Hackear a Peter Thiel: las huellas del tecnomagnate en la Argentina
Leímos la investigación de Juan Luis González y Giselle Leclercq publicada por Anfibia, «Hackear a Peter Thiel», y nos pareció importante detenernos en sus hallazgos y en las preguntas que abre. Porque detrás de la llegada de Thiel aparece algo más que un multimillonario en busca de oportunidades: hay una trama de tecnología, datos, energía, territorio y redes políticas. La pregunta, entonces, no es solo qué viene a hacer Thiel a la Argentina, sino qué modelo de poder desembarca con él.
IDEAS CLAVE
1. El desembarco de Thiel no comenzó con Milei. La investigación reconstruye antecedentes que se remontan al menos a 2017, cuando Palantir intentó acceder a los archivos secretos de la causa AMIA. El posterior registro de la empresa en 2022 y la llegada del propio Thiel muestran una trayectoria previa a la actual alianza política.
2. Datos, energía y territorio forman parte de una misma economía tecnológica. Palantir trabaja sobre grandes bases de datos, mientras la expansión de la IA exige energía e infraestructura de cómputo. El interés por Vaca Muerta puede leerse, dentro de la investigación, como un posible punto de encuentro entre recursos energéticos e infraestructura digital.
3. Próspera funciona como una experiencia política, no solamente empresarial. La ciudad privada impulsada en Honduras por Thiel y otros inversores expresa una concepción del futuro basada en espacios con reglas propias, autonomía fiscal y menor dependencia de los Estados tradicionales. La investigación encuentra conexiones entre ese universo y actores vinculados con la Argentina.
4. El poder tecnológico también se construye mediante redes. Becas, fondos de inversión, think tanks, funcionarios, empresarios y circuitos internacionales conforman un ecosistema que permite expandir influencia más allá de una empresa determinada. La Thiel Fellowship y Founders Fund aparecen como dos piezas relevantes de esa arquitectura.
5. La pregunta democrática es quién controla los datos y las reglas. La investigación conecta el avance de sistemas estatales de integración de información con una tecnología como la de Palantir, aunque no afirma que existan contratos entre la empresa y el Estado argentino. El interrogante central queda abierto: quién administra los datos, bajo qué criterios y con qué controles.
Hay investigaciones que empiezan con una certeza y otras que empiezan con una pregunta. Esta pertenece a la segunda categoría: ¿qué vino a hacer realmente Peter Thiel a la Argentina? La pregunta importa porque Thiel no es simplemente otro multimillonario extranjero atraído por los recursos naturales, las oportunidades de negocios o el experimento político de Javier Milei. Es uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley, fundador de Palantir, inversor decisivo en PayPal y Founders Fund, impulsor de proyectos de ciudades privadas y uno de los primeros grandes empresarios tecnológicos en apostar por Donald Trump.
La investigación de Juan Luis González y Giselle Leclercq, publicada por Anfibia reconstruye los movimientos del empresario en nuestro país y, sobre todo, las redes que hicieron posible su llegada. El punto de partida es revelador: muchas de las personas que estuvieron cerca de Thiel se negaron a hablar. El silencio fue casi una constante. Pero los investigadores encontraron otra vía.
Boletines oficiales, registros societarios, expedientes judiciales, solicitudes de acceso a la información, registros de propiedad, documentos electorales y archivos periodísticos permiten reconstruir una historia que comienza mucho antes de la instalación de Thiel en Buenos Aires. Y esa reconstrucción cambia el sentido de su desembarco.
Primero fueron los datos
La presencia actual de Thiel en la Argentina no comienza con la reunión con Milei ni con la compra de una mansión en Barrio Parque. Una de las pistas más inquietantes aparece casi una década atrás.
En 2017, Palantir intentó participar de la digitalización de los archivos secretos de la causa AMIA. La iniciativa había sido impulsada desde el gobierno de Mauricio Macri y contemplaba que la empresa realizara demostraciones de su tecnología ante organismos sensibles del Estado. No era un negocio tecnológico cualquiera.
