Vida cotidiana y política en tiempos difíciles

El análisis de la vida cotidiana en sociedades posindustriales, posmodernas y digitales, y la constitución de las nuevas subjetividades es un dato importante para comprender los nuevos escenarios políticos que se prefiguran; y en todo caso, para considerar cuáles son los riesgos y las oportunidades existentes para transformar la realidad en favor del bien común y la justicia.

La democracia no es únicamente un conjunto de garantías institucionales, una libertad negativa. Es la lucha de unos sujetos, en su cultura y su libertad contra la lógica dominadora de los sistemas»

Alain Touraine (1925-2023)

La vida cotidiana en sociedades desiguales, cíclicas como la nuestra no es fácil. En realidad, la complejidad de la vida, la inflación, el aumento de la pobreza y la precarización, como así también los profundos cambios económicos y sociales y la concurrencia en simultáneo de crisis en diversos planos —económicos, tecnológicos, ambientales, de conflictos militares— a nivel mundial, y la falta de claridad del rumbo generan incertidumbre y angustia. Particularmente cuando esto afecta a las mayorías de la población, a los trabajadores y los sectores medios y populares.

Por eso el análisis de la vida cotidiana en sociedades posindustriales, posmodernas y digitales, y la constitución de las nuevas subjetividades es un dato importante para comprender los nuevos escenarios políticos que se prefiguran; y en todo caso, para considerar cuáles son los riesgos y las oportunidades existentes para transformar la realidad en favor del bien común y la justicia. Entre estas subjetividades, las más vinculadas a la política constituyen un sentido común que consideraban un ciclo terminado al peronismo, la eliminación del kirchnerismo y un discurso del cambio que promueve el temor porque está asociado a la represión y reproduce el antagonismo. También existe la subjetividad del desánimo y el desencanto sobre lo que se esperaba de la coalición del FDT, de sus promesas electorales; la del descuelgue, la desconfianza en la política y la democracia, la del escepticismo y  la bronca frente a una clase política que parece no representar los intereses de sus votantes. Y hay algo que está apareciendo en casi todas estas elecciones que sí nos habla del estado general de la política en la Argentina, y son montos llamativos de abstención, de rechazo a la política, de desapego, de quitarle el cuerpo a la convocatoria que la política le hace a la gente. «Hay una ruptura entre los representantes y los representados que se manifiesta en esa abstención llamativa».[1]Carlos Pagni, La bronca, el gran candidato, La Nación, 13/06/23

Pero, al mismo tiempo, también se observa una subjetividad de protesta, de lucha, que se moviliza contra injusticias, pérdida de derechos o dignidad de vida, que debate para ver dónde depositar la esperanza, qué oportunidades se presentan y no es en la relación representantes-representados, poder corporativo vs. democracia, o Poder Judicial partidizado y desequilibrio de poderes. Los problemas que afectan las democracias y las subjetividades, o el sentido común, en estos términos son también culturales.

Particularmente en la sociedad donde cambia la construcción de vínculos y la conectividad genera proyectos de vida que se realizan de forma diferente.[2]Eric Sadin, en su libro La humanidad aumentada marca la invención del smartphone como el fin de la revolución y el inicio de la transformación digital. Que reescribe en el sentido de una humanidad … Continue reading Donde gran parte de los jóvenes vulnerables encuentran en las redes sociales como TikTok y YouTube, o en el acceso a trabajos informales por medio de las plataformas como repartidores, claves de un posible éxito o proyecto de vida, de autoafirmación en las numerosas ofertas de resoluciones económicas rápidas y anhelos de éxito. No tienen otros referentes ni esperan nada de la política, el Estado, tampoco de la familia, la escuela, o lo colectivo. Lo central es la libertad y el imaginario de ser «el ser empresario de sí mismo». Los vulnerables, despojados de ser dueños de su destino, vieron que junto a un creciente declive del poder público llegaron las redes sociales cuyas consecuencias impactaron en los individuos, cuando la gente tenía cada vez más la sensación de verse despojada de sí misma, pareció que se le ponían entre las manos ciertas tecnologías de las que se apoderó para afirmar, para exhibir su propia existencia, su vida cotidiana, trabajos en plataformas o diversos, para hacer valer continuamente sus opiniones, lo cual daba la impresión, ficticia en la mayoría de los casos,  de una suerte de primacía de su persona y su palabra.[3]Eric Sadin, La primera consecuencia del desarrollo de la inteligencia artificial es lo que he llamado la mercantilización integral de la vida.  Reportaje de Perfil.

Lo cierto es que el cambio estructural que se está produciendo en las sociedades en todos los planos, sucede también tanto a nivel nacional, regional como global lo que se advierte como una creciente derechización general y muestra lo importante que es la lucha social por la justicia, la igualdad y la autonomía del Estado frente a un capital que busca controlar, orientar, supervisar y garantizar una acumulación creciente sin responsabilidad social alguna, pero también en lo cultural en un mundo que tiende a la concentración y distribución regresiva del ingreso y a la subordinación del otro a cadenas sistémicas de producción de símbolos y conocimientos o a la precarización y al descarte. Donde solo un nuevo relato podría dar respuestas tanto en la resolución de un endeudamiento externo con el FMI  que cierra horizontes  que condiciona, como a la alta inflación que no permite llegar a fin de mes, la represión institucional de gobiernos que no pueden aceptar la protesta, y actuar para promover algo más creativo en favor de mejores ingresos, reindustrialización y hasta de hacer lo impensado.

