Quién decide la tecnología: poder, mercado y dependencia digital
La publicación de Teoría de la dependencia digital, el nuevo libro de la economista Cecilia Rikap, funciona como punto de partida de esta entrevista realizada por Vanina Lombardi para Agencia TSS, presentada aquí en una versión resumida y comentada. A partir de ese trabajo, la investigadora analiza cómo las grandes corporaciones tecnológicas condicionan el desarrollo de la innovación, concentran el control del conocimiento y profundizan las relaciones de dependencia entre el centro y la periferia global.
La aparición de Teoría de la dependencia digital ofrece el marco desde el cual Cecilia Rikap despliega una reflexión que excede el universo estrictamente tecnológico. En la entrevista realizada por Vanina Lombardi la economista propone leer el desarrollo tecnológico como un terreno de disputa política, económica y geopolítica, atravesado por relaciones de poder, que rara vez aparecen explicitadas en el discurso dominante sobre la innovación.
«No hay un ámbito democrático donde se decida qué tecnologías usamos». La afirmación aparece temprano en la conversación y funciona como una síntesis del enfoque que estructura tanto el libro como la entrevista. La pregunta de Lombardi apunta precisamente hacia ese núcleo:
—¿Quién decide hoy qué tecnologías usamos?
—No hay un ámbito democrático donde se decida eso —responde Rikap. En la práctica, son las grandes corporaciones las que terminan definiendo qué se desarrolla y qué no.
La respuesta desplaza la discusión tecnológica fuera del terreno de la neutralidad. La innovación deja de presentarse como una evolución inevitable guiada por el progreso y aparece, en cambio, como el resultado de decisiones tomadas por actores con enorme capacidad de inversión, influencia y concentración económica.
La innovación no responde solamente a necesidades sociales: también está orientada por intereses corporativos que fijan prioridades y modelan el rumbo tecnológic
La innovación no responde solamente a necesidades sociales: también está orientada por intereses corporativos que fijan prioridades y modelan el rumbo tecnológico.
A lo largo del diálogo, Rikap cuestiona uno de los supuestos más instalados en torno a la tecnología: la idea de que el desarrollo innovador surge naturalmente para resolver problemas colectivos. Lo que describe es un escenario mucho más desigual, donde las agendas de investigación y desarrollo quedan subordinadas a criterios de rentabilidad y posicionamiento estratégico.
Las grandes empresas no solo financian investigación. También organizan los ecosistemas donde esa investigación se produce, establecen prioridades y determinan qué áreas reciben recursos y cuáles quedan relegadas. Muchas de las tecnologías que estructuran la vida cotidiana —desde plataformas digitales hasta infraestructuras críticas— terminan diseñándose fuera de cualquier instancia de deliberación pública.
Cuando Lombardi lleva la discusión hacia ese punto, Rikap sintetiza:
—La tecnología no avanza porque alguien detecta una necesidad social. Avanza porque hay actores con capacidad de inversión que orientan ese desarrollo en función de sus propios intereses.
La observación conecta directamente con uno de los ejes centrales de «Teoría de la dependencia digital»: la creciente concentración del poder tecnológico en un puñado de corporaciones capaces de controlar simultáneamente datos, infraestructura, plataformas y capacidad de innovación.
La dependencia tecnológica ya no se limita a importar dispositivos: involucra plataformas, datos, infraestructura y control del conocimiento
La conversación avanza entonces hacia la dimensión geopolítica del problema. Lombardi pregunta por el lugar que ocupan países como la Argentina dentro de este esquema global y Rikap responde sin rodeos:
—Son países que, en general, quedan en una posición de dependencia. No deciden las tecnologías que usan, sino que las adoptan.
La dependencia que describe no es únicamente económica. También es tecnológica, cognitiva e infraestructural. Los países periféricos utilizan tecnologías, plataformas y sistemas diseñados en otros centros de poder, bajo reglas que tampoco controlan. Esa situación limita la posibilidad de construir agendas propias de desarrollo científico y tecnológico.
Otro de los núcleos más fuertes de la entrevista aparece cuando la conversación se desplaza hacia la relación entre conocimiento e innovación. Aunque gran parte de la investigación científica se sostiene con recursos públicos y trabajo colectivo, la apropiación de sus resultados suele concentrarse en actores privados.
Lombardi formula entonces una pregunta directa:
—Si el conocimiento se genera colectivamente, ¿por qué su aprovechamiento queda en manos de unos pocos?
—Porque hay un sistema que permite esa apropiación —explica Rikap—. Las empresas cuentan con herramientas, como la propiedad intelectual, que les permiten capturar esos resultados.
El desajuste es estructural: el conocimiento tiene un origen social, pero su explotación económica queda privatizada.
