortunas». Al cierre de este artículo se publicaron los Pandora Papers y la Argentina apareció como el tercer país del mundo con más beneficiarios de empresas offshore: 2521 nombres y 57307 menciones.

Castellani lo dice así: «Un rasgo de las elites económicas argentinas es la poca capacidad de acumular capital en el país: hay siempre una búsqueda de un destino exterior de transferencia de los capitales de los generados en el país. Y entonces las empresas nacionales no se distinguen de las transnacionales, que por definición los van a sacar». Ahí está, además, el eje de un debate sin definición: «La cuestión de fondo es si lo primero es el huevo o la gallina. Los capitalistas siempre van a decir que no pueden invertir sostenidamente porque no hay una definición política de hacia dónde va el país. Pero ellos también juegan para no saldarla  porque van para donde más les conviene en cada momento y también por cuestiones ideológicas. Hay un ejemplo muy claro de que cuando se apostó a una salida más industrializadora, distintas fracciones de la elite la entorpecieron y se opusieron a pesar de sus resultados óptimos».

Navarro profundiza en esa idea del conflicto distributivo no resuelto: «Argentina no ha resuelto cómo se reparte la torta, la renta nacional. Si miramos otros países vecinos y de la región, vemos que son más desiguales pero no tienen los conflictos y las disputas que tenemos acá. Y ahí también se puede analizar  esto desde los cambios que trajo el peronismo, como un movimiento que representa de manera transversal a fracciones de distintas clases sociales». El partido se juega, dice Navarro, en hacia dónde van los dólares: si al consumo o al desarrollo de la estructura productiva: «¿Cómo juegan las elites? No se puede culpar a un empresario de querer hacer dinero, pero hay que compatibilizar esa búsqueda con las demandas populares concretas».

Los datos de 2018 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) indican que en la región los sectores de mayores ingresos pagan menos que en los países más ricos: aportan un 2,3 % del PIB por impuestos a la renta personal frente al 8,3 % de la Unión Europea; en la Argentina, el 10 % en la cima de la pirámide económica paga 9,2 % de sus ingresos en impuestos, mientras que ese porcentaje alcanza al 21,3 % en países del primer mundo. Además, el 43 % de la recaudación nacional es de impuestos al consumo de bienes y servicios, que siempre afectan más a los pobres. Y las propiedades inmobiliarias también están menos gravadas por acá: un 0,3 % del PBI frente al uno por ciento en economías más fuertes. El dato más fuerte es que el impuesto nacional a los bienes personales —inmuebles, automotores, acciones societarias y dinero— ha reducido a la mitad su participación en la recaudación nacional, pasando de representar el 1,2 % en 2015 al 0,6 % en 2019, un aporte muy bajo que se explica, en gran medida, porque no alcanza a las grandes riquezas de forma progresiva por dos problemas: subregistro y subdeclaración.

Hoy, dice Navarro, el capitalismo es una máquina inmensa de generar riqueza: nunca se generó tanta riqueza en los últimos doscientos años como ahora y nunca bajó tanta la pobreza, pero a la vez la desigualdad no para de aumentar desde hace cuatro décadas ¿Por qué?  Lo que creció es la apropiación de las renta del decil más rico: si antes se apropiaban del veinte al treinta por ciento, hoy se apropian del cincuentq y hasta del setenta. «Entonces, de lo que hay que hablar es de una cuestión política e ideológica más que económica. Aunque la desigualdad se mida en cuestiones materiales, no es posible si no hay una forma de justificarla: ¿Cómo se justifican las desigualdades existentes? ¿Cómo se naturaliza que las cosas sean de esta manera? Las disputas económicas son políticas e ideológicas», explica el investigador. Y cita al inversor estadounidense y uno de los hombres más ricos del mundo Warren Buffet, quien suele reflexionar sobre las injusticias del sistema, y cuando le preguntaron si creía que aún existía la guerra de clases dijo: «Hay una guerra de clases, pero es la mía la que la hace y estamos ganando».