Por todo esto cabe preguntarnos: ¿Hay razones para mantener la esperanza, frente a la subjetividad del escepticismo, la bronca, y el temor a la espera de más ajustes y recorte de derechos? ¿Acaso no se requieren dar razones para una esperanza de cambio que parece evasiva en la confusión de la cotidianeidad sobre y desinformada a la vez? ¿En todo caso, mostrar cuáles serían los signos de los tiempos, los actores y sujetos que podrían encarnarla?

Cuando cambian las subjetividades: la posmodernidad, la caída del muro y el ascenso del neoliberalismo

A diferencia de la modernidad, la construcción del Estado nación, la rebelión de las masas en el siglo XX, hizo una fuerza importante por el énfasis de derechos de un Estado que lo garantizara, y sentimientos colectivos, que podían sesgarse también. La posmodernidad se vincula a dos o tres acontecimientos estructurales, como la crisis de los grandes relatos, la cultura del consumo, la globalización neoliberal, la deslocalización y la revolución de internet, que dieron lugar a más individualismo, a una perspectiva menos colectiva o comunitaria que en la modernidad o, en todo caso con menos sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional, o a un sujeto o proyecto político.[4]Ver de Ángel Enrique Carretero Pasin (2010), El orden social en la posmodernidad (Ideología e imaginario social, donde el autor explora la complejidad del orden social en la era posmoderna, … Continue reading A su vez está trabajado en otros autores como Bauman (2000) en La modernidad líquida; G. Lipovetsky (2000) en La era del vacío; Harvey (2003) en la comprensión del tiempo y el espacio que implica la globalización, y A. Touraine (2006) en su análisis del paso a la sociedad posindustrial y la emergencia de los nuevos movimientos sociales. Lo cierto es que el fin de los grandes relatos de los relatos dio lugar en los noventa a una suerte de reemplazo de utopías colectivas y a lo postsocial —diría Touraine—, a la sociedad de consumo y aspiracional.

En palabras de Geoffrey Pleyers (2023), Touraine fue dando cada vez más espacio e importancia al sujeto personal, al individuo que busca convertirse en autor de su vida y actor ético de su sociedad. Al punto de considerar este sujeto personal como un actor histórico central del mundo contemporáneo. Con esta perspectiva, Touraine percibió antes que muchos la importancia creciente de la aserción de la dignidad y del reclamo de respeto en los movimientos contemporáneos

Lo cierto es que desde que el proceso de la globalización desplegó sus innovaciones productivas, tecnológicas, comerciales y financieras, al servicio de la expansión ilimitada de las grandes corporaciones multinacionales por el planeta, «se difundió en paralelo tanto desde el mundo académico como del comunicacional, un conjunto de ideas y conceptos que apuntaban a «explicar» que ya el concepto de naciones estaba perimido, que todos los territorios formaban parte de un mismo tejido productivo mundial, y que los gobiernos locales no eran más que gestores de un proceso mundial incontrolable, que unificaba al planeta y volvía obsoletas las viejas culturas y tradiciones locales. En la periferia latinoamericana, esos supuestos análisis sobre los cambios culturales e ideológicos, con gran poder performativo, llegaron como anillo al dedo para consumo de las elites locales que ya habían abandonado —Consenso de Washington mediante— la idea de sostener proyectos nacionales autónomos y de disputar soberanamente un espacio en el orden internacional. El embate contra el Estado nacional, contra el nacionalismo económico, contra las pretensiones desarrollistas, contra cualquier afirmación de soberanía o de defensa de intereses locales fue ridiculizada por arcaica, sugiriéndose que lo nuevo, lo moderno, era la adaptación incondicional y pasiva al orden que construían las firmas multinacionales apoyadas por la fuerza hegemónica del Estado norteamericano y sus aliados occidentales. Si adherir a la globalización, presentada como un futuro de prosperidad garantizada, era sinónimo de inteligencia y actualización, rechazar aspectos de la misma en nombre de los intereses de la Patria era una demostración de necedad e ignorancia. Un romanticismo rancio, que condenaba al atraso».[5]Ricardo Aronskind, La palabra patria, en El cohete a la Luna.

Neoliberalismo, desorganización de la vida cotidiana y represión

Más recientemente podemos situar este cambio de subjetividades en un reforzamiento individualista y meritocrático con el advenimiento del «neoliberalismo tardío» de M. Macri, cuando ya se entra en desconfianza en la democracia. Cuando ésta es controlada tanto por un Poder Judicial partidizado como por las corporaciones mediáticas económicas financieras y políticos que no asumen la representación de sus bases, «se podría optar —se pregunta J. Alemán— por no defenderla más e ingresar a una suerte de éxodo privilegiando la vida personal y siendo indiferentes a la política y entregarse a diversas exploraciones de la propia existencia». El individualismo que no reconoce lo político, ni el Estado ni referentes más allá de sí mismo. También las posiciones de responsabilizar a los pobres, al gasto público, la bronca de libertarios y rebeldía contra «la casta» y el Estado, pero que en realidad van a significar políticas de más ajuste y represión. Por ello, esta subjetividad es catastrófica, porque la verdadera rebeldía es la que consiste en organizarse para enfrentar a los intereses de los poderosos, y la indiferencia a la política conlleva a la larga a una renuncia al deseo. Por eso, si existe algo subversivo en el deseo es el no conformarse con «lo que hay», ni tampoco permanecer a la espera de un porvenir mejor, como quien espera que llueva café. «La auténtica transformación surge de trabajar con lo que hay en el punto de partida para llevarlo a otro lugar. Gracias a que la democracia no puede clausurarse del todo, salvo en el estado de excepción total de la dictadura, la apuesta por un proyecto transformador puede tener lugar».

