La nueva lucha de clases será una lucha de generaciones
Pierre Rosanvallon propone repensar la democracia frente a un presente que dificulta imaginar el futuro. Las tensiones generacionales, la deuda y los límites de las instituciones plantean un desafío: crear nuevos espacios de deliberación que permitan convertir las diferencias en debates colectivos.
IDEAS CLAVE
- El análisis de las condiciones materiales resulta indispensable, pero no alcanza para comprender las demandas de dignidad, reconocimiento y escucha.
- La autoridad, la confianza y la legitimidad son condiciones fundamentales para la acción pública y la vida democrática.
- El presentismo dificulta incorporar el largo plazo a las decisiones colectivas y asumir sus consecuencias sobre las generaciones futuras.
- Los conflictos entre generaciones constituyen una dimensión cada vez más importante de la vida social y política.
- La democracia necesita métodos que permitan debatir los conflictos vinculados con el futuro, más allá de las instituciones y los procedimientos electorales.
- Los ejercicios democráticos pueden construir espacios comunes a partir de las diferencias, las dudas y la deliberación colectiva.
En una entrevista realizada por Gilles Gressani para Le Grand Continent, el historiador y sociólogo francés Pierre Rosanvallon examina, a partir de su libro La tiranía del presente, los límites de las democracias contemporáneas, la pérdida de experiencias de planificación colectiva y la emergencia de los conflictos entre generaciones. La conversación recorre los puntos ciegos de la acción pública y culmina en una pregunta central: cómo construir métodos democráticos que permitan debatir los conflictos del presente sin desentenderse de sus consecuencias futuras.
Los puntos ciegos de la acción pública
Gressani comienza por situar La tiranía del presente en el recorrido intelectual de Rosanvallon. Después de cincuenta años de investigación, desde su primer libro, publicado en 1976, el historiador considera que finalmente está preparado para formular una teoría general de la democracia, que será el tema de sus dos próximos libros. La obra que motiva la entrevista forma parte de una serie dedicada a la impotencia pública y la desorientación política.
Rosanvallon identifica tres puntos ciegos de la acción pública y de la vida democrática: la manera de concebir la sociedad, el papel de las instituciones invisibles y la relación con el tiempo. El primero concierne a los límites de una interpretación centrada exclusivamente en los intereses materiales y las condiciones económicas.
Sin negar la importancia del análisis clásico de las clases sociales, Rosanvallon advierte que esa perspectiva no alcanza para explicar las pasiones, las interacciones y las demandas de reconocimiento que también movilizan a los ciudadanos. Las revoluciones árabes fueron una experiencia reveladora. Aunque se las denominó revoluciones del hambre, como mostró Leïla Dakhli, sus principales reivindicaciones giraban en torno al honor y la dignidad. Esta última supone que los poderes fácticos traten a las personas de otra manera y, sobre todo, que las escuchen.
El movimiento de los gilets jaunes (chalecos amarillos) en Francia confirmó, desde otra perspectiva, las limitaciones de una lectura exclusivamente económica. Cuando el análisis se concentra solo en las condiciones materiales, deja fuera una parte de las experiencias que alimentan la vida social y provocan transformaciones políticas. El problema no consiste en abandonar el análisis de clase, sino en reconocer que la sociedad está atravesada por dimensiones que no pueden reducirse a los intereses económicos.
La autoridad, la confianza y la legitimidad
El segundo punto ciego que Gressani propone examinar es el de las instituciones invisibles. Rosanvallon encuentra un antecedente de esta perspectiva en François Guizot, autor sobre el que escribió una tesis junto con Claude Lefort. Guizot distinguía entre los medios externos e internos de gobierno y cuestionaba la idea de que bastara con disponer de un ejército, una policía y funcionarios para ejercer el poder. Le interesaban las condiciones internas que permiten gobernar.
Rosanvallon retomó esa intuición y desarrolló el concepto de instituciones invisibles para destacar que la acción pública depende también de condiciones que no se reducen a las estructuras formales del Estado. La legitimidad puede potenciar o frenar la acción de un poder, mientras que la confianza en los gobernantes desempeña un papel fundamental en la viabilidad de determinadas políticas.
La autoridad, la confianza y la legitimidad son, por tanto, elementos esenciales para la acción pública y la vida democrática. Sin embargo, su importancia no siempre recibe el reconocimiento suficiente. La capacidad de gobernar no depende exclusivamente de los instrumentos administrativos ni de la posibilidad formal de tomar decisiones: también está condicionada por la relación que se establece entre quienes gobiernan y la sociedad.
