Una generación que aprende a vivir al margen del Estado
A partir de una investigación de la Universidad Nacional de Avellaneda (Undav) sobre los consumos digitales juveniles, Santiago Hernández analiza una generación que no abandonó la política, sino que comenzó a organizar su vida por fuera de las instituciones. Individualismo, meritocracia, comunidad y una nueva relación con el Estado configuran ese desplazamiento.
IDEAS CLAVE
1. El individualismo no elimina la comunidad Los jóvenes valoran el esfuerzo personal, pero también consideran indispensable la cooperación con otros. Su individualismo tiene límites y convive con formas concretas de solidaridad.
2. Se agotó la épica del emprendedor La expectativa de construir una empresa propia fue reemplazada, en parte, por una lógica de oportunidad y azar: estabilidad como piso y posibilidad de “pegarla” como apuesta.
3. La política se desplazó Más que abandonar la política, esta generación parece practicar formas de “infrapolítica” en espacios cotidianos, digitales, barriales y comunitarios, lejos de partidos y sindicatos.
4. El Estado sigue siendo necesario, pero desde otro lugar No aparece como organizador de la vida cotidiana, sino como garante último de protección y contención mientras las personas resuelven su existencia en redes más próximas.
Durante el último año, Santiago Hernández participó de una investigación de la Undav destinada a conocer qué consumen, a quiénes escuchan y cómo se informan los jóvenes argentinos. Pero, según explica el autor en el artículo publicado en Panamá, los resultados terminaron revelando algo más profundo: detrás de los consumos digitales aparece una transformación en la manera de entender el trabajo, el Estado, la comunidad y la política.
La primera conclusión de Hernández cuestiona una explicación frecuente: la idea de que los jóvenes fueron simplemente manipulados por los algoritmos o capturados por discursos de derecha.
A partir de los grupos focales y las encuestas, sostiene que hay que tomar en serio sus experiencias. Para buena parte de esta generación, el individualismo no nació de una adhesión doctrinaria al neoliberalismo, sino de la necesidad cotidiana de resolver la vida en contextos de precariedad laboral y de deterioro de servicios e instituciones públicas.
Sin embargo, ese individualismo no equivale al «sálvese quien pueda». Los testimonios recogidos muestran una convivencia entre la confianza en el esfuerzo personal y la necesidad de contar con otros. Se puede creer que el progreso depende del esfuerzo propio y, al mismo tiempo, considerar indispensable la comunidad. Para Hernández, ese individualismo popular conserva límites éticos y una fuerte valoración de la solidaridad de proximidad.
El autor también observa el agotamiento del viejo ideal del joven emprendedor. La épica de la startup, el negocio propio y la promesa de convertirse en jefe de uno mismo parece haber perdido capacidad de seducción. En su lugar aparece una suerte de «economía de lotería»: la expectativa de que cualquiera puede encontrar una oportunidad extraordinaria si tiene una buena idea y, sobre todo, algo de suerte. El objetivo ya no es apostar toda la vida a una empresa, sino combinar estabilidad y posibilidad.
De allí surge una relación pragmática con el trabajo. Los jóvenes investigados no parecen buscar exclusivamente ni la seguridad laboral tradicional ni el emprendedurismo permanente. Prefieren un equilibrio: un ingreso relativamente estable que permita disponer de tiempo para otros proyectos. Hernández lo sintetiza como una apuesta dividida entre un «piso» de seguridad y una posibilidad de «pegarla».
En ese contexto, la meritocracia conserva una fuerza considerable. Siete de cada diez jóvenes consultados creen que quien se esfuerza termina llegando. El autor advierte que esta creencia no debería ser descartada como una simple ideología neoliberal. Para quienes viven experiencias de incertidumbre, el esfuerzo representa una de las pocas herramientas sobre las que sienten conservar algún control, además de una fuente de dignidad, autonomía y esperanza. Por eso, discutir con ellos no debería consistir en negar el valor del esfuerzo, sino en preguntarse por qué ese esfuerzo no garantiza hoy movilidad social.
Hernández propone también revisar la idea de que la rebeldía juvenil se volvió necesariamente de derecha. Su investigación sugiere que el problema puede estar en otra parte: en seguir suponiendo que la política institucional constituye el escenario natural donde los jóvenes expresan sus desacuerdos. Tres cuartas partes de sus consumos digitales habituales —streamers, gamers, fútbol, cocina o entretenimiento— carecen de una identificación ideológica evidente. La política tradicional dejó de ser, para muchos, la materia prima con la que organizan su vida cotidiana.
La hipótesis central del autor es que no se produjo una desaparición de la política, sino un desplazamiento hacia lo que denomina «infrapolítica»: prácticas, vínculos y formas de organización que transcurren por debajo del radar de partidos, sindicatos y movimientos tradicionales. La experiencia de las fiestas clandestinas durante la pandemia funciona, en ese sentido, como una imagen generacional: una forma de organizar la vida al margen de la regulación estatal antes que una movilización contra el Estado.
Eso tampoco significa, advierte Hernández, que estos jóvenes sean necesariamente antiestatales. El 53 % considera que el Estado debe garantizar que nadie quede afuera y cumplir una función de protección para los sectores más vulnerables. Pero aparece concebido como una red de contención, como la estructura que debe sostener a la sociedad, más que como el ámbito donde se desarrolla la existencia cotidiana.
La solidaridad, mientras tanto, parece desplazarse hacia escalas más pequeñas: la familia, el barrio, los grupos de amigos, las comunidades digitales o las colectas ante una emergencia. Son formas de acción colectiva que no necesariamente se reconocen como políticas porque no pasan por las instituciones tradicionales ni adoptan una identidad ideológica.
La imagen final que propone Hernández es la de una generación que aprende a vivir al costado del sistema, no necesariamente para construir otro mundo sino para encontrar espacios todavía habitables. Se trata, según su lectura, de un refugio activo que todavía carece de una expresión política nacional definida, pero que puede manifestarse cuando encuentra un tema capaz de interpelarlo.
El desafío queda planteado para la dirigencia: comprender esas nuevas formas de organización y solidaridad antes que insistir en categorías que ya no alcanzan para explicar cómo los jóvenes construyen sentido, comunidad y expectativas de futuro.
Descargar: Radiografía de los jóvenes argentinos de 18 a 24 años
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