Efectivamente existen motivos para la lucha y la protesta social, tanto en la cotidianeidad de llevar los chicos al colegio público y que puedan tener clases con normalidad, porque en CABA y en otras metrópolis si las escuelas no se caen a pedazos es porque «nosotros estamos sosteniéndolas» —responden los integrantes de las cooperadoras escolares— a los ataques macartistas de la ministra de educación Soledad Acuña. Lo mismo sucede con los médicos, hospitales, el transporte y todo lo público que es desfinanciado y mal pagado. Entonces, se trata de articular la movilización de protesta con el proceso político electoral, sabiendo que lo que está en juego este año es el conflicto entre dos modelos de país y que condicionará el país por más de una década. Que están en juego, valores humanistas de solidaridad, de equidad, de justicia social, de derechos humanos, constitucionales, de lo público sobre el absoluto que la derecha otorga a lo privado, a los mercados financieros y a la avaricia, y la predominancia de la seguridad sobre la vida. Sí, es posible retroceder como en otras partes del mundo se observa, pero también existe la posibilidad de avanzar hacia un futuro mejor articulando esta protesta a la propuesta política más transformadora de una coalición que ponga sobre el tapete los problemas básicos a resolver como la deuda, el bimonetarismo y la inflación y recupere la esperanza aprovechando las nuevas oportunidades que se está generando tanto en el escenario regional como global.

Efectivamente la vida cotidiana en la Argentina, y en la región, se ha vuelto cada más difícil tras cuatro años de gobierno de Macri, de los CEO de negocios corporativos y endeudamiento y fuga de esos dólares para los fondos de inversión que hacían la timba financiera y que generaron mayor pobreza e inflación. Pero, asimismo, de las promesas incumplidas del gobierno de A. Fernández, porque, si bien este último presidente tuvo que afrontar datos inesperados «cisnes negros» globales (Taleb) que impactaron negativamente sobre la economía y la sociedad como la pandemia, la guerra en Ucrania y la sequía, lo cierto es que, aún creciendo el PBI los últimos dos años y medio y generando más empleo y obra pública, hay distribución regresiva del ingreso y la percepción más difundida entre sus bases que este gobierno podía haber puesto más enjundia en cuidar las reservas del Banco Central y no darlas a las corporaciones para que paguen sus deudas en el exterior; o adoptar una posición más fuerte en la negociación sobre la deuda que no había sido contraído por el gobierno del Frente de Todos, o no volver atrás sobre decisiones estratégicas como suponía el desfalco de Vicentín y hacer algo por desprivatizar la Hidrovía.

Así todas esas decisiones de políticas públicas estratégicas, junto con la presión creciente por devaluar y la amenaza constante de la oposición de estar al borde de lo incontrolable en lo financiero, alentando corridas contra el peso, junto con la especulación de los principales conglomerados de alimentos, han llevado a que sea muy difícil llegar a fin de mes, a que los salarios aún en blanco estén por debajo del nivel de la pobreza o, incluso, muchos salarios están en la indigencia. Que es imposible acceder a la vivienda propia sino es  gracias de un sorteo, que ya pagar el alquilar es un triunfo, y que haya que tener que optar entre adquirir alimentos o cosas básicas o vivir en condiciones más adversas y distantes. Hay crecimiento de la pobreza y enriquecimiento de las empresas monopólicas, declinación social y surgimiento de una nueva clase social, el precariado, donde el 50 % de la población tiene trabajos temporarios, o no registrados, o sin derechos a la previsión social. Que viven al día, sin poder planificar ni controlar su futuro y, a la vez, el surgimiento de una nueva clase de superricos. En todo caso, estamos en presencia de una paradoja y es que—aún con crecimiento del PBI y mejora del desempleo y de la obra pública como ha ocurrido en estos dos años últimos—, la distribución del ingreso no mejora y, por el contrario, aumenta las ganancias de empresas monopólicas y de los bancos, y la inflación no controlada genera mal humor social y hasta se tiende a naturalizar ver gente viviendo en las calles o a estigmatizarla.

¿Pero cuáles son las causas de esta situación? ¿Es irremediable, o aún empeorable? ¿O cómo pronostican los economistas de la derecha, primero hay que ajustar, desregular, quitar derechos y aumentar el sufrimiento social para luego superar la crisis? ¿O ésta es modificable desde otro rumbo político de transformación y distribución en todo caso de mayor voluntad política que la que hemos tenido?

En realidad, la desigualdad empieza a crecer a mediados de los setenta con el golpe cívico-militar, el posterior ascenso del neoliberalismo y del capitalismo de financierización de la economía. Tras el golpe, la represión generalizada ya comienza con la desestructuración del llamado estado de bienestar, y la sustitución del capitalismo fordista industrial, productivo, que generaba un salario funcional de 50 y 50 % para el trabajo y el capital, y su reemplazo por un capitalismo más especulativo, con salarios a la baja. A partir de entonces y, sobre todo con el Consenso de Washington y el comienzo de la globalización unipolar, y gobernanza del G-7, producen la cesura del industrialismo. Y con el menemismo en los noventa, las privatizaciones de empresas públicas claves, desregulaciones, generaron creciente desempleo una nueva cuestión social y le empezó a convenir al empresariado volcarse a la importación, a la producción agropecuaria, y la financierización —invertir en bonos y arbitraje de monedas más que en fábricas e industria—; en hacer plata de la plata, en acumular, dolarizar y sacarla fuera del país y llevarla a paraísos fiscales que generar inversión, empleo o innovación. Así en un siglo se pasó de la «rebelión de las masas», de los treinta o cuarenta del capitalismo de bienestar con ascenso social a partir la fuerza o amenaza del movimiento obrero, a la «rebelión de las elites», del capitalismo financiero de concentración, especulación, deslocalización y movilidad social descendente.

