Leer, discutir, participar: qué queda de la vida pública en la era de las plataformas

Martín Kohan, Martín Mosquera y Alejo Inza observan, desde perspectivas diferentes, una misma transformación: las plataformas digitales no solo cambiaron la circulación de la información, sino también nuestras formas de leer, discutir, organizarnos y participar políticamente. Entre la velocidad del dedo, el poder creciente de los algoritmos y las nuevas militancias juveniles, aparece una pregunta de fondo: qué condiciones necesita la democracia para que la conversación pública siga siendo algo más que una suma de impulsos, consignas y respuestas instantáneas.

IDEAS CLAVE

Hay algo que conecta estas tres lecturas incluso antes de que aparezca explícitamente la palabra democracia: la transformación de las condiciones materiales de la conversación pública. Ya no leemos como antes. Ya no nos organizamos como antes. Y tampoco parece que el poder político y económico imagine el futuro de la misma manera que hace unas décadas. Las tres notas parten de fenómenos diferentes, pero terminan encontrándose en un territorio común: el desplazamiento de la deliberación por formas cada vez más veloces, fragmentadas y automatizadas de relación con los otros. Martín Kohan lo plantea desde un gesto aparentemente sencillo: leer.

En «Batalla cultural: estamos perdiendo», publicado por La Tecla Eñe, Kohan observa una transformación cotidiana que puede parecer menor hasta que se la relaciona con sus consecuencias políticas: el pasaje de la lectura sostenida a la navegación veloz de los textos en las pantallas de los teléfonos.

Antes, dice, el ojo iba delante y el dedo detrás. Ahora sucede lo contrario: el dedo desplaza la pantalla a una velocidad que obliga al ojo a seguirlo. El resultado es una modificación profunda de la experiencia de lectura: lo que antes podía ser una mirada ocasional sobre un texto se convierte en una modalidad dominante de aproximación a aquello mismo que pretendemos conocer.

El problema aparece cuando esa lógica se traslada a la discusión pública. Porque para discutir con alguien hace falta saber qué dijo, en qué contexto, con qué argumentos y en respuesta a qué. Hace falta, en definitiva, tener el texto sobre la mesa.

En ese sentido, Kohan recupera una escena de otra época: David Viñas leyendo y marcando el diario, discutiendo con lo que allí estaba escrito. La discusión suponía la presencia concreta de las palabras del otro. Sin ellas, sostiene el autor, aquello que parece debate puede convertirse en otra cosa: atribuciones apresuradas, tergiversaciones, etiquetamientos y linchamientos colectivos.

La paradoja es potente. Las redes multiplicaron hasta niveles inéditos la posibilidad de hablar, pero esa misma multiplicación puede dificultar la posibilidad de escuchar realmente qué dijo el otro.

Y allí Kohan ubica una batalla cultural distinta de la que suele ocupar el discurso político: una disputa por las condiciones mismas en las que las palabras circulan, adquieren sentido y pueden ser respondidas.

Martín Mosquera lleva esa discusión a una escala mucho mayor en «La Ilustración oscura», publicado por Jacobin.

Aquí ya no se trata solamente de cómo las plataformas modifican nuestra atención, sino de una corriente intelectual que imagina un mundo en el que las decisiones colectivas podrían quedar subordinadas a sistemas técnicos, empresas y algoritmos.

El punto de partida es particularmente significativo: la propuesta de Javier Milei de crear «corporaciones no humanas», empresas operadas por agentes de inteligencia artificial o robots, con personalidad jurídica y una regulación diseñada para favorecer su desarrollo. Para Mosquera, la iniciativa no aparece aislada, sino vinculada con una corriente neorreaccionaria que lleva años imaginando una sociedad donde las instituciones democráticas pierdan peso frente al poder empresarial y tecnológico.

El recorrido por Nick Land, Curtis Yarvin, Peter Thiel y Elon Musk le permite al autor reconstruir una genealogía en la que democracia, igualdad y soberanía popular dejan de ser conquistas para convertirse en obstáculos. El Estado podría administrarse como una empresa; los ciudadanos, transformarse en clientes; la democracia, reducirse a una formalidad.

Pero quizá lo más interesante del argumento sea que no invita simplemente a temerle a la tecnología. La pregunta es otra: qué relaciones sociales y políticas determinan el modo en que una tecnología se desarrolla y se utiliza.