El presentismo y las resistencias al corto plazo
El tercer punto ciego es el tiempo, una dimensión que Rosanvallon reconoce haber explorado menos que la sociología clásica y el análisis del poder. Su importancia se hizo evidente cuando advirtió la emergencia de una nueva forma de oposición social: las luchas entre generaciones.
Durante mucho tiempo, la lucha de clases estructuró buena parte de la acción pública. Ahora aparece otra forma de conflicto, todavía silenciosa y poco articulada, que no cuenta con espacios propios para expresarse. La cuestión generacional obliga a reconsiderar las divisiones sociales y la manera en que las decisiones del presente comprometen el futuro.
Gressani relaciona esta reflexión con el concepto de presentismo desarrollado por François Hartog. Rosanvallon reconoce en sus trabajos una referencia fundamental y considera indispensables sus análisis de las distintas modalidades del fenómeno. Su propia aproximación es más sintética: busca mostrar hasta qué punto el presentismo forma parte de la cultura contemporánea y ha marcado las maneras de pensar.
El objetivo no es establecer una clasificación exhaustiva de sus formas, sino comprender cómo superarlo. Para Rosanvallon, la cuestión central consiste en recuperar la capacidad de incorporar el largo plazo a la acción colectiva y a la vida democrática. De allí su interés por reconstruir la historia de las resistencias al presentismo y examinar las alternativas que intentaron limitar el predominio del presente.
Esas resistencias adoptaron distintas perspectivas. La aristocrática tuvo una importancia considerable tanto en Francia como en Inglaterra, aunque su análisis exige matices. También existieron enfoques conservadores y, especialmente, tecnocráticos y burocráticos. En Francia, la vía tecnocrática adquirió un relieve particular por la tradición de una alta función pública que suele considerarse una característica nacional.
Sin embargo, esa tradición no fue una consecuencia natural de la Revolución francesa. Hubo que esperar un siglo y medio para crear una escuela de administración. Talleyrand había propuesto establecerla, pero su iniciativa fue rechazada. Otro intento fracasó en 1848, cuando se quiso crear una escuela de administración en el Collège de France. Hasta la llegada del Frente Popular, los socialistas también se opusieron a esa posibilidad porque consideraban inaceptable que un mundo político, por definición transitorio, estuviera rodeado de una administración inamovible.
La tensión entre la representación política y la continuidad administrativa atravesó así la historia francesa. La tecnocracia que se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial fue posible en un contexto particular, en el que la experiencia de la Resistencia contribuyó a legitimar una nueva generación de funcionarios.
El plan y la experiencia de una tecnocracia vinculada con la sociedad
Gressani pregunta qué cambió después de la Segunda Guerra Mundial para que esa tecnocracia fuera aceptada. Rosanvallon encuentra una explicación en el vínculo entre los primeros integrantes de la Escuela Nacional de Administración (ENA) y la Resistencia. Eran jóvenes que se habían destacado en aquella experiencia y fueron percibidos como continuadores de ese movimiento en el ámbito administrativo, no como miembros de una élite que pretendía situarse por encima de la sociedad.
En ese contexto, el Plan desempeñó un papel esencial. Su particularidad consistía en que la reflexión sobre las políticas públicas no quedaba limitada a los organismos administrativos. También participaban representantes de la patronal, asociaciones de la sociedad civil y sindicatos. La elaboración de las políticas parecía involucrar al conjunto de la sociedad.
Rosanvallon conoció esa experiencia de cerca. Después de 1968 fue asesor económico de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), y una de sus primeras tareas consistió en coordinar técnicamente la participación del sindicato en el Plan. En las comisiones se discutían cuestiones económicas generales y participaban representantes de distintos sectores sociales. Esa dinámica contribuía a formar una generación de tecnócratas en contacto con los conflictos y las demandas de la sociedad.
El entrevistado recuerda que algunos de los jóvenes inspectores de Hacienda más brillantes aspiraban a participar en esas comisiones como simples tomadores de notas. La experiencia les permitía escuchar perspectivas diferentes y comprender los problemas públicos más allá de sus dimensiones estrictamente administrativas. No se trataba solamente de reunir conocimientos técnicos, sino de construir políticas mediante el intercambio entre actores con intereses distintos.