Lo cierto es que este capitalismo financiero entró en crisis en la periferia en el 2001, su implosión dio la posibilidad de la primera ola progresista en la región  junto con el ascenso de China en el comercio internacional, lo que generó mayor empleo, nuevos derechos, previsión social y satisfacción e inclusión para la población, pero que terminó en el 2015, como consecuencia de la crisis global del 2008, la restricción externa y en gran parte como producto de nuevas formas de intervención regional de EE. UU. contra los gobiernos populares vinculados a China, utilizando ahora no las botas sino el lawfare, golpes blandos y la fuerte influencia de los medios en el sentido común. A su vez, en el centro, en EE. UU., esta crisis se desata en 2008 con la caída Lehman Brothers, pero no se la termina de resolver ni con mayor liquidez a los bancos, y sigue profundizando el capitalismo de burbujas especulativas que vuelven a estallar en 2023 en el Sillicon Bank. Un capitalismo de ganancias para los CEO y accionistas y especuladores que vuelven a invertir en las bolsas para aumentar el precio de sus acciones, pero que no distribuye la mejora de la productividad entre los trabajadores ni mejoran la demanda.

A su vez, sobre este tipo de capitalismo de financierización, concentración, endeudamiento y fuga genera dos situaciones parecidas: por un lado, los sectores populares se endeudan con usureros ilegales a tasas altísimas, y por otro lado, también las clases medias se endeudan en tarjetas de crédito, con tasas altas y ya sin poder comprar bienes intermedios con facilidad. De este modo, como señala Damián Di Pace «Los hogares argentinos están teniendo una pérdida de poder adquisitivo muy importante de su ingreso. A su vez, en muchos casos han tenido que recurrir a tocar sus ahorros para pagar sus gastos corrientes. Sin embargo, no pueden equilibrar sus cuentas y siguen tomando deuda. El gobierno, como no puede estabilizar la inflación, baja las tasas de interés para el crédito al consumo, a los efectos de que las familias se sigan endeudando. El problema es que el ingreso se ve superado por su gasto corriente y hay riesgo que no se puedan pagar luego los créditos tomados».[6]Diario Perfil, Las familias argentinas, cada vez más endeudadas.

Una sociedad de endeudados, sacrificial, —diria Lazzarato (2013)— en la medida que todo se debe entregar para honrar las deudas externas del Gobierno con el FMI y bancos privados, desde activos públicos, reducción de salarios y derechos de las familias para un sistema financiero que tiende a concentrar y no a prestar para producir. En realidad, esto tiende a concentrar la riqueza «hacia arriba» y a generar miseria «hacia abajo». Eso implica que la situación se vuelve mejor pero solo para un reducido grupo de la población, para las elites, que pueden ser el 10 % de la población, tendiendo a impactar este poder corporativo sobre la democracia y debilitarla. Así, la población que concentra, especula y se distancia del resto y fuga y, lo paradojal, donde el decil superior termina consiguiendo la identificación y adhesión a su alianza política de «cambio» de más de un tercio de la población que considera que así se va a salvar. Los que «ganan» han logrado comunicacionalmente que se identifiquen con ellos gran parte de los que pierden; han logrado distanciar ideología de ingresos y conflictuar sectores medios y medios bajos con populares.

Por otro lado, y paralelamente, se observa la lucha de los movimientos sociales, de la economía popular, de derechos humanos, del movimiento de los trabajadores, feminista, ambiental, de los del derecho a la ciudad y gremios que luchan en favor de una transformación del modelo agroindustrial exportador con distribución regresiva del ingreso, por otro con más distribución y mejores salarios o encarar de otra forma el problema del endeudamiento con el FMI. De protestas generalizadas como la de los empleados públicos en salud y educación, de docentes y médicos en diversas provincias y, como ahora ocurre en Jujuy con salarios que están por debajo de la pobreza e indigencia, quita de derechos a los pueblos originarios y a los cuales se les responde con represión, amenaza de despidos y un gobernador que como respuesta busca reformar la Constitución Provincial para prohibir la protesta social, retrocediendo diez años en cuanto a derechos sociales. De protestas de las comunidades originarias por problemas del agua, y de expropiación de sus derechos a utilización sus tierras.  Así Jujuy y Salta son la punta del iceberg de una tendencia: la de sancionar leyes y decretos para prohibir los cortes y las manifestaciones en el espacio público. Un intento similar fue frenado en Córdoba. Es parte del efecto de las propuestas de los candidatos de la derecha para criminalizar la protesta social. ¡Y esto es el ala moderada de Juntos por el Cambio!

Como señaló Hugo Yasky de la CTA, «Es un globo de ensayo de lo que Juntos por el Cambio tiene previsto hacer si llega a ser gobierno para impedir las protestas que van a generar sus anunciados planes de ajuste». En realidad, esta es la respuesta al negocio del litio, tanto para demostrar de quién se lo queda y cómo se lo va a distribuir, por las elites políticas coaligadas de Juntos por el cambio, radicales y justicialistas para proteger que esa acumulación ni siquiera derrame en el territorio. Junto con ello la casi desaparición del Gobierno de la nación, del presidente de la nación, ante un acontecimiento nacional que al menos, si no fuera la declaración de intervención a la provincia, a uno  de los poderes, seria poner presencia y comunicación una posición de repudio  a la represión salvaje, al atropello al pueblo jujeño, y dejarle la pantalla a la derecha, la imagen de la violencia publica asociada «al cambio» que los tiene como protagonistas mientras acusan al gobierno al kirchnerismo o  a La Cámpora de promover la violencia contra el gobierno de Morales. Mayor inversión de la verdad imposible, menor indistinción de las distintas líneas de Juntos por el Cambio, entre Macri, Bullrich, y Larreta, inexistentes.