Palantir había construido su identidad alrededor de una capacidad específica: conectar enormes volúmenes de información provenientes de bases de datos diferentes, relacionarlos y convertirlos en herramientas para la toma de decisiones. Una tecnología de ese tipo puede utilizarse para organizar información empresarial, pero también para inteligencia, vigilancia, seguridad y operaciones militares.
El proyecto para trabajar con los archivos de la AMIA generó preocupación precisamente porque se trataba de documentación secreta. La Justicia terminó estableciendo que la UFI-AMIA debía conservar el control exclusivo sobre el relevamiento, manejo y custodia de esos documentos. El intento de Palantir se diluyó, pero dejó una primera huella.
La cronología que propone la investigación es, por eso, significativa: primero apareció el interés por los datos sensibles; después, el registro formal de la empresa; finalmente, la mudanza del propio Thiel.
En 2022, Palantir registró su marca en la Argentina. El documento presentado ante el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual (INPI) incluía servicios de inteligencia artificial, análisis de datos geoespaciales y herramientas destinadas a usuarios gubernamentales, empresariales e institucionales. No se trataba de productos pensados para consumidores individuales.
La pregunta entonces deja de ser solamente qué busca un empresario en la Argentina y empieza a ser otra: ¿qué tipo de infraestructura necesita para desarrollar sus negocios?
Energía, inteligencia artificial y Vaca Muerta
Una de las respuestas posibles aparece en un lugar menos abstracto: la energía.
La expansión de la inteligencia artificial requiere cantidades crecientes de capacidad de cómputo y, por lo tanto, de electricidad. Los grandes centros de datos se convierten en una infraestructura estratégica. Silicon Valley empieza a mirar hacia países capaces de ofrecer energía abundante y relativamente barata.
La investigación vincula esta cuestión con el interés de Thiel por la Argentina y con el registro de Palantir. La empresa no es propietaria de los enormes centros de cómputo donde funciona físicamente la IA, pero depende de esa infraestructura para desplegar sus tecnologías.
En agosto de 2026 apareció una confirmación concreta de que el interés de Thiel no es solamente inmobiliario o político: su fondo adquirió cerca del uno por ciento de Vista Energy, la compañía de Miguel Galuccio dedicada a la explotación de Vaca Muerta. La participación tenía, al cierre del segundo trimestre, un valor aproximado de 76 millones de dólares.
La operación adquiere otra dimensión cuando se la conecta con el problema energético. El petróleo produce gas asociado; ese gas puede alimentar generación eléctrica y, potencialmente, infraestructura destinada a centros de datos o minería de criptomonedas.
La investigadora Verónica Robert plantea justamente que para instalar grandes centros de datos son fundamentales la energía, el agua, la conectividad y las condiciones climáticas. Y Emiliano Kargieman, fundador de Satellogic, formuló una hipótesis todavía más ambiciosa: que Argentina podría convertir sus recursos energéticos en una plataforma para producir y exportar capacidad de cómputo.
De pronto, Vaca Muerta, el litio, los data centers, la inteligencia artificial y las criptomonedas empiezan a formar parte de una misma conversación.
El laboratorio libertario
Pero la investigación no se detiene en los negocios. Porque Thiel tiene una idea política del futuro. Desde hace años sostiene que la democracia y la libertad no son necesariamente compatibles. Su crítica apunta contra los Estados y las regulaciones que, según su visión, frenan la innovación. De ahí surge una de las obsesiones que atraviesan su trayectoria: encontrar espacios donde las reglas puedan ser diseñadas de otro modo.
Primero fueron las ciudades flotantes. Thiel financió The Seasteading Institute, proyecto destinado a crear comunidades autónomas en aguas internacionales, fuera de las estructuras tradicionales de los Estados. Cuando aquella experiencia fracasó, la idea se trasladó del mar a la tierra.
El resultado fue Próspera, en Honduras. La investigación la presenta como el ejemplo más desarrollado de una utopía libertaria convertida en experiencia concreta: una ciudad privada con reglas propias, autonomía fiscal, tribunales, fuerzas de seguridad y un sistema institucional diferenciado.
