Una diva trash

Viviana Canosa supo transformarse en un personaje estrambótico, dispuesto a tomar veneno en cámara y agigantar teorías conspirativas en contra de la cuarentena y el coronavirus en un contexto de extremas ansiedades analógicas y digitales. Su programa televisivo “Nada personal” se convirtió así en una particular caja de resonancia de los alterados humores políticos y sociales que provocan la crisis y el largo encierro doméstico.
Ilustración: Brenda Greco

Quienes la conocen aseguran que, alguna vez, Viviana Canosa soñó con ser la sucesora de Susana Giménez. La oportunidad de demostrarlo se presentó en 2004, cuando Daniel Hadad le ofreció la conducción del premonitorio ¿No será mucho? en el prime time de Canal 9. La apuesta era competir contra el ciclo televisivo de la verdadera diva, que se emitía a la misma hora en la pantalla de Telefé. Pero el fracaso resultó tan rotundo que ¿No será mucho? fue cancelado a las pocas semanas. “Al final, fue mucho”, repetían los maliciosos en los pasillos del canal.

Aquello fue un golpe severo del que Canosa tardó en reponerse, o tal vez del que no se repuso nunca. Hasta ese instante su imagen estaba en pleno ascenso y plagada de promesas. El salto inicial había ocurrido dos años antes, al “independizarse” de Intrusos en el espectáculo, el mítico programa conducido por Jorge Rial donde Canosa se destacó por su impostada falta de escrúpulos a la hora de lograr impacto ante las cámaras. La leyenda expresa una característica que el entorno de la conductora destaca en voz baja: la destreza para dar golpes de timón en su carrera sin que eso le impida volver, una y otra vez, al punto de partida. Este parece ser también el caso de Nada personal, el programa que ahora conduce en Canal 9 y que se convirtió –pandemia mediante– en una caja de resonancia tan particular de los estados políticos y sociales alterados.

Lo personal es político

Aquel temprano distanciamiento de Jorge Rial fue seguido por una escandalosa pelea mediática. El desafío inicial había sido competir con él y ganarle en su propia franja horaria desde la pantalla de Canal 9 con Los profesionales de siempre, otro programa de chimentos. Canosa encaró ese objetivo en 2002 con su pareja de aquel momento, el productor Daniel Tobal, y durante algún tiempo el éxito les acompañó. Pero en la televisión un tropiezo siempre conduce a otros y el fracaso se reproduce. Los laureles de Los profesionales fueron un trampolín hacia ¿No será mucho?, cuya inesperada decepción inició una deriva por fugaces programas de aire y cable, mientras el aura de Canosa se extinguía, como su relación profesional y afectiva con Tobal. Luego de probar con la publicación de dos libros de autoayuda (¡Basta de miedos! y Viva el amor), y tras un cáncer de mama y una difícil separación del humorista de Clarín Alejandro Borensztein, la conductora formalizó su pase al periodismo político con Nada personal, un programa que desde 2019 se emite de lunes a viernes por la fría pantalla nocturna de Canal 9.

El panorama televisivo el año pasado asomaba como complejo. En medio de una brutal crisis económica, el macrismo se jugaba su continuidad en el gobierno y Canosa no desentonaba en un panorama donde los canales de aire seguían con mayor o menor entusiasmo los lineamientos de la comunicación oficial, centralizada en la Jefatura de Gabinete de Marcos Peña. Todo parecía servido para que el ciclo de Canosa fuera un moderado éxito. En la vereda de enfrente tenía a Animales Sueltos, conducido por Alejandro Fantino, que empezaba a mostrar su desgaste luego de varias temporadas de operaciones periodísticas en continuado. Pero ocurrió lo imprevisible: la causa judicial a cargo del juez Alejo Ramos Padilla, una compleja trama de extorsión y espionaje a raíz de la cual el periodista Daniel Santoro, integrante de Animales Sueltos, fue eyectado del programa por acopiar información sobre sus propios compañeros, repercutieron de manera favorable en el alicaído rating de América.

Mala suerte para Canosa, cuyo debut en el periodismo político resultó discreto por el crecimiento de su competidor natural. Durante aquellos meses se volvieron habituales las entrevistas de la conductora con Jorge Asís y Raúl Timerman, que por diversos motivos se habían alejado del programa de Fantino. Algunos de esos momentos se viralizaron en las redes sociales, pero no mucho más que eso. Al final del día, Canosa acompañaba el sentido común oficialista en un disimulado segundo plano.

