Hablar de soberanía digital es fácil… construirla no tanto
Las compañías estadounidenses controlan cerca del 70 % del mercado cloud europeo. La Unión Europea lleva años intentando responder con regulación, pero la soberanía tecnológica exige algo más difícil: inversión, coordinación y alternativas propias. Un debate que Europa empieza a tomar en serio y que América Latina, con dependencias más profundas y mucho menos recursos para enfrentarlas, no puede darse el lujo de ignorar.
Esta es una conversación que lleva tiempo dando vueltas en Bruselas y que ahora parece haber cobrado mayor urgencia: la economía digital europea, la administración pública y una parte cada vez mayor de su infraestructura crítica ya no pueden basarse en tecnología que no controlan. No se trata de protección de datos, multas para las grandes tecnológicas ni regulación; se trata de una cuestión mucho más básica: ¿quién decide en realidad cuáles de las herramientas que utilizamos son indispensables para nuestro futuro?
Durante mucho tiempo, Europa se permitió el lujo de pensar que bastaba con regular. Que mientras Estados Unidos innovaba y China escalaba, la Unión Europea podía reservarse el papel de árbitro moral, redactando normas, imponiendo límites y reclamando un espacio digital más justo, más transparente y más respetuoso con los derechos de los ciudadanos. Y en parte lo ha hecho: la Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA) han intentado poner coto al poder de las plataformas, mientras proyectos como Gaia-X o el Digital Europe Programme buscan construir una infraestructura más alineada con los intereses europeos. El problema es que regular no equivale a competir, y que poner reglas a las tecnologías de otros no te convierte automáticamente en soberano.
La dimensión real del problema aparece cuando uno mira la capa menos visible, pero mucho más decisiva, de la economía digital: la infraestructura. Según el especial de Financial Times con Sopra Steria,[1]Sopra Steria es una multinacional de origen francés que se posiciona como uno de los líderes europeos en consultoría, servicios digitales y desarrollo de software las compañías estadounidenses controlan en torno al 70 % del mercado cloud europeo, una cifra que explica bastante bien hasta qué punto la supuesta autonomía digital del continente tiene todavía mucho de aspiraciones que todavía no se han cumplido. Cuando una parte tan importante del almacenamiento, del procesamiento y de la capacidad de cómputo depende de proveedores sujetos a legislación extranjera, hablar de soberanía sin tocar esa dependencia suena, como poco, voluntarista.
Lo interesante es que esa preocupación ya no se queda en el plano institucional. Está empezando a permear a empresas, administraciones y responsables políticos de una manera mucho más tangible. Un artículo reciente en Wired explicaba cómo varios países europeos y un número creciente de organizaciones están empezando a replantearse su dependencia de Amazon, Microsoft o Google por miedo a que esa dependencia termine volviéndose contra ellos, y citaba incluso el caso de la Cámara de Representantes neerlandesa aprobando mociones para reducir esa exposición. En paralelo, cada vez más países europeos empiezan a considerar que seguir externalizando su soberanía digital a compañías estadounidenses puede salir demasiado caro, no solo en dinero, sino en capacidad de maniobra.
Ese movimiento no significa, ni debería significar, autarquía digital. Sería absurdo pensar que Europa puede o debe desconectarse por completo de Estados Unidos, del mismo modo que sería ingenuo suponer que puede construir de la noche a la mañana sustitutos plenamente competitivos para todo. El punto no es ese. El desacoplamiento tecnológico europeo ya ha comenzado, pero será largo, costoso y exigirá un grado de coordinación entre estados miembros que la Unión no siempre ha demostrado tener. La cuestión no es si Europa puede vivir sin tecnología estadounidense, sino si puede permitirse seguir dependiendo de ella en ámbitos estratégicos sin desarrollar al mismo tiempo alternativas propias, interoperables y razonablemente competitivas.
Y ahí es donde la conversación se vuelve incómoda, porque la soberanía tecnológica no es gratis. El Center for European Policy Analysis (CEPA)[2]CEPA es un think tank con sede en Washington y Varsovia, fundado en 2005. Se especializa en política transatlántica, seguridad europea y relaciones entre Estados Unidos y Europa Central y del Este. … Continue reading estimaba a finales del año pasado que una estrategia integral de sustitución y autonomía digital podría costar del orden de 3,6 billones de euros, y otros análisis del mismo think tank elevan la factura potencial a una banda de entre tres y cinco billones si se pretendiese reemplazar masivamente tecnología, software, hardware y servicios no europeos. Es decir, la soberanía tecnológica puede ser deseable, pero desde luego no sale barata. Obliga a invertir, a asumir duplicidades, a aceptar ineficiencias temporales y, sobre todo, a entender que depender de otros también tiene un coste, solo que normalmente está oculto… hasta que deja de estarlo.
También resulta revelador que esta discusión esté impulsando un renovado interés por el código abierto, la interoperabilidad y los estándares transparentes. Según el informe State of Open Source Report 2026 de Perforce, citado recientemente por ITPro, el 63 % de las organizaciones de la UE y el Reino Unido señalan el riesgo de dependencia de un proveedor (vendor lock-in) como una de las principales razones para apostar por solucionesopen source, frente al 51 % en Estados Unidos. Es una diferencia considerable. Es la señal de que la autonomía empieza a entenderse no solo como una cuestión de bandera o de discurso político, sino como una arquitectura tecnológica más autónoma, más auditable y más compatible con la idea europea de control, resiliencia y pluralidad.
La soberanía tecnológica europea no puede seguir siendo una consigna bonita para comisarios y estrategas, sino que tiene que empezar a traducirse en decisiones concretas, en prioridades industriales y en una cierta madurez geopolítica. Porque Europa puede seguir creyendo que su papel consiste en civilizar a las plataformas de otros mientras alquila su infraestructura, su computación y buena parte de su futuro digital, o puede asumir de una vez que la dependencia tecnológica, en un mundo inestable, no es una comodidad: es una vulnerabilidad. Y las vulnerabilidades, cuando el contexto se complica, acaban siempre pasando factura.
Enrique Dans
Profesor de Innovación en IE Business School desde 1990. Comparte los contenidos de su blog por medio de una licencia de Bienes Creativos Comunes.
LEÉ TAMBIÉN