Pero ¿qué capacidad existe de evitar la extorsión del FMI, de controlar esta especulación de los monopolios sobre los alimentos o la represión de gobernadores de la derecha a sus propios pueblos? Dentro de esta experiencia, lo que queda claro es que con el actual entendimiento con el Fondo no hay salida, el destino es de bajo o nulo crecimiento con inflación, con una deuda impagable con aumento de la anomia y derechización. Hay que modificar los términos del acuerdo sustantivamente, porque hay que poder crecer y desarrollarse para pagar, y no entrar en la lógica de cuanto más se paga más se debe. Considerando además, que, «la decisión de tomar la deuda como se hizo en el macrismo está afectada de vicios graves, determinantes de una nulidad absoluta (art. 17 de la Ley Nacional de Procedimientos Administrativos). Concretamente la decisión se adoptó y materializó sin que tuviera intervención previa del Congreso de la Nación. De consiguiente, estamos frente a un acto emitido por una autoridad incompetente», como Guido Croxatto en palabras de Mara Pedrazzoli (2023).[7]Conflictos y tensiones por el acuerdo con el FMI

Lo cierto es que el endeudamiento de la Argentina es su problema principal, el conseguir divisas para pagar la deuda y además para poder generar importaciones y actividad económica, valor agregado y un proceso de reindustrialización competitivo de cadenas de valor que permitan modificar un modelo que depende fuertemente de los dólares del sector agropecuario. Encender nuevos motores de la economía, desde los recursos naturales estratégicos, requiere empresas públicas, cadenas de valor, inversión, regulación, mejor educación y salud también. El proyecto de desarrollo es integral o no lo es. Pero si bien en enfoques optimistas se pronostica para el año 2024 un «superávit de la balanza comercial de u$s 18.000.000.000. y de confirmarse ello la Argentina podría comenzar a abandonar por tercera vez en su historia reciente las consecuencias nefastas de un ciclo de endeudamiento. Se advierte al mismo tiempo, si la modificación en los flujos externos comerciales de la Argentina que reducirían sensiblemente la restricción externa, van a ser aprovechados para financiar un modelo de desarrollo industrial».

Efectivamente, el endeudamiento la inflación y el bimonetarismo en la vida cotidiana generan claramente una subjetividad problemática para con la política, la democracia y aumento de la conflictividad al interior de las familias y de las unidades productivas, así como de la sociedad en su conjunto que ven deteriorado su futuro. Es necesario modificar esto de lo contrario no habrá salida. Pero tampoco ya basta el plano nacional para configurar un mejor rumbo, es necesario contar con el plano regional, porque sin un bloque regional unido o con una voz cada país por sí solo le costara modificar relaciones de poder muy asimétricas. Y al mismo tiempo, considerar el plano global donde se están generando nuevos cuestionamientos y propuestas acerca de un nuevo poder mundial del pasaje de la unipolaridad a la multipolaridad, de cambios que solo se producen una vez cada siglo o más. ¿En qué medida serán aprovechables?

Cuando todo el contexto cambia: el regional y el global

Es cierto que hay diversos desafíos que afronta hoy a la humanidad como nunca viera en su historia, de forma conjunta y simultánea, que por su misma interconexión complejidad parecen imposibles de abarcar, o que hay una institución o sujeto que pueda resolverlo. Es más, parecen ser en algunos autores que los que verdaderamente ponen en peligro a la humanidad en su conjunto son las nuevas tecnologías, como lo expresan Soros en su crítica a la IC; también Y. Harari, que dice de que la civilización está en peligro y todas las críticas del historiador israelí sobre el futuro de la humanidad están asociadas a las tecnologías e inteligencia artificial. O con muchas diferencias con los anteriores autores, Eric Sadin señala respecto de la influencia de la IA en las sociedades o de la revolución tecnológica que también muestra «una nueva pelea civilizatoria  cultural.

Si bien podemos decir, que son temas que tienen su especificidad son variables dependientes de un escenario en que se define centralmente en la geopolítica actual, en el cómo se va a resolver la disputa por el orden mundial, ¿cómo por quiénes y en beneficio de cuántos? ¿Ese contexto o variable independiente más amplio es de carácter político, de quién gobierna y define el modelo mundial? o ¿qué potencia o actores definen este?[8]https://vm.tiktok.com/ZM2SAwVS6/ Si esos problemas articulados van a ser resueltos por un poder único hegemónico que prologa su dominación sobre la humanidad, o si van a ser fruto de respuestas de la cooperación, el compromiso, la multilateralidad entre diversos actores. Desde una perspectiva esto puede y debe ser resuelto por un poder mundial hegemónico, una nación indispensable como como lo ha sido en los último cincuenta años. U otra concepción del poder y las relaciones internacionales menos vinculadas a bases imperiales, y las vinculadas a cierto derecho internacional aceptado a una nueva ética pública global a reformas institucionales de la arquitectura bancaria, monetario, militar comercial, moneda de reserva mundial y de control elaborada en Bretton Woods luego de la segunda guerra mundial. Esto es lo que implica el mayor desafío para un mundo más humano inclusivo y con equidad,  o para el descarte, la pérdida de soberanía de los Estados que pasan a ser puntos de acumulación de las multinacionales y elites que dejan a los políticos la tarea sucia de las promesas vacías, y la retórica de las políticas públicas  que no se van a gestionar.