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El de Mauricio Macri, entre 2015 y 2019, fue el primer gobierno de las elites económicas por mandato popular en un siglo de sufragio universal. «Fue la primera vez que las élites lograron llegar al poder sin transgredir el régimen democrático vía golpes de Estado y sin tener que estar mediadas por el peronismo, como fue el caso del gobierno de Carlos Menem (1989-1999), cuando tuvieron la primera posibilidad efectiva pudieron hacerse cargo de manera exitosa de los asuntos del Estado a través del peronismo», explica el sociólogo e historiador Ernesto Semán, autor del recién publicado Breve historia del antipopulismo. Los intentos por domesticar a la Argentina plebeya, de 1810 a Macri (Siglo XXI). El de Menem fue un gobierno neoliberal en lo económico pero, dice Semán, «no pudo desplegar las ideas más intrínsecas del antipopulismo en el sentido de cuestionar el espíritu plebeyo de las demandas sociales. La idea de que contener las demandas por una expansión de la ciudadanía económica o política estaba en la base de un proyecto democrático conservador estable. Eso no terminó de plasmarse en el menemismo».

La relación de las elites argentinas con las masas, sostiene Semán, tiene una particularidad específica e histórica: al no haber legado esclavista, desde mediados del siglo XIX Argentina casi siempre se pensó como nación con la inclusión de las masas. «Aunque contempla la potencial amenaza al orden que representan, la manera de neutralizarlas fue a través de la integración sin alterar ciertas relaciones de poder, cierto statu quo. Eso complejiza y tensa la relación de las elites con la idea de antipopulismo». Cuando a este rasgo se le suma la experiencia kirchnerista, dice Semán, y el primer triunfo electoral con Macri a la cabeza, las élites económicas argentinas terminan de ver algo obvio: que el Estado no sólo no es un obstáculo para la defensa o expansión de sus intereses, sino que inclusive les sirve para que sus intereses pueden ser reproducidos o legitimados en nombre de un interés general.

Castellani plantea un interrogante para la Argentina hoy, pero sobre todo para la región si se miran los acontecimientos de la última década: ¿Cuál es el compromiso de las elites económicas con la democracia? ¿Hasta qué punto es sólido o depende de quién gobierne y con qué modelo? ¿Qué pasa cuando aparecen gobiernos más populares que buscan desmantelar alguno de los privilegios que las élites económicas ostentan?

Para Semán, la apuesta democrática de las elites económicas argentinas no es una adscripción intrínseca sino algo que absorbieron en las primeras dos décadas de este siglo XXI: «Ya no tiene sentido ganarlo fuera de la cancha, digamos. Y ahí se ve toda la construcción de un discurso en contra del populismo que se monta en nombre de la libertad, de un ciudadano productor y emprendedor, meritócrata. Un poco reedita el discurso de las elites de hace un siglo, de liberarse de las masas y el paternalismo del Estado». Un hecho reciente que hoy está en el centro de la escena política regional complejiza la pregunta que se hace Castellani acerca de hasta qué punto las élites económicas tienen un compromiso real con la democracia en la región: mientras se cerraba este  artículo, avanzaba una investigación local e internacional sobre el envío de material bélico y represivo a Bolivia por parte del gobierno de Mauricio Macri tras el golpe de Estado cívico-militar que sacó a Evo Morales del poder y puso por la fuerza a Jeanine Añez, hoy detenida con prisión preventiva por terrorismo, sedición y conspiración.

Este trabajo es parte de Elites sin destino, una investigación especial sobre las elites en América Latina coordinado por Omar Rincón con el apoyo del programa de medios y comunicación para América Latina de la Fundación Friedrich Ebert (FES Comunicación).

Paula Bistagnino

Es periodista desde 2000. En la actualidad trabaja freelance con base en Buenos Aires y publica sus artículos en medios de la Argentina y el exterior. Ganó la Beca de Periodismo Cultural Gabriel García Márquez de la FNPI, la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes y es miembro de Connectas Hub.

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