La inteligencia artificial no trae incorporado un destino político. Puede contribuir a ampliar capacidades humanas o profundizar formas de control y desigualdad. Todo depende, en buena medida, de quién la controla, bajo qué reglas y con qué objetivos.

Por eso el texto termina devolviendo la discusión a la democracia: frente a quienes ya imaginan el nuevo mundo tecnológico, la cuestión es si quienes defienden la autodeterminación colectiva serán capaces de imaginar el suyo.

La tercera pieza, «Militancias, jóvenes y politización digital», de Alejo Inza, publicada en Panamá Revista, introduce otro elemento decisivo: qué sucede cuando las nuevas formas de participación política aparecen por fuera de las estructuras tradicionales.

El autor parte de una pregunta que parece sencilla pero que obliga a revisar varias certezas: ¿las redes sociales crearon un nuevo sujeto político juvenil o simplemente habilitaron una modalidad diferente de politización?

La emergencia de influencers políticos y de comunidades digitales mostró que ya no son imprescindibles las antiguas «credenciales» partidarias, territoriales o institucionales para intervenir en la conversación pública. Miles de jóvenes encontraron en las plataformas una forma de pertenencia, identificación y participación que no necesariamente pasaba por los mecanismos tradicionales. De los «comités a las calles» se pasó, en una formulación particularmente gráfica, de las «redes a las calles».

Pero Inza introduce una advertencia fundamental: no hay que confundir visibilidad con representatividad. Las redes permiten que pequeñas comunidades tengan una capacidad de repercusión muy superior a su dimensión real. Por eso, tanto minimizar estas nuevas formas de participación como convertirlas en expresión de «la juventud» en su conjunto conduce a diagnósticos equivocados.

No existe, sostiene el autor, un sujeto juvenil homogéneo esperando ser descubierto. Hay comunidades diversas, demandas fragmentadas, agendas culturales diferentes y formas de participación que conviven con estructuras partidarias tradicionales. El problema aparece cuando la política interpreta la conversación digital como si fuera un espejo fiel de las preocupaciones mayoritarias.

Y allí vuelve a aparecer, desde otro ángulo, el problema planteado por Kohan: la capacidad de las plataformas para amplificar una conversación no necesariamente equivale a su capacidad para representar a una sociedad.

En conjunto, los tres textos permiten pensar una paradoja. Nunca hubo tantas posibilidades técnicas para producir, compartir y recibir información. Nunca fue tan sencillo intervenir públicamente. Nunca una persona tuvo a su alcance semejante capacidad para encontrar comunidades, construir una audiencia o participar de una conversación política.

Y, sin embargo, esa expansión puede convivir con una reducción de algunas condiciones básicas de la vida democrática: la atención, la escucha, la lectura completa, la deliberación, la representación y la construcción de sentidos compartidos.

Kohan muestra cómo la velocidad puede deteriorar la lectura y, con ella, la posibilidad de discutir realmente con el otro.

Mosquera advierte que la misma transformación tecnológica puede ser aprovechada por proyectos políticos que buscan desplazar la deliberación democrática hacia estructuras empresariales y sistemas automatizados.

Inza muestra que las plataformas también abrieron espacios genuinos de participación para jóvenes que no encontraban lugar en las estructuras tradicionales, aunque advierte sobre el riesgo de convertir esa conversación amplificada en una representación imaginaria de las mayorías.

No hay, entonces, una condena sencilla de la tecnología. Las redes pueden ampliar la participación y, al mismo tiempo, deformar aquello que creemos estar representando. La inteligencia artificial puede abrir nuevas capacidades y, simultáneamente, reforzar concentraciones de poder. La multiplicación de voces puede enriquecer la conversación pública o convertirla en una sucesión inagotable de estímulos donde ya nadie se detiene a leer al otro. Tal vez ese sea el punto en el que estas tres lecturas terminan encontrándose.

La discusión sobre la democracia digital no debería reducirse a preguntar cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, cuántos seguidores tiene un influencer o qué tan poderosa será la inteligencia artificial. La pregunta más incómoda es otra: qué tipo de espacio público estamos construyendo con esas herramientas. Una democracia necesita algo más que individuos conectados. Necesita ciudadanos capaces de detenerse, leer, escuchar, discutir, disentir y reconocerse como parte de una comunidad política.

En tiempos de velocidad, algoritmos y comunidades fragmentadas, recuperar esas condiciones puede ser una forma menos espectacular —pero quizá mucho más decisiva— de disputar la llamada batalla cultural.

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