Una democracia valorada pero acotada: qué piensan los argentinos a cincuenta años del golpe
En este nuevo informe, que continúa la investigación Miradas retrospectivas sobre la dictadura argentina: 50 años después realizado conjuntamente por el Observatorio Pulsar.UBA y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el eje del análisis es cómo piensan los argentinos la democracia en la que viven. Los datos revelan un apoyo mayoritario y estable al sistema democrático, pero también una comprensión acotada de sus alcances: una democracia que se valora más como procedimiento electoral que como régimen de derechos.
Esta segunda entrega tiene por objeto conocer cómo los argentinos piensan hoy la democracia, sus valores principales y sus límites. El estudio combinó una encuesta nacional probabilística de 1143 casos, relevada en octubre de 2025, con ocho grupos focales realizados entre agosto y septiembre del mismo año con personas menores de cincuenta años. El cruce entre ambas estrategias permite observar no solo cuánto apoyo conserva la democracia, sino también qué significados concretos le atribuye la sociedad cuando habla de ella. Es decir, los interrogantes que la encuesta llevó al campo son: ¿qué entienden los argentinos por democracia? ¿qué valoran de ella?; ¿cuáles creen que son sus principales límites?; ¿qué tensiones aparecen entre los ideales democráticos y la experiencia cotidiana?
La respuesta más contundente es cuantitativa: el 78 % de los encuestados considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Solo el 10 % admite que en algunas circunstancias un régimen autoritario podría ser preferible, y apenas el 7 % declara indiferencia entre uno y otro sistema. El apoyo, según consigna el informe, es «alto y estable».
La democracia mantiene una legitimidad alta. Casi ocho de cada diez personas consideran que es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Pero también es cierto que esta democracia aparece pensada principalmente en clave electoral. Para buena parte de la sociedad, democracia significa antes que nada votar, elegir y tener elecciones libres.
Sin embargo, cuando se indaga qué contenidos le atribuyen a ese sistema que dicen preferir, el consenso se estrecha. Ante la pregunta sobre qué elementos son indispensables para vivir en democracia, las elecciones libres y sin fraude concentran el 36 % de las primeras menciones —y el 50 % en el total de respuestas múltiples—, seguidas por la libertad de expresión (47 %) y el respeto por los derechos humanos (38 %). En cambio, elementos como la igualdad de derechos y el respeto a las minorías (34 %), la justicia independiente (39 %) o el periodismo independiente (18 %) aparecen en posiciones más relegadas en la jerarquía de prioridades espontáneas. La democracia es apreciada, concluye el informe, pero entendida sobre todo como un sistema de elección: el consenso existe, aunque en una versión más instrumental que integral.
El voto como núcleo y la libertad de expresión como segundo pilar
Los grupos focales confirman y profundizan lo que los números anticipan. La democracia aparece principalmente asociada a la experiencia de ir a votar. La idea de elecciones limpias e iguales construye una noción de ciudadanía basada en la igualdad formal: todos valen lo mismo en el momento de depositar el voto y, a través de ese acto, definen el rumbo del país. «Yo creo que la democracia para mí es un derecho a elegir la vida que cada uno quiere», sintetizó un participante de entre veinte y veintinueve años de del grupo de Mendoza, Tucumán, Rosario y Córdoba. Otro, del grupo mixto del AMBA, fue más escueto: «El poder de elección»
En segunda instancia emerge la libertad de expresión, entendida de manera amplia: la existencia de una oferta política plural, medios que puedan criticar al gobierno, el derecho a huelga, la expresión identitaria. Algunos participantes distinguen entre expresarse y movilizarse: «Es si yo tengo el derecho de poder expresarme, de poder utilizarlo también. Es una manera de defender, no significa que tengo que ir a la lucha», sostuvo un participante del grupo del AMBA. Defender la democracia puede limitarse, en esta lectura, al respeto por la opinión ajena. Esa misma convicción aparece formulada en positivo por otro participante de entre veinte y cuarenta años de las ciudades del interior: «Yo creo que la libertad de expresión es una herramienta fundamental que tenemos para vivir en democracia. Somos los hijos de la democracia».
Junto al voto, la libertad de expresión ocupa un lugar central. Poder criticar, disentir y opinar distinto aparece como uno de los valores más asociados a la vida democrática. Al mismo tiempo, amplias mayorías reconocen prácticas que tensionan principios democráticos básicos: uso arbitrario de decretos, intimidación a periodistas, abuso policial o espionaje ilegal.
