Palabras y relatos con los que las nuevas derechas disputan el sentido común

Desde el 24 de julio, el medio europeo Le Gran Continent publica en acceso libre «El vocabulario de la extrema derecha», una obra colectiva coordinada por el historiador Steven Forti que reúne a especialistas de distintos países para analizar las palabras, conceptos y relatos con los que las nuevas derechas disputan hoy la hegemonía cultural. En una entrevista concedida al propio medio, Forti explica por qué comprender ese lenguaje se ha convertido en una condición indispensable para entender la política contemporánea.

IDEAS CLAVE

1. La extrema derecha disputa primero el lenguaje y después el poder

Para Steven Forti, su avance comienza cuando ideas antes consideradas extremas dejan de provocar rechazo y pasan a formar parte del debate público y del sentido común.

2. La normalización desplaza los límites de lo políticamente aceptable

La reiteración de determinados discursos en medios, redes y conversaciones cotidianas puede convertir lo inicialmente impensable en una posición legítima e incluso, finalmente, en legislación.

3. Las palabras importan por quién las utiliza, en qué contexto y con qué finalidad

El diccionario no busca prohibir términos, sino revelar los relatos y operaciones políticas que pueden esconderse detrás de expresiones aparentemente comunes, desde «globalismo» hasta «libertad de expresión».

4. El ecosistema digital multiplicó la capacidad de intervención de las nuevas derechas

Trolling, bots, shitposting, desinformación, inteligencia artificial y «guerra memética» permiten difundir ideas extremistas bajo formas humorísticas, irónicas o provocadoras que favorecen su naturalización.

5. La batalla decisiva es por el sentido común

Las crisis económicas, la desigualdad o la incertidumbre no producen automáticamente adhesión a posiciones extremistas: necesitan relatos capaces de interpretar esos malestares. De allí el desafío que Forti plantea a las fuerzas democráticas: construir contra-relatos capaces de disputar representaciones, afectos y palabras.

Antes de conquistar gobiernos o ampliar su representación parlamentaria, la extrema derecha conquista algo menos visible, pero igualmente decisivo: el lenguaje. Esa es la idea que atraviesa «El vocabulario de la extrema derecha», el proyecto editorial que Le Grand Continent comenzará a publicar por entregas entre el 24 de julio y el 20 de agosto. Concebida como una obra colectiva, la iniciativa reúne a historiadores, sociólogos, politólogos y especialistas en lenguaje político de distintos países europeos con un objetivo común: rastrear el origen, la evolución y los nuevos significados de las palabras que hoy moldean buena parte del debate público.

Para Forti, historiador especializado en los movimientos reaccionarios contemporáneos y coordinador del proyecto, estudiar ese vocabulario supone cambiar el foco desde el que tradicionalmente se ha observado a la extrema derecha. Durante décadas, explica, la atención se concentró en los partidos, los programas, los liderazgos o el comportamiento electoral. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión suele producirse mucho antes.

Steven Forti

«La puerta de entrada a la extrema derecha es el lenguaje», sostiene. La aceptación social de esas fuerzas políticas comienza cuando determinadas ideas dejan de parecer extremas y pasan a ser percibidas como opciones legítimas dentro del debate democrático. Solo después de esa lenta normalización cultural, los partidos que durante años ocuparon los márgenes del sistema están en condiciones de aspirar al poder.

El fenómeno puede observarse en buena parte de Occidente. Forti recupera una reflexión del politólogo neerlandés Cas Mudde para describir esa transformación. Durante la Guerra Fría, recuerda, la extrema derecha era considerada una «patología normal» de las democracias occidentales: una presencia marginal, pero persistente. Desde la década de 1990, esa relación comenzó a invertirse hasta desembocar en lo que Mudde denomina una «normalidad patológica»: discursos antes confinados a los extremos ingresan progresivamente en el espacio público y dejan de generar el rechazo que provocaban décadas atrás.

Uno de los conceptos que mejor describe ese desplazamiento es la llamada «ventana de Overton», utilizada para explicar cómo cambian los límites de aquello que una sociedad considera aceptable.

Forti menciona el caso del empresario tecnológico Peter Thiel, quien celebra que esa ventana se haya ampliado como nunca antes. El historiador comparte el diagnóstico, pero no la conclusión. «Ideas que antes eran consideradas inaceptables hoy forman parte del sentido común e incluso llegan a incorporarse a la legislación», advierte.

En su opinión, hablar simplemente de una «apertura» de la ventana de Overton resulta engañoso porque suaviza un proceso mucho más profundo. Lo que algunos presentan como una ampliación de la libertad de expresión constituye, en realidad, una normalización de discursos antes considerados incompatibles con los consensos democráticos.

El recorrido suele repetirse con notable regularidad. Primero aparece una idea provocadora que genera rechazo. Después, su reiteración en los medios, las redes sociales y la conversación pública termina banalizándola. Finalmente, aquello que parecía impensable deja de sorprender y comienza a incorporarse a la agenda política o incluso al ordenamiento jurídico.

