Los marcos de comprensión de George Lakoff
Las ideas que propone el lingüista estadounidense George Lakoff nos ayudan a pensar las conductas políticas de las personas desde una lógica centrada en valores y en dinámicas de los grupos sociales y a superar una racionalidad que, la mayoría de las veces, lleva a cometer errores de apreciación.

George Lakoff (1941) es un lingüista y científico cognitivo norteamericano de la Universidad de Berkeley. También asesor del Partido Demócrata de los Estados Unidos. En 2001 publicó su famosa investigación Metáforas de la vida cotidiana (Madrid, 2001), coescrita con Mark Johnson. Tiempo después, en 2004, publica No pienses en un elefante, texto con el cual logra una gran repercusión en el mundo de la política. En sus investigaciones, Lakoff relativiza la idea de que una vez que los ciudadanos acceden a los datos verdaderos se volcarán por una determinada posición. Se trata, afirma, de una perspectiva errada que obedece a un tipo de Iluminismo propio del siglo XVIII (en el que predomina el discurso fuertemente argumentativo) que no se verifica en la realidad.
Pero antes de Metáforas de la vida cotidiana y No pienses en un elefante, Lakoff había publicado un texto de gran originalidad científica que, a pesar del subtítulo, no alcanzó a interesar al público más allá de la pequeña comunidad académica interesada en la lingüística y la psicología. Se trata de Morality and Politics Or, Why Conservatives Have Left Liberals In the Dust (Política y moral: Lo que sabe la derecha que ignora la izquierda (Chicago, 1996).
Moral and Politics es una investigación sobre la organización lingüístico-cognitiva de los discursos políticos de la derecha y de la izquierda que, según Lakoff, pivoteaban sobre dos marcos de comprensión: el del «padre estricto», en el caso de la derecha; la de los «padres enriquecedor o progresista», en el caso de la izquierda. Lakoff sostiene que los avances de la derecha norteamericana desde los tiempos de Reagan derivan en buena parte de la autoconciencia y la coherencia con que ésta se servía retóricamente de su metáfora central del «padre estricto».
La izquierda, en cambio, estaba lejos de comprender ese juego y parecía incapaz de articular su propia retórica sirviéndose de manera congruente en el debate político con los recursos de la metáfora de los «padres progresistas». Resultado, en los debates políticos la derecha lograba imponer su marco cognitivo de referencia, poniendo a los progresistas a la defensiva y obligándoles a categorizar la vida político-social en su propios términos.
Convencido de la relevancia práctica de su descubrimiento científico y algo frustrado por la poca repercusión que sus ideas tenían fuera del ámbito académico y acicateado por el extremismo de la Administración Bush a partir del año 2000, Lakoff comenzó a escribir para un público más amplio, asesoró a movimientos políticos y sociales y a candidatos progresistas o liberales (incluido el propio Kerry). Asimismo, cofundó con otros colegas de la Universidad de California un think tank progresista, el Rockridge Institute. En 2004 publicó: Don’t Think of an Elephant: Know Your Values and Frame the Debate (No pienses en un elefante: sé consciente de tus valores y enmarca tú el debate), que logró una vasta audiencia y que él mismo llamó «guía esencial para progresistas».
Los marcos cognitivos
No pienses en un elefante derriba uno de los grandes mitos existentes en política y en comunicación. Es el que parte del presupuesto del siglo de la Ilustración que afirma que la gente es racional y alcanza, por tanto, con mostrarle los hechos para que cambie su parecer y llegue a la verdad. Así, los hechos acabarían imponiéndose a los prejuicios y a la ideología previa.
Sobre la base de este enfoque, un antikirchnerista debería reconocer los logros del gobierno de Néstor y Cristina y un kirchnerista aceptar que puede ser que algunas de las cosas que dijo y dice Clarín no sean viles operaciones de prensa y mentiras. Sin embargo, Lakoff opina que «la gente piensa mediante marcos (…) La verdad, para ser aceptada, tiene que encajar en los marcos de la gente. Si los hechos no encajan en un determinado marco, el marco se mantiene y los hechos rebotan (…) Los hechos se nos pueden mostrar, pero, para que nosotros podamos darles sentido, tienen que encajar con lo que ya está en la sinapsis del cerebro. De lo contrario, los hechos entran y salen inmediatamente».
Para Lakoff nuestro pensamiento está estructurado a partir de conceptos que se han ido forjando con el tiempo y que se encuentran «incrustados» en el cerebro. Esto quiere decir que no se los puede remover con simpleza ante uno o dos hechos que vayan contra ellos.