Por eso podemos decir hoy que estamos en una crisis y transformación conflictiva no solo en el escenario nacional sobre el modelo de país deseado,  sino también y simultáneamente de nivel regional y global, y los tres niveles están interconectados. Esta tensión también se produce en lo regional, en la segunda ola progresista de América Latina contra el neoliberalismo es en lo regional, entre volver a ser patio trasero de la potencia dominante que busca apoderarse de los recursos naturales estratégicos o configurar un polo de poder sudamericano en una región que hoy está en disputa. Donde por un lado hay líderes que apartan a los objetivos buscados o prometidos en las elecciones en función de lograr una pax ficticia con el poder fáctico, los «progresismos moderados» y modelos socialdemócratas; y por otras posiciones políticas de no renuncia a los objetivos, y donde se avanza con la movilización y el pueblo. El dilema es claro para estos gobiernos, o se profundiza o se retrocede, como si lo entienden en el sentido de la lucha Petro el Pte. de Colombia, AMLO el de México o Lula el de Brasil.

De esta forma, el rumbo posible de salir de la región en disputa y dejar de estar subordinados al endeudamiento como a una geopolítica de dominación articulada por el Comando Sur de EE. UU. y las élites políticas de derecha, es optar por la construcción de una unidad regional con autonomía estratégica.  Porque en mundo de bloques que se está conformando se requiere una integración regional más profunda aún de la que se intentó en la primera ola progresista de principios de siglo; que apunte ahora, en la segunda,  a generar un polo de poder de América del Sur, en términos de generar transacciones comerciales en propias monedas y de tener una moneda regional. A contrario del mensaje dominante de economistas ortodoxos  que pululan por los medios no se trata de dolarizarnos sino de desdolarizarnos. De constituir políticas conjuntas sobre la protección del medio ambiente, de la energía regional, de defensa e innovación con una identidad política que nos permitan insertarnos en el mundo multipolar como un polo de poder. Como señala el Lula da Silva en el último encuentro de Brasilia: «Ante tantos cambios y desafíos en el mundo, ningún país puede hacer frente solo a las amenazas sistémicas actuales. Solo actuando juntos podemos superarlos. América del Sur tiene ante sí la oportunidad de transitar el camino de la unidad, y no tiene que empezar de cero: Unasur es un bien colectivo, es importante retomar su proceso de construcción».

En el nivel global, y quizás lo más significativo del cambio que impacta sobre todos los países, sea el pasaje de la unipolaridad a la multipolaridad. Particularmente de los efectos de la guerra de Ucrania en términos por la subida de los precios de la energía y alimentos, pero al mismo tiempo este suceso, conjuntamente con el previo avance de China como potencia económica la conformación de las Bric’s ampliada y la desdolarización de gran parte del mundo, significa la declinación del modelo de hegemonía norteamericana que se viera fortalecida con de la caída del muro y con el fin «de la primera Guerra Fría». Cuando ahora, China, las Brics, países emergentes y el sur global están desafiado el modelo de hegemonía anglo de dominación global de dos siglos y un pasaje a la multipolaridad marcada por dos tendencias. La primera, es el declive de los Estados Unidos y de Occidente que empieza a constatarse ya desde la crisis del 2008 y el surgimiento de China como potencia mundial desde los inicios de este siglo y las Brics. El declive norteamericano contrasta con el ascenso de China, de Asia Pacífico e Índico. Algunos datos lo evidencian: el 52% del producto bruto industrial mundial esté en Asia; China tiene un PIB industrial equivalente a la suma de los Estados Unidos, Alemania y Japón; China es la principal potencia comercial del planeta y lidera desde 2019 la solicitud mundial de patentes tecnológicas, entre otras. Dicha situación, pone en crisis una de las características fundamentales del sistema mundial en los últimos siglos: su occidentocentrismo.

La segunda tendencia, muestra que la contradicción principal que atraviesa al sistema mundial el peligro principal que afecta a todos los países,  es la que se da el conflicto entre los poderes en ascenso con centralidad en la masa continental de Eurasia Asia y países del sur global que reclaman mayor participación en el poder global, y buscan modificar la división internacional del trabajo y cambiar las reglas de juego del orden mundial construido bajo la hegemonía estadounidense frente a los poderes dominantes del Atlántico Norte, que buscan reproducir el viejo orden, en nombre de la Doctrina de la Seguridad Nacional, el excepcionalismo norteamericano, o, en todo caso, reconfigurarlo pero sin modificar las principales jerarquías establecidas e instituciones de «un orden basado en reglas». 

Entre el peligro de retornar al pasado o abrir el futuro hacia la justicia y el derecho. Cerrar las brechas

En esta situación contextual, el nivel nacional muestra por un lado el concreto peligro que existe de una suerte de «retorno al pasado», del peligro de la ciclicidad, Esta desigualdad precarización y especulación y recorte de futuro que vemos se une hoy a una histórica ciclicidad de la sociedad argentina, de tener que volver a empezar de nuevo cada siete u ocho años, vinculado a la restricción externa, a una economía bimonetaria, y a elites que quieren retornar a las viejas fórmulas que ya demostraron su fracaso en las décadas pasadas, y a buscar toda coalición o liderazgo que plantee alguna propuesta de regulación, o políticas en favor de una sociedad más igualitaria y justa. El sector gran empresario no quiere gobiernos populares que regulen y solo se preocupan por su avidez por acumular, fugar y echarle la culpa al Estado por el gasto público y a los altos impuestos que no pagan o la industria del juicio. Por otro lado, se  debe definir previamente en las coaliciones principales las PASO, entre un ala halcón y otra más ficcionalmente más moderada de Juntos por el Cambio, y en el oficialismo, del FDT ahora denominado Unión Por la Patria donde un sector desde CFK, gobernadores, intendentes  buscan una candidatura única para fortalecer las posibilidades de entrar en la segunda vuelta y evitar el internismo, vs. y el candidato de Alberto Fernández, el embajador D. Scioli que quiere las paso y hasta judicializar reglamentos,  pero que no son un proyecto común con distintos líderes, sino que son antagónicos.