El proyecto permite entender algo central de la filosofía política de Thiel: no se trata solamente de desregular el Estado existente. Se trata, en determinadas circunstancias, de experimentar con formas alternativas de organización política. Y ahí aparece la Argentina.
Gabriel Delgado Ayau, uno de los fundadores de Próspera, visitó la Casa Rosada en 2025, antes de la llegada de Thiel. Desde hace años sostiene que el modelo de las ciudades privadas puede ser «transportable» y que Argentina podría convertirse en un lugar especialmente atractivo para desarrollar nuevas formas de inversión y experimentación.
Cuando los investigadores le preguntan directamente por la posibilidad de un proyecto semejante en el país, Ayau no confirma la existencia de un plan concreto. Pero sí describe las condiciones que, a su juicio, podrían hacerlo posible: talento, capital humano, ventajas geográficas, infraestructura y un marco institucional favorable a la inversión.
La experiencia hondureña, además, dejó una enseñanza: una ciudad privada necesita algo más que dinero. Necesita protección jurídica y redes políticas capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno. Por eso resulta especialmente significativa una pregunta que Thiel le hizo a Milei en su última reunión: «¿Cómo se sostiene esto en el tiempo?»
Una arquitectura de reglas
Es en este punto donde la investigación encuentra quizás una de sus hipótesis más fuertes. El desembarco de Thiel coincidió con una serie de iniciativas del Gobierno argentino destinadas a modificar las condiciones regulatorias para grandes inversiones tecnológicas, energéticas y mineras.
Entre ellas aparece el denominado Súper RIGI, orientado a grandes inversiones y especialmente atractivo para la instalación de data centers; la flexibilización de condiciones para actividades mineras; y distintos acuerdos internacionales relacionados con inversión, datos e infraestructura tecnológica.
Pero hubo un proyecto que llamó especialmente la atención: la modificación de la Ley de Sociedades. El Gobierno llegó a plantear la posibilidad de crear empresas operadas mediante algoritmos o inteligencia artificial sin trabajadores ni gerencia humana. El proyecto fue anunciado poco después de una reunión entre Thiel y Federico Sturzenegger, uno de los principales referentes de la política desreguladora del Gobierno.
La propuesta provocó repercusión internacional. Milei llegó a presentar a la Argentina como un país dispuesto a dejar que la inteligencia artificial se desarrollara con mínima regulación. Sin embargo, el proyecto contenía una contradicción llamativa: mientras uno de sus artículos abría la puerta a las «sociedades automatizadas», otros establecían que la administración debía quedar en manos de personas humanas o jurídicas y que, en este último caso, debía existir igualmente una persona humana responsable. La iniciativa quedó finalmente en suspenso y debió ser modificada.
Lo interesante, más allá del episodio puntual, es la pregunta que deja planteada la investigación: ¿se está construyendo en Argentina un marco regulatorio pensado para las necesidades de la nueva economía tecnológica? Y una pregunta todavía más incómoda: ¿quién define esas necesidades?
Cuando los datos se convierten en poder
Palantir permite llevar la discusión un paso más allá. La empresa trabaja precisamente sobre una materia prima que se ha vuelto estratégica: los datos. Su tecnología permite conectar bases de información que originalmente permanecen separadas. En el ámbito militar puede contribuir a identificar objetivos. En el ámbito de la seguridad puede rastrear personas. En Estados Unidos, uno de sus sistemas fue utilizado por ICE para identificar inmigrantes deportables y planificar operativos.
En Argentina, la preocupación aparece vinculada con varios movimientos del Estado. En 2024 se creó la Unidad de Inteligencia Artificial Aplicada a Seguridad, con capacidades que incluían monitoreo de fuentes abiertas y reconocimiento facial. En 2025, el decreto de Inteligencia que creó la Comunidad Informativa Nacional habilitó la integración de información proveniente de distintos organismos públicos. Y en 2026 el Gobierno anunció un Gemelo Digital Social basado en inteligencia artificial para integrar datos y anticipar políticas públicas.