Esa es precisamente la razón de ser del nuevo diccionario. Forti rechaza la idea de que el proyecto pretenda establecer una lista de palabras prohibidas o ejercer algún tipo de vigilancia sobre el lenguaje. «El glosario no pretende prohibir palabras, sino mostrar lo que estas ocultan», resume.

Por eso sus entradas no se limitan a conceptos abiertamente asociados con la extrema derecha. También incluyen expresiones que forman parte del vocabulario político cotidiano, como «globalismo», «marxismo cultural», «declive de Occidente», «orden natural de las cosas» o incluso «libertad de expresión».

Ninguna de ellas es problemática por sí misma. Lo relevante es el uso que determinados actores hacen de esos términos y el relato político en el que quedan insertos.

Forti sostiene que buena parte de esas narrativas comparten una misma arquitectura. Todas construyen una frontera entre un «nosotros», presentado como moralmente superior y único representante legítimo de la comunidad, y un «ellos», convertido en una amenaza permanente. Esa división permite justificar políticas de exclusión y, en sus expresiones más radicales, incluso la violencia.

Desde esa perspectiva, el trabajo del diccionario consiste en hacer visible un mecanismo que suele permanecer oculto.

Uno de los ejemplos más elocuentes es la resignificación de la «libertad de expresión». Forti insiste en que se trata de uno de los pilares de cualquier democracia y que el proyecto no cuestiona ese principio. Lo que analiza es la manera en que determinados sectores, especialmente dentro del movimiento MAGA en Estados Unidos, lo utilizan como argumento para legitimar discursos de odio y presentar cualquier intento de establecer límites legales como una forma de censura.

La advertencia, aclara, no está dirigida contra las palabras, sino contra los usos políticos que pueden adquirir.

Por eso el proyecto invita al lector a hacerse tres preguntas cada vez que se encuentre con determinados conceptos: quién los utiliza, en qué contexto y con qué finalidad.

Esa mirada constituye el punto de partida de una investigación que no busca catalogar vocablos, sino comprender cómo determinadas expresiones terminan modificando la manera en que una sociedad interpreta la realidad.

El nuevo diccionario no se limita a identificar palabras. También reconstruye su historia. Y ese recorrido lleva a otra de las tesis centrales de Forti: la extrema derecha contemporánea no es una simple reedición del fascismo de los años veinte y treinta. Existen continuidades, pero también profundas transformaciones.

Muchas de las narrativas que hoy reaparecen en Europa y Estados Unidos llevan más de un siglo circulando. Sin embargo, nunca regresan exactamente iguales. Cambian de contexto, de protagonistas y de lenguaje, adaptándose a las preocupaciones de cada época sin perder su núcleo ideológico.

Para explicar ese fenómeno, el equipo que elaboró la obra colectiva recurrió al concepto de «rizoma», desarrollado por los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari. A diferencia de un árbol, que crece desde un único tronco, el rizoma se expande mediante múltiples conexiones. No sigue una trayectoria lineal: se bifurca, reaparece y establece nuevos vínculos.

Forti considera que esa imagen describe mejor que cualquier otra la evolución del imaginario de la extrema derecha.

Los discursos sobre la nación, el género, la inmigración o la ciencia no desaparecen. Circulan, se transforman y vuelven a emerger bajo nuevas formas, conservando buena parte de su estructura original.

Por eso el propósito del glosario no consiste en desacreditar el pensamiento conservador en su conjunto. El proyecto se concentra en la genealogía de un imaginario específicamente antidemocrático y antiliberal, rastreando cómo determinados conceptos atraviesan distintas épocas hasta reaparecer en el presente con renovada eficacia política.

Uno de los casos más ilustrativos es el del «gran reemplazo», la teoría conspirativa según la cual las élites promoverían deliberadamente la sustitución de las poblaciones europeas por inmigrantes musulmanes. Forti recuerda que ese relato no nació en los últimos años. Sus antecedentes pueden documentarse desde finales del siglo XIX y seguirse a través de sucesivas reformulaciones hasta convertirse en una de las principales consignas de la extrema derecha contemporánea.

Si la historia explica de dónde provienen esas narrativas, la revolución digital ayuda a entender por qué hoy circulan con tanta rapidez.

Para Forti, las nuevas derechas han incorporado un repertorio de herramientas comunicacionales que excede ampliamente la propaganda política tradicional. Internet y las plataformas digitales modificaron las reglas del juego y crearon un terreno especialmente favorable para la difusión de mensajes extremistas.

El vocabulario recoge buena parte de ese nuevo arsenal: trolling, shitposting, shitstorms, bots, sockpuppets, astroturfing y la estrategia popularizada por Steve Bannon de «flood the zone with shit», consistente en saturar el espacio público con tal cantidad de provocaciones, rumores y desinformación que resulte prácticamente imposible distinguir los hechos de la manipulación.

Más que un catálogo de anglicismos, esas expresiones describen técnicas concretas para intervenir en la conversación pública.

A ellas se suma el impacto de la inteligencia artificial, capaz de generar perfiles automatizados que interactúan con un grado de sofisticación cada vez mayor y dificultan distinguir una conversación auténtica de una diseñada para influir sobre la opinión pública.

