Fake news: síntoma, no causa
En un artículo publicado en El Dipló, el sociólogo Daniel Zamora propone invertir la pregunta habitual: no son las fake news las que producen el avance de las derechas radicales, sino la deslegitimación de la democracia liberal y de sus instituciones la que crea el terreno fértil para que prosperen. Más que una crisis de la verdad, sostiene, atravesamos una crisis de confianza y de representación política.

Desde el Brexit hasta el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la explicación dominante sobre el ascenso de las extremas derechas se volvió casi automática: algoritmos, burbujas informativas, injerencias extranjeras y fake news habrían intoxicado a la opinión pública. Sin embargo, en su artículo La culpa no es de las fake news, publicado en El Dipló, Daniel Zamora desmonta esa narrativa y propone una tesis más incómoda: la desinformación no es la causa principal del malestar político contemporáneo, es un síntoma.
Zamora cuestiona la sobredimensión del fenómeno. Cita estudios que relativizan el impacto cuantitativo de las noticias falsas en procesos electorales recientes: durante la campaña estadounidense de 2016, el contenido proveniente de cuentas rusas representó una porción ínfima del total consumido en redes. Incluso los artículos «poco fiables» ocuparon un lugar marginal dentro de la dieta mediática general cuando se incluye la televisión. Además, el consumo de fake news se concentra en segmentos ya ideológicamente polarizados. No se trata, entonces, de masas manipuladas que habrían sido engañadas contra su voluntad ilustrada.
El problema de fondo, advierte, es otro. Gran parte de la literatura sobre posverdad parte de una premisa implícita: si la ciudadanía estuviera correctamente informada, no votaría por el Brexit ni por opciones proteccionistas o nacionalistas. Es decir, presupone que el cuestionamiento del orden liberal sólo puede surgir del error o la ignorancia. Para Zamora, esa hipótesis es intelectualmente débil y políticamente arrogante.
Retomando una reflexión clásica de Marc Bloch sobre los rumores en la Primera Guerra Mundial, el autor recuerda que las falsedades sólo prosperan cuando encuentran un «caldo de cultivo» social. Las noticias falsas no crean por sí mismas el descontento: circulan porque existe previamente una erosión de legitimidad. En otras palabras, no son los algoritmos los que vacían a la política; los algoritmos llenan el vacío dejado por su debilitamiento.
La llamada «era de la posverdad», sostiene Zamora apoyándose en estudios recientes, no expresa un rechazo a los hechos en sí mismos, sino una desconfianza creciente hacia las autoridades encargadas de producirlos y validarlos: expertos, científicos, grandes medios. La búsqueda de pruebas no desaparece; se vuelve, incluso, obsesiva. El problema es que la delegación de confianza —condición inevitable de cualquier sociedad compleja— se desplaza hacia otros referentes: influencers, blogueros, comunidades cerradas.
Esa desconfianza no nació con las redes sociales. Se incubó en décadas de transformaciones estructurales: individualización creciente, debilitamiento de partidos y sindicatos y una sensación persistente de impotencia política frente a un orden económico presentado como inmodificable. Desde la crisis financiera de 2008, la tríada neoliberal —mercantilización de la vida social, desdemocratización de las decisiones económicas y libre circulación irrestricta de capital y trabajo— ha generado tensiones que el sistema político tradicional no logró canalizar.
En ese contexto, el éxito de líderes como Donald Trump, Viktor Orban o Giorgia Meloni no se explica tanto por «hechos alternativos» como por la oferta de un marco interpretativo alternativo. Mientras sectores progresistas tropiezan con los límites institucionales de una transformación económica profunda, las derechas radicales ofrecen respuestas más simples y de implementación inmediata —sobre todo en materia migratoria y cultural— y, sobre todo, una narrativa de futuro.
Para Zamora, reducir este escenario a una guerra entre verdad y mentira es políticamente estéril. El llamado abstracto a los «hechos» o a la «razón» difícilmente alcance si no se reconstruye una legitimidad institucional capaz de responder a las experiencias concretas de pérdida, desigualdad e incertidumbre. El debate decisivo no es epistemológico sino político: qué proyecto de sociedad puede volver a generar confianza.
La estética del poder MAGA
POR ESFERA REDACCIÓN | En su ensayo Estética MAGA y poder fascista: Espectáculos de supremacía blanca publicado en CounterPunch, el intelectual cultural Henry A. Giroux despliega una mirada implacable sobre cómo la estética política del movimiento Make America Great Again es un artefacto clave de poder autoritario, que opera como «espectáculo de supremacía blanca» en la cultura estadounidense contemporánea.
Para Giroux, la estética MAGA —esa combinación de imágenes, gestos, cuerpos y atuendos— no es mera frivolidad o moda: es un lenguaje visual que «prepara al público para aceptar políticas de exclusión y violencia», incluso antes de que comprenda sus implicancias políticas. Desde la idealización de formas hipermasculinas hasta la teatralización agresiva de la presencia femenina, cada elemento se entreteje en una pedagogía corporal de dominación que transforma postura y apariencia en política visible.
A través de esta lente, la retórica del movimiento deja de ser una serie de frases sueltas para convertirse en un «espectáculo total»: rostros endurecidos, gestos de fuerza escenificada y posturas que evocan una resistencia hostil a la pluralidad y al otro. Esta estética —insiste Giroux— no solo acompaña una ideología de autoridad, sino que la incorpora, enseñando a sus adeptos a «sentir poder antes de pensar poder».
La consecuencia, sostiene, es una «normalización del odio y la desigualdad» que se infiltra desde las pantallas hasta las calles, donde la agresión estética prefigura la agresión política. Más allá de la figura presidencial que encarna estos símbolos, el problema apunta a una cultura política donde la espectacularización de la supremacía blanca se ha vuelto una forma eficaz de movilización y cohesión social.
Al reinterpretar el fenómeno MAGA como un régimen de visualidad que educa en la supremacía antes que en el debate, Giroux no solo diagnostica un paisaje cultural alarmante, sino que invita a reconsiderar la relación entre imagen, poder y política en el corazón del debate democrático estadounidense.