Por último, a nivel global, se trata de articular con la lucha sobre el tipo de sociedad que nos quiere introducir el capitalismo neoliberal y financiero que subordinan la política y la democracia y la cultura a un proyecto deshumanizante, individualista y de predominio del poder financiero y multinacional. Porque el proyecto de dominación es global y es en favor del uno por ciento de los privilegiados, un proyecto promovido por Washington, la OTAN, Bruselas y los lobbys financieros, mediáticos y armamentísticos más poderosos. Un proyecto que requería, para seguir siendo unipolar y hegemónico, civilizatorio, avanzar sobre el Este para fragmentar a Rusia, debilitar la competitividad alemana y luego contener a China, y que de repente encuentra un límite inesperado, y es que las sanciones que se generaban para desestabilizar la economía y política de la federación rusa, promovieron un efecto inverso al deseado, un boomerang para sus economías que comenzaron a complicarse con la alta inflación, desindustrialización y generar insatisfacción social. Donde en poco tiempo, el que buscaba aislar queda aislado, y a la inversa, el país que iba a ser anatematizado consiguió generar una mayor sustentabilidad nacional y articulación con alianzas entre China y Rusia, Arabia Saudita e Irán, con toda Eurasia y Asia, y donde se produce el fin del petrodólar, la desdolarización de muchos países que es un elemento clave del modelo unipolar de dominación, y conjuntamente con ello el proyecto de acrecentamiento de las Bric´s, el potenciar su Banco para el Desarrollo, el proyecto de la Franja y la Ruta, del Grupo de Shangai,  y que tiene vínculos con África y América Latina (concretamente Brasil es miembro y Argentino ha pedido serlo).

De este modo, los Brics aparecen como contraparte del G-7, de dos proyectos uno por el mantenimiento del statu quo, el otro por el cambio del orden mundial por otro más equitativo y cooperativo. Donde China aparece no solo como un poder económico global sino también ahora en un rol de generador de paz mundial en términos de desarticular conflictos aparentemente irresolubles entre Irán y Principado de Arabia Saudita, Siria con la Liga Árabe, con Rusia, proponiendo un plan de paz para Ucrania. Se pone en una posición mediadora distinta a la de EE. UU. y la OTAN que, sin analizar las propuestas no acepta ese plan de paz ni ninguno otro como el propuesto por Brasil, otras naciones y el papa Francisco, ya que el cese del fuego para ellos convalidaría los avances territoriales de Rusia en Ucrania. Es decir la situación solo tendría una solución militar, no diplomática.

En este sentido, no es fácil explicar tanto la abdicación de la UE a criterios de autonomía regional, evitar una guerra nuclear, a principios civlizatorios en aras de su subordinación a la OTAN y las elites financieras y militares globales, sino a una suerte de rusofobia, que anula las mejores intenciones o gestos de búsqueda de otras vías que no sean las militares para un conflicto que allí precisamente no tiene solución.((Jürgen Habermas, Un alegato para el fin de la guerra. Allí el autor señala que Occidente tiene buenas razones para enviar armas a Ucrania. Sin embargo, eso no debe evitar la discusión sobre su responsabilidad en el curso de la guerra y sus consecuencias. Al respecto, A. Borón señala que Jurgen Habermas, «el mayor filosofo vivo de Alemania y seguramente de Europa, es una de las nuevas víctimas de la guerra en Ucrania y una muestra de los alcances del clima político intolerante y autoritario imperante en su país.  En efecto bastó que publicara un muy cauteloso artículo sugiriendo que el gobierno alemán debía promover la apertura de negociaciones con Moscú tendientes a poner punto final a los horrores de la guerra —repito: negociaciones no una rendición incondicional de Ucrania— para que la rusofobia y el espíritu de la Guerra Fría cultivado con esmero por los corruptos generales de la OTAN y los opulentos burócratas de la Unión Europea y los grandes medios de comunicación y la dirigencia política alemana removieran por completo la voz del filoso del  “espacio público», esa engañosa entidad que fuera objetivo de largos años de reflexión habermasiana».

Esta lucha forma parte de una épica posmoderna que es la del cambio del orden mundial prevaleciente hasta ahora hacia el multipolar. Múltiples naciones bloques y no uno solo definen la cuestiones cruciales del planeta. Por eso, lo que está sucediendo sería una resistencia a dejar un modelo de dominación basado en la hegemonía y un «orden basado en reglas», para pasar a otro que busca una concepción del poder menos asimétrico y más cooperativa,. Significa que se está avanzando en una transformación de las placas del poder global (la moneda, las instituciones de Bretton Woods; las alianzas, las defensas, la crisis del relato dominante, el apoyo a países sumergidos y neocolonizado, como el silencioso levantamiento que está haciendo África en estos años sobre las anteriores potencias coloniales, principalmente Francia y EE. UU.) y vinculándose más a los acuerdos sin tantos condicionamientos de China y Rusia. Es una revolución sí, lenta y persistente,  pero que no se produce desde el centro ni del imaginario de la modernidad ni de las teorías surgidas allí, como sería la toma de la Bastilla, o la del Palacio de Invierno, sino desde la posmodernidad y desde el cambio de aquellos países que estaban fuera del centro, en los bordes, de países recientemente industrializados, emergentes y del sur global. No ocurre en Occidente sino contra el occidente colectivo y sus elites neoconservadoras globalizantes y el poder financiero global, y en favor de la cooperación, de la producción y de lo político y la  negociación, desde la soberanía de los pueblos y sus aspiraciones de desarrollo y mayor armonía ambiental. Sí existe espacio hoy para la utopía, —querido maestro Touraine— estaría aquí, en la de una transformación inimaginada hasta hace pocos años, de una revolución ‘desde afuera’ del viejo orden mundial para apuntar a un mundo más equilibrado con más cooperación en favor del desarrollo inclusivo y sustentable y no de agendas de sanción y subordinación y dominio. Tal vez haciendo eco en aquella viejas utopías de los movimientos sociales de fines de los noventa, el de «otro mundo es posible».

