Contra la lengua dominante

La torre de Babel de Pieter Brueghel el Viejo.

Esteban Dipaola afirma en esta nota que la lengua es una modalidad de interpretación del mundo, y pretender instituirla en una significación universal que regule la relación entre la palabra y la cosa es propio de quienes todavía no han aprendido a hablar con los otros.

La emergencia de una lengua evoca una narración. La historia de los pueblos colonizados se cuenta en la lengua más que en sus descripciones históricas y civilizantes. Por esto, los dichos y las leyendas populares forman las narrativas de esos pueblos. Tzvetan Todorov lo enseña bien en su libro La conquista de América cuando acusa a Cristóbal Colón de haber sido un vulgar hermeneuta porque remitía la voz del otro a una literalidad. Los nativos, en cambio, evocaban la narrativa de la experiencia.

La lengua no tiene un origen gramatical, sino comunicacional y despliega significaciones ilimitadamente. La gramática cumple bien su función y detiene la significación para obtener un orden proposicional; por eso Nietzsche supo decir: «solo nos libraremos de Dios, una vez liberados de la gramática».

El poeta Antonin Artaud hacía de la lengua una performance evocativa, una composición de sonidos que solo por el hábito proposicional y gramatical resultaba incoherente. Artaud estaba enseñando a hablar mostrando que la lengua no tiene referencia en el objeto y que sí es la que lo hace, lo transforma y contamina.

Deleuze propuso la tesis de la «literatura menor» para referir un desborde de la lengua mayor por efecto de esa práctica minoritaria del lenguaje. Entonces, de lo que se trata es de la enunciación colectiva propia de una lengua menor que induce interferencias en la lengua dominante.

Esa lengua dominante decide el sentido pero como si este fuera trascendente, entonces formula (igual que Colón) una hermenéutica tosca que reduce la palabra a su literalidad. Sin embargo, para comunicarse socialmente se requiere de las narrativas populares y nativas que provocan interferencias en el lenguaje oficial.

La comunicación no es posible por la gramática, sino por los ruidos y las interferencias que delatan que hay una experiencia compartida. Por eso los sectores populares tienen sus propios vocablos que afectan los modos hegemónicos del habla, por eso los jóvenes intervienen sus universos singulares con palabras inventadas, por eso el lenguaje inclusivo posibilita interpretar.

La lengua es una modalidad de interpretación del mundo, y pretender instituirla en una significación universal que regule la relación entre la palabra y la cosa es propio de quienes todavía no han aprendido a hablar con los otros.

Esteban Dipaola

Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Es profesor adjunto en la UBA y profesor titular en la UCES. Es Investigador del Conicet. Fuente de este texto: Revista Bordes (http://revistabordes.com.ar), de la Universidad Nacional de José C. Paz (Unpaz).

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