Para ilustrar esto se puede tomar cómo influyó en el plano de la creencia el hecho de que en octubre de 2004 la administración Bush admitiera que no existía prueba alguna de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Una encuesta realizada seis meses antes arrojaba que un 51 por ciento de los estadounidenses creía que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Sin embargo, casi dos años después, el número de estadounidenses que seguía creyendo lo mismo prácticamente no se había modificado y llegaba al 50 por ciento. De nada había servido que la propia administración republicana hubiera reconocido el error: los marcos de buena parte de la ciudadanía estadounidense no permitieron que los hechos afectaran su cosmovisión.
En el ámbito vernáculo sobran los ejemplos, pero cabe mencionar la contraposición entre la mirada estigmatizante que se tiene sobre los jóvenes en relación con el delito y los datos concretos. En este sentido, los estudios sobre homicidios dolosos en Capital Federal y Buenos Aires muestran que la participación de menores en distintos tipos de delito es muy pero muy bajo. Incluso más bajos que en la emblemática ciudad de Nueva York. Pero estos datos duros no modifican la opinión de los que creen que la Argentina se ha convertido en México y responden a estos datos fríos (con los que se deben constituir políticas públicas) con la incontestable imagen del horror de una víctima que pide justicia.
El «cepo al dólar»
El ejemplo que utiliza Lakoff para que se comprenda su idea de marco es la expresión de «alivio fiscal» utilizada por Bush para justificar una baja en los impuestos de los más ricos. En palabras del científico cognitivista: «Pensemos en el enmarcado de “alivio”. Para que se produzca un alivio, ha tenido que haberle ocurrido a alguien antes algo adverso, un tipo de desgracia, y ha tenido que haber también alguien capaz de aliviar esa desgracia, y que por tanto viene a ser un héroe. Pero si hay gentes que intentan parar al héroe, esas gentes se convierten en villanos (…) Cuando a la palabra “fiscal” se le añade “alivio”, el resultado es una metáfora: los impuestos son una desgracia; la persona que los suprime es un héroe, y quienquiera que intente frenarlo es un mal tipo. Esto es un marco».
Volviendo a nuestras costas, veamos qué pasó con el archifamoso «cepo al dólar». Antes es preciso recordar que el cepo ha sido un instrumento de tortura. Un cepo inmoviliza, esclaviza, castiga y, por lo tanto, no es adecuado para este mundo contemporáneo en que no hay esclavitud y los castigos son de cualquier índole, pero nunca físicos. También supone que la condición natural del dólar es «la libertad». En ese sentido, ¿quién puede estar de acuerdo en que se le ponga cepo a algo? Esto significa que una vez instalada, la idea de «cepo al dólar» activa un marco mental que se defenderá activamente de cualquier intento de explicación o de hecho que pudiera justificar la decisión gubernamental de ponerle límite a la compra de dólares.
Estos últimos dos ejemplos ―podríamos mencionar también el de «periodismo militante» y «periodismo independiente»― sirven para comprender el funcionamiento de los marcos y para advertir el porqué hay que prestar atención al rol que cumple el lenguaje y la decisiva acción del nombrar. Según Lakoff, el gran error de los demócratas norteamericanos es que han dejado que los republicanos nombren y con ello constituyan realidad, pues cualquier discusión que se intente librar en los términos del adversario está perdida de antemano.
Digresión. Unos cuantos siglos antes, Platón ya se preguntaba en su dialogo Crátilo quién ponía los nombres, aunque no parece quedar del todo claro si los que vinculan los nombres con las cosas son semidioses individuales o la propia comunidad como un todo en algún momento mítico y originario. Sin embargo, Platón ya entonces se daba cuenta ―como los sofistas, con quienes polemizaba de manera encarnizada― que todo nombrar es un recorte atravesado por la misma actividad del nombrar y apoyado en una cosmovisión previa, esto que Lakoff traduce en términos de «marcos» y «conceptos».
En resumen, Lakoff enseña que en los Estados Unidos la derecha republicana «ha utilizado mucho tiempo la estrategia de repetir continuamente frases que evocan sus marcos y que definen las cuestiones importantes a su manera. Tal repetición consigue que su lenguaje parezca normal, que el lenguaje cotidiano y sus marcos parezcan normales, modos cotidianos de pensar acerca de las cuestiones importantes (…) Los periodistas tienen la obligación de no aceptar esta situación y de no utilizar sin más aquellos marcos del ala derecha que han llegado a parecer naturales. Y los periodistas tienen la obligación especial de estudiar el enmarcado y de aprender a ver a través de marcos motivados políticamente».
Algo más sobre los marcos cognitivos
Lakoff aporta una mirada para entender las conductas sociales que parte de una premisa: las personas cuentan con un determinado marco desde el cual ven el mundo y construyen sentido de él. En otras palabras, las personas parten de ciertos marcos cognitivos para dar sentido a los problemas, conflictos y al mundo que los rodea. Y, como cuando se ejercita un determinado músculo, esa mirada repetida refuerza el marco de entendimiento.