Hacia el cierre, la entrevista vuelve sobre una cuestión de fondo que atraviesa tanto el libro como el intercambio con la Agencia TSS: la necesidad de politizar el debate tecnológico. Más que pensar la innovación como un fenómeno automático o inevitable, Rikap propone discutir quién decide, bajo qué intereses y con qué consecuencias sociales.
La conversación deja finalmente una idea central: la tecnología no constituye un destino neutral ni autónomo. Es el resultado de decisiones concretas, relaciones de poder y disputas por el control del conocimiento. Y si hoy esas decisiones aparecen fuertemente concentradas, el desafío pasa también por democratizar la discusión sobre qué tecnologías se desarrollan, quién las controla y para qué fines.
Teoría de la dependencia digital: monopolios, datos y soberanía en disputa
POR ESFERA REDACCIÓN | El mapa del poder global ya no puede describirse únicamente a partir de las viejas oposiciones entre centro y periferia, imperio y colonia. En Teoría de la dependencia digital, la economista argentina Cecilia Rikap propone una lectura contemporánea de esas relaciones de subordinación a partir de un nuevo eje de poder: el control del conocimiento, la infraestructura digital y la innovación tecnológica por parte de un puñado de corporaciones globales.
El libro traza la cartografía de una economía profundamente asimétrica, organizada alrededor de lo que Rikap denomina «monopolios intelectuales»: gigantes tecnológicos capaces de concentrar datos, infraestructura, capacidad de innovación y derechos de propiedad intelectual, al mismo tiempo que absorben el conocimiento producido por universidades, organismos públicos, start-ups y sistemas científicos de todo el mundo. Más que empresas tecnológicas tradicionales, estas corporaciones operan como plataformas globales de captura y extracción de valor. Rikap examina los mecanismos jurídicos, económicos y políticos que permiten a compañías como Microsoft, Amazon o Google transformar a Estados, universidades y empresas en extensiones subordinadas de sus propios ecosistemas tecnológicos.
Uno de los ejemplos más elocuentes es el de la computación en la nube. Lejos de aparecer como una herramienta neutra o meramente técnica, la nube funciona —según la autora— como una infraestructura privatizada hacia la que instituciones públicas y privadas migran de manera casi obligada, resignando autonomía tecnológica y transfiriendo enormes volúmenes de información, recursos y capacidad de decisión.
En ese proceso, se produce además una inversión significativa de roles. Los Estados, progresivamente debilitados en sus capacidades técnicas y estratégicas, pasan a depender de proveedores privados para gestionar áreas críticas de la administración pública y del desarrollo tecnológico. Los CEO de las big tech dejan entonces de ser únicamente actores económicos para convertirse también en interlocutores privilegiados en el diseño de políticas públicas.
El libro conecta además esta dinámica con otra dimensión menos visible pero igualmente decisiva: el vínculo entre extractivismo digital y extractivismo material. El crecimiento exponencial de centros de datos, inteligencia artificial y plataformas digitales demanda cantidades crecientes de energía, minerales críticos y recursos naturales, enlazando la crisis tecnológica con la crisis ecológica global.
Uno de los aportes más relevantes de Teoría de la dependencia digital es su intervención en el debate sobre las nuevas periferias digitales. Rikap cuestiona tanto las narrativas liberales como ciertos discursos progresistas que presentan la instalación de centros de datos o la adopción acelerada de inteligencia artificial como sinónimos automáticos de desarrollo.
Por el contrario, la autora advierte que, sin capacidad soberana sobre infraestructura, conocimiento y regulación, esas incorporaciones pueden profundizar relaciones de dependencia ya existentes. Y ese problema no afecta solamente a América Latina o África: también alcanza, en distinta medida, a Europa y otras regiones subordinadas frente al poder de las grandes plataformas estadounidenses.
Frente a este escenario, Rikap plantea la necesidad de construir respuestas políticas de escala internacional. La propuesta pasa por desarrollar ecosistemas digitales alternativos, sustentados en infraestructura pública, centros de datos soberanos y modelos abiertos de innovación capaces de disputar el control tecnológico hoy concentrado en unos pocos actores privados.
El libro evita, sin embargo, cualquier tono fatalista. Su tesis de fondo es que la dependencia digital no constituye un destino inevitable. Pero revertirla exige decisiones políticas, coordinación internacional y capacidad de construir infraestructuras públicas que permitan recuperar márgenes de autonomía tecnológica.
La pregunta que atraviesa toda la obra termina siendo también política: quién controla las tecnologías que organizan la vida contemporánea y bajo qué intereses. Para Rikap, sin soberanía digital no hay posibilidad de autonomía económica, democrática ni social en el siglo XXI.



