Steven Forti: «Las extremas derechas ya no ocultan su desprecio por la democracia»
En una entrevista de Guillem Martínez publicada por CTXT, el historiador Steven Forti analiza el avance global de los autoritarismos y la fragilidad de las democracias liberales. Y advierte que las nuevas derechas ya no ocultan su desprecio por la democracia, ocupan instituciones en Europa y toman a Hungría como modelo. También traza un mapa de riesgos y estrategias para comprender cómo se desmorona el orden democrático y qué margen queda para defenderlo.
Steven Forti (Trento, 1981), profesor titular de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona, se ha consolidado como uno de los principales especialistas en el estudio de los fascismos, los populismos, los nacionalismos y las extremas derechas en el mundo contemporáneo. Su mirada, siempre atenta a la historia comparada y transnacional, lo llevó a coautorías como Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría (2019) y a coordinar obras colectivas como Mitos y cuentos de la extrema derecha (2023). Luego de escribir Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (2021), donde proponía analizar a estas fuerzas como algo nuevo y diferente a los fascismos del siglo XX para poder enfrentarlas con eficacia, Forti ha publicado Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales (2024), una continuación de aquel trabajo con más aparato crítico y una actualización urgente frente a la constante mutación de las extremas derechas.
En su nuevo libro, Steven Forti ofrece un diagnóstico descarnado sobre el estado de la democracia contemporánea y las mutaciones de las extremas derechas. Frente a la confusión reinante, su trabajo busca aportar claridad para comprender el presente y, sobre todo, para recordar que todavía es posible defender el futuro democrático.
Forti explica que, entre 2021 y 2024, los cambios no han sido positivos. Acerca de lo ocurrido en ese lapso, sostuvo que, aunque en algunos países las fuerzas progresistas lograron triunfos electorales o evitar victorias de la extrema derecha, pero que estas victorias no alcanzaron para revertir la tendencia. A su juicio, la extrema derecha ha seguido avanzando y ha llegado al gobierno en cada vez más países. Destacó tres novedades: ya no se esconde y cuestiona abiertamente la democracia como sistema, reivindicando salidas autoritarias; se ha integrado en la gobernabilidad de la Unión Europea, con Giorgia Meloni como ejemplo del acercamiento entre conservadores y ultras; y el escenario internacional ha quedado atravesado por dos guerras brutales —la invasión rusa de Ucrania y el genocidio palestino por parte de Israel— que aceleraron el fin del orden liberal global nacido en 1945.
A la pregunta acerca de si la democracia sigue siendo un horizonte viable, Forti responde que la democracia no debe reducirse a reglas procedimentales como elecciones libres o alternancia en el poder, sino que también exige justicia social. Recordó que la segunda mitad de los años setenta marcó un antes y un después: el neoliberalismo vació la democracia desde dentro, primero disfrazándose de proyecto democrático y luego abandonando hasta esa máscara. En 2005, Colin Crouch describió el sistema como una posdemocracia; hoy, politólogos como David Runciman advierten que la democracia puede desaparecer sin que las sociedades lo perciban, ya acostumbradas a la pérdida de derechos. Los ejemplos abundan: Trump negando su derrota en 2020, Bolsonaro intentando un golpe tras la victoria de Lula, Orbán socavando la separación de poderes. Los datos lo confirman: menos del 30 % de la población mundial vive hoy en democracias, frente a más del 50 % hace veinte años.
Consultado sobre la pertinencia de seguir hablando de «fascismo», Forti fue tajante: el término ha sido banalizado en el último medio siglo, aplicado indiscriminadamente a líderes conservadores, liberales o democristianos. Prefiere hablar de «extremas derechas 2.0», porque, si todo es fascismo, nada lo es. Aclaró que estas fuerzas conforman una gran familia global con referencias ideológicas comunes y estrategias compartidas cuyo objetivo es vaciar la democracia y reemplazarla por regímenes autoritarios. Se trata de formas políticas que no son totalitarismos del siglo XX ni calcos de los autoritarismos clásicos, sino «autocracias electorales» o «autoritarismos competitivos», sistemas híbridos donde se preservan ciertas apariencias democráticas —como elecciones o partidos opositores—, pero sin pluralismo ni separación real de poderes. La Hungría de Viktor Orbán, subrayó, puede definirse como un régimen híbrido de autocracia electoral ultraderechista.