En ninguno de estos casos, según la investigación, existe una confirmación de contratos con Palantir. Esa distinción es importante. Lo que existe es una convergencia entre una tecnología especializada en integrar enormes bases de datos y un Estado que avanza hacia formas crecientes de integración y procesamiento automatizado de información.
La cuestión, entonces, no es solamente quién tiene los datos.
Es quién los administra, con qué criterios, para qué decisiones y bajo qué controles democráticos. En una economía donde los datos son infraestructura, controlar las bases de información significa también controlar una parte del poder.
Las redes antes que los negocios
Hay otra dimensión que atraviesa toda la investigación: Thiel no parece moverse solamente mediante empresas. También construye redes.
La Thiel Fellowship ofrece 250 mil dólares a jóvenes considerados especialmente prometedores, con una condición que sintetiza la filosofía del proyecto: abandonar los estudios universitarios.
Entre los argentinos vinculados a ese circuito aparecen Wenceslao Casares y su hijo Diógenes, beneficiario de la beca, además de Ignacio Belieres Montero, fundador de Epic Aerospace. También aparece Matías Van Thienen, socio de Founders Fund y uno de los intermediarios regionales de la red de Thiel. Van Thienen, además, participó de la reunión entre Milei y el tecnomagnate.
La lógica se repite en otros ámbitos: becas, fondos de inversión, think tanks, organismos internacionales, universidades, funcionarios, empresarios y redes políticas.
El Young Global Leaders del Foro Económico Mundial constituye otro ejemplo. Allí aparecen dirigentes argentinos vinculados con distintos espacios políticos y económicos. La investigación no plantea que pertenecer a esas redes implique necesariamente una subordinación a Thiel. Lo que muestra es algo más elemental y, quizá, más importante: el poder contemporáneo se construye también a través de circuitos de contactos que atraviesan fronteras, gobiernos y sectores. Thiel parece comprender especialmente bien esa lógica.
El futuro como refugio
La última parte de la investigación puede parecer, a primera vista, la más extravagante. Pero funciona como una pieza importante para comprender el pensamiento del magnate.
Thiel es un convencido del transhumanismo. Considera que la muerte no debe ser aceptada como un límite natural y ha financiado proyectos vinculados con la extensión de la vida humana. Ha investigado la parabiosis, se registró en una organización de criónica y participó de proyectos relacionados con tecnologías destinadas a intervenir sobre el envejecimiento. Al mismo tiempo, expresa una profunda preocupación por la posibilidad de una guerra mundial y por un eventual colapso civilizatorio. La combinación es significativa: superar los límites del cuerpo y, simultáneamente, prepararse para la posibilidad del desastre.
De allí también surge su interés por los refugios. Thiel ya compró terrenos en Nueva Zelanda y existen reportes sobre propiedades en Uruguay. En Argentina, la investigación conecta estas preocupaciones con Wamani, el enorme campo mendocino adquirido por Martín Varsavsky y Alec Oxenford, presentado en distintos momentos como un posible refugio frente a una guerra mundial.
No hace falta compartir las ideas de Thiel sobre el fin de los tiempos para advertir la lógica que las une: para determinados sectores de la elite tecnológica, el futuro no se presenta solamente como una oportunidad de progreso. También aparece como una amenaza de la que conviene poder escapar. Y esa posibilidad de escapar tiene una dimensión política.
Si los Estados son considerados ineficientes, si las regulaciones son vistas como obstáculos, si la democracia aparece como una estructura que limita la innovación y si el mundo puede entrar en crisis, entonces la solución imaginada consiste en construir espacios propios: ciudades privadas, territorios protegidos, redes globales, infraestructura tecnológica y refugios.
Argentina como experimento
Tal vez allí esté el verdadero interés de la investigación. No en determinar si Thiel quiere comprar una provincia, construir una ciudad privada o convertir a la Argentina en su refugio personal. El propio trabajo periodístico muestra que muchas de esas hipótesis no pueden confirmarse y que algunas son explícitamente rechazadas por personas cercanas al magnate. La cuestión más interesante es otra.