Las misiones de productividad enviadas a Estados Unidos también expresaron ese método de aprendizaje. Grupos de unas veinte personas, integrados principalmente por empresarios y sindicalistas, viajaban juntos durante aproximadamente diez semanas para visitar fábricas y dialogar con los sindicatos. Rosanvallon las considera experiencias decisivas: permitían conocer otras realidades, intercambiar perspectivas y esbozar políticas públicas diferentes. No eliminaban la lucha de clases, pero contribuían a abordarla de otra manera.
¿Por qué desapareció esa experiencia? Rosanvallon señala una paradoja: fue la izquierda, a partir de 1981, la que contribuyó a relegar el Plan. François Mitterrand lo dejó en un segundo plano antes de suprimirlo. Detrás de esa decisión confluyeron dos posiciones distintas.
Por un lado, la visión liberal sostenía que ya no era necesario planificar porque el mercado bastaba para resolver los problemas. Por otro, existía una concepción política según la cual los partidos de izquierda, por ser representantes elegidos por el pueblo, sabían qué necesitaba la sociedad y no requerían organismos intermediarios. Mientras esos organismos podían resultar útiles cuando gobernaba la derecha, parecían innecesarios cuando la izquierda llegaba al poder.
La desaparición del Plan interrumpió una experiencia que había vinculado la elaboración de las políticas públicas con una participación social más amplia. Para Rosanvallon, se trata de un problema de fondo: cómo construir formas de acción colectiva que no dependan exclusivamente de las decisiones gubernamentales ni de los mecanismos del mercado.
¿Cómo incorporar el largo plazo a la democracia?
La conversación se desplaza entonces hacia el problema de integrar el futuro en las decisiones del presente. Históricamente, la democracia amplió sus principios básicos mediante nuevas formas de representación. Así surgieron la representación proporcional y la representación de las clases sociales. Rosanvallon propone pensar también en la representación del futuro.
Sin embargo, no basta con crear o transformar instituciones. La democracia no se reduce a un conjunto de procedimientos: debe proporcionar a la sociedad los medios necesarios para debatir sus conflictos y encontrar formas de resolverlos. Es, en este sentido, un régimen de lucidez, capaz de hacer visibles las diferencias y discutirlas antes de que deriven en enfrentamientos potencialmente violentos.
Las instituciones siguen siendo necesarias, pero deben acompañarse de nuevos métodos democráticos. Rosanvallon encuentra ejemplos de esos métodos en la propia experiencia social. Los convenios colectivos desarrollados por el sindicalismo constituyen una forma concreta de gestionar y arbitrar el conflicto sin pretender hacerlo desaparecer. Su valor reside precisamente en que permiten establecer procedimientos compartidos para tratar diferencias que siguen existiendo.
La democracia debe ofrecer espacios donde se hagan visibles los conflictos que estructuran la sociedad en su relación con el futuro. Para Rosanvallon, las tensiones entre generaciones constituyen una de las dimensiones decisivas de esos conflictos.
La deuda pública permite comprenderlo. La deuda puede expresar una falta de decisión en el presente y trasladar a las generaciones futuras el costo de esa inacción. Lo que no se resuelve hoy puede convertirse en una carga para quienes deberán afrontar sus consecuencias mañana.
Algo semejante ocurre con las pensiones. Tanto en un sistema de reparto como en uno de capitalización, la situación futura dependerá de la actividad económica de las generaciones venideras. Rosanvallon considera que, desde esta perspectiva, la diferencia técnica entre ambos sistemas no elimina una cuestión fundamental: el futuro siempre está comprometido por las decisiones del presente. En ambos casos, las condiciones de vida de quienes recibirán las pensiones dependerán, en última instancia, de la actividad y el valor económico que puedan generar las generaciones futuras.
La cuestión generacional no se limita, por tanto, a una diferencia de intereses entre jóvenes y mayores. También expresa la dificultad de una sociedad para debatir cómo distribuye en el tiempo los costos, las responsabilidades y las consecuencias de sus decisiones. Si el futuro constituye un espacio de conflicto, la democracia debe encontrar formas de representarlo y discutirlo.
El ejercicio democrático frente a la impotencia
¿Cómo convertir esa preocupación por el futuro en una práctica política concreta? Rosanvallon propone la idea de «ejercicio democrático», inspirada en los trabajos de Pierre Hadot sobre la noción de ejercicio. La expresión puede parecer simple, pero remite a una concepción de la democracia que no se limita a tomar decisiones en momentos determinados. Se trata de una práctica permanente, que requiere aprendizaje y disposición para debatir los conflictos.
