La negación del cambio climático es ideológica
Una investigación de los sociólogos Peter J. Jacques y Riley E. Dunlap reconstruye cómo, desde fines del siglo XX, se consolidó un contramovimiento organizado que combinó antiambientalismo, desconfianza hacia la ciencia y estrategias narrativas persistentes para frenar la acción climática y disputar el sentido común en el espacio público.
Durante más de tres décadas, la ciencia del cambio climático ha acumulado evidencia sólida y convergente sobre el calentamiento global de origen humano. Sin embargo, ese consenso —hoy abrumador (más de 99 %) dentro de la comunidad científica— convive con una resistencia persistente en la política, los medios y el debate público. La pregunta ya no es solo por qué existen discursos negacionistas, sino cómo lograron sostenerse en el tiempo y condicionar la acción colectiva.
La investigación Foundations of Climate Change Denial: Anti-environmentalism and Anti-science (Fundamentos de la negación del cambio climático: antiambientalismo y anticiencia) de Peter J. Jacques y Riley E. Dunlap, publicada en Plos One ofrece una respuesta estructural: la negación del cambio climático no es un error cognitivo ni un déficit de información, sino el producto de un contramovimiento social organizado, diseñado para resistir las implicancias políticas, económicas y culturales de la ciencia climática.
Cuando la ciencia empezó a incomodar
Jacques y Dunlap sitúan el origen del contramovimiento contra el cambio climático (CCCM) a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa. La creación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o Panel Intergubernamental del Cambio Climático, conocido por el acrónimo en inglés IPCC, en 1988 y la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 marcaron un punto de inflexión: el cambio climático dejó de ser un asunto académico para convertirse en problema político global.
A partir de entonces, la producción científica comenzó a traducirse en propuestas de regulación, acuerdos internacionales y límites a las emisiones. Para determinados sectores de poder económico y político, ese proceso fue leído como una amenaza directa al modelo de crecimiento basado en combustibles fósiles, al libre mercado desregulado y a una concepción de soberanía refractaria a la intervención estatal. El contramovimiento surge entonces como una respuesta estratégica frente a la posibilidad de transformación estructural.
Una coalición estable y persistente
Lejos de ser difuso o espontáneo, el CCCM se apoya en una alianza duradera de actores. El estudio identifica como pilares del contramovimiento a:
- las industrias de combustibles fósiles, interesadas en frenar regulaciones que afecten su rentabilidad y su posición dominante;
- think tanks conservadores y libertarios**, que funcionan como usinas ideológicas y productoras de argumentos “expertos” contra el ambientalismo;
- fundaciones privadas que canalizan financiamiento, sostienen redes intelectuales y reducen la visibilidad del origen de los recursos;
- un núcleo reducido de científicos disidentes, cuya función no es ganar el debate científico, sino simular controversia y sembrar dudas.
El objetivo no es refutar la ciencia —un terreno ya saldado—sino confundir, demorar y bloquear decisiones políticas.
Libros, argumentos y persistencia discursiva
Uno de los aportes centrales de la investigación es el análisis de 108 libros negacionistas publicados a lo largo de varias décadas. Estos textos cumplen una función estratégica: condensan argumentos, los reciclan en el tiempo y los ponen a circular en medios, debates parlamentarios y discursos políticos.
A partir de este corpus, los autores identifican los cuatro tipos clásicos de negación: negar el calentamiento, su origen humano, sus impactos o la necesidad de políticas de mitigación. Pero el hallazgo decisivo aparece al ir más allá de estas categorías: detrás de los reclamos científicos opera una lógica ideológica más profunda, que articula antiambientalismo y desconfianza hacia la ciencia.
En la narrativa del contramovimiento, el ambientalismo no aparece como una respuesta legítima a la crisis ecológica, sino como una amenaza política y cultural. Es presentado como socialismo encubierto, autoritarismo verde, globalismo burocrático o incluso como una forma de religión secular.
Este encuadre desplaza el debate: ya no se discuten datos ni evidencias, sino el significado político de las políticas climáticas. Negar el cambio climático se convierte, así, en un gesto identitario, una forma de defensa frente a regulaciones, límites al mercado o transformaciones en los modos de vida.