Argentina reúne varias condiciones que encajan con el universo de intereses de Thiel: energía, Vaca Muerta, litio, infraestructura tecnológica, potencial para data centers, recursos naturales, un gobierno libertario que reivindica la desregulación y una política internacional cada vez más alineada con Estados Unidos.
A eso se suma una red de vínculos que ya existía antes de su llegada. La investigación muestra intermediarios, abogados, empresarios, inversores, funcionarios y referentes intelectuales conectados por diferentes circuitos. No necesariamente forman una organización única ni responden todos a una misma estrategia. Pero juntos componen un ecosistema. Y quizá sea justamente eso lo que haya que mirar.
El poder de los nuevos magnates tecnológicos no se parece demasiado al viejo poder económico. No depende únicamente de poseer una fábrica, un banco o una gran extensión de tierra. Se construye sobre plataformas, datos, capital financiero, infraestructura, energía, conocimiento y capacidad para intervenir en las reglas que organizan esos recursos. Thiel es una expresión extrema de esa transformación.
Su trayectoria combina Silicon Valley, Wall Street, inteligencia artificial, industria militar, criptomonedas, transhumanismo, proyectos territoriales y política de extrema derecha. PayPal fue uno de sus primeros grandes éxitos. Palantir, uno de sus proyectos más poderosos. Trump, uno de sus grandes aliados políticos. J. D. Vance, uno de los dirigentes que ayudó a impulsar. Próspera, una experiencia concreta de su imaginación territorial.
Por eso su llegada a Buenos Aires merece ser observada más allá de la anécdota de un multimillonario que decidió vivir en Barrio Norte.
El periodismo frente al silencio
Hay, finalmente, una cuestión que atraviesa la investigación y que resulta especialmente significativa para una sección dedicada a la comunicación.
El trabajo periodístico se realizó en un contexto de fuerte hermetismo. Muchas fuentes no quisieron hablar. Otras aceptaron hacerlo bajo reserva. Y, frente a ese silencio, los investigadores recurrieron a documentos, registros y pedidos de acceso a la información.
El periodismo aparece así no como un simple transmisor de declaraciones sino como una práctica de reconstrucción.
Cuando nadie quiere explicar qué está sucediendo, mirar los registros societarios puede ser una forma de hacer periodismo. Seguir una transferencia, una inscripción de marca, una escritura, una visita a la Casa Rosada o una declaración electoral puede permitir reconstruir relaciones que no aparecen en los discursos públicos.
La propia investigación termina señalando otro límite: el periodismo es uno de los pocos actores que hasta ahora logró seguir las huellas de Thiel, mientras una parte de la política parece recibirlo con entusiasmo por las inversiones que promete. Y aquí aparece una ironía difícil de ignorar.
Thiel entiende la información como una forma de poder y ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de la capacidad de reunir, procesar y utilizar datos. Frente a ese poder, el periodismo intenta hacer algo diferente: volver visible aquello que otros preferirían mantener opaco.
Por eso, quizás el principal aporte de esta investigación no sea responder definitivamente qué vino a buscar Peter Thiel a la Argentina. Su verdadero valor está en obligarnos a desplazar la pregunta. Ya no se trata solamente de saber qué hace Thiel en Argentina, sino de preguntarnos qué modelo de poder está llegando con él.
Un modelo en el que tecnología, datos, energía, capital, territorio y política dejan de ser esferas separadas y comienzan a formar parte de una misma arquitectura. Una arquitectura que no necesariamente se presenta como un proyecto acabado ni como una conspiración perfectamente organizada. Puede ser, más bien, una red de intereses, ideas, inversiones y vínculos que va construyendo las condiciones de posibilidad de un determinado futuro. Ese futuro todavía está en disputa. Y precisamente por eso importa mirarlo ahora.
Leer la nota original en Anfibia
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional
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