La evolución natural del chimentero, su crecimiento profesional, suele estar marcada por un tránsito hacia el periodismo político. “Lo que pasa es que da prestigio”, señala el periodista de espectáculos Augusto “Tartu” Tartúfoli, cuyo paso por programas como Rumores, Más Viviana, Los profesionales de siempre, AM Antes del mediodía, Gran Hermano, Intrusos en el espectáculo y Confrontados, lo vuelven un auténtico especialista en la materia. El problema es que la política esconde una trampa para quienes están acostumbrados al alto impacto televisivo de los llantos y las peleas de vedettes. Tartúfoli lo explica de manera simple: “La declaración de un político es un commodity. Estar con Edgardo Alfano y Marcelo Bonelli para los políticos es lo mismo que estar con Horacio Verbitsky. Es igual. El político se lleva a sí mismo a todos lados”. Durante la primera temporada de Nada personal, Canosa aprendió bien esta lección.

Pandemia y locura

Desde comienzos de este año quedó claro que al nuevo gobierno de Alberto Fernández no le iba a resultar fácil establecer una agenda en la discusión pública, si es que la tenía. Con el macrismo en desbande, tampoco era fácil identificar los temas que iban a aglutinar a la oposición. Aunque despuntaban algunas señales: asomaba ya entonces un conflicto de notable virulencia con el sector agrario. En ese contexto, y a modo de estreno para una nueva temporada de su programa, Canosa le realizó una amable entrevista a Alberto Fernández en Casa Rosada. Y justo entonces llegó el Covid-19 y la pandemia.

Luego de una breve tregua al inicio de la cuarentena, cuando la imagen pública del presidente gozaba de una amplia aprobación entre las consultoras, las primeras señales de un nuevo movimiento en las calles llegaron con la frustrada “revolución de los barbijos”, impulsada por sectores afines a Javier Milei, Miguel Boggiano y José Luis Espert, pero alentada también por algunas figuras aisladas del macrismo. Fueron los tiempos del primer cacerolazo masivo contra el gobierno, motivado por la supuesta “liberación masiva de presos”. Más adelante, las manifestaciones de este tipo tendrían una mayor convocatoria, en especial en fechas patrias como el 20 de junio, el 9 de julio o el 17 de agosto. A medida que las protestas se sucedían, aquello que al principio se presentaba como un movimiento marginal empezó a recibir el acompañamiento de los diarios Clarín y La Nación, e incluyó la presencia agitadora de Patricia Bullrich y otras figuras afines a Juntos por el Cambio –también la cuenta oficial de Twitter del Pro acompañó la marcha del 17 de agosto con una cita de José de San Martín. El evento visibilizó una colorida variedad de reclamos.

Fue entonces cuando Nada es personal encontró un territorio virgen alrededor del cual darle contenido a sus análisis políticos: un antiperonismo tradicional que, de repente, se mezclaba con el inevitable impacto mediático de teorías conspirativas sobre la pandemia, manifestantes anticuarentena, terraplanistas y antivacunas. Esas “condiciones atmosféricas para la locura”, en las que la rápida astucia mediática de Viviana Canosa había encontrado el oxígeno que necesitaba Nada personal, no dejaron de multiplicarse: Eduardo Duhalde habló sobre un posible golpe de Estado en Animales Sueltos, lo cual atribuyó después a un “comportamiento psicótico momentáneo”.

Mientras las manifestaciones se repetían en la calle, Alberto Fernández aseguraba que Mauricio Macri le había aconsejado no hacer cuarentena y “que se mueran los que se tengan que morir”. El expresidente lo desmintió en un solemne posteo de Facebook titulado: “El valor de la palabra presidencial”. Luego se produjo la revuelta de los policías bonaerenses, con los patrulleros en la Quinta de Olivos y un efectivo que amenazaba con tirarse de una torre de electricidad en La Matanza. Y entonces reapareció también en escena el rosario de predicciones de Elisa Carrió. El psiquiatra Luciano Rosé afirma que es curioso como, en el caso de algunos políticos de profesión, la excusa de la locura funciona en dos sentidos complementarios: “Por un lado, los exime de hacerse responsables por sus exabruptos, mientras que, por el otro, el mayor atractivo de su marketing personal radica en una supuesta autenticidad al decir las cosas sin filtro”.

Todo por un viral

Durante la hora que dura Nada personal, Canosa editorializa, entrevista y opina sobre la realidad desde un punto de vista que se presenta a sí mismo como “cercano” a una audiencia que, por el momento, no supera en promedio los 2 puntos de rating. El momento más sobresaliente del programa tuvo lugar unos días antes de la marcha del 17A, cuando Canosa tomó en cámara un líquido que, según ella, era hidroxicloroquina o dióxido de cloro, una sustancia para prevenir el Covid-19 promocionada por los grupos anticuarentena y cuya fama mundial fue promocionada por Jair Bolsonaro y Donald Trump. Aunque la Organización Mundial de la Salud desacreditó la eficacia de la hidroxicloriquina, eso no frenó a Canosa. “Dejen de prohibir, que no alcanzo a desobedecer todo”, fue su lema. El repudio de parte de las autoridades sanitarias, el Enacom y un sector del periodismo recrudeció cuando, pocos días después, se conoció la noticia de que un chico de cinco años había muerto en Neuquén a causa de la ingesta del mismo producto que la conductora había tragado en cámara.