Anticiencia y erosión de la legitimidad
El segundo eje estructural identificado por Jacques y Dunlap es la desconfianza sistemática hacia la ciencia climática. El consenso es presentado como producto de conspiraciones, manipulación política o intereses económicos de los propios científicos.
Esta estrategia resulta especialmente eficaz porque no necesita refutar pruebas: alcanza con desacreditar a quienes las producen. Al erosionar la autoridad de la ciencia como base de la deliberación pública, el contramovimiento debilita cualquier política apoyada en evidencia.
Antirreflexividad y defensa del orden existente
Los autores integran estos elementos bajo el concepto de «antirreflexividad»; es decir, la resistencia a reconocer que el propio sistema económico genera impactos negativos que exigen revisión y cambio. La negación climática funciona, en este marco, como un dispositivo de defensa del orden fósil frente a la posibilidad de transformación social profunda.
La negación climática como disputa narrativa
En su conclusión, Jacques y Dunlap dejan en claro que la negación del cambio climático no puede entenderse como una simple controversia científica. El contramovimiento se consolida porque articula reclamos selectivos sobre la ciencia con marcos ideológicos y culturales más amplios, desplazando la disputa desde el terreno de la evidencia hacia el de los valores, las identidades y la legitimidad del conocimiento.
Leído en clave comunicacional, el trabajo deja una enseñanza clave: la disputa climática no es solo científica, es narrativa. El contramovimiento no se limita a negar datos, sino que construye relatos coherentes que presentan al ambientalismo como amenaza política y a la ciencia climática como instrumento de control. Esa narrativa permite que amplios sectores no perciban el cambio climático como un problema colectivo, sino como una excusa para alterar el orden social existente.
La investigación no prescribe estrategias de comunicación, pero delimita con precisión el desafío: la ciencia climática enfrenta un contramovimiento que ya opera en clave cultural y narrativa, con continuidad discursiva y capacidad de producir sentido común alternativo. En ese contexto, la evidencia por sí sola resulta insuficiente para desactivar un discurso que interpela identidades y visiones de mundo profundamente arraigadas.
Comprender la negación climática implica, entonces, reconocer que el bloqueo a la acción no se sostiene únicamente en la desinformación, sino en relatos que protegen un orden social específico. Como muestra el trabajo de Jacques y Dunlap, la batalla climática se juega tanto en el campo del conocimiento como en el de los significados que organizan la vida pública.
El negacionismo climático en la Argentina
En la Argentina el negacionismo climático parece ser un fenómeno marginal, por más que el gobierno intente instalarlo como parte de su batalla cultural. Según encuesta realizadas por Greenpeace Argentina en 2023 y por el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina en 2024, las respuestas negacionistas se ubican entre el 2 y el 15 % del total.
En otro estudio realizada por Valeria Edelsztein y Claudio Cormick, la adopción de este tipo de actitudes está mediada por la identidad política: quienes se autodenominan «libertarios» son negacionistas climáticos en una proporción significativamente mayor que aquellas personas que pertenecen a otras identidades políticas.
En ¿«Antiintelectualismo?» Situando el discurso de Javier Milei sobre la ciencia Edelsztein y Cormick analizan la relación entre la extrema derecha y la ciencia a partir del caso del presidente argentino Javier Milei, cuestionando las categorías simplificadoras que lo definen como «anticientífico» o «antiintelectual». Para ello, proponen un marco teórico que distingue dos dimensiones del rechazo a la ciencia: una epistemológica y otra ético-política. El estudio se basa en el análisis cualitativo de unas 109 horas de declaraciones públicas de Milei realizadas entre diciembre de 2023 y julio de 2025. Los resultados muestran que Milei no rechaza la ciencia en general, sino que ataca selectivamente a intelectuales e instituciones financiadas con fondos públicos, a las que presenta como corruptas o ideologizadas, mientras reivindica a los productores de conocimiento orientados al mercado. Aunque suele exaltar el progreso científico y la autoridad de los expertos, se aparta del consenso científico en casos como el cambio climático, donde prima su fundamentalismo de mercado. El artículo concluye que su discurso se comprende mejor como una «guerra por la ciencia», orientada a apropiarla bajo una lógica neoliberal, más que como un rechazo anticientífico generalizado.
Descargar Fundamentos de la negación del cambio climático: antiambientalismo y anticiencia
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