Estados Unidos e Israel atacaron a Irán cuando la diplomacia estaba en el camino de un acuerdo
Cuando mediadores internacionales hablaban de «apertura sin precedentes» y de un entendimiento nuclear que podía firmarse en cuestión de días, Washington y Tel Aviv optaron por la vía militar. La ofensiva no solo interrumpió un proceso en su punto más avanzado en años: también reabrió el interrogante sobre la credibilidad de la diplomacia como alternativa real a la guerra.
Según el análisis de Bamo Nouri —investigador honorario, Departamento de Política Internacional, City St George’s, Universidad de Londres— publicado en The Conversation, las negociaciones entre EUA e Irán estaban a días de un acuerdo con verificación internacional. Los bombardeos cambiaron el escenario y elevaron el riesgo de una escalada regional.
A comienzos de la semana pasada, negociadores de Washington y Teherán se reunieron en Ginebra en lo que los mediadores describieron como las conversaciones más serias y constructivas en años. El canciller de Omán, Badr Albusaidi, habló de una apertura sin precedentes»: no se trataba ya de repetir consignas, sino de explorar fórmulas creativas.
«Sintiendo lo cercanas que estaban las negociaciones —y lo inminente que se había vuelto la escalada militar— Albusaidi viajó de emergencia a Washington en un último esfuerzo por preservar la vía diplomática», escribe Mouri.
Había flexibilidad en los límites nucleares y en el alivio de sanciones. Según los mediadores, un acuerdo de principios podía cerrarse en cuestión de días, con mecanismos de verificación detallados para más adelante. No era retórica diplomática vacía. Se había acumulado capital político real.
Irán presentó propuestas que contemplaban incluso acceso a sectores energéticos y cooperación económica, calibradas para que Donald Trump pudiera exhibir el eventual pacto como más duro y ventajoso que el acuerdo de 2015 del que Estados Unidos se retiró en 2018. Asuntos espinosos —misiles balísticos o redes regionales— quedaban fuera del marco inmediato. El objetivo era acotar la cuestión nuclear con límites exigibles y verificación intrusiva del Organismo Internacional de Energía Atómica, incluso con participación de inspectores estadounidenses.
Entonces, el puente se rompió.
De la revelación pública a los bombardeos
Consciente de lo avanzado del proceso, Albusaidi viajó de urgencia a Washington y, en un gesto inusual para un mediador, explicó en la cadena CBS los contornos del entendimiento: eliminación de reservas de uranio altamente enriquecido, reducción del material existente y verificación completa. Irán enriquecería solo para fines civiles. El acuerdo estaba, dijo, a días de firmarse.
Poco después, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados en territorio iraní. Se reportaron explosiones en Teherán y otras ciudades. Trump anunció «operaciones de combate importantes», justificadas como necesarias para neutralizar amenazas nucleares y de misiles, e instó a los iraníes a derrocar a sus líderes. Teherán respondió con misiles y drones contra bases estadounidenses y aliados regionales.
Lo que subraya Nouri no es solo el fracaso diplomático, sino su interrupción en pleno avance. La negociación parecía ofrecer una vía plausible para contener la escalada nuclear. Optar por la fuerza en ese momento —plantea— erosiona la credibilidad de la diplomacia como alternativa real a la guerra
Irán no es Irak ni Libia
Las analogías con Irak en 2003 o Libia en 2011 resultan, según el análisis, engañosas. Aquellos eran sistemas altamente personalizados. «Estas analogías —apunta Mouri— son engañosas. Irak y Libia eran sistemas altamente personalizados, excesivamente dependientes de estrechas redes clientelares y gobernantes individuales. Si se elimina el centro, la estructura implosiona». Irán, en cambio, es un Estado ideológicamente arraigado, con instituciones estratificadas y un aparato de seguridad consolidado que incluye al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Ha resistido sanciones y presión sostenida sin fracturarse.
Incluso una campaña previa en 2025 no eliminó su capacidad de represalia. Golpear una estructura así no garantiza implosión; puede, por el contrario, reforzar la cohesión interna y las narrativas de agresión externa.
El riesgo de una guerra ampliada
Irán ha desarrollado capacidades asimétricas —misiles, drones, activos navales— integradas en torno al estrecho de Ormuz, nodo clave del suministro energético global, y articuladas con aliados regionales. En la escalada actual, ya hubo ataques de represalia contra bases y territorios aliados en el Golfo. El conflicto, advierte el texto, ha traspasado fronteras.
La posibilidad de una guerra regional a gran escala es hoy mayor que hace una semana. Un error de cálculo podría arrastrar a múltiples actores, profundizar divisiones sectarias y sacudir mercados energéticos.
La promesa de «no más guerras eternas»
Trump construyó su identidad política oponiéndose a las intervenciones indefinidas y criticando la invasión de Irak. Sin embargo, su discurso en Mar-a-Lago evocó el tono preventivo y redentor que precedió a la ofensiva de 2003: fuerza presentada como medida necesaria para asegurar la paz.
Para Nouri, el desafío inmediato no es solo militar, sino de credibilidad. Si la diplomacia puede ser superada por la fuerza incluso cuando muestra avances concretos, el mensaje trasciende a Teherán. La paz nunca estuvo garantizada —era parcial, centrada en lo nuclear— pero era plausible.
Romper el puente mientras se construye no frustra solo un acuerdo. Puede convencer a las partes de que negociar es inútil. En ese escenario, la confianza se erosiona y la agresión reemplaza al acuerdo como lenguaje predominante del poder internacional.
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