Quién decide la tecnología: poder, mercado y dependencia digital
POR ESFERA REDACCIÓN | La publicación de Teoría de la dependencia digital, el nuevo libro de la economista Cecilia Rikap, funciona como punto de partida de esta entrevista realizada por Vanina Lombardi para Agencia TSS, presentada aquí en una versión resumida y comentada. A partir de ese trabajo, la investigadora analiza cómo las grandes corporaciones tecnológicas condicionan el desarrollo de la innovación, concentran el control del conocimiento y profundizan las relaciones de dependencia entre el centro y la periferia global.

La libertad de prensa toca fondo
POR ESFERA REDACCIÓN | | Por primera vez en los veinticinco años del índice que elabora Reporteros Sin Fronteras (RSF), más de la mitad de los países del mundo se encuentran en situación «difícil» o «muy grave» para el ejercicio del periodismo. La Argentina retrocede once puestos —descendió al puesto 98— y el informe lo atribuye de manera directa al hostigamiento gubernamental hacia la prensa.

Niñez, adolescencia y redes sociales: Prohibir o no prohibir, esa no es (la única) cuestión
POR MARÍA CAPURRO ROBLES | Un repaso del debate global sobre redes sociales y adolescencia: por qué limitar la edad de acceso puede ser una medida insuficiente si no se regulan también los algoritmos, el diseño de las plataformas y la explotación de datos.
Notas
| ↑1 | Sopra Steria es una multinacional de origen francés que se posiciona como uno de los líderes europeos en consultoría, servicios digitales y desarrollo de software |
|---|---|
| ↑2 | CEPA es un think tank con sede en Washington y Varsovia, fundado en 2005. Se especializa en política transatlántica, seguridad europea y relaciones entre Estados Unidos y Europa Central y del Este. Tiene una orientación atlantista y es frecuentemente citado en debates sobre defensa, geopolítica y, más recientemente, soberanía tecnológica e independencia estratégica europea |