Desde este enfoque, hay ciertas experiencias y miradas basadas en modelos familiares que resultan centrales para definir estos marcos. Básicamente, para Lakoff hay dos modelos básicos en las miradas sobre la realidad; uno que denomina del padre estricto y otro del padre progresista o familia progresista o enriquecedora.
En el modelo del padre estricto existe una jerarquía fija y predeterminada basada en la figura del padre, que está en la cúspide de la jerarquía. La madre está por debajo y luego, más abajo, están los hijos.
El mundo es un lugar hostil y agresivo y la seguridad de la familia depende entonces del mantenimiento de esa jerarquía o ese orden.
El padre cría a sus hijos de manera represiva, educación que incluso puede llegar a la violencia física. De esta manera busca que sus hijos estén listos o preparados para enfrentar ese mundo hostil, también constituido por jerarquías fijas que se reproducen en la familia.
La cadena jerárquica completa del marco cognitivo del padre estricto es así: Dios por encima del hombre, el hombre por encima de la naturaleza, el hombre blanco por encima de las demás razas, los ricos sobre los pobres, el hombre por sobre la mujer. Aquel que cuestione ese orden o quiera modificarlo pone en peligro a la familia y al conjunto de la sociedad. Y esto, por supuesto, es inaceptable, resulta subversivo. Por lo tanto, una sociedad segura es aquella donde se mantienen y se reproducen tales jerarquías.
En esta sociedad jerárquica es natural que existan ricos. Lo antinatural sería que no existan o que se los cuestione por su riqueza, que se la ganaron porque cumplieron con su deber moral de ser más fuertes, más inteligentes y rápidos. En definitiva, por haber triunfado en un mundo hostil.
Es bajo este marco que las propuestas políticas de los conservadores construyen sentido. Evitar participar en misiones de paz lideradas por la ONU o desfinanciar iniciativas a favor del aborto, junto con la persecución de inmigrantes parecen iniciativas desconectadas entre sí, cuando en realidad están unificadas en el marco moral de padre estricto, donde lo que es bueno puede tener un sentido muy peculiar.
Veamos ahora el marco opuesto, el del padre enriquecedor o progresista. En este modelo el padre no ocupa la cúspide, sino que ejerce una autoridad compartida con la madre. Ambos son personas que se esmeran por ser responsables del bienestar y la educación de sus hijos y ambicionan por el crecimiento autónomo de éstos para que en el futuro sean capaces de tomar decisiones por sí mismos.
Por otro lado, el mundo es concebido como un lugar que debe ser enriquecido o mejorado. Es decir, no puedo estar bien si mi barrio, mi ciudad y mi país no se convierten en lugares mejores para todos. Estos padres enseñan a sus hijos que es preciso intervenir o participar en este mundo, cooperar junto con otros poniéndose en el lugar del prójimo. Como se puede apreciar, bajo este marco lo que es moral y bueno adquiere un sentido diferente, muy diferente.
Enseñanzas
Las investigaciones de Lakoff muestran que las personas tienen internalizados estos marcos de entendimiento. Y si los datos de la realidad contradicen su marco de comprensión las personas los rechazan o no los captan.
Para Lakoff hay una minoría (que estima en un tercio) de personas que utiliza uno de los marcos, otro 30 por ciento que utiliza el otro y, en el medio, están a las que el autor de No creas en un elefante denomina biconceptuales. Esto es, que para algunas cuestiones utilizan uno u otro marco. Así, puede estar en contra de los planes sociales pero también rechaza la pena de muerte. O puede tener una mirada de las relaciones exteriores de su país que enfatiza la cooperación más que el conflicto y rechaza el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo.
Esta teoría, que cruza elementos de lingüística y neurociencias, ayuda a enriquecer el enfoque sociológico que busca hacer foco en los estratos sociales para comprender los fenómenos políticos, que los votantes no son imprevisibles, sino que lo se verifica es una lógica que apunta a uno u otro lado de prioridades y valores o de un cierto orden o una cierta noción de sociedad.
El enfoque de Lakoff nos ayuda a salir de la idea que indica que hay personas que votan una opción política que va en contra de sus propios intereses objetivos o que se votan en contra. Precisamente, Lakoff enseña que no existen intereses objetivos de los votantes y su enfoque de los marcos cognitivos es muy útil para pensar los años que van desde el último período de Cristina Kirchner hasta los primeros años de Macri y, de paso, comprender algunas paradojas y también algunas recurrencias de la política argentina.