Finalmente, esta utopía coincidiría con la subjetividad con la que se podría celebrar los cuarenta años de la democracia; no como una efeméride más con la subjetividad de la resignación, de la bronca o del temor, sino con la fuerza de la esperanza de poder vivir mejor para los intereses de las mayorías, que los jóvenes tengan oportunidades reales y no distópicas. Sería desde una lucha democrática que busca la unidad para conmemorar una fecha con una propuesta de un futuro mejor para todos y todas. Que coincide con el esfuerzo simultáneo de conformar una región sudamericana como un polo de poder e identidad y, al mismo tiempo sin desvincularse de una multipolaridad emergente y cuestionadora del viejo orden mundial. De un conjunto de políticas públicas que posibiliten la paz en Ucrania; pongan fin al mundo neocolonial y a las sanciones para aquellos países que no se acomoden a la agenda hegemónica. No obstante, hay al mismo tiempo en curso una distopía que también tiene su forma de concebir este aniversario y este cambio potencial, que es la de la derecha, que viene con una nueva institucionalidad —como se prueba en el caso de Jujuy— en que el orden está asociado a represión, a la concepción de propiedad privada absoluta, de la doxa de lo privado y la libertad individual, de que no existen el derecho a la protesta, de que los recursos naturales estratégico no corresponden al pueblo ni siquiera al de sus propias Provincias, sino a las multinacionales y a las elites que concentran.

Por eso la lucha en lo que resta del año, va a ser difícil y compleja, y donde se requiere vincular la fuerza de la esperanza con la unión de las luchas y  resiliencias de un pueblo consciente de sus derechos, de su historia, memoria y defensa de la igualdad y de la democracia que, no es solo como dice Touraine, garantías institucionales, y una libertad negativa, sino «que es la lucha de unos sujetos, en su cultura y su libertad contra la lógica dominadora de los sistemas»; particularmente contra el poder fáctico, corporativo, financiero como el FMI y político violento de nuestras derechas. Tal vez, ésta sea una de las claves para configurar una subjetividad de destino común, de una mayoría popular que pueda ser exitosa competitivamente junto con un proyecto de desarrollo sustentable y transformador para los próximos años.

Notas
Notas
1 Carlos Pagni, La bronca, el gran candidato, La Nación, 13/06/23
2 Eric Sadin, en su libro La humanidad aumentada marca la invención del smartphone como el fin de la revolución y el inicio de la transformación digital. Que reescribe en el sentido de una humanidad orientada y de las aplicaciones integradas, diseñadas para señalarnos continuamente las acciones correctas que debemos realizar.
3 Eric Sadin, La primera consecuencia del desarrollo de la inteligencia artificial es lo que he llamado la mercantilización integral de la vida.  Reportaje de Perfil.
4 Ver de Ángel Enrique Carretero Pasin (2010), El orden social en la posmodernidad (Ideología e imaginario social, donde el autor explora la complejidad del orden social en la era posmoderna, centrándose en las intersecciones entre la ideología y el imaginario social y las subjetividades. Ofreciendo una perspectiva crítica y analítica sobre cómo se configuran y transforman las estructuras sociales en el contexto actual. El autor examina cómo la posmodernidad ha desafiado y redefinido los conceptos tradicionales de orden social, cuestionando las narrativas dominantes y las jerarquías establecidas. Se adentra en temas como la identidad, el poder, la globalización, el consumismo y la cultura de masas, y analiza cómo estos aspectos influyen en la configuración de la sociedad posmoderna.  Asimismo sostiene que el imaginario social juega un papel crucial en la construcción de la realidad y en la conformación de las estructuras sociales. Examina cómo los discursos mediáticos, la publicidad, la tecnología y otras formas de comunicación influyen en la configuración de los imaginarios colectivos y en la reproducción de ciertos sistemas de dominación y control.
5 Ricardo Aronskind, La palabra patria, en El cohete a la Luna.
6 Diario Perfil, Las familias argentinas, cada vez más endeudadas
7 Conflictos y tensiones por el acuerdo con el FMI
8 https://vm.tiktok.com/ZM2SAwVS6/

Daniel García Delgado

Doctor en Filosofía (UBA), licenciado en Sociología (Universidad del Salvador) y magíster en Ciencia Política (Flacso), donde se desempeña como director del Área de Estudios y Políticas Públicas y de la Maestría en Políticas Públicas. También es investigador del Conicet. Es autor del libro Estado y sociedad. Publica sus notas, como la que aquí se reproduce, en en el apartado Papeles de Coyuntura de la Flacso (http://politicaspublicas.flacso.org.ar/analisis-de-coyuntura/).

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