Esta perspectiva también permite comprender los límites de los discursos sobre las catástrofes futuras. La advertencia acerca de un peligro no conduce necesariamente a la acción. Incluso cuando se presenta el futuro como una amenaza inminente, puede producirse una sensación de impotencia. Ni la descripción del desastre ni las teorías que lo anuncian garantizan una respuesta colectiva.
Para Rosanvallon, el problema es que el futuro nos divide. El largo plazo genera conflictos y separaciones, pero no necesariamente los mismos que organizan las divisiones sociales tradicionales. Por eso es necesario comprender esas nuevas formas de oposición y crear métodos que permitan debatirlas.
La democracia es el régimen del debate que busca establecer puntos en común a partir de los conflictos existentes. Las conferencias intergeneracionales constituyen, en ese sentido, una posibilidad de desarrollar ejercicios democráticos capaces de poner en práctica otra relación con las diferencias.
Conferencias intergeneracionales y parlamentos de generaciones
Gressani pregunta cómo podrían concretarse estos ejercicios. Rosanvallon menciona los simulacros parlamentarios o internacionales que se organizan en algunos institutos y que se conocen como MUN. En una ocasión participó en la inauguración de una de estas iniciativas en el liceo Henri-IV. Había sido convocado para reflexionar sobre la democracia junto con el presidente del Senado.
Este último se concentró en justificar la institución que representaba y recurrió a una imagen: el Senado sería como una segunda taza en la que se vierte el té demasiado caliente de la primera. La comparación describe una función de moderación, pero Rosanvallon consideró que era posible imaginar formas de deliberación más dinámicas y precisas.
A partir de estas experiencias, un grupo de estudiantes de bachillerato, acompañados por profesores del instituto Lamartine y luego por alumnos de otros establecimientos, se puso en contacto con él para organizar un parlamento de generaciones. La propuesta busca crear un espacio de debate entre generaciones, algo que todavía no existe de manera institucionalizada.
Estas iniciativas intentan responder a un problema que las instituciones tradicionales no han resuelto: cómo dar forma pública a los conflictos entre generaciones y permitir que sus protagonistas los discutan directamente. No se trata solo de incorporar a los jóvenes a espacios existentes, sino de crear instancias en las que las diferencias generacionales puedan convertirse en objeto de deliberación compartida.
La comunidad de dudas como punto de partida
Rosanvallon encuentra otra experiencia significativa en una convención ciudadana sobre la democracia que se encontraba en preparación. Su particularidad consistía en que el sorteo de los participantes tenía en cuenta sus opiniones políticas, además de la edad, la categoría socioprofesional y el origen geográfico.
Unas sesenta personas se distribuyeron en diez mesas de seis integrantes, cada una con un moderador cuya función se limitaba a dar la palabra. Entre los participantes había personas vinculadas con fuerzas políticas muy diferentes, como el Rassemblement National y La Francia Insumisa.
Al finalizar la segunda jornada, los participantes decidieron por unanimidad crear un grupo común de WhatsApp para continuar el debate. Para Rosanvallon, ese resultado permite comprender el valor de la experiencia. Si las personas hubieran sido definidas desde el comienzo exclusivamente por sus posiciones políticas, el diálogo habría sido mucho más difícil.
La posibilidad de avanzar surgió de otra disposición: los participantes estaban allí para compartir sus dudas, no solamente para defender convicciones previamente establecidas. Una comunidad de dudas puede avanzar junta, mientras que una comunidad de opiniones definitivamente fijadas tiene menos posibilidades de hacerlo.
La experiencia muestra que el diálogo democrático no requiere eliminar las diferencias ni alcanzar de antemano un acuerdo sobre todas las cuestiones. Requiere construir un espacio compartido en el que las posiciones puedan ponerse en discusión y las personas tengan la posibilidad de escucharse.
La propuesta de Rosanvallon apunta, en definitiva, a inventar métodos democráticos. Más allá del voto y de las instituciones existentes, la democracia consiste en crear un espacio común donde las diferencias puedan abordarse abiertamente. Si los conflictos entre generaciones constituyen una dimensión decisiva de las sociedades contemporáneas, es necesario darles formas de expresión y debate. No se trata de eliminar las divisiones, sino de construir las condiciones para comprenderlas, discutirlas y encontrar respuestas colectivas.
Nota del editor: Este artículo es una versión editada de la entrevista «La nueva lucha de clases será una lucha de generaciones», realizada por Gilles Gressani a Pierre Rosanvallon y publicada en Le Gran Continent. Para recuperar el diálogo completo, consultar la entrevista original.
Gilles Gressani
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