En cuanto al porqué 2024 constituye un año de inflexión, responde que la extrema derecha gobierna en seis Estados europeos, es segunda fuerza en otros seis y controla siete gobiernos de la Unión Europea, además de estar presente en países como Israel, Rusia, El Salvador, Argentina e India. Las causas de este crecimiento, explicó, son múltiples: el aumento de las desigualdades sociales, la reacción cultural frente a la conquista de nuevos derechos y la llegada de inmigración, y la crisis de legitimidad de las democracias liberales, incapaces de ofrecer cohesión y futuro.
A la cuestión sobre la relación de estas fuerzas con la Unión Europea, Forti recordó que el giro se dio ya en 2019. El fracaso del Brexit y el plan Next Generation EU convencieron a los ultras de que abandonar la Unión no era viable. Ahora buscan colonizarla desde dentro. Meloni, Orbán y otros líderes impulsan un proyecto de Confederación de Estados soberanos y, con el apoyo del Partido Popular Europeo, han derribado el cordón sanitario que antes los bloqueaba en Bruselas. Ese europeísmo, advirtió, es meramente táctico.
Cuando la pregunta se refiere a los modelos de referencia, Forti no duda en señalar a Hungría. Orbán, afirma, se ha convertido en ejemplo para los aspirantes a autócratas: desde Meloni hasta Milei, pasando por Trump, Abascal y los ultraconservadores estadounidenses. Think tanks como el Centro de Derechos Fundamentales —aliado de Vox y presente en América Latina— o la Fundación Heritage —impulsora del Project 2025 de Trump— articulan redes transnacionales. Buenos Aires, Madrid y Budapest son ya nodos de esta constelación, con encuentros como la CPAC húngara y vínculos crecientes entre ultraconservadores europeos y americanos. En ese esquema, Orbán aparece como el «Trump antes de Trump», un referente que ofrece un manual práctico de cómo desmontar una democracia desde dentro.
Finalmente, al interrogante acerca de si existe una cultura de la democracia, un programa suficiente y claro para revertir esta ola ultraderechista, Forti responde:
«Es cierto que la extrema derecha tiene el viento en popa y amasa cada vez más poder, político y no solo político. Sin embargo, no es invencible. Ahora bien, no podemos pensar que, tarde o temprano, la democracia demostrará ser más fuerte que sus enemigos como por arte de birlibirloque. Estos son discursos tranquilizadores para la galería que, hoy en día, se han convertido en patéticos. Primero, hay que ponerse las pilas, entender el riesgo existencial al que nos enfrentamos y actuar. Segundo, las recetas que se siguen utilizando no han funcionado. Convendrá, pues, encontrar otras respuestas, ¿no? Se debe mirar a las causas que han favorecido el auge de la ultraderecha. Es decir, reducir las desigualdades, cohesionar nuevamente nuestra sociedad, hacer que el ascensor social vuelva a funcionar, democratizar el espacio digital… Dicho en otras palabras, se debe revertir ese giro que se dio a mediados de los setenta, cuando se vació de contenido social el concepto de democracia. Si no se consigue mostrar a la ciudadanía que los sistemas democráticos aportan mayores beneficios para todos, no venceremos a la extrema derecha. Y aquí está el tercer punto que considero fundamental: la democracia, es decir, las fuerzas políticas y sociales que la defienden, deben urgentemente construir un verdadero horizonte de esperanza. Deben volver a hablar del futuro en modo positivo. Porque si el futuro desaparece del lenguaje político, se queda en simple retórica vacía o, directamente, se convierte en distopía amenazante, no conseguiremos jamás ilusionar a la gente. Y sin ilusión estamos perdidos.»
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