Para Jorge Lafauci, una institución en el periodismo de espectáculos, Canosa “tiene derecho a hacer periodismo político con su visión de la vida”. Más escéptica, en cambio, Laura Ubfal la define solo como un “personaje al que cada nota solo le sirve, a favor o en contra, a ella”. Tartúfoli ilumina esta tesis sin perder de vista el particular sesgo ideológico con el que Canosa tiñe su programa: “El discurso que tiene Viviana es genuino aunque quede desdibujado por lo performático del beso al bidón de lavandina, pero sí hay un discurso genuinamente opositor. Ella ya hizo otros actos performáticos muy polémicos. En contra de la legalización del aborto, por ejemplo, hizo una ecografía en vivo o condujo una especie de acto de los sectores provida. Viviana entiende perfectamente los negocios de impacto audiovisual”.

Sus colaboradores más cercanos también saben que este reperfilamiento de su carrera no es un accidente, aunque no estén dispuestos a discutirlo demasiado. “Puedo tener miradas muy diferentes o cercanas con Viviana, pero nunca traicionaría su confianza”, aclara en términos neutrales Pablo Caruso, panelista y productor de Nada personal. Cuentan en Canal 9 que la condición de ser “la Susana que no fue”, combinada con la supuesta severidad del periodismo político, parece obligar a Canosa a no retroceder, conceder ni disculparse por nada ni con nadie. “Todo lo que le pasa tiene que parecer muy importante, por eso llevó a su propio abogado al programa cuando surgió el rumor de un romance con Sergio Berni y ella lo quiso judicializar”, explican desde las bambalinas del canal. “Es lo mismo que con el episodio del dióxido de cloro: cuando lo hizo, el chiste le gustó. Pero cuando se enteró del chico de Neuquén, se dio cuenta de que se había sarpado. No lo volvería a hacer, desde ya, pero tampoco puede parar y pedir disculpas”.

Nada personal, por otro lado, es un excelente ejemplo de que la televisión ya no necesita de su propia pantalla para existir. Es a través de una segunda vida en las múltiples pantallas de las redes sociales, en cambio, donde se construye el impacto necesario para que, a pesar del bajo rating, los programas de televisión y las figuras mediáticas que circulan en su interior y a su alrededor sostengan su particular ecosistema existencial. “Yo no creo que sea poco dos puntos de rating que promedia Nada personal”, señala Pablo Méndez Schiff, periodista especializado en medios y autor de un exhaustivo perfil de Viviana Canosa: “Mide lo mismo que Novaresio. Para los estándares de hoy, es bastante. Por otro lado, soy escéptico con respecto a las mediciones de rating, me parece que es una forma bastante obsoleta de medir rating en televisión. Hay otra medición, hecha por la misma empresa, Kantar IBOPE Media. Hacen un rating social, de Twitter. El análisis también se queda corto, porque solo computan los tuits que llevan el rating correspondiente al programa, pero de todos modos apunta a ver cuánto se habla en las redes sociales”.

Éstas, al fin y al cabo, son las nuevas normas de equilibrio de la televisión: mientras los canales hacen sus negocios publicitarios dentro de un ambiente comercial cada vez más cerrado, las figuras televisivas emigran con sus nombres, sus imágenes y sus propios contenidos hacia las pantallas de Twitter, Instagram, WhatsApp, Tik-Tok o lo que la lucha por la supervivencia indique como necesario. La semana en que Canosa tomó la peligrosa sustancia, los cinco primeros puestos en el rating social elaborado por Kantar IBOPE estuvieron ocupados por Cantando por un Sueño 2020. Tal vez haya que buscar el índice de la viralización de Canosa al margen de los hashtags oficiales que promocionan los canales de televisión. En ese caso, su imagen con la botella de dióxido de cloro  (transformada, en algunos casos, en una botella de lavandina) circuló como “stickers” de WhatsApp y los videos con el recorte de ese momento suman decenas de miles de reproducciones en YouTube. Son cifras respetables, pero no arrasadoras.

Seguir leyendo en revista Crisis


TE PUEDE INTERESAR

ALEJANDRO FANTINO: LA BANALIDAD DEL PERIODISMO

Animales adiestrados

Leer la nota

También te podría gustar...

Deja un comentario