El informe introduce aquí una distinción analítica central: la democracia no está pensada por sus destinatarios, sino habitada. Más que de «valores democráticos» —categoría normativa y articulada— correspondería hablar de «intuiciones democráticas»: disposiciones difusas que orientan la vida cívica pero que no siempre se traducen en conciencia sobre lo que el sistema debería garantizar. Un participante joven del AMBA lo expresó con claridad involuntaria: «Entramos en una cuestión que es un círculo, qué está bien y qué está mal, pero después sí, el derecho a la huelga está y la libertad de expresión por redes sociales está».
Alertas percibidas, pero normalizadas
La encuesta también midió la percepción sobre situaciones concretas que tensionan principios democráticos básicos ocurridas en los últimos cinco años. Los resultados son llamativos: el 73 % considera que el gobierno usó decretos de forma arbitraria para eludir al Congreso; el 70 % percibe que hubo intimidaciones a periodistas; el 68 %, uso excesivo de la fuerza policial; el 64 %, persecución a artistas por sus expresiones; el 63 %, espionaje ilegal a opositores; y el 62 % detecta tanto limitaciones al derecho a protestar como violencia simbólica y física contra minorías.
Pese a ello, esas percepciones no se traducen en una impugnación del orden democrático. El informe denomina a este fenómeno «alertas normalizadas»: ciertos desvíos institucionales son reconocidos como presentes, pero asimilados como parte de la rutina del sistema o, incluso, como necesarios para mantener el orden. No se trata de conocimientos precisos, aclara el informe, sino de hechos generales que una parte significativa de la sociedad reconoce como presentes sin que eso ponga en riesgo su adhesión al régimen. La crítica apunta a los actores —políticos que incumplen promesas o que actúan contra la voluntad popular— antes que al sistema en sí.
Una cultura democrática en tensión
La síntesis que ofrece el informe describe una democracia en la que las elecciones libres tienen más peso que el ejercicio de otros derechos y libertades; donde hay una brecha entre el ideal normativo y la práctica cotidiana; donde los desvíos institucionales son detectados sin que pongan en duda el orden democrático; y donde existe una tolerancia social a los «excepcionalismos»: los valores arraigados conviven con decisiones que, en la práctica, quedan lejos de la norma.
Un dato adicional resulta significativo: el contrapunto con la dictadura no opera como eje ordenador en la valoración de la democracia actual. A cincuenta años del golpe, la memoria del autoritarismo ya no estructura de manera central el sentido que los argentinos le asignan al sistema en el que viven. Los resultados, señala el informe, refuerzan la idea de una democracia que se piensa menos como un régimen de derechos y más como un procedimiento legítimo: elecciones más orden.
A cincuenta años de la última dictadura militar, la democracia sigue funcionando como un horizonte legítimo. Pero los datos sugieren que su sentido público parece haberse achicado: más asociada al voto y las libertades básicas que a una idea amplia de derechos, controles y límites al poder.
A cincuenta años de la última dictadura militar, la democracia sigue funcionando como un horizonte legítimo. Pero los datos sugieren que su sentido público parece haberse achicado: más asociada al voto y las libertades básicas que a una idea amplia de derechos, controles y límites al poder.
A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la democracia argentina conserva una fortaleza importante: sigue siendo el régimen preferido por una amplia mayoría de la sociedad. Pero el estudio muestra también algo menos evidente: cuando las personas hablan de democracia, no siempre hablan de lo mismo. Para muchos argentinos, la democracia aparece asociada, ante todo, a dos ideas simples y poderosas: votar y expresarse libremente. La mayoría también reconoce que en los últimos años ocurrieron prácticas que dañan principios democráticos básicos, como el uso arbitrario de decretos, la intimidación a periodistas, el abuso de la fuerza policial o el espionaje ilegal a opositores
El informe, elaborado con metodología mixta y cobertura nacional en siete regiones del país, es parte de una serie más amplia de trabajos que Pulsar UBA y el CELS desarrollan en torno al aniversario del golpe de Estado de 1976. Su aporte central no es solo la fotografía del estado de la cultura democrática argentina, sino la advertencia que subyace: una democracia apreciada como procedimiento, pero poco exigida como garantía de derechos, es una democracia más expuesta a los desvíos que dice tolerar.
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