Entre todas esas estrategias, Forti concede especial importancia a la llamada «guerra memética». Su eficacia reside precisamente en su apariencia inofensiva. Las ideas extremistas rara vez se presentan como doctrinas políticas cerradas. Circulan disfrazadas de humor, ironía o provocación. El receptor comparte un meme porque le resulta gracioso y, casi sin advertirlo, termina naturalizando prejuicios y estereotipos que, formulados de manera explícita, probablemente rechazaría.

El historiador menciona también el término cuckservative, utilizado originalmente por la alt-right estadounidense para ridiculizar a los conservadores considerados demasiado moderados. Aquella expresión cruzó rápidamente el Atlántico. Cuando Vox irrumpió en la política española, comenzó a referirse al Partido Popular como la «derechita cobarde», una adaptación local de la misma lógica discursiva.

Para Forti, ese recorrido demuestra que el lenguaje de la extrema derecha funciona como una red transnacional. Las palabras viajan, cambian de forma y se adaptan a cada contexto político, pero mantienen intacta su capacidad para desplazar los límites del debate público.

Aprender ese nuevo vocabulario, sostiene, significa reconocer procesos que ya están en marcha y anticipar los que probablemente marcarán las disputas políticas de los próximos años.

Forti reconoce que el avance de la extrema derecha responde también a causas materiales: desigualdad, incertidumbre económica, flujos migratorios o crisis de representación. Sin embargo, insiste en que ninguna de esas condiciones produce automáticamente adhesión política.

Entre los problemas sociales y el comportamiento electoral siempre media un relato capaz de darles sentido. «La desigualdad por sí sola no empuja al voto extremista», explica. «Lo hace un relato que se aprovecha de esa desigualdad».

Por esa razón considera insuficiente analizar únicamente las condiciones económicas o institucionales. La disputa decisiva se libra en el terreno de las representaciones, de los afectos y de las palabras.

Esa estrategia conecta, además, con la tradición metapolítica desarrollada desde los años setenta por Alain de Benoist y la Nueva Derecha francesa: conquistar primero la hegemonía cultural para hacer posible, más tarde, la hegemonía política.

A ese repertorio clásico se han sumado herramientas propias del ecosistema digital: storytelling emocional, memes, ironía, provocación permanente y guerras culturales alrededor de temas como el aborto, la inmigración, la diversidad sexual o el multiculturalismo.

Forti reconoce que todas las corrientes políticas elaboran relatos e intentan construir marcos interpretativos. La diferencia, sostiene, radica en la estructura de los discursos extremistas, basada sistemáticamente en la oposición entre un «nosotros» legítimo y un «ellos» presentado como una amenaza existencial.

Pero también formula una autocrítica dirigida a las fuerzas democráticas. Si ese lenguaje ha ganado tanto terreno, afirma, no es solo por la eficacia de la extrema derecha. También influye la debilidad de los contra-relatos, muchas veces reactivos, defensivos e incapaces de disputar el sentido común.

Por eso insiste en que este diccionario no pretende ofrecer respuestas definitivas. Un glosario puede ayudar a identificar los mecanismos de manipulación y a desmontar sus estrategias discursivas. Pero, advierte, nunca sustituirá la necesidad de construir relatos democráticos capaces de competir con ellas.

Ese reconocimiento no reduce la importancia del proyecto. Al contrario. En una época marcada por la desinformación, la posverdad y la circulación acelerada de contenidos diseñados para apelar más a las emociones que a los hechos, Forti considera que comprender el significado político de las palabras sigue siendo un requisito indispensable.

«Solo una ciudadanía informada puede defender los principios democráticos», concluye. «El conocimiento es el primer paso para desenmascarar las ideas extremistas. No es el último, sino el primero. Sin él, todo lo demás es imposible». Con esa convicción, Le Grand Continent iniciará el 24 de julio la publicación de «El vocabulario de la extrema derecha». Más que un diccionario, la obra se propone ofrecer un mapa para orientarse en una época en la que la disputa política también se libra —y quizá antes que en ningún otro lugar— en el significado de las palabras.

Ese mapa ya comenzó a desplegarse. En las primeras entradas del «Vocabulario de la extrema derecha», Le Grand Continent puso bajo la lupa conceptos y expresiones que condensan buena parte de las batallas culturales de las nuevas derechas: Antinación, Crisis de masculinidad, El declive de Occidente, El Estado profundo, Ecofascismo, Globalismo, Gran reemplazo, Ideología de género y, más recientemente, Iliberalismo. El recorrido no es arbitrario: va de las identidades nacionales y las transformaciones de género a las teorías conspirativas, las amenazas ambientales, la desconfianza hacia las instituciones y la reivindicación de modelos políticos que cuestionan algunos de los principios centrales de la democracia liberal. En conjunto, las entradas permiten advertir que detrás de palabras aparentemente diversas existe una trama común de ideas, miedos y antagonismos. Y también confirman la hipótesis que atraviesa el proyecto: para comprender la disputa política contemporánea hay que aprender a reconocer, antes que nada, las palabras con las que esa disputa está siendo librada.


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